¿Por qué estás aquí? #4
—Entonces tú tampoco quieres decir.
—No dije que quisiera.
Camila aceptó.
No estaban en una sesión.
No tenían derecho sobre la historia del otro.
Álex movió una piedrita con el zapato.
—Pero tú no deberías seguir.
—No empieces.
—Escúchame.
Su tono no fue de profesor.
Tampoco de experto.
—Yo ya estoy más metido de lo que te imaginas. No te digo eso para hacerme interesante. Hay días que ni siquiera sé cuánto de mi rutina existe alrededor de esto.
Camila permaneció quieta.
—Tú todavía estás en un lugar diferente.
—No sabes eso.
—No.
—Entonces no me digas.
Álex respiró.
—Está bien. Lo digo de otra manera: si todavía puedes elegir no convertir esto en la respuesta para lo que estás sintiendo, hazlo.
La frase sí entró.
Camila recordó el miedo.
La sombra.
La ventana.
Lo que había sentido después.
—¿Y si ya me gusta?
—Puede gustarte.
—¿Entonces?
—Que te guste no significa que tienes que construir tu vida alrededor.
Álex miró sus manos.
—Ese fue uno de mis errores. Creer que admitir que me gustaba era lo mismo que aceptar que no podía hacer nada.
Camila lo observó.
—Te oyes como psicólogo.
—Antes quería estudiar más.
—Eso dijiste.
—Sí.
—Todavía sabes.
—Saber tampoco desaparece porque te jodas.
La frase fue dura.
No autocompasiva.
Simplemente cierta para él.
Camila se quedó varios segundos en silencio.
Después señaló hacia la calle.
—Te propongo algo.
—¿Qué?
—Hoy no vamos.
Álex levantó las cejas.
—¿Los dos?
—Los dos.
—¿Y mañana?
—Mañana será mañana.
—Muy científico.
—Cállate.
—Está bien.
Camila extendió una mano.
—Trato.
Álex observó la mano.
—Esto parece muy pendejo.
—Probablemente.
—¿Y si dentro de una hora quiero regresar?
—Entonces te aguantas una hora.
—¿Y tú?
—También.
Álex estrechó su mano.
—Trato.
No ocurrió ningún milagro.
Álex no sintió que su dependencia desaparecía.
Camila tampoco dejó de pensar en la sensación que estaba buscando.
Simplemente se levantaron y comenzaron a caminar en dirección contraria.
Después de varias cuadras, Álex dijo:
—¿Quieres que te acompañe?
Camila abrió las manos.
—¿A mi casa?
—Hasta donde quieras.
—No sabes dónde vivo.
—Ya quedó claro.
Ella sonrió.
—Puedes acompañarme una parte.
Caminaron.
La conversación dejó de parecer una discusión sobre drogas.
Hablaron de la universidad.
De profesores.
De cosas pequeñas.
Álex preguntó qué le parecía el curso.
—Me gusta.
—Se nota.
—¿Por qué?
—Todos estaban demasiado atentos.
—Es buen profesor.
—Sí.
Álex pensó un poco.
—Y tú también eres buena.
Camila se rió.
—Ni siquiera soy psicóloga todavía.
—No dije que fueras buena terapeuta.
—Ah.
—Dije que haces buenas preguntas.
—¿Eso lo dices porque te convencí de no consumir hoy?
—No me convenciste.
—¿Entonces?
—Nos convencimos los dos.
La frase se quedó con ella.
Caminaron otro tramo.
—Dios, el destino o lo que sea te puso enfrente —dijo Álex—. Si hubiera llegado cinco minutos antes, ya habría entrado.
Camila lo observó un momento.
—Yo también.
—Entonces hoy nos salió barata la coincidencia.
—No te pongas religioso.
—No soy religioso.
—Entonces no metas a Dios.
—Dije Dios, destino o lo que sea.
Camila rió.
El sonido le sorprendió.
No recordaba haber reído así durante todo el día.
Álex la dejó en una esquina.
—¿Desde aquí estás bien?
—Sí.
—¿Segura?
—Sí.
Ella señaló hacia otro lado.
—Tú vete.
—¿Para que no sepa dónde vives?
Camila ladeó la cabeza, satisfecha.
—Exacto.
—Está bien.
Él se puso la capucha otra vez.
Camila se quedó mirándolo.
Durante un segundo volvió a recordar la figura frente a su casa.
No encajaba.
No del todo.
—Álex.
Él volteó.
—¿Sí?
—Cuídate.
Álex tardó una fracción.
—Tú también.
Se alejó.
Camila lo vio doblar la esquina.
Después siguió sola.
En casa no hubo drama.
Su madre estaba sirviendo comida.
—¿Ya llegaste?
—Sí.
—Siéntate.
—Voy a dejar la mochila.
—Primero come, luego desapareces.
Camila dejó la mochila junto a una silla y se sentó.
Su madre le sirvió.
—¿Cómo te fue?
—Bien.
—¿Y esa cara?
—¿Cuál?
—Estás sonriendo.
Camila no se había dado cuenta.
Bajó la vista al plato.
—No, por nada.
—Ajá.
—De verdad.
Su madre siguió comiendo.
No preguntó más.
Camila pensó en Álex.
En el trato absurdo.
En cómo dos personas que estaban caminando hacia el mismo lugar habían terminado alejándose de él.
No sabía si él volvería mañana.
No sabía si ella tampoco.
Pero esa tarde ninguno había entrado.
Y, por unas horas, eso era suficiente.
Subió después de comer.
Abrió la computadora.
Tenía trabajo pendiente.
Antes de sentarse miró hacia la ventana.
La calle ya estaba oscura.
La memoria del hombre regresó.
Camila caminó hasta la cortina y la cerró.
—Son tonterías.
Encendió la lámpara.
Abrió un documento.
Decidió no pensar más en eso.
No recibió llamadas.
No escuchó pasos.
No volvió a mirar afuera.
A unos veinte minutos de distancia, Sofía y Andrés llegaban a la calle donde vivía la hermana de ella.
No iban a verla.
La idea era dejar a Sofía y después Andrés seguiría a su casa.
Estaban a mitad de la cuadra cuando escucharon gritos.
Sofía reconoció la voz antes de entender las palabras.
—Es mi hermana.
Aceleró.
Andrés la siguió.
La puerta de la casa estaba abierta.
Una mujer lloraba cerca de la entrada.
Frente a ella, su novio gritaba.
—¡Te estoy preguntando con quién estabas hablando!
—¡Con nadie!
—¡No me hagas pendejo!
Sofía corrió.
—¡Eh!
El hombre volteó.
La hermana intentó alejarse.
Él le sujetó el brazo.
Andrés llegó antes que Sofía.
—Suéltala.
—¿Tú qué te metes?
—Suéltala.
—Es mi vieja.
—No es tu propiedad.
El hombre empujó a Andrés.
—Lárgate a la chingada.
Andrés respondió al empujón.
El otro lanzó el primer golpe.
Después ya no hubo conversación.
Andrés alcanzó a cubrirse y lo golpeó de vuelta.
Sofía tomó a su hermana.
—¡Ya!
Los vecinos comenzaron a salir.
Una mujer gritó que ya habían llamado a la policía.
El novio volvió hacia Andrés.
—¡Hijo de tu pinche madre!
Intentó golpearlo otra vez.
Andrés lo empujó contra una reja.
—¡Ya párale!
—¡Suéltame!
La hermana de Sofía lloraba.
—¡Déjenlo!
Sofía la miró.
—¿Qué?
—¡Ya déjenlo!
—Te estaba golpeando.
—No fue así.
Sofía se quedó mirándola.
Tenía una marca roja en la mejilla.
—¿Cómo que no fue así?
La patrulla apareció antes de que la discusión pudiera seguir.
Dos oficiales bajaron.
Los vecinos comenzaron a hablar todos al mismo tiempo.
Uno había visto el golpe.
Otra había escuchado los gritos.
Un señor señaló al novio.
El hombre intentó explicar.
—Es un problema de pareja.
Uno de los policías respondió:
—Eso no le da derecho a golpearla.
Lo separaron.
La hermana de Sofía empezó a llorar más.
—No se lo lleven.
Sofía la tomó de los hombros.
—¿Qué estás diciendo?
—No quiero que se lo lleven.
—Te acaba de pegar.
—Fue porque se enojó.
—¿Y?
—Yo también le grité.
Sofía sintió una mezcla de rabia e impotencia.
—Eso no hace que esté bien.
Cuando el ruido bajó y el novio ya estaba dentro de la patrulla, Sofía llevó a su hermana a la casa.
Andrés permaneció cerca.
Tenía el labio lastimado.
—¿Estás bien? —preguntó Sofía.
—Sí.
—Te pegó.
—No pasa nada.
—No empieces tú también.
Andrés tomó papel de la cocina y se limpió.
La hermana de Sofía estaba sentada frente a la mesa.
—No quiero seguir con esto.
Sofía la miró.
—Ni siquiera has terminado de hablar con la policía.
—No quiero que tenga problemas.
—¿Que él tenga problemas?
—Lo amo.
La frase cayó con una fuerza que Sofía conocía demasiado bien.
La había escuchado antes.
—¿Qué pasó hoy?
Su hermana negó.
—Nada.
—No me digas nada. Cuéntame.
Ella se cubrió la cara.
—Se puso celoso.
Andrés tomó una silla, pero no se sentó demasiado cerca.
—¿De quién?
—De nadie.
—Entonces ¿por qué?
La hermana miró el teléfono sobre la mesa.
—Porque estaba conectada.
Sofía esperó.
—¿Conectada dónde?
—WhatsApp.
La explicación empezó a salir en pedazos y después, una vez abierta, dejó de detenerse.
Él revisaba la última conexión.
Preguntaba con quién hablaba.
Si ella tardaba en responder, llamaba.
Una vez.
Dos.
Cinco.
—Si me veía conectada y no le contestaba, decía que estaba hablando con otro.
Sofía apretó la mandíbula.
—Te dije que eso no era normal.
—Ya sé.
—No, no sabes.
Andrés intervino con más cuidado.
—Déjala terminar.
La hermana continuó.
Él pedía capturas.
Revisaba contactos.
Preguntaba por compañeros de escuela.
Por compañeros de trabajo.
Por qué un hombre le había dado "me gusta" a una fotografía.
Por qué había respondido con un emoji.
Por qué se había conectado a las diez cuarenta y siete y su mensaje había sido contestado a las diez cincuenta.
—A veces estoy en el grupo de la escuela —dijo ella—. O hablando del trabajo.
—¿Y él qué dice?
—Que eso digo yo.
Sofía cerró los ojos.
—¿Hoy?
—Me llamó.
—¿Cuántas veces?
—No sé.
—¿Cuántas?
—Como veinte.
Andrés miró el teléfono.
—¿Por qué?
—Estaba en clase y no podía contestar.
—¿Y después?
—Llegó aquí.
La voz se le quebró.
—Me pidió el teléfono.
—¿Se lo diste?
—Sí.
—¿Encontró algo?
—No.
—Entonces ¿por qué te golpeó?
Ella comenzó a llorar otra vez.
—Porque dijo que había borrado todo.
Sofía se sentó a su lado.
No la abrazó inmediatamente.
—¿Te escuchas?
—Sí.
—Entonces.
—Lo amo.
Otra vez.
—Cuando está bien es diferente.
Sofía no respondió rápido.
Recordó la conversación del bar.
Su hermana acusándola de tener una relación perfecta con Andrés.
No la tenían.
Habían discutido.
Habían tenido celos.
Habían hecho estupideces.
Pero ninguna de esas cosas convertía aquello en lo mismo.
Andrés pareció pensar algo parecido.
—Nosotros también hemos peleado —dijo—. Sofía una vez aventó mis llaves por una ventana.
La hermana levantó un poco la cabeza.
Sofía lo miró.
—No es el momento.
—Era un primer piso.
—Andrés.
—Lo que digo es que tener una relación imperfecta no es lo mismo que vivir vigilado.
Ahora sí se puso serio.
—Una cosa es que alguien se ponga celoso. Otra que necesites demostrar cada hora dónde estás, con quién hablas y por qué tardaste un minuto.
La hermana no replicó.
Andrés siguió:
—Y ninguna discusión justifica un golpe.
Sofía tomó la mano de su hermana.
—No te voy a decir "déjalo" como si fuera un botón y ya.
La otra la miró.
—Porque sé que vas a hacer lo que quieras.
—Sofi...