MANUAL DE PSICOLOGÍA Lo que ocultamos #7
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Lo que ocultamos #7

—Entonces al principio el consumo estaba ligado a pertenencia y a ella.

—Sí.

—¿Y después?

Álex tardó.

—Después a mí.

Daniel no siguió.

Álex explicó:

—A sentirme bien. A no estar cansado. A no pensar. A sentir que todavía podía hacer cosas.

Laura tomó la palabra.

—¿Hubo algún momento en que intentaras dejarlo y te sorprendiera no poder hacerlo como esperabas?

Álex rió bajo.

—Muchos.

—¿El primero?

Miró hacia arriba tratando de recordar.

—Una semana después de que Renata terminara conmigo.

—¿Qué pensabas?

—Que podía parar cuando quisiera.

—¿Y qué pasó?

Álex bajó la vista.

—Descubrí que querer algo no significa automáticamente poder hacerlo.

La dejó escrita.

QUERER CAMBIAR ≠ PODER CAMBIAR INMEDIATAMENTE

Camila intervino.

Su voz fue más baja.

—¿Extrañas la droga?

Álex la miró.

No preguntó por qué quería saberlo.

—Sí.

—¿Aunque sabes todo lo que te hizo?

—Sí.

Camila tragó saliva.

Álex añadió:

—Pero no siempre extraño la sustancia.

Ella levantó la mirada, confundida.

—¿Entonces?

—Extraño cómo me sentía.

La respuesta hizo que Camila bajara los ojos.

—A veces extraño entrar a un lugar sin pensar si todos me estaban juzgando.

Fue apenas un gesto.

—A veces extraño al Álex que hablaba con cualquiera.

Miró hacia Eduardo.

—Y sé que buena parte de ese Álex estaba acelerado, confundido o creyéndose más brillante de lo que realmente estaba.

Volvió al grupo.

—Pero extrañar una sensación no significa ignorar sus consecuencias. Las dos cosas pueden existir al mismo tiempo.

Camila no volvió a preguntar.

Eduardo sí la había observado.

No dijo nada.

Bruno entró en la discusión.

—¿Renata sabe cómo estás ahora?

Álex tardó un momento en responder.

—Supongo.

—¿Hablan?

—No.

—¿La perdonaste?

Eduardo intervino antes de que la conversación se volviera juicio.

—Esa pregunta solo si Álex quiere responder.

—Está bien.

Álex se acomodó.

—No sé si "perdonar" sea la palabra.

Pensó.

—Ya no creo que ella sea responsable de mi vida.

Pausa.

—Eso no significa que crea que estuvo bien insistirme aquella noche.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

Laura asintió.

Álex siguió:

—Ella tomó una mala decisión conmigo.

Yo después tomé muchas.

No necesito convertirla en inocente para dejar de convertirla en culpable de todo.

Eduardo no añadió nada.

Precisamente porque no era necesario.

Al terminar, Álex recogió su botella.

Camila se acercó antes de que saliera.

—Gracias por venir.

—De nada.

—Neta.

Álex la observó apenas un segundo más de lo habitual.

—Cuídate.

Camila comprendió que quizá había visto algo en su pregunta.

—Sí.

Álex salió.

Rebeca fue detrás de él.

Los demás permanecieron sentados.

Eduardo no inició inmediatamente una conferencia.

Borró despacio el pizarrón.

Solo dejó:

RIESGO ≠ DESTINO

Después agregó debajo:

UNA HISTORIA ≠ UNA CAUSA

Se volvió.

—Eso es todo por hoy.

Nadie se levantó de inmediato.

—Profesor —dijo Mateo.

—¿Sí?

—¿No vamos a analizarlo?

—Ya lo hicieron durante casi dos horas.

—Me refiero a...

—Sé a qué te refieres.

—Hay momentos en los que seguir interpretando deja de producir comprensión y empieza a convertir a una persona en objeto.

El grupo quedó callado.

—Álex no vino para que encontremos una frase brillante que explique su vida.

Tomó el portafolio.

—Vino para recordarnos que una trayectoria humana casi nunca cabe en una sola variable.

Miró la frase final.

—Y mucho menos en una sola culpa.

Terminó la clase.

Camila dejó que los demás salieran.

Laura estaba guardando su libreta.

—Oye.

—¿Sí?

—¿Tienes prisa?

—No.

Camila esperó hasta que el aula quedó casi vacía.

—Te quiero preguntar algo.

Laura cerró la bolsa.

—Dime.

Camila miró hacia la puerta.

—Lo que le pregunté a Álex...

—Sí.

—No fue por curiosidad.

Laura no mostró sorpresa.

—Lo imaginé.

Camila hizo una pequeña mueca.

—Qué horrible estudiar con psicólogos.

—Tú también estás estudiando psicología.

—Por eso.

Laura aflojó la expresión.

Camila se sentó en la mesa de enfrente.

—Yo consumí pocas veces.

—Eso me dijiste.

—Y no he vuelto desde hace meses.

—Bien.

—Pero cuando él estaba contando todo...

Se tocó los brazos.

—Me acordé.

Laura esperó.

—No de lo malo.

La frase salió con dificultad.

—De cómo se sentía.

Silencio.

—Y eso me asustó.

Laura se sentó.

—¿Has tenido ganas de volver a consumir?

Camila se tomó un instante.

—A veces.

—¿Buscas hacerlo?

—No.

—¿Tienes acceso?

—Podría conseguir.

—Eso no responde lo mismo.

Camila negó.

—No estoy buscando.

Laura mantuvo el tono tranquilo.

—Entonces no voy a darte un diagnóstico con cuatro frases.

Camila sonrió débilmente.

—Gracias.

—Pero tampoco voy a decirte que ignores lo que te preocupa.

—¿Qué hago?

—Habla con alguien fuera del curso.

—¿Un terapeuta?

—Sí. O un servicio especializado donde puedan evaluar con calma qué está ocurriendo.

Camila bajó la mirada.

—Mi mamá se vuelve loca si se entera.

—Eres adulta.

—Eso no evita que se vuelva loca.

Laura rió suavemente.

—No.

Luego recuperó la seriedad.

—Pregunta por confidencialidad y sus límites desde el inicio.

Camila hizo un gesto de aprobación.

—¿Tú podrías atenderme?

—No sería buena idea.

—¿Por qué?

—Estamos en el mismo curso. Ya tenemos otra relación.

Camila aceptó.

—Tiene sentido.

—Hay otra cosa.

—Dime.

—En mi casa yo soy la buena.

Laura no respondió.

—Mi hermana es la que siempre tuvo problemas.

—¿Y tú?

—Yo no.

Sonrió sin alegría.

—O eso creen.

Laura entendió.

—¿Te preocupa más el consumo o que descubran una versión de ti que no encaja con lo que esperan?

Camila se quedó quieta.

—Las dos.

—Entonces son dos problemas distintos.

Camila respiró profundamente.

—Odio cuando responden cosas que sí sirven.

—Te acostumbrarás.

Esta vez ambas sonrieron.

Fuera del salón, el grupo recuperaba lentamente otra voz.

Bruno caminaba junto a Iván y Mateo.

—Eso sí estuvo pesado.

—Sí.

Iván no dijo nada.

Bruno volteó.

—¿Tú qué?

—Nada.

—No has hecho ni un chiste.

—¿Y?

—Nada. Está raro.

Iván metió las manos en los bolsillos.

—Estoy cansado.

Mateo lo observó apenas.

No preguntó.

Él todavía no había olvidado su propio mensaje.

TÚ TAMBIÉN ESTÁS MINTIENDO.

Lo había borrado.

Pero podía reconstruirlo perfectamente.

Cada letra.

Camila salió con Laura.

Tomás esperaba junto a las escaleras.

—¿Van a comer?

Camila negó.

—Tengo que irme.

—¿Mañana?

—Puede ser.

—Va.

Bruno miró a Nicolás.

—¿Tú?

—Tampoco puedo.

—¿Otra vez?

Nicolás guardó el teléfono.

—Voy con mi novia.

Iván volteó.

—¿Tienes novia?

Nicolás lo miró.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Dos años.

Bruno abrió los ojos.

—Güey, llevamos semanas contigo y nunca dijiste.

—Nunca preguntaron.

Tomás empezó a reír.

—Ese cabrón entendió mejor que todos la clase de secretos.

—Privacidad.

Y bajó las escaleras.

La risa fue breve.

Después cada uno tomó su camino.

Todavía no eran amigos.

Pero ya empezaban a saber quién hacía reír a quién.

Quién se quedaba callado.

Quién llegaba acompañado.

Quién preguntaba demasiado.

Quién parecía estar bien.

Pequeñas piezas.

Nada suficiente para conocer a una persona.

Suficiente para comenzar a creer que sí.