MANUAL DE PSICOLOGÍA La amenaza #3
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La amenaza #3

Tomó el marcador.

Debajo de CONDUCTA SUICIDA, escribió:

SEGURIDAD PRIMERO

—Antes de intentar cualquier estrategia interesante, profunda, creativa o brillante, hay una prioridad.

Se volvió hacia ellos.

—Que siga vivo.

Nadie escribió durante un segundo.

Después comenzaron a moverse las plumas.

—Una conducta suicida reciente no se resuelve con una frase motivacional.

Miró nuevamente a Laura.

—Ni con una buena sesión.

—Lo sé.

—Evaluación continua del riesgo, seguimiento clínico, coordinación con quienes correspondan y una red de seguridad real.

—Después podemos hablar de lo demás.

Laura permaneció de pie.

—Lo que me desespera es que entiendo todo eso.

Eduardo esperó.

—Pero no sé cómo quitarle el dolor.

La frase quedó suspendida.

—No creo que puedas —dijo Eduardo.

Laura levantó la mirada, confundida.

—¿Entonces?

—Quizá estás intentando resolver la pregunta equivocada.

—¿Cuál sería la correcta?

Eduardo se dirigió al grupo.

—¿Qué proponen?

Varias manos aparecieron.

Rebeca fue la primera.

—Red de apoyo.

—Importante.

Mariana:

—Seguimiento médico.

—Sí.

Mateo:

—Reestructurar la culpa.

—Puede ayudar.

Sofía propuso.

—Trabajar el duelo.

—Por supuesto.

Andrés:

—Que no esté solo.

Eduardo inclinó la cabeza.

—Depende.

Andrés esperó.

—¿No es mejor que alguien siempre esté con él?

—En riesgo agudo, la supervisión y la seguridad pueden ser fundamentales. Pero eso no significa que la compañía constante sea, por sí sola, tratamiento para el sufrimiento.

Camila tomó la palabra.

—Que tenga cosas que hacer.

—¿Como qué?

—Rutina. Trabajo. Algo.

ACTIVACIÓN

Valeria intervino:

—Que vuelva a sentirse útil.

Eduardo no escribió inmediatamente.

—Explícalo.

—Si perdió el trabajo, dejó de salir, perdió a su mamá... quizá siente que ya no tiene ninguna función.

Laura la observó.

—Eso sí lo ha dicho.

Eduardo giró.

—¿Cómo?

—No exactamente así.

Laura recordó.

—Dice mucho: "¿Para qué me levanto?"

Eduardo volvió al pizarrón.

Debajo de ACTIVACIÓN, escribió:

FUNCIÓN

—Me interesa más esto.

Bruno se sumó.

—Pero si lo que tiene es dolor por la mamá, ¿cómo le quitas eso?

Eduardo respondió sin suavizar la idea.

—No se lo quitas.

Bruno no bajó la mano.

—Entonces ¿qué haces?

—Le ayudas a sobrevivir mientras aprende a vivir con algo que no puede deshacer.

Silencio.

Eduardo caminó despacio frente al grupo.

—Hay dolores que disminuyen.

—Hay dolores que cambian.

—Y hay experiencias que nunca desaparecen completamente.

—El objetivo clínico no puede ser prometerle a una persona que algún día no va a sentir nada.

Laura preguntó:

—Entonces ¿qué hacemos con la culpa?

Eduardo regresó al escritorio.

—¿Qué culpa?

—Siente que desaprovechó a su madre.

—Eso es demasiado general.

Laura respiró.

—Dice que cuando pudo hacer cosas por ella no las hizo.

—¿Cuáles?

—Viajes.

—Ya lo habías mencionado.

—Una casa mejor.

—Sí.

—Tiempo.

Eduardo apartó la atención del pizarrón.

Laura continuó.

—Siente que trabajó demasiado. Que siempre pensó que habría otro año.

Aquello tocó una zona reconocible del salón.

Mariana bajó los ojos.

La pluma de Rebeca quedó quieta.

Laura habló más despacio.

—Dice que todos le decían lo mismo.

—¿Qué?

—"Tu mamá sabía que la querías."

—"Hiciste lo que pudiste."

—"Ella no querría verte así."

—"Tienes que seguir."

Laura negó.

—Nada entra.

Eduardo no pareció sorprendido.

—Claro.

—¿Por qué?

—Porque no está discutiendo racionalmente.

Señaló el pizarrón.

—Ustedes están intentando responder una acusación emocional con argumentos.

Mateo fue al punto.

—Pero los argumentos son ciertos.

—Eso no garantiza que sean útiles.

Eduardo tomó una hoja.

—Si alguien cree profundamente "fallé como hijo", puedes entregarle cien razones para demostrar que no.

Apoyó la hoja sobre el escritorio.

—Y aun así la frase puede sobrevivir.

Laura preguntó:

—¿Entonces de dónde viene ese dolor?

Eduardo tardó.

—De muchos lugares.

Recorrió el salón con la mirada.

—Amor.

—Pérdida.

—Identidad.

—Expectativas.

—Tiempo irreversible.

—Y, en algunos casos, culpa.

Escribió:

NO PUEDO CAMBIAR LO QUE YA PASÓ

Más abajo:

NO PUEDO HACER LO QUE NO HICE

—Eso es parte del problema.

Se volvió.

—La mente puede quedarse intentando resolver una ecuación que no tiene solución temporal.

Tomás intervino:

—Porque la persona ya murió.

—Sí.

—Entonces no puede reparar.

Eduardo lo señaló con el marcador.

—Eso cree.

Laura movió la cabeza, sin entender.

—¿Cree?

—Sí.

—¿Cómo repara algo con alguien que ya no está?

Les dio tiempo para pensarlo.

Nadie encontró una respuesta inmediata.

Bruno entró en la discusión.

—Pues... literalmente, solo reviviendo a la mamá.

Algunas sonrisas aparecieron.

No carcajadas.

Eduardo esperó un segundo antes de responder.

—Correcto.

Bruno pestañeó.

—¿Correcto?

—Me sorprendes.

—¿Qué?

—Pensé que no estabas prestando atención.

El salón soltó una risa breve.

—Sí estaba.

Eduardo regresó al pizarrón.

—Vamos a hacer eso.

Ahora nadie rió.

Laura lo miró.

—¿Qué?

—Revivirla.

Camila abrió los ojos.

—Profesor...

Eduardo levantó una mano.

—No literalmente.

Escribió:

ROL

Después:

CONDUCTA

Y debajo:

SIGNIFICADO

—No podemos devolverle a su madre.

Se volvió.

—Pero quizá podemos devolverle, durante unos minutos, una parte de lo que él cree que murió con ella.

Laura lo observaba con atención.

—¿Qué parte?

Eduardo respondió:

—El hijo que podía cuidar.

Nadie habló.

—Por lo que me contaste, Gabriel no solo perdió a su madre.

Señaló la palabra ROL.

—Perdió una función.

—Resolverle cosas.

—Acompañarla.

—Cargar bolsas.

—Conseguir medicamentos.

—Llevarla.

—Escucharla.

Laura recordó algo.

—Todavía ayuda a una vecina.

Eduardo giró hacia ella.

—Eso.

—Pero muy poco.

—No importa.

—¿Por qué?

—Porque significa que esa conducta sigue disponible.

Mateo preguntó.

—¿Quiere activar el rol de cuidador?

Eduardo inclinó la cabeza.

—Es una hipótesis.

Anotó:

HIPÓTESIS ≠ RESULTADO

—No sé si funcionará.

—Y si funciona una vez, tampoco significará que curamos una depresión.

Laura cruzó los brazos.

—¿Qué propone?

—Primero nada.

—¿Nada?

—Ayer hubo conducta suicida.

Su voz perdió cualquier ligereza.

—Hoy no hacemos experimentos.

Laura hizo un gesto de aprobación.

—Primero seguridad, evaluación, seguimiento y estabilización.

Señaló de nuevo el pizarrón.

—Después, si el riesgo agudo disminuye y el equipo considera adecuado que retome actividades, podemos pensar.

Camila preguntó:

—¿En qué?

Eduardo miró a Laura.

—¿Sigue atendiendo en su casa?

—Sí. No quiere salir.

—Entonces nuestro primer objetivo ni siquiera sería la señora.

Laura entendió.

—Sería conseguir que llegue al consultorio.

—Exacto.

Valeria fue al punto.

—¿Y cómo?

Laura respondió:

—Puedo proponerle una sesión presencial.

—¿Aceptaría?

—No sé.

Eduardo intervino:

—No le mientas sobre la sesión.

—No.

—Invítalo.

—¿Y si dice que no?

—Entonces no forzamos.

Bruno señaló el pizarrón.

—¿Y la mamá?

Eduardo respondió al comentario con una mueca.

—Llegaremos a eso.

Durante los siguientes veinte minutos el salón dejó de parecer una clase convencional.

Eduardo no dio instrucciones.

Hizo preguntas.

—¿Qué necesitamos?

Daniel respondió:

—Un contexto controlado.

—Bien.

Rebeca:

—Alguien de una edad similar a la madre.

—Puede aumentar la asociación, sí.

Mateo intervino:

—Pero no necesariamente tiene que parecerse.

—Correcto.

—¿Alguien vulnerable?

Eduardo corrigió:

—Alguien que necesite ayuda de verdad. No quiero fabricar vulnerabilidad.

Laura entendió la diferencia.

—Entonces no se trataría de fingir una emergencia.

—No.

—¿Qué haríamos?

—Crear una oportunidad real para que aparezca una conducta, si aparece.

Tomás fue al punto.

—¿Cómo haces eso sin montar una escena?

—No montándola.

Algunas sonrisas.

Eduardo siguió:

—Podemos organizar una actividad que tenga sentido por sí misma. Si Gabriel decide participar, observamos. Si no, no lo empujamos.

Gael habló:

—Entonces la variable sería la oportunidad, no el engaño.

—Sí.

—¿Y qué actividad?

Eduardo pensó.

—Conozco a una psicóloga mayor que está reuniendo material para un taller. Puede pasar por el consultorio a dejar unas cosas.

Camila preguntó:

—¿Y si Gabriel la ayuda?

—Será una conducta espontánea. No una prueba.

Valeria añadió:

—¿Y si no?

—No significará nada definitivo.

—Una sola conducta no confirma una teoría. Solo nos da información.

Laura apoyó los brazos sobre la mesa.

—¿Quién sería la señora?

Eduardo tardó apenas un instante.

—Creo que conozco a alguien.

—¿Paciente suyo?

—No.

—¿Quién?

—Gabriela.

Laura esperó.

—Gaby.

—¿Psicóloga?

—Sí.

—¿Edad?

—Sesenta y tantos.

—¿Aceptaría?

Eduardo pareció considerar la posibilidad.

—Sí. Pero solo si tiene claro que no va a fingir una crisis ni a presionar a Gabriel.

Dos semanas después, Gabriel aceptó volver al consultorio de Laura.

No fue inmediato.

La primera semana siguió en seguimiento cercano.

Había sido valorado por psiquiatría y seguía con seguimiento estrecho.

Su familia estaba más involucrada en el plan de cuidado.

Laura había ajustado el plan terapéutico después del intento reciente.

No había milagros.

Había días mejores.

Otros seguían siendo difíciles.

El riesgo agudo había disminuido, aunque seguía bajo vigilancia clínica, y Gabriel aceptó comenzar a salir brevemente de casa.

La sesión presencial fue uno de los pasos acordados.

Llegó diez minutos tarde.

Laura lo esperaba.

Eduardo también.

Gabriel se detuvo al verlo.

—¿Doctor?

Eduardo se levantó.

—Eduardo.

Le ofreció la mano.

—Laura me pidió acompañarla hoy. Si usted no está cómodo conmigo aquí, me retiro.

Gabriel miró a Laura.

—¿Es psicólogo?

—Sí.

—Está bien.

Se sentó.

Era más delgado de lo que Eduardo había imaginado.

No parecía una persona dramática.

No parecía alguien permanentemente derrotado.

Parecía cansado.

Una clase de cansancio diferente.

Como si dormir ya no resolviera nada.

Laura comenzó.

—¿Cómo estuvieron estos días?

Gabriel se encogió de hombros.

—Aquí.

—¿Qué significa "aquí"?

—Pues aquí.

Eduardo no intervino.

Laura continuó.

—¿Saliste?

—Hoy.

—Además de hoy.

Gabriel negó.

—No.

—¿Por qué aceptaste venir?

—Porque me estuvieron molestando.

Laura no sonrió.

—¿Quién?

—Todos.

—¿Y tú qué querías?

Gabriel bajó los ojos hacia sus manos.

—Que me dejaran dormir.