MANUAL DE PSICOLOGÍA Los que faltaban #2
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Los que faltaban #2

—¿Y cómo sabes cuándo la comparación te está haciendo daño?

Eduardo respondió sin hacer otra ronda de opiniones.

—Cuando deja de darte información y empieza a consumir tu conducta.

Señaló el pizarrón.

—Si compararte con alguien te hace reconocer una habilidad que quieres desarrollar, puede tener utilidad.

—Si toda tu energía empieza a depender de superar, vigilar o disminuir a esa persona, probablemente ya no estás utilizando la comparación. La comparación te está utilizando a ti.

Valeria miró hacia Mateo.

Él estaba escribiendo.

No pareció verla.

O decidió no demostrar que la había visto.

Eduardo cerró el tema poco después.

No pidió confesiones.

No preguntó quién envidiaba a quién dentro del grupo.

No necesitaba hacerlo.

—Solo quiero que esta semana hagan una cosa.

Escribió:

¿QUÉ ME ESTÁ MOSTRANDO?

—Cuando aparezca esa emoción, antes de avergonzarse o justificarla, pregúntense qué está señalando.

—Después decidan si quieren utilizar la información o desperdiciar energía peleando contra la existencia del otro.

La clase terminó ahí.

Valeria llegó a su departamento poco después de las ocho.

Dejó las llaves en una pequeña bandeja junto a la entrada.

Se quitó los zapatos.

Prendió la televisión sin subir demasiado el volumen.

Calentó comida.

No tenía hambre suficiente para cocinar.

Mientras esperaba el microondas pensó en Mateo.

Le molestó darse cuenta.

Había pasado media clase evitando mirarlo y la otra mitad preguntándose si él estaba haciendo lo mismo.

Sacó el plato.

—Qué hueva.

No sabía si hablaba de Mateo o de ella.

Comió en el sofá.

Respondió dos mensajes.

Revisó un correo.

A las nueve y veinte llevó el plato a la cocina.

La luz de la sala parpadeó.

Una vez.

Valeria siguió lavando.

El edificio no era nuevo.

Había tenido variaciones eléctricas antes.

La luz volvió a parpadear.

Esta vez la cocina se apagó durante un par de segundos.

—Ay, no.

Regresó.

Encendió el interruptor.

Funcionó.

Terminó de lavar.

Cuando caminaba hacia la sala, la lámpara junto al sofá se encendió sola.

Valeria se detuvo.

La miró.

Era uno de los focos inteligentes que había instalado meses atrás.

Sacó el teléfono.

Abrió la aplicación.

La lámpara aparecía encendida.

La apagó desde el celular.

Se apagó.

—Ya.

Dejó el teléfono.

La luz se encendió de nuevo.

Valeria lo tomó.

—No chingues.

La aplicación indicaba actividad.

Apagado.

Encendido.

Apagado.

Encendido.

Ella no había realizado varias de esas acciones.

Pensó en una actualización.

Un error de sincronización.

Incluso en su primo, que había ayudado a instalar el sistema.

Le escribió.

¿Sigues teniendo acceso a mis focos?

La respuesta llegó casi inmediatamente.

No. ¿Por?

Se están prendiendo solos.

Reinicia el hub.

Valeria hizo lo que le indicó.

Durante unos minutos no ocurrió nada.

—Listo.

Volvió al sofá.

La luz del pasillo se apagó.

Valeria se quedó quieta.

La de la cocina se encendió.

Después la del pasillo regresó.

El teléfono vibró.

La aplicación mostraba un dispositivo conectado que no recordaba haber visto antes.

No era un nombre.

Solo una combinación de letras y números.

Valeria abrió la información.

Conectado: 3 días.

El cuerpo se le tensó.

Llamó a su primo.

—¿Qué onda?

—Tengo un aparato conectado a mi red.

—¿Cuál?

Valeria leyó el identificador.

Hubo unos segundos.

—No sé qué sea.

—¿Cómo lo saco?

—Métete al router.

Él la fue guiando.

Valeria abrió el panel.

Encontró el dispositivo.

—Aquí está.

—Bloquéalo.

Lo seleccionó.

La página dejó de responder.

—Se trabó.

—Recarga.

Valeria actualizó.

El dispositivo ya no estaba.

—Ya desapareció.

—Entonces se desconectó.

—Justo cuando intenté bloquearlo.

—Puede pasar.

La respuesta era razonable.

No le gustó.

—¿Alguien se puede meter y controlar mis luces?

—Si tuvo acceso a la red, quizá. Depende del sistema.

—¿Desde afuera?

—Vale, no te asustes. Puede ser cualquier dispositivo que no reconociste. Una tele. Una bocina. Algo que cambió de nombre después de una actualización.

Valeria miró la bocina junto al televisor.

—Sí.

—Cambia la contraseña del Wi-Fi. Reinicia todo. Si vuelve a pasar me dices.

—Está bien.

—¿Estás sola?

La pregunta le molestó más de lo que esperaba.

—Sí.

—¿Quieres que vaya?

—No.

—Seguro.

—Sí.

—Haz lo de la contraseña.

—Ya.

Colgó.

Valeria cambió la clave.

Reconectó el teléfono.

Después la televisión.

La computadora.

Los focos.

La bocina.

Todo volvió a funcionar.

Apagó la lámpara.

Esperó.

Nada.

Cinco minutos.

Diez.

Nada.

La explicación tecnológica empezó a recuperar terreno.

Algún dispositivo.

Una falla.

Un vecino intentando conectarse.

El sistema desconfigurado.

No había razón para inventar otra cosa.

Valeria tomó agua.

Regresó al sofá.

La pantalla del teléfono mostró una notificación de la aplicación.

AUTOMATIZACIÓN EJECUTADA.

Ella nunca había creado una automatización.

Abrió.

No había ninguna.

Revisó el historial.

Vacío.

Valeria dejó el celular sobre la mesa.

Esta vez no llamó a su primo.

Fue al router.

Lo desconectó.

Todas las luces inteligentes perdieron conexión.

Quedaron como focos normales.

Valeria utilizó los interruptores.

Apagó la sala.

Apagó la cocina.

Dejó encendido únicamente el pasillo.

Se acostó.

No ocurrió nada más.

A la mañana siguiente volvió a conectar el router antes de irse.

No porque estuviera convencida de que el problema había terminado.

Porque necesitaba saber si regresaría.

Daniel tardó más en darse cuenta.

Llegó a casa, saludó a su madre desde la entrada y subió a su habitación.

Dejó la mochila.

Abrió la ventana.

Encendió la computadora.

Revisó unas notas de la clase.

Algo le incomodaba.

No sabía qué.

Continuó leyendo.

Cinco minutos después levantó la vista.

La silla pequeña que utilizaba cuando alguien entraba a su cuarto estaba junto a la ventana.

Él siempre la dejaba cerca del clóset.

No era una obsesión.

Simplemente ahí iba.

Se levantó.

La movió.

Pensó en su madre.

Bajó.

Ella estaba en la sala.

—¿Entraste a mi cuarto?

—No.

—¿Hoy tampoco?

Su madre lo miró.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Entonces ¿qué buscas?

—La silla estaba movida.

—Pues la habrás movido tú.

—Puede ser.

—¿Te falta algo?

—No.

—Entonces deja de inventarte problemas.

—Sí.

Regresó.

No pensaba que alguien hubiera entrado.

La explicación de su madre era suficiente.

Él mismo podía haberla movido.

Abrió un cajón buscando un cargador.

No estaba.

Revisó otro.

Lo encontró ahí.

—Perfecto.

Se rió de sí mismo.

Aquello empezaba a parecer una demostración de cómo alguien podía construir una historia con detalles insignificantes.

La silla.

El cargador.

Su sensación al entrar.

Todo podía haber estado así.

Se sentó.

Abrió una lectura.

Veinte minutos después necesitó una pluma.

El cajón superior del escritorio no abrió completamente.

Algo lo bloqueaba.

Tiró un poco más.

Dentro había cables.

Memorias viejas.

Un juego de llaves que ya no usaba.

Una pequeña libreta.

Y una fotografía.

Daniel dejó de mover el cajón.

Tomó la foto.

Era él.

Entrando a su casa.

De espaldas.

La imagen había sido tomada desde la calle.

Se veía la reja.

Parte de la banqueta.

Su hombro.

La mochila que había usado dos días antes.

Daniel volteó la fotografía.

Nada.

Regresó al frente.

No era una impresión de buena calidad.

Parecía hecha en una impresora fotográfica doméstica.

Bajó otra vez.

—Mamá.

—¿Qué pasó ahora?

Le enseñó la imagen.

La expresión de su madre cambió.

—¿Qué es eso?

—Eso te estoy preguntando.

—¿De dónde la sacaste?

—Estaba en mi cajón.

—¿Quién te la dio?

—Nadie.

—Daniel, no estés jugando.

—No estoy jugando.

Su madre tomó la fotografía.

—¿Cuándo es esto?

Daniel miró la ropa.

—El martes.

—¿Y quién tomó la foto?

—No sé.

—¿Algún amigo?

—No creo.

—¿Qué clase de broma es?

—No sé.

Ella volvió a observarla.

—Yo no metí esto a tu cuarto.

—Ya sé.

—Tu papá tampoco.

Daniel dejó la frase ahí.

Su padre no estaba en casa.

—¿La puerta quedó abierta algún día?

—No.

—¿Seguro?

Daniel no lo estaba.

Y eso le molestó.

Seguro era una palabra demasiado grande para una semana ordinaria.

—Voy a revisar la cámara.

Su madre levantó la vista.

—¿Cuál?

—La de la entrada.

La vivienda tenía una cámara sencilla instalada hacia la reja.

No grababa toda la calle.

Solo parte del acceso.

Daniel abrió la aplicación.

Buscó el martes.

Encontró la hora aproximada en que había regresado.

Se vio entrando.

Pausa.

Retrocedió.

Volvió a reproducir.

Él caminaba desde fuera del encuadre, abría la reja y entraba.

No aparecía nadie siguiéndolo.

Tampoco podía verse el punto exacto desde donde había sido tomada la fotografía.

Quedaba fuera del campo de la cámara.

Su madre estaba a su lado.

—¿Ves?

—Sí.

—No hay nadie.

—La cámara no apunta hacia donde estaba quien tomó la foto.

Ella miró la imagen.

Después la pantalla.

—A lo mejor fue alguien desde un coche.

—Puede ser.

—Algún amigo.

—Puede ser.

—¿Tienes problemas con alguien?

—No.

—¿Una novia?

Daniel la miró.

—¿Qué?

—No sé. Estoy preguntando.

—No.

Su madre le devolvió la fotografía.

—Guárdala.

—Sí.

—Y si vuelve a pasar algo me dices.

Daniel asintió.

Regresó a su cuarto.

La silla junto al clóset ya no parecía importante.

Tampoco el cargador.

La foto sí.

La guardó dentro de un libro.

Después cambió de opinión.

La sacó.

Tomó dos fotografías con el teléfono.

Frente.

Reverso.

Guardó el original en una carpeta.

No quería perderlo.

No sabía por qué tendría que perderlo.

Ese pensamiento fue suficiente para mantenerlo despierto más tiempo del habitual.

Al día siguiente, Eduardo continuó con la clase sin saber nada de Valeria ni de Daniel.

Ninguno de los dos se acercó.

Valeria observó a Mateo varias veces.

Daniel revisó dos veces el teléfono.

Todo parecía parte del comportamiento normal del grupo.

Eso era lo inquietante de ciertas cosas.

Podían estar ocurriendo mientras alguien, a medio metro, tomaba apuntes sobre un tema completamente distinto.

Camila encontró a Álex dos días después.

No había ido a buscarlo.

Lo vio cerca de la jardinera donde habían hablado aquella tarde.

Álex estaba sentado, algo encorvado, observando gente pasar.

Camila se detuvo.

—¿Qué haces aquí?

Él levantó la cabeza.

—Nada.

—Eso suena sospechoso.

—Estoy descansando.

Camila se acercó.

—¿Fuiste?