Mentiras pequeñas #4
Eduardo supo perfectamente a qué se refería.
—También.
Laura esperó un segundo antes de seguir.
—Llevas semanas reuniendo cosas.
—Sí.
—Y cada vez que aparece algo nuevo dices que necesitas más evidencia.
—Porque la necesito.
—No estoy diciendo que no.
Eduardo interrumpió lo que guardaba.
Laura continuó:
—Estoy diciendo que también puedes usar "necesito más evidencia" para evitar mirar una posibilidad que te incomoda.
Él sostuvo su mirada.
—Sí.
La respuesta la sorprendió.
—¿Así de fácil?
—No fue fácil.
Laura esperó.
Eduardo tomó una silla y se sentó.
No detrás del escritorio.
—Hay una parte de todo esto que no estoy mirando con la misma distancia con la que miro lo demás.
—¿Tu llamada?
—Mi historia.
Laura no preguntó cuál.
—¿Sabes por qué?
—Tengo hipótesis.
—Eso sonó muy tú.
Eduardo bajó la mirada, divertido.
—Lo sé.
Laura se sentó enfrente.
—¿Y ninguna te gusta?
—Varias no.
—¿Te da miedo?
Eduardo tardó.
—Sí.
Laura no intentó esconder que la respuesta le afectó.
—Nunca te había escuchado decir eso tan directo.
—No me lo preguntaste así.
Ella dejó salir una sonrisa breve.
—Buena defensa.
—Puede ser.
Se quedaron callados.
Laura eligió cuidadosamente lo siguiente.
—También estoy evitando algo.
Eduardo bajó el tono.
—No tienes que decirme.
—Ya sé.
—Entonces...
Laura respiró.
—Si las circunstancias fueran diferentes, esta conversación probablemente sería diferente.
Eduardo no necesitó preguntar.
Laura continuó antes de que él tuviera que responder.
—No te estoy pidiendo nada.
—Lo sé.
—Y no quiero convertir un momento en el que estás hablando de algo vulnerable en otra cosa.
Eduardo sostuvo la mirada.
—Gracias.
Laura sonrió un poco.
—Pero tampoco quiero seguir fingiendo que no existe una tensión solo porque profesionalmente no podemos hacer nada con ella.
Eduardo apoyó las manos sobre sus rodillas.
—Laura.
Ella esperó.
—Mientras yo siga siendo tu profesor, creo que debemos detener esta conversación exactamente aquí.
No sonó frío.
Tampoco ambiguo.
Laura inclinó la cabeza.
—Estoy de acuerdo.
—Bien.
—Pero no me retracto.
—No te pedí que lo hicieras.
Laura sostuvo el silencio entre ambos.
Hubo muchas cosas que Eduardo podía haber respondido.
No respondió ninguna.
Ella entendió el límite.
Se levantó.
—Eso fue incómodamente adulto.
Eduardo permitió una sonrisa.
—Estamos teniendo una mala semana para las mentiras pequeñas.
Laura tomó su bolsa.
Antes de salir se volvió.
—Y sobre tu historia.
—¿Sí?
—No necesitas contármela a mí.
Eduardo inclinó la cabeza.
—Pero deberías contarla en algún momento a alguien que necesite saberla.
—Lo sé.
Laura abrió la puerta.
—No conviertas "lo sé" en otra forma de no hacerlo.
La puerta se cerró.
Eduardo permaneció sentado.
No le gustó lo precisa que había sido.
Camila le dijo a su madre que iría a la biblioteca.
Lo supo en cuanto terminó la frase.
No era autoengaño.
No era razonamiento motivado.
Era una mentira.
—¿A qué hora regresas? —preguntó su madre.
—No sé. Tarde.
—Mándame mensaje.
—Sí.
La mujer siguió doblando ropa.
No preguntó nada más.
Camila tomó la mochila.
No iba a estudiar.
Iba a ver a Álex.
Él le había escrito:
Necesito hablar.
Nada más.
Lo encontró sentado en la jardinera donde habían coincidido otras veces.
Tenía la capucha abajo.
Las manos juntas.
Camila supo que algo estaba mal antes de sentarse.
No porque hubiera desarrollado un poder especial para leerlo.
Porque Álex normalmente fingía estar menos nervioso de lo que estaba.
Esa noche ni siquiera lo intentaba.
—¿Qué pasó?
Él levantó la vista.
—Me llegó algo.
Camila sintió que el cuerpo reaccionaba antes de la cabeza.
—¿Cuándo?
—Hace unos días.
—¿Y hasta hoy me dices?
Álex hizo una mueca.
—Ya sé cómo suena.
—¿Qué te llegó?
Sacó el teléfono.
Buscó un video.
No lo reprodujo todavía.
—Esto es de hace años.
—¿Qué es?
—Una fiesta.
—¿Con Renata?
Álex se tomó un instante.
—Sí.
Camila se quedó mirándolo.
—¿Qué pasó?
—Nada que te interese ver completo.
—Eso no responde.
Álex miró la pantalla.
—Estábamos todos drogados.
—Yo bastante.
—Alguien grabó.
—No recordaba que existiera el video.
Camila tomó aire.
—¿Y quién te lo mandó?
—Número desconocido.
—¿Qué parte?
Álex reprodujo.
El fragmento duraba pocos segundos.
Gente.
Música demasiado fuerte.
Una habitación casi oscura.
Álex más joven.
Delgado.
La mirada perdida.
Reía por algo que no se escuchaba.
Alguien le acercaba la cámara.
El video terminaba.
Camila esperó.
—¿Eso es todo?
—No.
Álex bajó.
Debajo estaba el mensaje.
RECUERDA QUIÉN ERAS ANTES DE QUE TE CREYERAS MEJOR PERSONA.
Camila lo leyó dos veces.
—Hijo de puta.
Álex guardó el teléfono.
—Sí.
—¿Quién tenía ese video?
—No sé.
—Alguien de la fiesta.
—Probablemente.
—¿Quiénes estaban?
—No sé todos.
Camila lo miró con molestia.
—Álex.
—No es evasión.
Él levantó las manos.
—Neta.
—Hay cosas que no recuerdo.
—¿Renata?
—Sí.
—Otros amigos.
—Gente que apenas conocía.
—No sé quién grabó.
Camila recordó la frase.
—¿Qué significa lo de "creerte mejor persona"?
Álex rió sin humor.
—Eso sí sé por qué pega.
—¿Por qué?
—Porque a veces pienso eso de mí.
—¿Qué?
—Que empecé a arreglar algunas cosas y luego me comporto como si el que era antes fuera otro cabrón.
Camila lo escuchó.
—Y no lo era.
—No.
Álex bajó la vista.
—Era yo.
—Hice cosas.
—Mentí.
—Robé dinero.
—Desaparecí.
—Le eché la culpa a Renata de cosas que seguí haciendo cuando ella ya no estaba.
—Lastimé gente.
Camila no lo absolvió.
Tampoco lo condenó.
—¿Y crees que cambiar significa fingir que eso no pasó?
Álex levantó la vista.
—No.
—Entonces el mensaje está hecho para que pienses eso.
Él la observó.
—¿Qué?
—Que reconocer que cambiaste significa que te crees mejor que todos.
—O que no tienes derecho a mejorar porque antes fuiste un cabrón.
Álex permaneció quieto.
—Eso suena muy de tu clase.
—Pues sirve.
—Sí.
Camila señaló el teléfono.
—¿Se lo vas a enseñar a Eduardo?
Álex negó.
—No pertenezco al grupo.
—Ya me vale madre eso.
Él sonrió brevemente.
—Qué diplomática.
—Álex.
La sonrisa desapareció.
—No sé.
Camila sintió la rabia subir.
—Otra vez.
—¿Qué?
—"No sé."
—Es verdad.
—No.
—No siempre.
Álex se apoyó en el respaldo.
Camila siguió:
—Llevas semanas haciendo lo mismo.
—Suelta un pedazo.
—Luego resulta que había otro.
—Después otro.
—Te pregunto si sabes algo y respondes con una precisión de abogado.
Álex bajó los ojos.
—No recibí las llamadas que tú recibiste.
—Sí.
—Esa mamada.
Él no se defendió.
—Tienes razón.
—No quiero tener razón.
Camila se acercó un poco.
—Quiero saber si hay algo más.
Álex miró hacia la calle.
—Sí.
La palabra cambió la noche.
Camila sintió el estómago cerrarse.
—¿Qué?
Álex no respondió.
—¿Qué, Álex?
—Es viejo.
—¿Cuánto?
—De antes de conocerlos.
—¿Tiene que ver con esto?
—No sé.
Camila soltó aire con frustración.
—Otra vez "no sé".
—Porque no sé.
Álex se frotó las manos.
—Hay algo que recuerdo.
—O creo recordar.
—Y no sé si pasó de verdad.
—¿Por el consumo?
—Por todo.
—Falta de sueño.
—Días enteros mezclados.
—Conversaciones.
—Sueños.
—Cosas que Renata decía.
Camila se quedó observándolo.
—¿Alguien te contactó?
Álex alzó la mirada.
No dijo sí.
No dijo no.
Eso bastó.
—No mames.
—Camila...
—¿Cuándo?
—Hace mucho.
—¿Qué te dijeron?
—No voy a contártelo así.
—¿Por qué?
—Porque no sé si estoy recordando algo real o fabricándolo ahora porque todo esto se parece demasiado.
La rabia de Camila bajó un poco.
No desapareció.
—Entonces díselo a Eduardo exactamente así.
—¿Qué?
—"Creo recordar algo, pero no sé si es real."
—Eso es información.
Álex pensó.
—No quiero que me vea como sospechoso.
Camila lo miró con incredulidad.
—¿Eso es lo que estás evitando?
Él no respondió.
—La clase de hoy fue sobre eso.
—Ya sé.
—No estabas.
—Me cuentas demasiado.
Camila negó.
—No es broma.
Álex miró la jardinera.
—Sí.
—Tengo miedo de que si cuento todo, él piense que yo hice algo.
—¿Hiciste algo?
—No.
—Entonces cuéntalo.
—No funciona así.
—¿Por qué?
Álex la miró directamente.
—Porque yo mismo no confío completamente en lo que recuerdo.
Camila se detuvo.
La respuesta era diferente.
No una excusa fácil.
Miedo real.
—Está bien.
Álex pareció sorprendido.
—¿Está bien?
—No que sigas callándote.
—Que tengas miedo.
Ella señaló el teléfono.
—Pero ya no estás tú solo en esto.
—Si sabes algo que puede servir, aunque sea incompleto, no puedes decidir por los demás que no lo necesitan.
Álex pensó en la frase.
—"Lo hago por ustedes."
—Sí.
—Y en realidad lo hago por mí.
—En parte.
Él soltó aire.
—Qué pinche clase.
Camila dejó salir una sonrisa breve.
—Eso dicen todos.
Álex miró el teléfono.
—Voy a hablar con Eduardo.
—¿Cuándo?
—Pronto.
Camila lo observó un momento.
—No.
—¿No qué?
—"Pronto" es otra de esas palabras pendejas.
Álex rió.
—Mañana no puedo.
—Entonces dime cuándo.
Pensó.
—Pasado mañana.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Le vas a contar todo?
Álex tardó.
Camila lo señaló.
—Ahí.
—¿Qué?
—Eso.
—¿Qué cosa?
—Ya estás editando antes de llegar.
Álex sonrió sin ganas.
—Voy a contarle lo que pueda recordar sin fingir que estoy seguro.
Camila lo consideró.
—Eso sí te lo compro.
Se quedaron sentados.
Después Álex preguntó:
—¿Tú por qué le mentiste a tu mamá para venir?
Camila entrecerró los ojos.
—Chinga tu madre.
Él rió.
—La cara te delató.
—No fue la cara.
—Entonces sí mentiste.
Camila apoyó la espalda.
—Le dije que iba a la biblioteca.
—¿Por qué?
—Porque si digo que voy a ver a un cabrón que conocí cerca de donde venden cristal, no creo que diga "diviértete".
Álex dejó de reír.
—Buen punto.
Camila miró sus manos.
—Pero también porque no quiero explicar qué eres.
—¿Qué soy?
Ella tardó.
—No sé.
Álex dejó salir una sonrisa breve.
—Esa palabra también es pendeja.
—Cállate.
Se quedaron ahí hasta que la calle empezó a vaciarse.
No resolvieron qué eran.
Tampoco necesitaban hacerlo esa noche.
La madre de Camila seguía despierta cuando ella regresó.
Televisión baja.
Una taza sobre la mesa.
—¿Cómo estuvo la biblioteca?
Camila cerró la puerta.
Se quitó la mochila.
—Bien.
La mentira salió automática.
Dos pasos después se detuvo.
Su madre la miró.
—¿Qué?
Camila cerró los ojos.
—No fui.
La mujer no pareció sorprendida.
—Ya sé.
Camila giró.