¿Por qué estás aquí? #5
—Pero tampoco te voy a decir que esto es normal.
Su hermana lloró en silencio.
—Si mañana decides regresar con él, no significa que hoy dejó de pasar.
La frase la hizo bajar la vista.
Sofía agregó:
—Y si decides alejarte, no tienes que hacerlo sola.
La policía pidió terminar algunos datos.
El vecindario fue recuperando silencio.
Cuando estuvieron otra vez los tres, la hermana dijo:
—Mañana voy a ir a verlo.
Sofía soltó aire.
—No.
—Tengo que hablar con él.
—No tienes que hacerlo mañana.
—Quiero saber cómo está.
—Está detenido porque te golpeó.
—Ya sé.
Andrés miró a Sofía.
Ella comprendió que seguir empujando podía hacer que su hermana se cerrara.
Cambió.
—Está bien.
La hermana la miró sorprendida.
—No estoy diciendo que vayas.
—Entonces...
—Estoy diciendo que no vamos a resolver toda tu relación esta noche.
Se sentó.
—Pero mañana quiero que hables con alguien que sepa más que nosotros.
—No quiero ir con un psicólogo.
Sofía pensó en Eduardo.
—No te estoy diciendo que empieces terapia mañana.
—Entonces ¿qué?
—Quiero preguntarle algo a mi profesor.
Andrés entendió.
—Eduardo.
—Sí.
Su hermana negó.
—No quiero que cuentes mi vida en tu escuela.
—No voy a contar tu nombre.
Sofía fue clara.
—Ni tus datos. Ni voy a convertirte en caso de clase.
—¿Entonces?
—Solo quiero saber cómo ayudar sin hacerte sentir que estamos decidiendo por ti.
La hermana no respondió.
Andrés dijo:
—Eso sí puede servir.
Sofía lo miró.
—Mañana le pregunto.
A esa misma hora, Gael estaba en su habitación.
Su padre todavía no regresaba del trabajo.
La casa tenía una tranquilidad que a Gael le gustaba.
No necesitaba televisión encendida para sentir compañía.
No dejaba música sonando porque le molestara el silencio.
La dejaba porque le gustaba escucharla.
En una repisa había discos, algunas ediciones viejas y varias figuras oscuras que en cualquier otra habitación habrían parecido decoración excesiva.
En la suya encajaban.
Metallica.
Stratovarius.
Haggard.
Nightwish.
Marilyn Manson.
Bandas mezcladas sin demasiada preocupación por clasificar géneros para complacer a nadie.
La pared junto al escritorio estaba cubierta por dos pósteres, cables organizados con una precisión casi ridícula y una pequeña colección de pines que todavía no había colocado en la mochila.
La computadora principal tenía dos monitores.
Una laptop descansaba a un lado.
El no break estaba debajo.
Gael había invertido demasiado dinero en esa parte del cuarto como para aceptar fallas sin explicación.
Trabajaba en una tarea.
Tenía abiertas varias pestañas.
Un artículo.
Una base de datos.
Un documento.
Música.
Una terminal donde hacía algo que probablemente ninguno de sus compañeros habría entendido sin explicación.
La canción terminó.
Comenzó otra.
Gael escribió tres líneas.
La computadora se detuvo.
El cursor no respondió.
Dejó pasar un instante.
Movió el mouse.
Nada.
—No.
Presionó una tecla.
Después otra.
La música se congeló en un fragmento mínimo.
Un sonido repetido.
Gael quitó los audífonos.
—No puede ser.
Había cambiado el disco hacía pocos meses.
Tenía memoria de sobra.
El sistema no estaba bajo carga suficiente para congelarse así.
Abrió el administrador de tareas.
No respondió.
—Tanto pinche dinero...
La pantalla se apagó.
Al mismo tiempo desapareció la luz del cuarto.
Gael quedó inmóvil.
Desde afuera llegaron algunas voces.
Una casa vecina también se había quedado a oscuras.
Después otra.
Se asomó por la ventana.
La calle estaba negra.
—Bueno.
Eso sí tenía explicación.
Se había ido la energía.
Volvió al escritorio.
Entonces reparó en algo.
El no break tampoco estaba sosteniendo la computadora.
—¿Qué chingados?
Se agachó.
Tocó el equipo.
Ninguna luz.
Presionó el botón.
Nada.
—Perfecto.
Todo había decidido morir junto.
Sacó el teléfono y encendió la lámpara.
Revisó cables.
Conexiones.
El interruptor.
No encontró nada evidente.
Podía seguir desmontando cosas.
No tenía ganas.
—Mañana.
Bajó a la cocina.
Su padre seguía sin llegar.
Gael abrió el refrigerador.
La luz interior tampoco encendió.
Se sirvió agua.
Después decidió hacerse un sándwich.
No tenía sentido quedarse frente a una computadora apagada esperando que la electricidad obedeciera su impaciencia.
Mientras comía, revisó el teléfono.
El grupo tenía mensajes.
Bruno había mandado una estupidez.
Tomás respondió con un meme.
Gael no escribió nada.
Buscó si había reporte de falla en la zona.
No encontró información todavía.
Calculó cuánto podía durar el respaldo del módem si realmente funcionara.
Luego recordó que tampoco estaba funcionando.
—Muy buen respaldo.
Terminó de comer.
Subió.
La casa seguía oscura.
Se sentó frente al escritorio.
Revisó nuevamente el no break.
Nada.
Se recargó en la silla.
Pensó en la pregunta de Eduardo.
¿POR QUÉ ESTÁS AQUÍ?
No le gustaban las preguntas demasiado amplias.
Permitían respuestas demasiado convenientes.
Él había dicho sistemas.
Decisiones.
Variables.
Era verdad.
Pero no era todo.
Había algo que siempre le había molestado del comportamiento humano: la facilidad con que las personas aceptaban explicaciones cuando las necesitaban.
Una mala coincidencia se convertía en destino.
Un sueño en señal.
Un error en presagio.
Una coincidencia numérica en mensaje del universo.
Gael prefería mecanismos.
Causa.
Dato.
Probabilidad.
Si algo ocurría, algo lo había producido.
No necesitaba ser sencillo.
Solo necesitaba existir.
Apoyó la cabeza.
Esperaría diez minutos.
Cerró los ojos.
Cuando los abrió, la pantalla de la computadora estaba encendida.
Gael se incorporó.
—Ah.
El escritorio había recuperado vida.
La laptop también mostraba una pequeña luz.
Pensó que había regresado la electricidad.
Movió el mouse.
La computadora respondió.
Abrió el documento.
—Bien.
El sistema parecía normal.
Revisó el no break.
Ahora mostraba batería.
—Entonces sí funcionas.
Volvió al trabajo.
No encendió la lámpara del techo.
Prefería seguir con la luz de los monitores.
La música comenzó otra vez desde donde se había detenido.
Gael escribió.
Pasaron varios minutos.
A su izquierda se encendió el televisor.
No miró de inmediato.
Pensó que el equipo había quedado configurado para recuperar el estado anterior al corte.
La pantalla iluminó parte de la habitación.
Gael siguió trabajando.
Un zumbido interrumpió la música.
Quitó un audífono.
El sonido venía de la televisión.
Levantó la vista.
No había imagen.
Solo estática gris.
—Qué madre.
Tomó el control.
Presionó apagar.
Nada.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Cambió canal.
No respondió.
—También tú.
Se levantó.
Fue hacia la televisión.
La imagen cambió.
Apareció un estudio de noticias.
Gael se detuvo.
Una mujer estaba sentada detrás de un escritorio.
No reconoció el canal.
Tampoco el logotipo.
La imagen tenía una calidad extraña, como una transmisión vieja reproducida en una pantalla demasiado nueva.
La reportera miraba hacia otra cámara.
Movió unos papeles.
Después levantó el rostro.
Directamente hacia él.
Gael dejó de moverse.
La mujer habló.
—¿Te acuerdas de mí?
La televisión se apagó.
Al mismo tiempo se encendió la lámpara del techo.
Gael quedó frente a la pantalla negra.
La música continuó desde la computadora.
Bajó la mirada al control.
Presionó encendido.
La televisión arrancó normalmente.
Canal abierto.
Un comercial.
Cambió.
Otro canal.
Noticias deportivas.
Otro.
Una película.
Regresó.
Nada.
Gael revisó la hora.
Después miró el enchufe.
La televisión estaba conectada directamente a la pared.
No al no break.
Siguió mirando el cable.
La electricidad había regresado.
Eso era evidente.
Tal vez regresó unos segundos antes de que lo notara.
La televisión pudo haber encendido por una configuración automática.
Una transmisión defectuosa.
Un fragmento de algún canal.
Eso era posible.
Todo era posible por separado.
Regresó al escritorio.
Revisó el registro del sistema.
Hora de apagado.
Hora de reinicio.
Eventos.
No encontró nada extraño en una lectura rápida.
Terminó la tarea.
Cerró pestañas.
Apagó la computadora.
Su padre llegó poco después.
—¿Se fue la luz?
—Sí.
—También estaba apagado el semáforo de la avenida.
—Ya volvió.
—Ya vi.
Nada más.
Gael no contó lo de la televisión.
No porque tuviera miedo.
Porque todavía no tenía nada que contar.
Un aparato había encendido.
Había visto una transmisión.
Eso era todo.
Se acostó cerca de la una.
El cuarto estaba oscuro.
La computadora apagada.
El televisor también.
Gael cerró los ojos.
Tardó varios minutos en quedarse quieto.
Repasó mentalmente el corte.
Computadora apagada.
No break sin respuesta.
Cocina.
Regreso.
Se había quedado dormido.
Después la computadora encendida.
La televisión.
La reportera.
¿Te acuerdas de mí?
Abrió los ojos.
Algo no encajaba.
No era la frase.
Era la electricidad.
Se incorporó.
Miró hacia el televisor.
Recordó con exactitud el momento.
La computadora podía mantenerse encendida con batería.
Eso explicaba una parte.
Pero la televisión no.
La televisión estaba conectada a la pared.
Cuando se había encendido, la lámpara seguía apagada.
La calle también había parecido oscura desde la ventana.
Gael se quedó sentado.
—No.
Buscó otra explicación.
Tal vez la energía había regresado y la lámpara no encendió porque el interruptor estaba apagado.
Miró el interruptor.
Él recordaba haberla dejado encendida antes del corte.
¿Seguro?
No.
Tal vez no.
La televisión pudo haber recibido energía antes que algunos circuitos.
¿Tenía sentido?
Poco.
Pero podía existir una explicación eléctrica que desconocía.
La frase también podía pertenecer a una película.
A una noticia.
A un anuncio.
Él había despertado medio dormido.
El cerebro completa información.
Confunde.
Reconstruye.
Gael recordó la clase de memoria.
Una sonrisa pequeña apareció.
—Muy bien, Eduardo.
Se acostó otra vez.
Cerró los ojos.
Intentó dormir.
No pudo inmediatamente.
Porque había una pregunta que seguía regresando.
No sobre la reportera.
No sobre la frase.
Sobre algo mucho más sencillo.
Si la televisión no tenía batería...
¿cómo se había encendido antes de que regresara la luz?
Gael abrió los ojos en la oscuridad.
Esta vez no buscó una respuesta.
La dejó ahí.