MANUAL DE PSICOLOGÍA Los que faltaban #4
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Los que faltaban #4

Luego cualquier excusa.

Álex negó.

—No porque seas débil.

—Porque tu cabeza ya aprendió que existe una salida rápida.

Camila recordó el pizarrón.

MALESTAR → CONDUCTA → ALIVIO

—Pinche Eduardo.

Álex levantó las cejas, divertido.

—¿Qué?

—Nada.

Llegaron a un parque pequeño.

Se sentaron.

Camila todavía tenía ganas.

Menos.

No cero.

Eso le molestaba.

—Pensé que cuando te distraías se quitaba.

Álex negó.

—A veces.

—¿Y otras?

—Te acompaña.

—Qué bonito.

—No tengo mejores noticias.

Camila apoyó los codos en las rodillas.

—¿Entonces qué haces?

Álex pensó.

—Yo he hecho muchas cosas mal, así que no me tomes como manual.

—No te preocupes.

—Gracias.

Se sonrió un poco.

—Pero algo que sí me sirve es no decidir cuando estoy en el punto más alto.

Camila lo observó un momento.

—¿Cómo?

—No digo "nunca más".

—Porque mi cabeza inmediatamente empieza a pelear.

"¿Nunca?"

"¿Toda la vida?"

"¿Y si mañana?"

—Entonces digo: ahorita no.

Camila lo escuchaba.

—No sé cómo voy a estar mañana.

No sé qué va a pasar en una semana.

—Ahorita no.

Ella asintió lentamente.

—Eso sí puedo.

—Yo también.

Permanecieron allí.

Hablaron de otras cosas.

De una película mala.

De Rebeca.

Del curso.

De que Bruno hablaba demasiado.

Álex hizo una imitación pésima de Eduardo que no se parecía en nada.

Camila rió.

La ansiedad no desapareció.

Se volvió manejable.

A veces eso era suficiente.

Laura recibió el mensaje el lunes por la noche.

Estaba cerrando el consultorio.

Había guardado el expediente de su último paciente cuando el teléfono vibró.

Número desconocido.

Pensó que podía ser alguien solicitando consulta.

Abrió.

Solo había una línea.

DILE A GAbrIEL QUE SU MADRE SIGUE ESPERANDO LA RECETA.

Laura permaneció mirando.

Leyó otra vez.

Gabriel.

La madre.

La receta.

Sintió una reacción física antes que una conclusión.

El estómago.

El pecho.

Después entró la parte profesional.

¿Qué información era pública?

Nada.

¿Qué sabía el grupo?

Habían hablado de un paciente adulto en duelo sin información identificable.

¿Qué sabía Eduardo?

Mucho más.

¿Qué sabía ella?

Todo.

¿La libreta de recetas?

Había aparecido en una conversación privada.

Laura tomó una captura.

Después otra donde se veía el número y la hora.

No respondió.

Intentó llamar.

La grabación indicó que el número no estaba disponible.

Probó una segunda vez.

Mismo resultado.

Entonces llamó a Eduardo.

Contestó al segundo tono.

—¿Laura?

—¿Dónde estás?

La pregunta cambió inmediatamente su tono.

—En la universidad. ¿Qué pasó?

—Me llegó algo.

—¿Qué?

Laura volvió a leerlo.

Hubo unos segundos.

—¿Estás en el consultorio?

—Sí.

—Guárdalo. No borres nada.

—Ya tomé capturas.

—Bien.

—Eduardo.

—¿Sí?

—Menciona a Gabriel.

—Voy para allá.

—No hace falta que...

—Voy para allá.

La llamada terminó.

Eduardo llegó poco después.

Laura le entregó el teléfono.

Él leyó sin decir nada.

Una vez.

Después volvió al inicio del mensaje.

—¿Quién conoce ese detalle?

—Gabriel.

—Obviamente.

—Yo.

—¿Alguien de su familia?

Laura pensó.

—No sé si saben de la libreta. Probablemente sí exista físicamente en la casa, pero no sé quién conozca la conversación sobre utilizar las recetas.

—¿Lo mencionaste durante clase?

—No con ese detalle.

—¿A otra persona?

—No.

Eduardo dejó el teléfono sobre el escritorio.

—¿Aquí?

—Aquí qué.

—¿Hablamos de la libreta aquí?

Laura recordó.

—Sí.

—¿Puerta cerrada?

—Sí.

—¿Había alguien afuera?

—No lo sé.

Laura se molestó consigo misma al escucharlo.

—No puedo saber quién caminó por el pasillo hace semanas.

—Exactamente.

Eduardo no estaba descartando nada.

Tampoco convirtiendo la incertidumbre en algo sobrenatural.

—Puede haber varias rutas.

—Alguien escuchó.

—Alguien accedió a una conversación o dispositivo.

—Gabriel se lo contó a otra persona.

Laura negó.

—El mensaje no me preocupa solo porque conozcan la receta.

Eduardo no dijo nada de inmediato.

—Lo sé.

—Está escrito para que parezca que su madre le está esperando algo.

—Sí.

—Después de lo que pasó con él.

Eduardo se puso más serio.

—Eso cambia la gravedad.

Laura tomó el teléfono.

—Tengo que hablar con Gabriel.

Eduardo no dijo que no.

—Sí.

Ella lo miró, sorprendida.

—Pero no para preguntarle si su madre le habló desde el teléfono.

—Obviamente.

—Confirma que esté bien. Pregunta si ha recibido llamadas, mensajes o cualquier contacto extraño.

—¿Le cuento esto?

Eduardo pensó antes de responder.

—Eso lo decides tú dentro del manejo clínico. Yo no soy su terapeuta.

Aquella respuesta devolvió cada cosa a su lugar.

—No quiero aumentar su ansiedad sin saber qué significa.

—Entonces primero evalúa.

—Sí.

—Y conserva el mensaje.

—También.

Eduardo volvió a mirarlo.

—¿Puedes revisar si la plataforma del teléfono conserva datos del remitente aunque el número no sea retornable?

—Puedo preguntar.

—Sin intentar convertirnos en especialistas forenses.

—Gracias.

—Lo digo por mí.

Laura sonrió apenas.

La tensión bajó lo suficiente para respirar.

Gabriel contestó.

Laura puso la llamada en altavoz solo después de pedirle permiso para que Eduardo permaneciera escuchando una parte de la conversación.

No le contó el mensaje todavía.

Preguntó cómo estaba.

Hablaron brevemente.

Gabriel seguía cocinando.

Había ido a una clase.

Seguía teniendo días difíciles.

No había recibido llamadas extrañas.

Ningún mensaje.

Nada relacionado con su madre.

Laura no llevó la conversación más lejos.

Después de colgar, permaneció mirando el teléfono.

—No le llegó nada.

Eduardo hizo un gesto de conformidad.

—Eso al menos sabemos.

—¿Te tranquiliza?

—No.

—A mí tampoco.

Laura caminó hasta la ventana.

Afuera quedaban pocas personas.

La facultad empezaba a vaciarse.

—¿Sabes qué es lo peor?

Eduardo esperó.

—Que ya empiezo a hacer exactamente lo que les digo a mis pacientes que intenten identificar.

—¿Qué?

—Anticipar.

Laura apoyó una mano en el marco.

—Si alguien tarda en contestar, pienso que pasó algo.

—Si escucho pasos afuera, me pregunto si se detuvieron frente a la puerta.

—Si un paciente cancela, mi cabeza se va a la peor opción antes de que pueda detenerla.

Eduardo escuchó.

—Sé lo que es.

—Sé cómo funciona.

—Sé que estar bajo amenaza sostenida puede aumentar hipervigilancia.

Giró hacia él.

—Y saberlo no hace que deje de pasar.

Eduardo tardó unos segundos.

—No.

Laura sonrió sin humor.

—Buena terapia.

—No te estoy dando terapia.

—Ya sé.

Eduardo se levantó.

—Nombrar un proceso no lo elimina. Pero sí puede impedir que confundas cada reacción con evidencia.

Laura lo miró.

—Eso sí sonó a clase.

—Porque sigue siendo cierto fuera de ella.

Ella volvió a la ventana.

—¿Tú estás haciendo lo mismo?

Eduardo no respondió rápido.

Laura lo notó.

—Eduardo.

—Sí.

Fue la respuesta completa.

—¿Desde la fotografía?

Él no contestó.

Laura se volvió.

—Entonces hay algo más.

Eduardo sostuvo su mirada.

—Hay cosas que todavía no entiendo.

—No te pregunté si las entendías.

Él no respondió.

Laura no insistió.

Ese límite ya lo conocía.

—Cuando quieras hablar, habla.

—Gracias.

—No dije que hoy.

—Lo sé.

Eduardo regresó a la universidad después de acompañarla hasta la salida.

Su oficina estaba casi a oscuras cuando entró.

Encendió la lámpara del escritorio.

Sacó del cajón la fotografía que había recibido.

Él.

Saliendo de la universidad.

La frase detrás.

TODAVÍA NO TE ACUERDAS.

La colocó sobre la mesa.

A un lado puso una hoja en blanco.

Durante varios minutos no escribió.

Pensó en la llamada.

En Mateo.

No sabía exactamente qué había recibido Mateo.

Solo había observado cambios.

Iván.

Tampoco tenía información completa.

Camila.

Nada confirmado.

La diferencia era importante.

No podía construir una lista a partir de sospechas.

Eso habría sido exactamente lo contrario de lo que enseñaba.

Escribió únicamente:

EDUARDO

Debajo:

LAURA

Se quedó mirando ambos nombres.

Dos personas.

Dos formas distintas de contacto.

Una amenaza personal.

Un mensaje utilizando información clínica.

No era suficiente para construir una teoría.

Sí lo era para dejar de ignorarlo.

Tomó otra hoja.

Escribió:

HECHOS

Recibió una llamada de una mujer que afirmó conocerlo. Después apareció una fotografía suya tomada sin consentimiento. Laura recibió un mensaje con información relacionada con un paciente y una conversación privada.

Debajo escribió:

HIPÓTESIS

Dejó el espacio vacío.

No porque no pudiera inventar ninguna.

Porque podía inventar demasiadas.

Acosador.

Alguien de la universidad.

Acceso a teléfonos.

Alguien relacionado con Gabriel.

Una persona que conociera su pasado.

Una broma elaborada.

Más de una persona.

Cualquier explicación podía parecer razonable mientras no tuviera que explicar todo.

Eduardo dejó la pluma.

Miró nuevamente los dos nombres.

Hasta esa noche todavía había podido tratar cada incidente como una historia independiente.

Su llamada.

Su fotografía.

El mensaje de Laura.

Ahora esa explicación comenzaba a exigirle demasiado esfuerzo.

Guardó las hojas.

Cerró el cajón.

Apagó la lámpara.

Y mientras caminaba hacia la puerta apareció una pregunta que no escribió.

Todavía no.

¿Cuántos faltaban?