MANUAL DE PSICOLOGÍA Quién soy sin esto #4
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Quién soy sin esto #4

En otro boletín encontró apenas una mención a una sesión abierta sobre “respuesta humana ante incertidumbre”, patrocinada por el mismo seminario.

El título le resultó demasiado cercano a cosas que Eduardo había trabajado, pero Gael se obligó a recordar que la incertidumbre era un tema común en psicología, administración, medicina, economía y cualquier área dedicada a decisiones.

Que dos cursos hablaran de presión o incertidumbre no los convertía en el mismo curso.

Revisó además el calendario de actividades.

El seminario aparecía asignado a un aula del mismo edificio que seguía usando la facultad.

Eso tampoco era extraño. El edificio llevaba décadas recibiendo cursos.

Gael amplió el número del aula.

No era el salón actual.

Sintió alivio.

Lo registró como dato en contra de una coincidencia demasiado perfecta.

UBICACIÓN: MISMO EDIFICIO / AULA DISTINTA.

Después encontró una lista de actividades del semestre siguiente. El seminario ya no aparecía.

Nada más.

No había homenaje.

No había memorial.

No había nota periodística enlazada.

Ni una sola palabra que permitiera afirmar que los “sucesos” habían sido violentos.

Gael apoyó la espalda en la silla.

Antes de registrar nada, abrió la hemeroteca digital de dos periódicos de la ciudad.

Buscó por el nombre de la universidad y el año del boletín.

Después por “seminario”.

“Estudiantes”.

“Incidente”.

“Facultad”.

Los resultados eran demasiados y casi todos inútiles.

Un choque en una avenida cercana.

Una protesta estudiantil.

Una intoxicación en otra escuela de la misma universidad.

Nada que pudiera conectar con el seminario.

Probó combinaciones más estrechas y encontró el problema contrario: ningún resultado.

Gael anotó eso también.

PRENSA LOCAL: SIN CORRESPONDENCIA IDENTIFICADA.

Que no hubiera nota pública reducía algunas posibilidades y abría otras, pero no demostraba encubrimiento. Una actividad pequeña podía tener un conflicto interno sin llegar jamás a un periódico. También era posible que la digitalización estuviera incompleta.

Abrió el catálogo de tesis de la universidad.

Buscó el título del seminario entre comillas.

Nada.

Quitó “respuesta bajo presión”.

Aparecieron decenas de trabajos sobre estrés, toma de decisiones y conducta, ninguno relacionado con aquella actividad.

Eso fue casi tranquilizador.

Si alguien quisiera fabricar una conexión, ahí tenía material de sobra para hacerlo. Precisamente por eso no iba a utilizarlo.

Gael regresó al boletín original.

La parte sensacionalista de su cabeza —la misma que llevaba semanas tratando de mantener lejos de la hoja de cálculo— quería convertir el vacío documental en prueba de encubrimiento.

Se negó.

Una ausencia no demostraba ocultamiento.

Podía demostrar mala conservación.

Desinterés administrativo.

Una actividad pequeña sin seguimiento.

O nada.

Eso era lo que necesitaba conservar: la posibilidad de que el hallazgo terminara siendo aburrido.

Gael cortó el impulso de convertirlo en certeza.

No tenía nada.

Tenía dos documentos de la misma institución: una convocatoria y, meses después, una suspensión redactada de manera ambigua.

Eso era todo.

Buscó al responsable del seminario.

El nombre aparecía incompleto por una mancha del escaneo.

Inicial.

Apellido ilegible.

Intentó mejorar la imagen acercándola, sin resultado.

Probó con boletines posteriores.

No encontró seguimiento.

Ni aclaración.

Ni relanzamiento del seminario.

Eso tampoco demostraba nada.

Miles de actividades universitarias desaparecían sin explicación porque cambiaba un coordinador, se acababa presupuesto o nadie se inscribía.

Gael respiró y volvió a la hoja.

Hipótesis A: actividad no relacionada; suspensión por incidente administrativo o personal.

Hipótesis B: antecedente parcialmente comparable.

Datos faltantes: participantes, naturaleza de los sucesos, responsables, registros posteriores.

No añadió una tercera hipótesis extraordinaria.

No la necesitaba.

Pero abrió una nueva pestaña.

ARCHIVO HISTÓRICO

Y eso, por sí solo, le molestó.

* * *

Emiliano llegó a casa cuando la discusión ya había empezado.

No eran gritos todavía.

Era peor de una forma conocida.

La voz de su madre tenía ese filo contenido que significaba que llevaba tiempo callándose algo. Su padre contestaba corto, como si cada frase fuera una interrupción injustificada.

Emiliano se detuvo antes de entrar a la cocina.

—No es normal que llegues a esta hora tres veces en una semana —decía su madre.

—Estoy trabajando, Susana.

—No te estoy reclamando que trabajes. Te estoy reclamando que no avises.

—No puedo estar pegado al teléfono todo el día.

—Mandar un mensaje tarda veinte segundos.

—Llegué cansado. No quiero pelear.

—Eso dices cuando ya hiciste lo que te dio la gana.

Emiliano sintió el cuerpo prepararse para la rutina.

Caminar a su cuarto.

Cerrar la puerta.

Ponerse audífonos.

Volverse pequeño.

La clase regresó con una precisión incómoda.

El que no da problemas.

Había escrito algo parecido en la hoja.

No lo había tachado.

Su padre dejó el saco sobre una silla.

—Cualquier cosa contigo se convierte en pleito.

—Porque cualquier cosa contigo se convierte en “déjame en paz”.

—Estoy cansado de sentir que nada de lo que hago alcanza.

—Y yo de sentir que todo tiene que agradecerse aunque nos dejes esperando.

Emiliano cerró los ojos.

La llamada volvió.

La voz exacta de su padre.

NO QUIERO QUE TERMINES COMO YO.

Podía subir las escaleras.

Nadie se lo impediría.

Durante años había confundido no intervenir con no estar involucrado.

Entró a la cocina.

—Ya.

Los dos voltearon.

Su madre bajó la voz.

—Hijo, vete a tu cuarto.

La frase confirmó todo.

—No.

Su padre lo miró con cansancio.

—Emiliano, esto no es contigo.

—Sí es conmigo.

—No te metas.

—Vivo aquí.

El silencio llegó de golpe.

Emiliano sintió miedo de su propia voz, pero continuó.

—Escucho esto todas las semanas. Sé desde la entrada si voy a poder sentarme en la sala o si tengo que irme directo arriba. Sé cuándo conviene cenar rápido. Sé cuándo no preguntar nada. Así que sí es conmigo.

Su madre se sentó.

El padre abrió la boca.

No salió nada.

—Llevo años haciéndome chiquito cuando ustedes empiezan —dijo Emiliano—. Pensando que si no agrego ruido, se les va a pasar.

—No sabía que hacías eso —dijo su madre.

—Porque justamente lo hago para que no se note.

Su padre se pasó una mano por la cara.

—No es tan seguido.

Emiliano lo miró.

—¿Neta?

El hombre sostuvo la mirada unos segundos.

Después bajó la voz.

—No sé.

Eso fue más honesto que defenderse.

Emiliano sintió que la rabia se le movía de lugar.

—Desde niño hago lo mismo. Cuando empiezan, desaparezco. Y luego todos actuamos como si no hubiera pasado.

Su madre miró la mesa.

—Yo también hago eso.

El padre giró hacia ella.

—¿Qué?

—Me aguanto cosas. No digo nada. Luego exploto por una pendejada y parece que la pelea empezó por la comida fría.

—Pues dímelo antes.

—Te lo estoy diciendo ahorita.

El tono quiso subir otra vez.

Emiliano golpeó la palma contra la mesa, no fuerte, solo suficiente para detenerlos.

—Eso. Eso hacen. En cuanto uno dice algo, el otro busca de quién es la culpa.

Ambos callaron.

Emiliano respiró.

—No vine a decirles que ya no peleen nunca. No soy idiota. Pero no quiero seguir viviendo como si mi trabajo fuera desaparecer cuando ustedes no saben hablarse.

Su padre tomó una silla.

Se sentó.

—Tienes razón en una cosa.

La madre lo miró.

—¿En una?

Él levantó una mano.

—Déjame terminar.

Volvió hacia Emiliano.

—No tendrías que estar midiendo nuestra casa así.

La concesión no arregló nada.

Pero no era pequeña.

Emiliano se sentó también.

Durante unos segundos ninguno supo cómo continuar sin volver a la pelea original.

Su madre fue quien preguntó:

—¿Desde cuándo te sientes así?

—No sé. Desde siempre.

—Eso no puede ser desde siempre.

—Desde que tengo memoria de ustedes peleando.

La mujer se llevó una mano a la boca.

El padre miró hacia otro lado.

Emiliano pudo haber parado ahí.

Había otra cosa.

Una que llevaba semanas guardando precisamente porque su papel era no agregar problemas.

—También tengo que contarles algo de la llamada.

Su padre volvió la cabeza.

—¿Qué llamada?

Emiliano sintió un instante de vértigo.

—La de tu número.

—¿Qué tiene?

—No fue solo que apareciera como si fueras tú.

Su madre miró a uno y otro.

—¿De qué hablan?

Emiliano contó todo.

La pantalla mostrando el contacto de su padre.

La voz.

La frase.

NO QUIERO QUE TERMINES COMO YO.

La llamada real después.

La negación.

La posibilidad de falsificar el identificador.

La posibilidad de imitar una voz.

No adornó nada.

Cuando terminó, su padre estaba pálido.

—Yo no te dije eso.

—Ya sé.

—Nunca.

—Eso dijiste ese día.

Su madre se volvió hacia él.

—¿Pero lo has pensado?

El hombre no contestó.

Emiliano sintió el mismo frío que había sentido en la cochera.

Su padre apoyó los codos sobre la mesa.

—Sí.

La madre dejó de moverse.

—¿Qué cosa?

—Que no quiero que termine como yo en algunas cosas.

—Eso ya me lo dijiste —respondió Emiliano.

—No. Te dije que había pensado cosas parecidas.

El padre respiró.

—Pero desde que me preguntaste no dejo de darle vueltas a la frase exacta.

—¿Y?

—Me suena.

Emiliano sintió un golpe en el pecho.

—¿Cómo que te suena?

—No que te la haya dicho. Me suena haberla pensado con esas palabras.

—¿Cuándo?

—No sé.

—Pa.

—No sé, Emiliano.

La voz del hombre se quebró apenas, más de cansancio que de llanto.

—Alguna vez manejando. Alguna vez después de pelear con tu mamá. No sé. A veces uno piensa pendejadas completas y luego ni se acuerda.

Su madre lo miró.

—¿Se la dijiste a alguien?

—No que yo recuerde.

Emiliano intentó no saltar a la conclusión que ya se estaba formando.

Podía haberla dicho.

Podía haberla escrito.

Podía habérsela contado a un amigo y olvidarlo.

La voz falsa podía haber elegido una frase común.

“Que no termines como yo” no era una combinación imposible de palabras.

Y aun así...

—¿A alguien más le pasó algo? —preguntó su madre.

Emiliano dudó.

—Sé de algunos casos.

—¿Parecido?

—No igual.

Su padre se recargó en la silla.

—Tienes que contárselo al profesor.

—Sí.

—Todo.

—Sí.