¿Por qué estás aquí? #3
—Un objetivo puede dar estructura. Puede conectar el esfuerzo de hoy con algo que todavía no existe. Puede ayudar a sostener rutinas y a tolerar ciertas incomodidades. Pero tampoco quiero convertir "encuentra tu propósito" en una cura universal.
Laura inclinó la cabeza.
—Una persona con depresión puede tener objetivos y seguir deprimida.
—Claro. La depresión no desaparece porque alguien tenga un proyecto bonito.
Eduardo miró al grupo.
—De la misma manera, una persona puede tener familia, pareja, trabajo, dinero y aun así sufrir gravemente.
Mariana intervino.
—También por eso el suicidio es tan difícil de comprender desde afuera.
Eduardo tomó el marcador.
Escribió:
DOLOR
Y debajo:
DESESPERANZA
—La conducta suicida es multifactorial. No existe una causa universal y no existe un perfil perfecto que nos permita saber con certeza quién intentará morir.
Sabemos que determinados trastornos mentales, crisis, violencia, pérdidas, consumo de sustancias, aislamiento, dolor, desesperanza y otros factores pueden aumentar riesgo. También existen elementos protectores.
No extendió una lista interminable.
—Pero una cosa importa mucho: no tenemos que esperar certeza absoluta para tomar en serio el riesgo.
Laura lo observaba.
Gabriel seguía presente detrás del tema aunque nadie necesitara nombrarlo.
—Y tampoco debemos convertir el sufrimiento en una prueba moral —añadió Eduardo—. Una persona no es débil porque necesita ayuda. Tampoco está condenada porque hoy no pueda imaginar una salida.
Anotó:
NO VER UNA SALIDA ≠ QUE NO EXISTA
Esta vez nadie habló inmediatamente.
Camila leyó la frase.
Algo en ella se quedó ahí.
Cuando terminó la clase, varios salieron juntos.
Camila no.
Guardó sus cosas despacio.
Tenía el teléfono dentro de la mochila.
No había recibido ninguna llamada durante la sesión.
Eso debería haberla dejado tranquila.
No lo hizo.
Salió de la facultad y tomó el camino de costumbre.
Apenas había avanzado varias cuadras cuando vio, al otro lado de la calle, una sudadera negra con capucha.
El cuerpo se le tensó antes de que pudiera ver la cara.
El hombre siguió caminando.
Ni siquiera miró hacia ella.
Camila soltó el aire.
—Ya estás pendeja.
Continuó.
La escena de la noche anterior regresó.
La figura en la esquina.
La cabeza levantándose hacia la ventana.
Intentó quitársela.
No quería llegar a casa pensando en eso.
Un camión pasó.
Detrás del ruido apareció otro recuerdo.
Álex.
Extraño cómo me sentía.
Camila caminó más despacio.
Entonces vio a un muchacho que conocía.
No era amigo.
Tampoco compañero.
Lo había visto otras veces cerca de una zona donde tiempo atrás había conseguido cristal.
Él la reconoció.
No se acercó.
Solo hizo un gesto corto con la cabeza y siguió.
Camila se quedó quieta.
Fue suficiente.
La asociación apareció completa.
Sabía hacia dónde iba él.
Sabía qué podía encontrar unas cuadras más adelante.
Y supo también que no había pensado seriamente en consumir hasta verlo.
Ahora sí lo estaba pensando.
Siguió caminando.
No hacia su casa.
Al principio se dijo que solamente iba a pasar por ahí.
Nada más.
Luego dejó de mentirse.
Había probado el cristal pocas veces.
Lo suficiente para recordar.
Energía.
La sensación de que el cansancio desaparecía.
Una seguridad que en ese momento le había parecido natural.
El mundo moviéndose un poco más rápido y ella creyendo que podía seguirle el ritmo.
También recordaba lo otro.
La noche sin dormir.
La irritabilidad.
La ansiedad posterior.
El cuerpo pidiendo descanso y la cabeza sin saber detenerse.
Eduardo lo había explicado.
Ella lo había vivido.
Aun así siguió caminando.
La lógica no estaba ganando la discusión.
Llegó a la siguiente calle.
Pensó en regresar.
No regresó.
A medida que se acercaba, el nerviosismo cambió.
Ya no era el miedo al hombre de la ventana.
Era otra cosa.
La decisión.
Consumir o no.
Se pasó la lengua por los labios.
Tenía la boca seca.
Miró hacia el lugar.
—Ya, chingue su madre.
Dio la vuelta.
Una mano la sujetó de la muñeca.
Camila reaccionó de inmediato.
—¡Suéltame!
Giró y tiró del brazo.
Sudadera oscura.
Capucha.
Por una fracción creyó que era el hombre de su casa.
Empujó.
—¡Hijo de puta!
—¡Camila!
La voz detuvo el segundo empujón.
El hombre se quitó la capucha.
Álex.
Camila tardó en acomodar ambas imágenes.
El muchacho que había contado su vida frente al salón.
El mismo que había explicado cómo empezó con Renata, cómo siguió consumiendo cuando ella ya no estaba y cómo extrañaba todavía determinadas sensaciones. Rebeca lo había llevado al curso. Ella misma le había hecho una pregunta.
Álex la reconoció también.
—Cálmate.
—¡No me digas que me calme!
Él soltó completamente su muñeca y dio un paso atrás.
—Está bien.
Camila respiraba rápido.
—¿Me estás siguiendo?
Álex abrió un poco los ojos.
—¿Qué?
—¿Me estás siguiendo?
—No.
—Te vi.
—¿Dónde?
—No te hagas pendejo.
—No me estoy haciendo.
Camila señaló su ropa.
—Esa sudadera.
Álex bajó la mirada hacia sí mismo.
—¿Qué tiene?
—Te he visto con esa madre.
—Siempre uso ropa negra.
—Afuera de mi casa.
Ahora la expresión de Álex perdió cualquier rastro de humor.
—Yo no sé dónde vives.
—Claro.
—De verdad.
—¿Entonces qué haces aquí?
Álex miró hacia la calle que ella estaba a punto de tomar.
No necesitó responder inmediatamente.
Camila entendió.
—Vienes a consumir.
—Sí.
No lo negó.
No lo adornó.
Ella cruzó los brazos.
—Muy bien lo que contaste en clase.
Álex aceptó el golpe.
—Nunca dije que ya estuviera bien.
Camila miró hacia la calle.
—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó él.
—Voy a mi casa.
Álex señaló hacia enfrente.
—¿Ahí?
Camila no respondió.
—Vengo por aquí casi diario.
Ella le sostuvo la mirada.
—¿Casi diario?
—Sí.
—¿A consumir?
Álex tardó un instante.
—A veces a consumir. A veces a intentar no hacerlo.
Miró otra vez hacia la calle.
—Pero nunca te había visto.
Camila bajó los brazos.
La explicación era mucho más lógica que la versión absurda que él había dicho antes sobre recordar en qué dirección vivía.
Álex no sabía dónde vivía.
Apenas la conocía.
La había visto en el salón.
Eso era todo.
—Entonces no eres tú.
—¿Quién?
Camila se arrepintió de haberlo dicho.
—Nadie.
Álex la observó un momento.
No insistió.
En cambio miró sus manos.
Después sus ojos.
No como si estuviera realizando una evaluación clínica.
Más como alguien que reconocía algo conocido.
—No has consumido hoy.
Camila reaccionó.
—¿Y tú qué sabes?
—Dije que no has consumido hoy.
—¿Cómo sabes?
Álex sonrió sin alegría.
—Porque yo sí sé cómo me veo cuando vengo buscando.
Camila no contestó.
—No tienes la mirada de alguien que ya está arriba. Tienes la cara de alguien que lleva veinte cuadras discutiendo consigo misma.
Ella quiso responder.
No encontró una buena frase.
Álex señaló hacia el lugar.
—Y estabas a punto de entrar.
—Eso no significa nada.
—A mí me significó mucho durante años.
Se alejaron de la esquina.
No porque hubieran tomado una decisión conjunta.
Simplemente ninguno avanzó.
Camila se sentó en el borde bajo de una jardinera.
Álex permaneció de pie unos segundos y luego ocupó el otro extremo.
No eran amigos.
Ni siquiera podían decir que se conocían.
Eso hizo que el silencio resultara menos incómodo.
Camila fue quien habló.
—¿Por qué sigues viniendo?
Álex miró hacia la avenida.
—Porque todavía consumo.
—Eso ya lo entendí.
—Entonces esa es la respuesta.
—No.
Camila negó.
—En el salón explicaste un chingo de cosas. Renata, las fiestas, sentirte diferente, estudiar, después consumir solo. Dijiste que ya entendías todo eso.
—Entender no me quitó las ganas.
La respuesta le recordó el pizarrón de esa mañana.
ENTENDER ≠ CAMBIAR
Camila soltó una risa seca.
—Qué oportuno.
—¿Qué?
—Nada.
Álex siguió:
—Hay días en que me levanto convencido de que ya no voy a hacerlo. Y lo creo. De verdad.
Se tomó tiempo.
—Después pasan horas. A veces algo sale mal. A veces no pasa absolutamente nada. Y mi cabeza empieza a negociar conmigo.
Camila lo escuchó.
—Primero no pienso "quiero drogarme". Pienso "hoy estuvo pesado". Después "solo quiero descansar la cabeza". Luego "ya llevo varios días". Después "una vez no cambia nada".
Sonrió con amargura.
—Y cuando me doy cuenta ya estoy caminando hacia acá.
—¿Siempre vienes solo?
—Casi siempre.
—¿Y Rebeca?
—Rebeca sabe algunas cosas.
No dijo Laura.
No dijo Eduardo.
No habló como si perteneciera al grupo.
—Ella fue quien me convenció de hablar con su profesor.
Camila recordó.
—¿Te sirvió?
Álex pensó.
—Sí.
Ella esperaba algo más.
—¿Sí y ya?
—Sí. Me sirvió.
—Pero sigues consumiendo.
—Una cosa no elimina la otra.
Álex le sostuvo la mirada.
—Tu profesor es bueno.
Camila esbozó una sonrisa.
—¿Te impresionó?
—Me molestó.
—Eso suena a él.
—No porque dijera algo malo. Porque no intentó explicarme mi propia vida después de escucharla veinte minutos.
Camila entendió.
—Te dejó hablar.
—Sí.
—¿Y eso te ayudó?
—Más de lo que pensé.
Álex tardó un momento en responder.
—Y ustedes también.
—¿Nosotros?
—Escucharme.
—Yo casi no dije nada.
—Preguntaste algo importante.
Camila recordó.
—Si extrañabas la droga.
—Sí.
—Me acuerdo.
—Yo también.
Ahora ella desvió los ojos.
Álex preguntó:
—¿Por qué lo preguntaste?
—Curiosidad.
—No.
Camila le sostuvo la mirada.
—¿No?
—No sonó a curiosidad.
—Apenas me conoces.
—Por eso no estoy diciendo que sé qué te pasa.
La frase le gustó más que cualquier análisis.
Álex continuó:
—Solo pensé que la pregunta te importaba.
Camila se quedó mirando la calle.
—Había consumido.
Álex no reaccionó como si acabara de recibir una confesión enorme.
—Me imaginé.
—¿Por qué?
—Por algunas cosas que preguntaste. Y por cómo bajaste los ojos cuando te contesté.
—Eso no prueba nada.
Álex dejó escapar una risa.
—Tu profesor también te está arruinando.
Camila dejó salir una risa.
—Sí.
—Además conozco esa conversación.
—¿Cuál?
—La de alguien que ya sintió algo que le gustó y quiere saber si es normal extrañarlo.
Camila no respondió.
Álex no necesitó más.
Después ella preguntó:
—¿Y tú hoy sí vas a hacerlo?
Álex miró hacia la esquina.
—Venía a eso.
—¿Por qué?
—Porque llevo dos días pensando demasiado.
—¿En qué?
—No importa.