Quién soy sin esto #2
—¿Y a los cuarenta ya deberías saber quién eres?
—A los cuarenta puedes descubrir que una respuesta que te funcionó a los veinte ya no te sirve.
—Qué alentador.
—La alternativa sería no revisarla nunca.
Tomás hizo una mueca.
—Peor.
Daniel intervino:
—¿Eso es lo que la gente llama crisis de la mediana edad?
Eduardo negó.
—No usaría esa etiqueta como si fuera una etapa inevitable. Es una expresión popular útil para algunas conversaciones, pero no existe un punto universal en el que todos entren en crisis por cumplir cierta edad.
—Pero sí hay gente que cambia todo de golpe —dijo Bruno—. Coche, pareja, trabajo...
—Claro. Y otras no. Lo importante es qué está ocurriendo en esa persona, no obligarla a entrar en una plantilla por edad.
Laura añadió:
—Hay transiciones que pueden mover mucho la identidad sin ser una crisis clínica. Jubilación. Divorcio. Ser madre o padre. Dejar de ser cuidador. Una lesión. Una enfermedad. Que los hijos se vayan de casa.
—Exacto —dijo Eduardo—. También una migración o perder un trabajo que organizaba gran parte de tu vida.
Mariana apoyó la barbilla en la mano.
—¿Y cómo distingues una transición difícil de algo que necesita atención profesional?
—Por impacto, duración, sufrimiento, deterioro y riesgo, entre otras cosas. No por el simple hecho de estar cuestionándote quién eres.
—O sea, confundirte no es diagnóstico.
—Correcto.
Eduardo miró las hojas sobre las mesas.
—La pregunta “¿quién soy ahora?” puede aparecer durante un proceso completamente esperable. También puede formar parte de depresión, trauma, duelo u otros problemas. El contexto importa.
Bruno levantó la pluma.
—Otra vez contexto.
—Otra vez.
—Un día va a escribirlo en una playera.
—Y tú la comprarías.
—Si está barata.
La risa duró poco, pero ayudó a que la conversación no se convirtiera en conferencia.
Eduardo dejó que la clase avanzara sin llenar el pizarrón.
—Piensen en alguien que durante treinta años se definió como “proveedor”. Trabaja. Lleva dinero a casa. Toma decisiones. La familia lo reconoce por eso. Después pierde el empleo.
Mateo respondió:
—Puede sentir que perdió más que el trabajo.
—Sí.
—Como si ya no supiera para qué sirve.
—Esa frase es importante: “para qué sirve”.
Eduardo caminó despacio entre las primeras filas.
—Una persona no debería necesitar justificar su existencia únicamente por su utilidad. Pero muchos aprendemos lo contrario.
Rebeca bajó la mirada.
Él no la señaló.
—Alguien puede aprender que recibe cariño cuando resuelve problemas. Otro, cuando obedece. Otro, cuando destaca. Otro, cuando hace reír. Otro, cuando no necesita nada.
Valeria cruzó los brazos.
—Eso último suena conocido.
Mateo la miró.
Ella lo vio de reojo.
—No empieces.
—No dije nada.
—Tu cara sí.
Algunas risas.
Eduardo aprovechó la interrupción.
—Ahí tienen otro problema. A veces el rol funciona tan bien que los demás ayudan a mantenerlo.
—¿Cómo? —preguntó Camila.
—Si todos conocen a Iván como el que siempre hace reír, quizá se incomoden el día que no tenga ganas. Si todos conocen a Mariana como la que sabe qué hacer, quizá le cueste pedir ayuda porque las personas a su alrededor tampoco esperan que la necesite.
Mariana lo miró con una expresión menos cómoda.
—Eso sí pasa.
—Y si una familia conoce a alguien como “el que no da problemas”, puede dejar de preguntarle cómo está precisamente porque nunca da problemas.
Emiliano no movió la cabeza.
Pero la pluma dejó de avanzar.
Eduardo lo vio.
No dijo su nombre.
Andrés preguntó:
—¿Eso se aprende desde niño?
—Puede empezar ahí, pero no todo rol adulto viene de la infancia y no toda dinámica familiar explica lo que una persona es después. Hay que evitar el reflejo de llevar cualquier conducta hasta los cinco años como si ahí estuviera escondida la respuesta maestra.
Laura levantó una ceja.
—Gracias.
—De nada.
Bruno alternó la vista entre ambos.
—Siento que esa pedrada tenía destinatario.
—A media psicología de internet —dijo Laura.
La risa aflojó la clase.
Eduardo retomó:
—Lo útil es preguntar cuándo comenzó un papel, qué necesidad cubría y si todavía es elegido.
Se volvió hacia Rebeca.
—Por ejemplo, alguien que cuida a otros puede hacerlo porque le importa genuinamente. También puede haber aprendido que solo se siente valioso cuando alguien lo necesita. Las dos cosas pueden coexistir.
Rebeca sostuvo la mirada.
—¿Y cómo sabes cuándo ya es demasiado?
—Cuando no poder hacerlo te deja sin otra forma de relacionarte contigo mismo. O cuando ayudar empieza a costarte salud, límites o relaciones y aun así sientes que detenerte sería convertirte en una mala persona.
Rebeca escribió una línea.
No preguntó más.
Camila habló:
—¿Y si el rol que más te define es algo que odias?
—También puede pasar.
—¿Como “la que consume”?
El salón bajó un poco el volumen sin que nadie hubiera hablado.
Camila no retiró la pregunta.
Eduardo respondió igual que a cualquier otra.
—Una conducta repetida puede terminar ocupando demasiado espacio en la identidad, sobre todo cuando los demás también te reducen a ella.
—Entonces ¿qué haces? ¿Te dices que no eres eso?
—No si para hacerlo tienes que negar lo que ocurrió.
Camila pensó en Álex.
Eduardo agregó:
—Puedes reconocer una conducta sin convertirla en definición completa. “Consumí.” “Tengo un problema con el consumo.” “Estoy intentando cambiar.” Ninguna de esas frases exige decir “eso es todo lo que soy”.
Camila anotó algo.
Iván intervino:
—Pero también está la versión bonita de mentirte: “eso ya no soy yo”.
—Sí.
El capítulo anterior pareció entrar al salón sin que Eduardo tuviera que nombrarlo.
—Cambiar no borra responsabilidad. Una identidad nueva que necesita negar la anterior es frágil. Puedes decir “ya no quiero vivir así” sin fingir que otra persona hizo lo que hiciste.
Laura dejó la pluma quieta.
Álex no estaba allí.
Aun así, la frase parecía haber sido escrita para alguien que todos recordaban.
Eduardo miró el reloj.
—Quiero cerrar con una sola pregunta.
Tomó el marcador entonces, casi al final de la clase.
En el centro del pizarrón escribió:
SI MAÑANA PERDIERA EL ROL QUE MÁS ME DEFINE, ¿QUÉ QUEDARÍA?
No añadió una fórmula.
No hizo una lista.
—No la respondan ahora. Y no intenten convertirla en una frase bonita para sentirse mejor.
Bruno alzó la vista.
—Qué manera tan elegante de arruinar el fin de semana.
—No tienen que resolverla.
—Ah, menos mal.
—Solo noten qué parte de ustedes se pone incómoda cuando la pregunta aparece.
Guardó el marcador.
—Eso suele ser información suficiente para empezar.
Bruno bajó los ojos hacia su hoja doblada.
—¿Y si la respuesta no me gusta?
Eduardo tomó el borrador.
—No confundas incomodidad con verdad. Que una respuesta duela no la vuelve automáticamente más profunda.
Laura levantó la vista.
—Eso también conviene repetirlo.
—Mucho. A veces pensamos que la explicación más dura debe ser la más honesta. No funciona así. La autocrítica también puede distorsionar.
Bruno guardó la hoja.
—Entonces ni siquiera sufrir garantiza que entendí.
—Correcto.
—Excelente servicio. Muy recomendable para gente que quería salir tranquila.
—Nos vemos el jueves.
* * *
Laura esperó a que el salón quedara casi vacío.
No era raro que se quedara unos minutos. Sí empezaba a ser raro que ambos fingieran que siempre se debía a una pregunta académica.
Eduardo cerró la computadora.
—¿Todo bien?
—Sí.
Laura miró el pizarrón.
—No sé quién sería si dejara de ayudar.
Eduardo no respondió de inmediato.
—Eso no significa que ayudar sea un problema.
—Ya sé.
—Entonces ¿qué te inquieta?
Laura tomó su bolsa, pero no se la colgó.
—Que llevo tanto tiempo haciéndolo que no sé cuánto es vocación y cuánto es la única forma en que aprendí a sentirme útil.
—Pueden ser las dos.
—Eso también lo sé.
Eduardo sonrió apenas.
—Entonces no necesitas que te dé la respuesta.
—No.
Laura lo miró.
—Necesitaba escucharme decir la pregunta.
—Eso sí puedo ofrecerlo.
Ella volvió la vista al pizarrón.
—¿Tú ya sabes qué quedaría?
Eduardo pensó en la hoja que había dejado sobre el escritorio la noche anterior.
MI PROPIA HISTORIA.
En la llamada.
En la fotografía.
En una parte de sí mismo que llevaba semanas tratando como si pudiera aplazarse indefinidamente con suficiente método.
—No.
—Bien.
—¿Bien?
—Me tranquiliza un poco que no tengas respuesta para todo.
—Eso debería haberte quedado claro hace tiempo.
—No siempre actúas como si te quedara claro a ti.
Eduardo recibió la frase sin defenderse.
Laura tomó la bolsa.
—Nos vemos.
—Nos vemos.
Se detuvo en la puerta.
—Y no conviertas “estoy investigando” en otro rol que te permita no hacerte cargo de lo demás.
Eduardo la miró.
—Eso fue innecesariamente preciso.
—Por eso te lo dije.
Salió.
Eduardo se quedó frente al pizarrón.
No borró la pregunta todavía.
* * *
Tomás llegó al ensayo con la cabeza en otro lado.
Checo lo descubrió antes de terminar la segunda canción.
—Vas tarde en todo, güey.
Tomás dejó morir el acorde.
—Ya sé.
—¿Qué traes?
—Nada.
Checo levantó una baqueta.
—Te conozco desde secundaria. “Nada” contigo significa mínimo media hora.
Tomás se rió.
—Clase.
—Peor.
Tomás apoyó la guitarra sobre el muslo.
—Nos preguntaron quién seríamos si perdiéramos el rol que más nos define.
Checo lo miró.
—¿Y tú pusiste músico?
—No sé qué puse.
—Claro que pusiste músico.
Tomás no respondió.
Checo dejó las baquetas.
—¿Te quieres salir de la banda?
—No mames. No.
—Entonces ¿qué problema hay?
Tomás miró los dedos endurecidos por las cuerdas.
—Que llevo tantos años siendo “el de la banda” que no sé qué queda si un día no puedo tocar.
Checo tardó en contestar.
—Queda un cabrón que se acuerda de los cumpleaños de todos.
Tomás levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Queda el güey que siempre ayuda a cargar el equipo aunque tenga prisa. El que le habla a Gael cuando nadie sabe qué decirle. El que una vez manejó dos horas porque a mi mamá se le ponchó una llanta y yo estaba fuera.
Tomás sonrió, incómodo.
—Eso no cuenta.
—¿Ves? Ese es tu pedo. Si no tiene guitarra, no cuenta.
Tomás se quedó callado.
Checo recogió las baquetas.
—Ahora deja de filosofar y entra a tiempo.
—Gracias, cabrón.