MANUAL DE PSICOLOGÍA La amenaza
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La amenaza

Aquella tarde Mateo volvió a recibir un mensaje.

Estaba solo en el estacionamiento.

Otro número.

Esta vez no decía que mentía.

Decía:

BORRARLO NO HACE QUE DEJE DE EXISTIR.

Mateo se quedó inmóvil.

Recorrió el lugar con la vista.

Autos.

Estudiantes.

Un vendedor ambulante afuera de la reja.

Todo normal.

Regresó la atención al teléfono.

El mensaje seguía ahí.

Durante varios segundos consideró ir con Eduardo.

Después imaginó la conversación.

Profesor, alguien me escribió que estoy mintiendo.

¿Sobre qué?

No sabía.

O quizá sí sabía.

Bloqueó la pantalla.

Esta vez no borró nada.

Guardó el teléfono.

Y se fue.

El viernes, Tomás tocó en un bar de la Roma.

La invitación no fue formal.

Mandó la ubicación a Camila.

Después a Iván.

La dirección terminó en el chat del curso.

Bruno confirmó.

Valeria también.

Mateo puso que quizá.

Sofía preguntó si Andrés podía ir.

Tomás anotó:

Claro, no es boda.

Un minuto después recordó que Eduardo estaba en el grupo.

Disculpe, profesor.

Eduardo respondió:

No asistiré. Disfruten la presentación. Nos vemos en clase.

Nada más.

Tomás escribió:

Gracias, profesor.

El chat tardó apenas un par de mensajes en recuperar las bromas.

Al final fueron varios.

No llegaron juntos.

Laura apareció con Valeria.

Bruno llegó tarde.

Gael fue principalmente porque quería escuchar al baterista.

Rebeca pasó un rato con Mariana.

Sofía llegó con Andrés.

Iván ya estaba ahí.

Mateo apareció después.

Tomás subió al escenario.

El bar todavía permitía conversar.

Más tarde sería imposible.

Camila observó desde una mesa.

—Sí toca bien.

—Ya sabemos.

—Cállate.

—No dije nada.

—Tu cara sí.

Laura las escuchó.

—¿Me perdí de algo?

Camila negó demasiado rápido.

—No.

Valeria rió.

—Nada.

Laura no insistió.

A unos metros, Mateo revisó el teléfono por tercera vez.

Ningún mensaje nuevo.

Eso debería haberlo tranquilizado.

No ocurrió.

Cada vez que alguien sacaba un celular cerca de él, volteaba.

Cada vez que alguien parecía mirarlo demasiado, intentaba recordar si lo conocía.

Valeria se acercó.

—¿Estás esperando algo?

—No.

—Llevas media hora viendo el teléfono.

—Trabajo.

Ella aceptó la explicación.

Mateo sintió alivio.

Y después se sintió peor por haberlo sentido.

Sofía y Andrés estaban apoyados cerca de una pared.

—¿Te quieres ir? —preguntó ella.

—Todavía no.

—Te ves cansado.

—Estoy bien.

—Eso dicen todos en este curso.

Andrés sonrió.

—Tienes razón.

Ella apoyó la cabeza en su hombro.

El teléfono de Andrés vibró.

Era la hermana de Sofía.

Él leyó.

Sofía lo notó.

—¿Quién?

—Tu hermana.

Ella se separó.

—¿Por qué te escribe a ti?

—Discutieron.

—No quiero hablar de eso.

Andrés guardó el teléfono.

—Está bien.

Sofía permaneció callada unos segundos.

—¿Qué dijo?

Andrés la miró.

—Acabas de decir que no quieres hablar.

—Ahora sí.

—Que no está enojada contigo.

Sofía exhaló.

—Claro que está enojada.

Su hermana llevaba meses regresando con una pareja que revisaba su teléfono, la insultaba y utilizaba los celos como prueba de amor.

Sofía estaba cansada de intentar convencerla.

—Hoy me dijo que yo no entiendo porque nosotros tenemos una relación perfecta.

Andrés rió.

—Si supiera.

—No te burles.

—No me burlo de ella. Me burlo de "perfecta".

Sofía terminó sonriendo.

Ellos tampoco eran perfectos.

Habían tenido celos.

Peleas.

Días en que ninguno quiso hablar.

Una vez Sofía arrojó sus llaves por una ventana.

—Era un primer piso.

—Sigue sin ayudarte.

Ella rió.

Otra vez Andrés había desaparecido horas después de una discusión.

—Eso estuvo peor.

—Sí.

Andrés tomó su mano.

—No somos ejemplo de nada.

—Qué romántico.

—Déjame terminar.

Sofía esperó.

—Solo llevamos tiempo aprendiendo dónde sí y dónde no lastimarnos.

Ella lo observó.

—Eso estuvo mejor.

Entrelazó sus dedos con los de él.

Cerca de medianoche, un muchacho de otra mesa empezó a sentirse mal.

Mariana fue la primera en prestarle atención.

No corrió a diagnosticarlo.

Se acercó.

Vio que respondía de manera confusa y que sus amigos intentaban incorporarlo sin saber qué ocurría.

—Esperen.

Pidió ayuda al personal.

Solicitaron atención médica.

Eso fue todo.

Nada heroico.

Nada espectacular.

Tomarse en serio algo que podía ser serio.

Mientras ocurría, la música continuó.

Algunos miraron.

Otros siguieron bailando.

Laura observó.

Daniel había llegado hacía poco.

—Es extraño.

—¿Qué?

—Puede estar pasando algo grave a diez metros y todo sigue.

Daniel recorrió el lugar con la vista.

—Hasta que te toca.

Laura no contestó.

La frase le quedó resonando.

Al otro extremo del bar, alguien mencionó cristal.

Bruno estaba cerca.

Camila escuchó.

Giró hacia él.

—No hagas tonterías.

Bruno levantó las manos.

—No estoy haciendo nada.

—Bien.

—Neta.

Camila asintió.

—Te creo.

Se alejó.

Bruno la alcanzó.

—¿Entonces por qué te pusiste así?

Camila tardó.

—Porque me acordé.

Él comprendió algo.

No todo.

Pero suficiente.

Y no preguntó.

Laura vio otra escena unos minutos después.

Un muchacho joven rechazaba algo que alguien le ofrecía.

Una chica cercana habló con él.

Él negó.

Ella se acercó otra vez.

Más tarde, Laura vio que había aceptado algo.

La asociación apareció sola.

Álex.

La frenó.

No sabía quiénes eran.

No conocía la relación.

No sabía qué sustancia era.

Ni siquiera había visto toda la conversación.

Treinta segundos no alcanzaban para construir una vida.

Se sorprendió sonriendo.

Eduardo estaba logrando algo irritante.

Ya se escuchaba en su cabeza incluso cuando él no estaba ahí.

Emiliano no fue al bar.

Había dicho que tenía cosas que hacer.

Llevaba casi tres horas jugando en su habitación.

Su madre llamó desde abajo.

—¡Emiliano!

No respondió.

—¡Emiliano!

Se quitó un audífono.

—¿Qué?

—Baja la basura.

—Ahorita.

Retomó el juego.

Pasaron veinte minutos.

—¡Emiliano!

—¡Ya voy!

No fue.

Su padre apareció en la puerta.

—Tu mamá te pidió una cosa.

—Ya sé.

—Entonces hazla.

—Estoy terminando.

—Estás jugando.

Emiliano se quitó los audífonos.

—¿Qué quieres?

—Que bajes y ayudes.

—Ya dije que ahorita.

La discusión creció.

Su madre apareció.

—Déjalo, yo lo hago.

Emiliano perdió el control.

—¡Pues hazlo y ya! ¿Para qué hacen tanto pedo por una bolsa?

Su padre se acercó.

—No le hables así.

—No le estoy hablando a ti.

—Te estoy diciendo que respetes.

La madre intentó bajar el tono.

—Emiliano, ya.

—¡No! Siempre están chingando por cualquier cosa.

—No me grites —dijo ella.

—¡Pues entiende cuando digo que ahorita!

El padre lo tomó del brazo.

Emiliano se soltó.

—¡No me toques!

—Bájale.

—¿Qué vas a hacer?

La madre se puso entre ambos.

—¡Ya!

Emiliano tomó el teléfono.

Salió.

Cinco minutos después escribió en el grupo:

¿Alguien por tacos?

Bruno respondió.

Iván también.

Una hora después estaba sentado con ellos riéndose.

—¿Qué traes? —preguntó Bruno.

—Nada.

—Vienes enojado.

—Mi jefe se puso intenso por una tontería.

Eso fue todo.

No contó cómo había hablado a su madre.

No contó que había retado a su padre.

La historia que contó no era completamente falsa.

Era una selección.

Y una selección bien hecha podía parecer una verdad completa.

Al día siguiente, Emiliano ayudó a Rebeca con un documento.

Le llevó café a Camila.

Prestó dinero a Iván.

Andrés le dio una palmada.

—Eres buen tipo, güey.

—Intento.

Nadie conocía al muchacho de la noche anterior.

Eduardo entró al salón.

Como siempre, las conversaciones desaparecieron.

Apoyó el portafolio.

Escribió:

¿QUIÉN ERES?

Se volvió.

—Bruno.

Bruno levantó la cabeza.

—¿Sí, profesor?

—¿Quién eres?

—Bruno.

—Eso es un nombre.

—Estudiante.

—Rol.

—Mexicano.

—Nacionalidad.

A Bruno se le escapó una sonrisa.

—No sé.

Eduardo hizo un gesto de aprobación.

—Mejor.

El grupo esperaba.

—Supongamos que una persona es generosa con sus amigos.

Escribió debajo:

AMIGOS

—Presta dinero. Ayuda. Comparte información. Está disponible cuando alguien lo necesita.

Emiliano dejó quieta la pluma.

—Todos los que lo conocen en ese contexto dicen que es una buena persona.

Eduardo anotó:

CASA

—En su casa insulta. Humilla. Grita. Puede llegar a ser cruel.

Silencio.

—¿Cuál de las dos versiones es real?

Sofía levantó la mano.

—Las dos.

—¿Por qué?

—Porque una persona puede comportarse diferente dependiendo del contexto.

Anotó:

PERSONA + CONTEXTO

Mateo fue al punto.

—Pero si son conductas opuestas, ¿no hay contradicción?

Eduardo se volvió hacia Mateo.

—¿Hablas igual con tu pareja, tu madre, un policía, tus amigos y un profesor?

Mateo bajó la vista, divertido.

—No.

—¿Cuál de esas versiones eres tú?

Mateo entendió.

—Todas.

—Correcto.

Eduardo caminó unos pasos.

—El contexto no inventa necesariamente una persona nueva. Puede inhibir ciertas conductas y facilitar otras.

Rebeca tomó la palabra.

—He trabajado con adolescentes que en la escuela son amables y en casa tienen a los padres aterrorizados.

—Y también puede ocurrir lo contrario.

Laura agregó:

—Pero entender por qué alguien se comporta así no elimina responsabilidad.

Eduardo movió la cabeza en señal de aprobación.

—Comprender no es justificar.

Emiliano no levantó la vista.

La clase había dejado de parecerle abstracta.

Después de la sesión, Laura esperó a Eduardo.

—Necesito ayuda con un paciente.

El tono de Eduardo cambió.

—Cuéntame únicamente lo necesario.

Se sentaron apartados de la cafetería.

Laura utilizó el nombre Gabriel.

Cuarenta y seis años.

Su madre había muerto ocho meses antes.

Durante años había regresado a vivir con ella para ayudarla durante la enfermedad.

Hospitales.

Medicamentos.

Comidas.

Trámites.

Después de la muerte comenzó a desmoronarse.

Perdió el trabajo.

Dejó de salir.

Dormía mal.

Comía poco.

—¿Ha hablado de morir?

Laura se tomó un instante.

—No directamente.

—¿Le preguntaste de forma directa?

—Sí.

—¿Plan?

—Lo niega.

—¿Intentos previos?

—No.

—¿Ideas pasivas?

Laura respiró.

—Ha dicho que si mañana no despertara, tampoco le parecería una tragedia.

Eduardo se puso serio.

—Entonces cualquier intervención viene después de seguridad.

Laura hizo un gesto de conformidad.

—Lo sé.

—Evaluación continua del riesgo. Y un plan claro si cambia.

—Sí.

Eduardo la observó.

—¿Qué necesitas?

—No avanza.

—Define avanzar.

Laura explicó.

Gabriel hablaba durante consulta.

Lloraba.

Reconocía pensamientos.