Mentiras pequeñas #5
—¿Cómo que ya sabes?
—Porque no llevas ni una libreta afuera de la mochila y cuando estudias llegas quejándote del profesor, del trabajo o de alguien.
Camila miró la mochila.
—Podía haber estudiado en computadora.
—También.
—Entonces no sabías.
—No.
—Sospechaba.
Camila soltó una risa.
—Muy Eduardo de tu parte.
—No sé quién es Eduardo.
—Mejor.
Su madre dejó la taza.
—¿Dónde estabas?
Camila dudó.
—Con alguien.
—¿Un muchacho?
—Sí.
—¿Novio?
—No.
—¿Quieres que sea?
—No sé.
Su madre asintió.
—Ésa sí te la creo.
Camila se sentó.
—Es complicado.
—Casi todo lo que vale la pena contar lo es.
—No digas mamadas profundas ahorita.
La mujer rió.
—Está bien.
Después la observó con más atención.
—¿Estás bien?
Camila quiso decir que sí.
La palabra llegó a la garganta.
No salió.
Pensó en las llamadas.
En el hombre afuera de la casa.
En Álex.
El video.
Las ganas de consumir.
—No del todo.
Su madre perdió la sonrisa.
—¿Quieres decirme?
Camila miró el suelo.
—No todo.
—Está bien.
La respuesta la sorprendió.
—¿No te vas a enojar?
—Me enoja más saber que algo te pasa y que creas que tienes que inventarme una biblioteca.
Camila sonrió un poco.
—Perdón.
—No me prometas que nunca vas a mentirme.
—Eso sería una mentira muy grande.
—Exacto.
Su madre tomó la taza.
—Prométeme que cuando estés en algo que pueda ponerte en riesgo no vas a sentir que tienes que resolverlo sola.
Camila dejó de sonreír.
—Eso sí está más difícil.
—Ya sé.
La mujer se levantó.
No insistió.
Camila permaneció sentada unos minutos.
No se sintió curada.
Ni especialmente honesta.
Solo un poco menos ocupada sosteniendo una versión.
Gael abrió la hoja de cálculo esa noche.
No creó una columna titulada sentimientos.
Ni miedo.
Eso le habría parecido ridículo.
Pero sí encontró un problema metodológico.
Había pasado demasiado tiempo leyendo y releyendo los mismos incidentes.
Eso significaba que ya no era un observador externo.
Nunca lo había sido realmente.
Abrió una nueva sección.
Anotó:
POSIBLES FUENTES DE SESGO DEL ANALISTA
Más abajo:
INVOLUCRAMIENTO PERSONAL
Luego:
EXPOSICIÓN REPETIDA A LOS MISMOS DATOS
EXPECTATIVA DE PATRÓN
INFORMACIÓN INCOMPLETA
El marcador quedó quieto.
Pensó en la clase.
Añadió:
MOTIVACIÓN PARA ENCONTRAR EXPLICACIÓN
Eso le molestó.
Porque era cierto.
No estaba revisando aquellos datos únicamente por curiosidad.
Quería que hubiera una explicación.
Una explicación humana.
Técnica.
Demostrable.
Una explicación que le permitiera mirar la televisión de su cuarto y pensar que existía un mecanismo detrás.
Cualquiera.
Software.
Electricidad.
Un dispositivo.
Una broma.
Lo que fuera.
Gael apoyó los dedos sobre el teclado.
Escribió:
PREFERENCIA PERSONAL: EXPLICACIÓN MATERIAL / TÉCNICA
Debajo:
RIESGO: DESCARTAR PREMATURAMENTE DATOS QUE NO ENCAJEN
Lo leyó.
No le gustó.
No lo borró.
Después añadió otra línea:
RIESGO INVERSO: INTERPRETAR ANOMALÍAS COMO EXTRAORDINARIAS PORQUE YA ESPERO ANOMALÍAS
Eso sí le gustó más.
Equilibraba.
No demostraba nada.
Solo le recordaba que él también formaba parte del sistema que estaba intentando analizar.
Cerró el archivo.
La televisión permanecía apagada.
Gael no la miró otra vez.
O al menos eso intentó.
Iván tardó tres días.
El mensaje seguía escrito.
Profesor, necesito hablar con usted.
No lo enviaba.
Lo abría.
Lo leía.
Cerraba el chat.
Al tercer día estaba editando un video cuando volvió a mirar la fotografía.
Él en la cafetería.
Valeria enfrente.
Bruno desenfocado.
La frase:
TÚ TAMBIÉN ESCONDES ALGO.
Pensó en la clase.
En la hoja que había depositado dentro de la caja.
Había escrito:
Si dejo de hacer reír a la gente, quizá nadie tenga motivo para quedarse.
No era exactamente una mentira.
Tampoco estaba seguro de que fuera verdad.
Eso era peor.
Abrió el chat.
Presionó enviar.
Profesor, necesito hablar con usted.
La respuesta llegó pocos minutos después.
¿Ahora?
Iván miró la hora.
Si puede.
Estoy en mi oficina.
Iván llegó veinte minutos más tarde.
Eduardo todavía trabajaba.
—Perdón por la hora.
—No te preocupes.
Iván se sentó.
Eduardo cerró la computadora.
—¿Qué pasó?
Iván sacó el teléfono.
Abrió la fotografía.
Se la entregó.
Eduardo la observó.
No reaccionó inmediatamente.
—¿Cuándo la recibiste?
—Hace semanas.
Eduardo levantó la mirada.
—¿Semanas?
—Sí.
—¿Conservas el mensaje original?
—Sí.
—¿Número?
—Cambiaba.
Iván explicó.
Primero:
HACES CHISTES CUANDO TIENES MIEDO.
Después:
NO SOY EDUARDO.
TAMPOCO SOY MATEO.
La foto.
TÚ TAMBIÉN ESCONDES ALGO.
Y finalmente:
QUIERO VER CUÁNTO TE DURA.
Eduardo dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Por qué no me dijiste?
Iván se pasó una mano por la cara.
—Porque pensé que podía ser una broma.
—¿Después?
—Porque no quería parecer asustado.
—¿Después?
—Qué culero.
Eduardo dejó pasar el comentario.
—Después porque ya había pasado demasiado tiempo.
Iván miró sus manos.
—Y después porque cada día que no se lo decía hacía más difícil venir al día siguiente y decir: "por cierto, profesor, llevo dos semanas ocultándole esto".
Eduardo afirmó con la cabeza.
—La demora empezó a justificarse a sí misma.
—Sí.
—Y también...
Iván detuvo la frase.
No lo apuró.
—No quería que fuera real.
—La fotografía ya es real.
—Ya sé.
—¿Qué parte no querías que fuera real?
Iván pensó.
—Que alguien me estuviera mirando.
—Que supiera cómo soy.
—Que supiera que hago chistes cuando estoy incómodo.
—Eso puede saberlo cualquiera del curso.
—Sí.
—¿Qué más?
Iván se tomó un instante.
—Que tuviera razón.