MANUAL DE PSICOLOGÍA La amenaza #2
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La amenaza #2

Entendía muchas cosas.

Después regresaba a su departamento y todo seguía igual.

Repetía una frase:

—"Cuando pude darle todo, no hice nada."

Eduardo preguntó:

—¿Qué era "todo"?

—Una casa mejor. Viajes. Tiempo.

—¿Su madre se lo reprochaba?

—Nunca.

Laura comprendió antes de que Eduardo formulara la siguiente pregunta.

—La acusación es de él.

Eduardo inclinó la cabeza.

La habitación de la madre seguía intacta.

Gabriel se sentaba frente a una silla y hablaba con ella.

Sabía que estaba muerta.

—No patologizaría eso automáticamente —dijo Eduardo—. Mantener un vínculo simbólico después de una muerte no significa haber perdido contacto con la realidad.

Laura mencionó una libreta de recetas de la madre.

—¿Cocinaba?

—Antes sí.

—¿Ahora?

—No.

—Pregúntale qué significa preparar una de esas recetas.

A Laura se le escapó una sonrisa breve.

—¿Quiere que cocine?

—Quiero saber por qué no puede hacerlo.

Ella negó.

—Siempre hace eso.

—¿Qué?

—Le pregunto algo y me devuelve otra pregunta.

—Una respuesta prematura puede estorbar.

—Eso sonó muy a profesor.

—Porque lo soy.

Laura sonrió.

No había olvidado la relación.

Tampoco él.

Días después Laura volvió.

Había descubierto algo.

Gabriel había sido siempre quien resolvía los problemas de la familia.

Dinero.

Hospitales.

Trámites.

Favores.

—Era necesario —dijo Laura.

Esperó un instante.

Ella se corrigió.

—Sentía que era necesario.

—Mejor.

Había una vecina mayor.

Gabriel todavía le subía bolsas, cambiaba focos y algunas veces conseguía medicamentos.

Laura tuvo una idea.

Provocar una situación controlada cerca del edificio.

Una persona aparentemente indispuesta.

Algo que obligara a Gabriel a actuar.

Eduardo no reaccionó con entusiasmo.

—Eso implica engaño.

—Sí.

—Y utilizar una falsa emergencia.

—Controlada.

—Falsa.

Laura sostuvo la mirada.

—Pero está pensando.

—Estoy pensando en por qué puede ser una mala idea.

Añadió:

—Y aunque funcionara, sacar a Gabriel del departamento una vez no cura una depresión.

—Lo sé.

—Solo demostraría que el contexto puede activar una conducta que todavía conserva.

Laura cerró la libreta.

—Entonces hay algo.

—Hay una hipótesis y un problema ético.

Se levantó.

Antes de alejarse:

—Profesor.

—¿Sí?

—Le pasa algo.

Eduardo no cambió la expresión.

—¿Qué evidencia tienes?

Laura lo estudió.

—Ninguna suficiente.

—Entonces no concluyas.

Dejó salir una sonrisa breve.

—Ya aprendí.

Se marchó.

Eduardo esperó hasta que desapareció.

Entonces metió la mano en el portafolio.

Sacó una fotografía.

Él.

Saliendo de la universidad.

De espaldas.

Tomada tres noches antes.

La había encontrado pegada en la puerta de su oficina.

Le dio la vuelta.

TODAVÍA NO TE ACUERDAS.

La llamada le vino a la cabeza.

En aquella voz.

¿Te acuerdas de mí?

Sabía perfectamente qué debía hacer.

Conservar la evidencia.

Informar a seguridad.

Considerar una denuncia.

No hizo ninguna de las tres cosas todavía.

Guardó la fotografía.

Se convenció de que necesitaba comprender primero.

Y aunque no quiso admitirlo, sabía que habría cuestionado exactamente esa decisión si perteneciera a cualquier otra persona.

Iván llegó a casa cerca de las once.

El departamento era al mismo tiempo vivienda, estudio y oficina.

Aro de luz.

Micrófono.

Dos teléfonos.

Ropa sobre una silla.

Una pared perfectamente ordenada porque era la única que aparecía en sus videos.

Revisó números.

Contestó comentarios.

Editó un clip.

Casi cuarenta mil personas conocían pequeñas partes de su vida.

El teléfono personal vibró.

Número desconocido.

HACES CHISTES CUANDO TIENES MIEDO.

Iván soltó aire por la nariz.

—No mames.

Pensó en Eduardo.

Escribió:

Muy gracioso, profesor.

La respuesta llegó.

NO SOY EDUARDO.

La sonrisa desapareció.

Pensó en Mateo.

¿Mateo?

La respuesta apareció casi inmediatamente.

TAMPOCO SOY MATEO.

Iván se quedó quieto.

Bloqueó el número.

Intentó regresar al video.

Dos minutos después, el teléfono vibró otra vez.

Otro número.

Una fotografía.

Iván abrió.

Era él.

Sentado aquella tarde en la cafetería.

Valeria frente a él.

Bruno aparecía desenfocado al fondo.

Amplió la imagen.

Buscó un rostro.

Un reflejo.

Una sombra.

Nada.

Debajo de la fotografía había una frase.

TÚ TAMBIÉN ESCONDES ALGO.

Iván comprobó la puerta.

Cerrada.

Caminó hacia la ventana.

La calle parecía normal.

Autos.

Una pareja.

Una motocicleta.

Luces de departamentos.

Volvió al teléfono.

Anotó:

¿Qué quieres?

La respuesta tardó pocos segundos.

QUE SIGAS RIÉNDOTE.

Iván sintió frío en los brazos.

Apareció otro mensaje.

QUIERO VER CUÁNTO TE DURA.

Pensó en Bruno.

En Mateo.

En el grupo.

En Eduardo.

Podía escribir en ese momento.

Podía enviar una captura.

Podía llamar.

No hizo nada.

Durante semanas había utilizado el humor para atravesar silencios, entrar en conversaciones y evitar que alguien permaneciera demasiado tiempo mirando debajo de la superficie.

Ahora alguien parecía conocer exactamente ese mecanismo.

Iván dejó el teléfono sobre la mesa.

Desde que había comenzado el curso, al fin tenía algo que realmente necesitaba contar.

Y decidió ocultarlo.

Al día siguiente, cuando comenzaron a entrar, Eduardo ya estaba en el salón.

Tenía el portafolio sobre el escritorio y escribía unas palabras en una esquina del pizarrón.

—Buenos días, profesor.

Eduardo volteó.

—Buenos días.

El estudiante ocupó su lugar.

Después llegó otro.

Luego dos más.

Entraban todavía hablando desde el pasillo, con el tono relajado de quien no había cruzado completamente la puerta. Algunos venían comentando una tarea. Otros revisaban el teléfono. Uno traía café.

Pero al encontrar a Eduardo dentro, las conversaciones bajaban de volumen.

—Buenos días, profesor.

—Buenos días.

Se sentaban.

Sacaban libretas.

La transformación ya ocurría sin que nadie tuviera que pedirla.

Camila llegó quince minutos antes de la hora.

Entró con Valeria, dejó la mochila junto a su silla y apenas estaba quitándose la chamarra cuando vibró su teléfono.

La pantalla se encendió.

NÚMERO PRIVADO.

Se quedó extrañada.

No reconocía llamadas así con frecuencia.

Esperó dos timbres.

Contestó.

—¿Bueno?

Nada.

Camila apartó el teléfono unos centímetros.

—¿Bueno?

Una respiración.

Muy baja.

Se llevó de nuevo el aparato al oído.

—¿Quién habla?

La respiración continuó.

Camila miró hacia los demás.

Nadie parecía prestarle atención.

Eduardo seguía escribiendo.

Ella salió al pasillo.

—¿Bueno?

El sonido se hizo un poco más claro.

Alguien respiraba.

Después escuchó una voz.

Tan baja que durante un instante creyó haberla imaginado.

—¿Te acuerdas de mí?

Camila se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Nada.

—¿Quién eres?

Silencio.

—¿Bueno?

La llamada terminó.

La pantalla seguía encendida.

Llamada finalizada.

Revisó el registro.

Número privado.

Sin información.

Regresó al salón.

Valeria levantó los ojos.

—¿Todo bien?

—Sí.

Camila apoyó el teléfono sobre la mesa.

—Número equivocado.

Valeria regresó a sus notas.

Camila no.

Se quedó mirando la pantalla unos segundos más.

Después la bloqueó.

El grupo continuó llenándose.

Mateo llegó.

Iván apareció detrás de Bruno.

Ninguno comentó lo ocurrido la noche anterior.

Iván saludó como siempre.

—Buenos días, profesor.

—Buenos días.

Mateo hizo lo mismo.

Ambos ocuparon lugares diferentes.

Ambos sacaron el teléfono antes de guardarlo.

Ambos comprobaron que no hubiera mensajes nuevos.

Ninguno reparó en el otro.

Faltaban cinco minutos cuando el teléfono de Camila volvió a vibrar.

La misma pantalla.

NÚMERO PRIVADO.

Esta vez el sonido llamó la atención de Eduardo.

Camila tomó el aparato rápidamente.

—Disculpe, profesor.

Él consultó el reloj.

—Todavía no empieza la clase.

Camila se levantó.

—Perdón.

—No hay problema. Preocúpense cuando empiece. Entonces sí: teléfonos en silencio. Ya lo saben.

No hubo regaño.

No lo necesitaba.

Camila salió.

Contestó en cuanto estuvo en el pasillo.

—¿Bueno?

Respiraciones.

Otra vez.

—¿Quién eres?

Nada.

—Ya estuvo bueno.

Un susurro.

Camila no alcanzó a comprenderlo.

Después algo parecido a una risa.

Breve.

Lejana.

—¿Bueno?

La llamada terminó.

Camila observó el teléfono.

—Pinche gente loca.

Lo apagó.

Esta vez completamente.

Regresó al salón.

Eduardo levantó la vista apenas un instante.

Ella ocupó su lugar.

No le preguntó nada.

A las ocho en punto cerró el marcador.

El grupo estaba completo.

Quince personas.

Eduardo esperó unos segundos a que los últimos teléfonos desaparecieran.

Después borró una parte del pizarrón.

Escribió dos palabras.

DEPRESIÓN

Debajo:

CONDUCTA SUICIDA

La temperatura del salón pareció cambiar.

—Hoy quiero que hablemos de algo distinto.

Laura levantó la vista.

Eduardo continuó:

—No porque tengamos que resolver el caso de una compañera ni porque una clase pueda sustituir un tratamiento.

Miró hacia Laura.

—Quiero utilizar una situación real, sin información identificable, porque creo que permite estudiar varias cosas importantes.

Laura entendió.

Eduardo señaló el frente.

—¿Te parece?

—Sí.

—Entonces cuéntales únicamente lo que puedas contar.

Laura se levantó.

No tomó el lugar de Eduardo.

Se quedó a un costado.

—El paciente del que les había hablado sigue conmigo.

Algunos recordaron.

Gabriel.

Cuarenta y seis años.

La muerte de su madre.

La culpa.

El aislamiento.

Laura respiró antes de continuar.

—Pero ayer pasó algo nuevo.

Eduardo dejó de acomodar las hojas que tenía sobre el escritorio.

Ella lo miró.

—Intentó suicidarse.

Nadie se movió.

Eduardo fijó la atención en ella.

—Eso no me lo habías comentado.

—No había ocurrido cuando hablamos.

—¿Cuándo?

—Ayer.

La voz de Laura cambió.

—Me llamó por la noche. Ya había salido del hospital.

Eduardo se enderezó.

—¿Qué ocurrió?

Laura eligió las palabras.

—Tomó medicamentos con intención de no despertar. Un familiar lo encontró y lo llevaron a urgencias. Tras estabilizarlo médicamente, fue valorado por psiquiatría y egresó con un plan de seguimiento estrecho y participación de la familia.

El salón estaba completamente en silencio.

Eduardo preguntó:

—¿Quedó con seguimiento psiquiátrico?

—Sí.

—¿Tienes contacto con el equipo que lo está siguiendo?

—Desde esta mañana.

Eduardo respondió con un gesto breve.

—Bien.

Miró al grupo.

—Entonces cambia el nivel de la conversación.