Los que faltaban #3
Álex entendió sin preguntar a qué se refería.
—No.
—¿Desde aquel día?
—No.
Camila dejó salir una sonrisa breve.
—Yo tampoco.
Álex señaló el espacio libre.
—Siéntate.
Ella dudó un momento y terminó haciéndolo.
No llevaban suficiente tiempo hablando como para llamarse amigos.
Pero ya existía algo.
Una conversación pendiente.
Una especie de compromiso absurdo que había comenzado en una calle donde ambos iban a hacer exactamente lo que le recomendaban al otro no hacer.
—¿Te han dado ganas? —preguntó Camila.
Álex soltó aire por la nariz.
—Sí.
—¿Muchas?
—Hoy.
Ella lo miró.
—¿Por eso estás aquí?
—No.
—¿Seguro?
Álex señaló hacia la dirección contraria a la zona donde compraba.
—Si estuviera yendo, estaría caminando para allá.
—Eso no contesta.
—Estoy aquí porque llevo media hora decidiendo si voy.
Camila dejó de sonreír.
Álex continuó:
—No pasó nada grande.
—¿Entonces?
—Nada.
Se frotó las manos.
—A veces eso es lo peor.
—¿Qué cosa?
—Que no necesitas una tragedia.
Camila esperó.
—No siempre hay una pelea, una ruptura o un día horrible. A veces amaneces normal.
Comes.
Haces cosas.
Te aburres.
Y aparece la idea.
No como una orden.
Como una opción.
Álex miró hacia adelante.
—Y como ya conoces la opción, tu cabeza empieza a venderla.
Camila recordó la explicación del salón.
—¿Qué te dice?
Álex sonrió con amargura.
—"Una vez."
—"Hoy puedes."
—"Mañana vuelves a empezar."
—"Ya llevas varios días."
—"Te lo ganaste."
Camila bajó los ojos.
—Eso último está cabrón.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque convierte hacerte daño en premio.
La frase permaneció entre ambos.
Camila no trató de analizarlo.
—¿Y qué haces?
—Ahorita, sentarme aquí.
—¿Funciona?
—Todavía estoy aquí.
Ella aceptó la respuesta.
Pasó un grupo de estudiantes.
Álex reconoció a uno y saludó con la mano.
No explicó quién era.
Camila preguntó:
—¿Rebeca sabe que sigues viniendo?
—Sabe que sigo batallando.
—No pregunté eso.
—Entonces no.
—¿Por qué?
—Porque me da vergüenza.
La respuesta salió simple.
Camila no necesitó desmontarla.
—¿Vergüenza de qué? Ella ya sabe.
—Saber que tengo un problema no significa que quiera contarle cada vez que pierdo.
—No has perdido hoy.
—Todavía.
Camila arqueó una ceja.
—Eso fue trampa.
—¿Qué?
—Estás convirtiendo una posibilidad en algo que ya pasó.
Álex dejó salir una sonrisa breve.
—Tu profesor sí te está enseñando.
—No cambies el tema.
—No lo cambio.
—Rebeca me ayudó más de una vez. Y luego consiguió que hablara con Eduardo.
Camila recordó el día.
—¿Te arrepientes?
—No.
—¿Te sirvió?
Álex pensó un poco.
—Sí.
Ella esperó.
—¿Nada más?
—¿Quieres que diga que ese día cambió mi vida?
—No.
—Entonces sí. Me sirvió.
Camila apoyó las manos en la jardinera.
—¿Qué fue lo que más?
—Que no intentó hacerse el cabrón que sabía todo de mí.
Ella dejó salir una sonrisa breve.
—¿Eduardo?
—Sí.
—¿Pensaste que lo haría?
—Pensé que iba a escuchar tres cosas y decirme cuál era mi trauma.
Camila soltó una risa.
—No.
—Ya vi.
Álex recordó.
—Preguntó.
Escuchó.
Cuando no sabía algo, no fingió saberlo.
—Eso ayuda.
Camila miró hacia él.
—Te cayó bien.
—No exageres.
—Te cayó bien.
—Me pareció bueno.
—Es lo mismo.
—No.
Camila rió.
Álex la dejó.
—Y tú —dijo después—. ¿Por qué preguntaste lo que preguntaste aquel día?
Camila sabía cuál.
—¿Lo de si extrañabas la droga?
—Sí.
—Curiosidad.
Álex negó.
—No pareció.
—¿Y tú ahora lees mentes?
—No.
—Entonces.
—Solo recuerdo cómo lo preguntaste.
Camila dejó de mirarlo.
Álex no insistió.
Ella terminó hablando porque el silencio no la estaba obligando.
—Yo ya había consumido.
Álex hizo un gesto pequeño.
—Me imaginé.
Camila giró.
—¿Cómo?
—No lo sabía.
—Entonces no digas que te imaginaste.
—Está bien.
Álex corrigió.
—Lo sospeché.
—¿Por qué?
—Porque te interesaba demasiado la respuesta.
Camila pensó.
Eso sí era cierto.
—Cuando dijiste que no extrañabas siempre la sustancia...
—Sino cómo me sentía.
—Sí.
Camila se frotó una uña.
—Entendí.
Álex no celebró haber acertado.
—¿Te gusta?
Ella soltó una risa incómoda.
—Qué pregunta.
—Tú me la hiciste frente a un salón.
—No exactamente.
—Casi.
Camila lo pensó.
—Sí.
—¿Qué?
—Me gustó.
No lo dijo con orgullo.
Tampoco con culpa.
—Y eso me preocupa.
Álex la observó un momento.
—Está bien que te preocupe.
—¿Nada más?
—¿Qué quieres que te diga?
—No sé.
—Yo podría darte el discurso de "nunca lo hagas otra vez".
Camila apoyó los codos en las rodillas.
—Sería bastante hipócrita.
—Muchísimo.
—Entonces no.
Álex respiró.
—Puedo decirte lo que sí sé.
Esperó antes de continuar.
—Que durante mucho tiempo pensé que admitir que me gustaba significaba que tenía que seguir.
—¿Por qué?
—Porque parecía una verdad sobre mí.
Se señaló.
—"Me gusta."
—"Lo necesito."
—"Así soy."
—Y esas frases se van pegando hasta que un día parecen la misma.
Camila escuchó.
—Pero no son la misma.
—No.
Álex miró hacia la calle.
—Puede gustarte algo y aun así decidir que el costo no te conviene.
—¿Así de fácil?
—No dije fácil.
—Bien.
Álex se quedó callado un momento.
—¿Sigues teniendo miedo?
Camila supo inmediatamente de qué hablaba.
—Sí.
—¿Volviste a ver al tipo?
Ella negó.
—No.
—¿Llamadas?
—Tampoco.
—Eso es bueno.
Camila no parecía convencida.
—Debería.
Álex giró la cabeza.
—¿Pero?
—Ahora cada vez que llego a la esquina de mi casa espero verlo.
—Eso sí suena horrible.
—Y no sé si me estoy haciendo pendeja sola.
—¿Por qué?
—Porque tal vez ni me seguía.
Álex no intentó resolverlo.
Camila siguió:
—Tal vez era alguien cualquiera y yo ya construí una historia completa.
—Puede ser.
—Gracias por el apoyo.
—También puede ser que sí te estuviera siguiendo.
Camila frunció el ceño.
—Eso ayudó menos.
—No sé qué quieres que diga.
—Nada.
Ella asintió apenas.
—Está bien.
Álex miró las manos.
—Pero si vuelve a pasar, dile a alguien.
Camila estuvo a punto de responder que ya se lo había dicho a él.
No lo hizo.
Porque entendió la diferencia.
—Sí.
Permanecieron allí casi media hora.
La tentación de Álex no desapareció de manera espectacular.
Simplemente dejó de tener enfrente la calle por la que acostumbraba caminar para conseguir.
En algún punto Camila se levantó.
—Voy por algo de tomar.
—Está bien.
—Vienes.
Álex le sostuvo la mirada.
—¿Eso fue pregunta?
—No.
—Controladora.
—Sí.
Caminaron hacia una tienda.
Compraron dos botellas de agua y unas papas.
Cuando salieron, Álex señaló hacia la avenida.
—Si me dejas solo ahorita, todavía podría ir.
Camila lo observó un momento.
—Entonces te acompaño a tu camión.
—No quiero que te conviertas en mi niñera.
—No soy tu niñera.
—Entonces.
—Estoy cumpliendo el trato.
—El trato era no consumir ese día.
—Pues hoy también es un día.
No pudo discutir contra eso.
Caminaron.
En la parada, Álex preguntó:
—¿Y si mañana sí voy?
Camila respondió sin pensarlo demasiado.
—Mañana te vuelvo a decir que no vayas.
—¿Y si no te hago caso?
—Será tu decisión.
Álex quedó un segundo en silencio.
La respuesta pareció sorprenderlo.
—¿No vas a decir que me vas a salvar?
—No puedo salvarte.
Camila se encogió de hombros.
—Apenas puedo conmigo.
Álex rió.
—Eres buena psicóloga.
—Todavía no soy psicóloga.
—Bueno. Haces buenas preguntas.
Llegó el camión.
Álex subió.
Antes de entrar por completo volteó.
—Gracias.
Camila negó.
—Mañana me toca a mí.
Álex no supo si era broma.
Ella tampoco.
El domingo la frase dejó de parecerlo.
Camila llevaba varias horas intentando avanzar un trabajo.
Había escrito dos párrafos.
Borrado uno.
Revisado el teléfono demasiadas veces.
No había llamadas extrañas.
Nadie afuera.
Nada extraordinario.
La ansiedad apareció de todas maneras.
Primero como inquietud.
Después como dificultad para permanecer sentada.
Se levantó por agua.
Regresó.
Volvió a levantarse.
Abrió redes.
Las cerró.
Intentó leer.
No pudo.
Y entonces recordó la calle.
No al hombre.
La otra calle.
La que conocía.
La idea llegó sin dramatismo.
Podría ir.
Camila dejó la computadora.
No quería.
Eso se dijo.
Después apareció otra idea.
Solo una vez.
Se puso de pie.
Caminó hacia el espejo.
Se miró.
—No.
Regresó.
Abrió el teléfono.
Buscó el chat con Álex.
Escribió:
¿Qué haces?
La respuesta tardó.
Nada. ¿Qué pasó?
Camila pensó en mentir.
Anotó:
Me dieron ganas.
Tres puntos aparecieron casi inmediatamente.
¿Estás en tu casa?
Sí.
¿Ya saliste?
No.
Pasaron unos segundos.
No salgas.
Camila apretó el teléfono.
No me ordenes.
Álex respondió:
Está bien. Entonces te lo pido: no salgas todavía.
Ella se sentó en la cama.
¿Tú cómo vas?
Álex tardó más.
Hoy bien.
Después añadió:
Voy para allá si quieres.
Camila escribió:
No sabes dónde vivo.
La respuesta tardó poco.
Buen punto.
Ella rió a pesar del nerviosismo.
Le mandó una ubicación de una tienda a varias cuadras de su casa.
Ahí.
Voy.
Camila llegó antes.
No llevaba dinero de más.
Esa decisión sí fue consciente.
Álex apareció quince minutos después.
—¿Cómo estás?
—Cagada.
—Bien.
Camila lo observó un momento.
—¿Bien?
—Que lo digas.
—No que estés cagada.
Ella soltó aire.
Caminaron.
No hacia la zona donde ella compraba.
Tampoco hacia su casa todavía.
Simplemente caminaron.
—¿Qué pasó? —preguntó Álex.
—Nada.
—Eso dijiste la vez pasada.
—Porque no pasó nada.
Camila intentó explicarlo.
—Estoy cansada.
No de la escuela.
No sé.
Siento que llevo semanas esperando algo.
Que suene el teléfono.
Que aparezca el tipo.
Que pase otra cosa.
—Y hoy no pasó.
—No.
—¿Y eso te puso peor?
—Sí.
Álex entendió más de lo que dijo.
—Como cuando estás esperando un golpe y nunca llega.
Camila volteó a verlo.
—Algo así.
—Te cansas de estar preparado.
—Sí.
Caminaron unos metros.
—Y entonces me acordé.
Álex no preguntó de qué.
—¿Qué querías? —dijo.
Camila se tomó un instante.
—Dejar de estar así.
Álex asintió.
—Ahí está el problema.
—No empieces de profesor.
—No.
Señaló hacia sí mismo.
—Ese fue mi problema.
Camila lo dejó continuar.
—Cuando empiezas a usar algo para una sola situación, todavía tienes una relación limitada con eso.
Fiesta.
Examen.
Lo que sea.
—Cuando se convierte en respuesta para cualquier malestar, se empieza a meter en más partes de tu vida.
Camila caminaba más despacio.
—Hoy era ansiedad.
Mañana puede ser tristeza.
Luego aburrimiento.