MANUAL DE PSICOLOGÍA Los que faltaban
26%

Los que faltaban

El semestre ya no se sentía nuevo.

Eso cambiaba ciertas cosas.

Durante las primeras semanas todos cuidaban un poco más cómo hablaban, dónde se sentaban, cuánto intervenían, qué opiniones estaban dispuestos a defender frente a desconocidos.

Después la vigilancia sobre uno mismo comenzaba a ceder.

Las conversaciones se volvían menos cuidadosas.

Aparecían preferencias.

Afinidades.

Molestias.

Personas que buscaban sentarse cerca.

Otras que empezaban a evitarse.

El grupo todavía estaba lejos de conocerse por completo, pero ya había dejado atrás esa etapa donde todos podían fingir que llegaban al salón sin una historia previa.

Aquella mañana, cuando entraron, Eduardo ya había escrito una palabra en el pizarrón.

ENVIDIA

No añadió definición.

Tampoco una pregunta.

Esperó a que terminaran de acomodarse.

Bruno fue quien rompió el silencio.

—Bonito tema.

Eduardo dejó unos papeles sobre el escritorio.

—¿Por qué?

—Porque nadie va a aceptar que siente.

—Entonces empecemos por ahí.

Tomó el marcador.

—¿Por qué cuesta admitirla?

Bruno movió una mano.

—Porque suena culero.

Algunos sonrieron.

—Define "culero".

—Como que si envidias a alguien significa que quieres que le vaya mal.

Eduardo escribió debajo:

ENVIDIA ≠ MALDAD

—Ese es uno de los errores.

Se volvió hacia ellos.

—Sentir envidia no convierte a una persona en mala. Tampoco significa necesariamente que quiera destruir aquello que otra persona tiene.

Dejó que la idea quedara clara antes de abrirla al grupo.

—La envidia aparece cuando percibimos que alguien posee algo que valoramos y nosotros no tenemos, o creemos tener en menor medida. Puede ser dinero. Reconocimiento. Apariencia. Capacidad. Relación. Estatus. Libertad. Incluso una característica personal.

Valeria intervino:

—¿Y por qué se siente tan feo?

—Porque no solamente miramos al otro.

Eduardo señaló la palabra.

—También nos miramos a nosotros.

Escribió:

COMPARACIÓN

—El problema no siempre es "él tiene algo".

Añadió debajo:

¿QUÉ DICE ESO DE MÍ?

Ahora sí varias plumas comenzaron a moverse.

—Si alguien consigue un trabajo que tú querías, la emoción puede no venir únicamente de que esa persona tenga el puesto. Puede venir de lo que interpretas sobre ti: "yo no pude", "me estoy quedando atrás", "tal vez no soy tan bueno", "yo merecía eso".

Mateo levantó la vista.

—Y a veces es peor cuando sabes que el otro sí se esforzó.

Eduardo se detuvo.

—Continúa.

Mateo apoyó un brazo sobre la mesa.

—Porque si piensas que fue suerte, te puedes defender. Dices: "Le tocó". "Conocía a alguien". "Tuvo oportunidad".

Miró brevemente a Valeria antes de regresar la atención al frente.

—Pero si sabes que se preparó más que tú, trabajó más o hizo algo que tú no hiciste, ya no tienes dónde esconderte.

La respuesta dejó algunas sonrisas incómodas.

Eduardo afirmó con la cabeza.

—Ahí la envidia puede convertirse en información.

Escribió:

¿ACCIÓN O DESGASTE?

—Una posibilidad es utilizar la comparación para identificar algo propio.

"Quiero eso."

"¿Qué hizo esa persona?"

"¿Qué puedo modificar?"

—La otra es gastar la energía en disminuir al otro.

"Seguro hizo trampa."

"No es tan bueno."

"Ya le irá mal."

"No se lo merece."

—La emoción puede ser parecida.

—La conducta posterior no.

Valeria habló desde su lugar.

—Entonces puedes sentir envidia y aun así alegrarte por alguien.

—Sí.

—Suena contradictorio.

—Los seres humanos podemos sostener emociones contradictorias con bastante facilidad.

Valeria pensó unos segundos.

—Me ha pasado.

Eduardo no pidió detalles.

Ella los dio de todos modos.

—Alguien logra algo que yo también quería. Lo felicito y sí me da gusto.

Movió los dedos sobre la libreta.

—Pero también aparece como un huequito. Una parte que dice: "Yo quería estar ahí".

Mateo no levantó la cabeza.

Eduardo tampoco utilizó aquella respuesta para señalarlo.

—Eso es mucho más común de lo que suele admitirse.

Tomás llevó el tema hacia las redes sociales.

Iván reaccionó de inmediato.

—Ahí sí vivimos jodidos.

—Explícalo.

Iván ya no necesitaba esconderse detrás de un chiste.

—Porque todo el tiempo estás viendo lo mejor de otra persona.

Vacaciones.

Cuerpo.

Trabajo.

Pareja.

Dinero.

Logros.

—Y luego ves tu martes.

Hubo algunas risas.

—Estás tirado, tienes tres pendientes, discutiste con alguien y llevas dos horas viendo a personas que parecen estar haciendo todo mejor que tú.

Eduardo anotó:

COMPARACIÓN SOCIAL

—Compararnos con otros no comenzó con Instagram.

—Claro.

—Pero la escala cambió.

Eduardo desarrolló la idea sin interrupciones.

—Durante buena parte de la historia humana, las personas se comparaban principalmente con círculos relativamente pequeños: familia, vecinos, compañeros, miembros de su comunidad.

Hoy una persona puede exponerse en minutos a cientos de cuerpos, carreras, relaciones, casas y estilos de vida seleccionados precisamente para ser mostrados.

Señaló a Iván.

—Además existe otra distorsión.

—¿Cuál?

—Comparas tu experiencia completa contra la selección de otro.

Iván entendió.

—Tú sabes cómo estuvo todo tu día.

—Exactamente.

—Pero de mí ves treinta segundos.

—Y probablemente escogiste cuáles treinta.

—Obvio.

—Ahí existe una asimetría.

Anotó:

MI VIDA COMPLETA / SU VERSIÓN EDITADA

—No es una comparación justa, pero emocionalmente puede sentirse como si lo fuera.

Nicolás habló.

—¿Y de qué sirve saberlo si igual te pega?

Eduardo lo observó un momento.

—De lo que haces después.

—¿No evita que aparezca?

—No necesariamente.

Eduardo se apoyó en el escritorio.

—Comprender un mecanismo no significa que el mecanismo desaparezca. Saber que una fotografía está seleccionada no impide que te compares. Saber que un comentario te activó no hace que deje de doler.

Miró al grupo.

—El conocimiento puede darte un segundo momento.

—La reacción aparece.

—Después decides qué haces con ella.

Nicolás asintió, todavía pensativo.

—Entonces no se trata de no sentir.

—Muy pocas veces se trata de no sentir.

Mariana aportó algo desde urgencias.

—A veces veo una versión extraña de eso entre familias.

—¿Envidia?

—Más comparación.

Contó cómo dos familias podían estar en camas próximas y empezar a medir la atención recibida.

"A él lo atendieron primero."

"A ella le explicaron más."

"A ellos sí les dieron estudios."

—Algunas veces tienen razón —aclaró—. Hay fallas reales.

—¿Y otras?

—Están comparando casos diferentes con información incompleta.

—Eso también importa.

Anotó:

DATOS PARCIALES

—La mayoría de nuestras comparaciones ocurren con información incompleta.

Gael levantó la mano.

—Entonces todas están mal calibradas.

Eduardo esperó un segundo.

—No todas.

—Pero sí tienen incertidumbre.

—Eso sí.

Gael continuó:

—Porque no sabes todas las variables del otro.

—Correcto.

Eduardo dejó que terminara.

—Y precisamente por eso debemos ajustar la seguridad de nuestras conclusiones a la cantidad de información que realmente tenemos.

Gael afirmó con la cabeza.

—Eso ya suena a estadística.

—La vida está llena de estadística aunque la gente no utilice esa palabra.

Bruno intervino después.

—¿Puedes envidiarte a ti mismo?

Algunos voltearon.

Eduardo se interesó.

—Explícate.

Bruno no parecía estar bromeando.

—Una versión anterior.

—¿Cómo?

—No sé.

Miró hacia la mesa.

—A veces recuerdo cómo era hace algunos años. Tenía menos cosas en la cabeza.

Soltó una pequeña risa.

—Probablemente también era más pendejo.

—Eso no invalida el ejemplo.

—Pero estaba más tranquilo.

Bruno buscó la forma correcta.

—Y a veces veo fotos o recuerdo algo y pienso: "Ese cabrón no sabía lo bien que estaba".

Nadie se rió esta vez.

COMPARACIÓN CON UNO MISMO

—Sí.

Miró la frase.

—También podemos comparar versiones temporales de nuestra propia vida.

—Más jóvenes.

—Más saludables.

—Con menos responsabilidades.

—Antes de una pérdida.

—Antes de una enfermedad.

—Antes de cometer algo que no podemos deshacer.

Camila dejó de mover la pluma.

Eduardo siguió:

—En esos casos la comparación puede mezclarse con nostalgia, duelo, arrepentimiento o idealización.

Tomás preguntó:

—¿Idealización?

—La memoria tampoco es un video perfecto.

Eduardo no desarrolló otra clase completa de memoria. Ya lo habían trabajado.

—A veces recordamos una época eliminando parte de lo que también dolía en ella.

Bruno dejó salir una sonrisa.

—Entonces igual y mi yo de hace cinco años estaba de la chingada y ya se me olvidó.

—Es una posibilidad.

—Qué bonito.

Hubo algunas risas.

Eduardo aprovechó para cerrar el punto.

—No necesitan destruir el pasado para vivir el presente. Tampoco necesitan convertirlo en un lugar perfecto al que quisieran regresar.

Camila escribió una frase:

También hacemos duelo por versiones de nosotros.

La subrayó.

El teléfono de Valeria vibró dentro del bolso.

Lo tomó.

Una notificación de la aplicación de su casa.

No la abrió.

La guardó.

Eduardo había pasado a la comparación dentro de la familia.

Ahí aparecieron hermanos.

Primos.

Hijos.

Padres.

Las frases aparentemente inocentes.

"Tu hermana sí estudiaba."

"Tu primo ya compró casa."

"Cuando yo tenía tu edad ya tenía dos hijos."

"El hijo de fulano sí trabaja."

Rebeca conocía demasiado bien aquella dinámica.

—Con adolescentes puede ser muy destructivo.

Eduardo le cedió el espacio.

—Porque la comparación se vuelve identidad —explicó ella—. Si durante diez años eres "el flojo" frente a "el responsable", llega un momento donde todos interpretan lo que haces desde ahí.

—Incluido tú —añadió Daniel.

—Sí.

Rebeca continuó.

—Y también puede pasar al revés. El que siempre fue "el bueno" siente que no puede fallar porque perdería la única identidad por la que recibe reconocimiento.

Anotó:

ROL FAMILIAR

—Una etiqueta repetida puede empezar describiendo una conducta y terminar organizando expectativas.

Miró a Emiliano.

No porque pensara en algo específico.

Simplemente estaba en esa parte del salón.

Emiliano bajó los ojos de todos modos.

Eduardo siguió.

—Pero cuidado otra vez: que una familia utilice etiquetas no significa que una persona quede condenada a representarlas toda su vida.

—Riesgo no es destino.

Eduardo lo señaló.

—Ya está entrando.

Sofía preguntó: