MANUAL DE PSICOLOGÍA Quién soy sin esto #3
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Quién soy sin esto #3

—De nada.

Retomaron desde el inicio.

Tomás tocó mejor.

No porque hubiera resuelto quién era.

Solo porque, durante un rato, la respuesta dejó de depender de seis cuerdas.

* * *

Daniel intentó llevar la pregunta a su trabajo y descubrió algo menos cómodo: una buena pregunta en un salón no se convierte automáticamente en una buena intervención con un paciente.

Atendía a un adolescente al que su familia describía con una palabra que aparecía en casi todos los reportes: problemático.

Llegaba tarde.

Faltaba a clases.

Discutía con profesores.

En casa respondía con agresividad y pasaba horas encerrado.

Daniel había leído tanto esa descripción que empezó a sospechar que él mismo la estaba usando demasiado.

Durante una sesión, el muchacho habló veinte minutos de una pelea con su padre. Cuando terminó, Daniel recordó la pregunta de Eduardo.

Estuvo a punto de soltarla tal cual.

¿Quién eres cuando no eres el problemático?

Se detuvo.

Sonaba brillante en su cabeza.

También sonaba como si ya hubiera decidido que el muchacho se veía a sí mismo de esa manera.

—Te quiero preguntar algo diferente —dijo Daniel—. Pero si te parece una mamada, me dices y seguimos con otra cosa.

El chico levantó la vista.

—Qué buena introducción.

—Estoy practicando humildad.

—A ver.

Daniel cambió la pregunta.

—¿Hay algo de ti que sientas que nadie pregunta porque todos están demasiado ocupados con lo que va mal?

El muchacho no respondió rápido.

—¿Eso viene de su clase?

—En parte.

—Entonces soy tarea.

—No. Y si se siente así, no la contestes.

El chico lo observó, midiendo si hablaba en serio.

—Cocino.

Daniel no esperaba eso.

—¿Qué?

—Me gusta cocinar. Mi abuela me enseñó.

—¿Qué haces?

—Mole. Arroz. Pan a veces.

Por unos minutos la sesión cambió de tono. No porque hubieran encontrado la “verdadera identidad” del adolescente, sino porque apareció una parte que los informes no contenían.

Antes de irse, el muchacho señaló a Daniel.

—Pero no vaya a poner en su reporte que cocinar es mi factor protector o una mamada así.

Daniel se rió.

—No prometo la terminología, pero no voy a convertirte en un ejemplo bonito.

—Bien.

Cuando la puerta se cerró, Daniel se quedó viendo sus notas.

El episodio le había servido menos como demostración de la clase y más como recordatorio de algo básico: una persona podía ser muchas cosas sin que el terapeuta tuviera derecho a decidir cuáles eran las importantes.

En el margen escribió:

PREGUNTAR ANTES DE COMPLETAR.

No era una conclusión científica.

Era una corrección para sí mismo.

* * *

Gael llevaba semanas comiendo solo.

No había tomado la decisión de aislarse. Le había ocurrido de una forma mucho menos dramática: una búsqueda llevaba a otra, un dato parecía necesitar revisión, una conversación en la cafetería podía esperar diez minutos.

Los diez minutos se convertían en una hora.

Camila lo había invitado dos veces esa semana a sentarse con ellos.

Las dos veces respondió que después los alcanzaba.

Las dos veces sabía que probablemente no lo haría.

El jueves, Bruno apareció en la biblioteca sin preguntarle.

Dejó una botella de agua junto a la laptop.

—Diez minutos.

Gael alzó la mirada.

—¿Qué?

—Vas a bajar a comer diez minutos.

—Estoy revisando algo.

—Siempre estás revisando algo.

—Porque hay cosas que revisar.

Bruno miró la pantalla.

—Y en diez minutos van a seguir ahí.

Gael comprobó la hora.

—Quince.

—Mira nada más, negociando como persona.

Gael guardó el archivo.

Bajó.

La cafetería estaba casi llena. Camila hizo espacio. Tomás preguntó si había encontrado algo nuevo. Gael respondió que no. Mateo y Valeria discutían sobre una película. Iván mostraba un video que todavía no publicaba.

Durante los primeros minutos, Gael escuchó bien.

Después Tomás mencionó que la funda de su guitarra ya no cerraba igual y Gael sintió el impulso de preguntar desde cuándo.

Se contuvo.

Camila contó que su madre había cambiado una cerradura. Gael quiso saber la marca.

No preguntó.

Bruno lo observó.

—Te estás aguantando, ¿verdad?

—¿Qué?

—Las preguntas de detective.

—No soy detective.

—Eso no fue un no.

Gael tomó agua.

—Estoy intentando comer.

—Bien. Haz eso.

Gael no midió el tiempo exacto. Cuando regresó a la biblioteca sabía únicamente que había permanecido bastante más de lo negociado.

Y que, durante una parte de la comida, había olvidado abrir mentalmente una columna nueva.

No resolvía nada.

Pero al menos demostraba que todavía podía estar con ellos sin convertir cada frase en evidencia.

No era que el grupo le molestara.

Era peor.

Empezaba a resultarle difícil escuchar una conversación sin clasificar lo que oía.

Quién sabía qué.

Quién había recibido algo.

Quién parecía estar ocultando información.

Qué frase coincidía con otra.

Había creado el archivo para impedir que el miedo fabricara un patrón.

A veces sospechaba que el archivo se estaba convirtiendo en otra forma de miedo.

La pregunta de Eduardo lo acompañó hasta la biblioteca.

¿Quién soy cuando mi rol ya no basta?

Gael abrió la laptop.

La respuesta llegó de una forma poco agradable.

Era el que ordenaba.

El que encontraba estructura.

El que podía mirar datos sin perderse en la reacción de los demás.

Al menos eso se decía.

Abrió `datos_aislados.xlsx`.

Se quedó mirando la pestaña donde había anotado sus propios sesgos potenciales.

INVOLUCRAMIENTO PERSONAL

EXPECTATIVA DE PATRÓN

PREFERENCIA POR EXPLICACIÓN MATERIAL / TÉCNICA

No había escrito una línea que ahora parecía obvia:

NECESIDAD DE SER EL QUE ENTIENDE

La añadió.

No le gustó verla.

No la borró.

Después cerró la hoja de cálculo.

Llevaba días sintiendo que los incidentes recientes ya no le daban nada nuevo. Tenía medios distintos, niveles de acceso distintos, información incompleta y suficientes explicaciones humanas como para no saltar a una conclusión única.

La pregunta correcta, por ahora, no era quién lo estaba haciendo.

Era si existía algo verificable fuera de las últimas semanas.

Eso cambiaba el problema.

Si se trataba de una broma preparada por alguien del entorno actual, buscar demasiado atrás solo produciría ruido.

Si existía un antecedente real, entonces al menos habría una razón para ampliar la hipótesis.

Empezó por búsquedas aburridas.

La historia de la facultad.

Cambios de administración.

Cursos cancelados.

Notas sobre incidentes.

Quejas públicas.

Demandas.

Cierres temporales.

La mayoría no tenía nada que ver.

Una huelga antigua.

Un incendio menor en un laboratorio.

Una remodelación que obligó a mover clases durante un semestre.

Un escándalo por desvío de recursos.

Gael abrió cada resultado que pudiera tener relación con estudiantes y cerró casi todos en menos de un minuto.

No escribió nada en su archivo.

Aquello era importante.

No quería que buscar un antecedente terminara fabricándolo.

Después pasó al sitio de la universidad.

La sección de historia institucional era peor que cualquier periódico: fotografías de ceremonias, aniversarios, directores, edificios inaugurados con nombres que ya nadie utilizaba.

Al final de una página encontró una colección de boletines antiguos digitalizados.

Los más recientes tenían texto reconocible.

Los viejos eran imágenes escaneadas.

Abrió uno al azar.

Nada.

Otro.

Nada.

El tercero tardó demasiado en cargar y estuvo a punto de cerrarlo.

Lo dejó.

Apareció una portada manchada, con el logotipo anterior de la universidad.

Gael revisó el índice.

Resultados deportivos.

Cambio de coordinador.

Convocatoria a un diplomado.

Actividades culturales.

No encontró nada útil.

Abrió otro.

Y otro.

Al cabo de casi una hora empezó a preguntarse si estaba haciendo lo mismo que había advertido en su propia hoja: buscar suficiente tiempo hasta que cualquier cosa pareciera relevante.

Se obligó a detenerse.

Fue por agua.

Regresó.

Antes de cerrar la página vio un enlace distinto al resto.

Boletín institucional — archivo parcial, 1991.

No significaba nada.

Lo abrió.

El documento tenía varias páginas torcidas. Algunas letras desaparecían bajo manchas de humedad. No había buscador interno, así que avanzó una por una.

En una página casi al final encontró una nota de tres párrafos.

El encabezado era tan burocrático que estuvo a punto de saltarlo:

SUSPENSIÓN DE ACTIVIDAD EXTRACURRICULAR

Gael leyó.

El texto informaba que un seminario pequeño, organizado desde la propia facultad y abierto a estudiantes de distintas áreas, no continuaría el siguiente semestre.

No decía por qué con claridad.

Solo una frase llamaba la atención:

“...tras los lamentables sucesos registrados durante el periodo y atendiendo a la solicitud de las familias involucradas de preservar la privacidad de lo ocurrido...”

Gael volvió al principio.

Leyó otra vez.

No había nombres.

No había descripción de los sucesos.

No decía cuántos estudiantes participaban.

Tampoco decía que alguien hubiera muerto.

La palabra familias no demostraba una tragedia colectiva. Podían ser dos. Podían ser tres. Podían referirse a quejas independientes. Podía tratarse de cualquier cosa que la universidad hubiera preferido enterrar bajo lenguaje administrativo.

Abrió un documento aparte.

No escribió “antecedente”.

Anotó:

POSIBLE REGISTRO HISTÓRICO — RELEVANCIA NO ESTABLECIDA

Copió la cita.

Anotó la fecha del boletín.

Después buscó el nombre del seminario.

No aparecía en la nota.

Solo una referencia vaga a “la actividad”.

Revisó las páginas anteriores.

Encontró, varios meses antes, una convocatoria breve:

Seminario especial: Conducta, decisión y respuesta bajo presión.

Gael se enderezó.

Leyó las dos líneas siguientes.

Era un curso optativo de extensión. Nada más.

No decía que fuera de psicología clínica.

No decía que se pareciera al de Eduardo.

No decía que hubiera amenazas.

Buscó el programa completo.

No estaba digitalizado.