Lo que ocultamos #6
Ahí cometí una estupidez. Pensé que podía separar las cosas.
Ya conocía a gente que conseguía sustancias —alguien alguna vez me había dicho "si quieres, te guardo".
Al principio siempre respondía que no. Después dejé de responder que no tan rápido.
Un día acepté guardar algo. Otro día decidí usarlo sin fiesta.
Ese fue otro cambio. Ya no estaba Renata. No había música. No había amigos. Estaba solo en mi cuarto. Y ahí el motivo ya no era pertenecer. Era sentirme como me sentía cuando pertenecía.
Empecé a pasar noches sin dormir bien. Al principio lo usaba para seguir trabajando.
Luego la concentración dejó de ser tan buena como yo creía.
Leía páginas enteras y no sabía qué había leído.
Escribía mucho, corregía poco. Me sentía brillante.
Después revisaba los trabajos y encontraba errores absurdos.
Dormía a destiempo. Me despertaba irritable. Comía menos.
Mi madre empezó a preguntar: "¿estás bien?" "Sí." "Te ves cansado." "Exámenes." Era una explicación perfecta porque también era cierta. Los exámenes existían. El estrés existía. La mentira se escondía dentro de cosas verdaderas.
Después llegaron movimientos que no podía controlar bien. No una parálisis —pequeños sobresaltos musculares, tensión, mandíbula apretada, la pierna moviéndose durante horas, las manos inquietas, una sensación permanente de estar acelerado aunque mi cuerpo ya estuviera agotado.
Mi madre me vio una noche. "¿Por qué haces eso?" "¿Qué?" "La mano." La escondí debajo de la mesa. "Nada." Me observó. "¿Seguro que estás bien?" "Sí, mamá." "Estás muy flaco." "Estoy haciendo ejercicio." No estaba haciendo ejercicio.
Mi padre tampoco sospechó drogas inmediatamente. "Duerme más." "Sí." "No puedes vivir estudiando." Imagínense —mi papá pensaba que mi problema era estudiar demasiado.
Renata sí empezó a notarlo. "Estás raro." "Estoy cansado." "Siempre estás cansado." "Exámenes." "Ya terminaron dos." "Tengo otros." Me miraba, y yo detestaba esa mirada, porque ya no era la mirada de la chica que me había descubierto en una fiesta. Era preocupación. Y, poco a poco, rechazo.
Ella seguía consumiendo ocasionalmente. Eso era lo que más me enfurecía.
Podía pasar semanas sin hacerlo. Llegaba a una fiesta, consumía, se divertía, después regresaba a clases, dormía, comía, entregaba, seguía con su vida.
Yo no entendía. Pensaba "si ella puede, yo también". Pero ya no estábamos haciendo lo mismo.
Empecé a llegar a la universidad alterado. Algunas veces demasiado hablador, otras profundamente irritable. Faltaba. Entregaba tarde. Una profesora me pidió quedarme después de clase. "Álex, ¿qué está pasando?" "Nada." "No pareces tú." "Estoy cansado." Otra vez la misma respuesta.
Renata comenzó a rechazar invitaciones conmigo.
"Hoy no." "¿Por qué?" "Porque tienes clase mañana.
" "Tú también." "Sí." "Entonces qué." "Yo me voy a dormir.
" Eso me enfurecía. "Qué conveniente." "¿Qué?
" "Tú empezaste todo esto y ahora eres la responsable.
" Se le notó la molestia en la cara. "¿De qué hablas? " No respondí. Todavía no.
La ruptura llegó un viernes. No en una fiesta.
En la universidad. Renata me encontró afuera de un edificio.
Yo llevaba casi dos noches durmiendo mal, hablaba rápido, tenía los ojos cansados.
Me miró durante varios segundos. "¿Consumiste?
" "No." Mentira. "Álex." "¿Qué?" "No me mientas. " "No estoy mintiendo."
Cerró los ojos. "Ya no puedo." Sentí un vacío inmediato. "¿Qué significa eso?" "Que no quiero seguir contigo así." "¿Así cómo?" Perdió la paciencia. "Así." Señaló mi cuerpo. "Mírate."
Sentí vergüenza. La convertí en enojo. "Tú me metiste en esto.
" Quedó quieta. "¿Qué?" "Tú." "No." "Sí.
" "Álex, no." "Tú me la diste la primera vez.
" "Sí." La respuesta me sorprendió. No intentó negarlo.
"Sí. Yo te ofrecí. Yo insistí. Estuvo mal.
" Pausa. "Pero no puedo hacerme responsable de todo lo que hiciste después. "
Sentí que algo se rompía. "Qué fácil." "No es fácil.
" "Tú todavía consumes." "A veces." "Entonces no me vengas con mamadas.
" Bajó la voz. "Yo puedo pasar semanas o meses sin tocar nada.
" "Ah, entonces eres mejor que yo." "No dije eso.
" "Lo estás diciendo." "Estoy diciendo que tú ya no estás haciendo lo mismo que nosotros. "
Esa frase dolió más que "drogadicto". "¿Nosotros?
" Respiró. "Cuando no hay fiesta, tú buscas.
" Silencio. "Cuando todos paran, tú sigues.
" No respondí. "Faltas." "Estoy estudiando.
" "No." "Sí." "Álex, te he visto llegar drogado a clase.
" Miré alrededor. "Cállate." "¿Por qué?" "Porque la gente escucha. " "Eso es lo que te preocupa."
Me acerqué. "Tú me hiciste probarla." Ella también levantó la voz. "¡Una vez!" Varias personas voltearon. Bajó nuevamente el tono. "Una vez." Los ojos se le llenaron de lágrimas. "Y sí. Me arrepiento." Me quedé quieto. "Pero después hubo otra vez. Y otra. Y otra." "No estaba yo en todas."
Aquello me desarmó. Continuó: "No puedo seguir viendo cómo te destruyes y que cada vez que intento decirte algo me respondas que es mi culpa." Tragué saliva. "Yo no me estoy destruyendo." Me miró. Mucho tiempo. "Ese es el problema." Y se fue.
La odié. Durante meses. No voy a suavizarlo.
Porque lo que me dijo era insoportable. Necesitaba que ella fuera la causa.
Si Renata era la causa, entonces yo seguía siendo el Álex de antes: el responsable, el buen hijo, el buen estudiante, el que había cometido un solo error porque se enamoró de la persona equivocada.
Pero si Renata no explicaba todo... entonces tenía que empezar a mirarme a mí. Y eso daba mucho más miedo.
No dejé de consumir cuando terminamos. Al contrario. Ahí empezó la parte verdaderamente fea. Pero esa ya no fue la historia de Renata.
Fue la mía.
Después de que Renata me dejó, pensé que ahora sí iba a parar. Porque mi explicación era muy sencilla: consumía porque estaba con ella, ya no estaba con ella, entonces se acababa el problema.
No se acabó.
Las fiestas dejaron de importar. Mis amigos empezaron a importar menos. La universidad empezó a importar menos. Y eso sí me dio miedo.
Durante un tiempo todavía intenté conservar la apariencia. Me levantaba. Me bañaba. Llegaba a clases. A veces incluso entregaba trabajos. Pero cada vez necesitaba más esfuerzo para sostener cosas que antes eran normales.
No siempre consumía. Ese también había sido uno de mis argumentos: podía pasar algunos días sin hacerlo, entonces me decía que no había dependencia.
Después aparecían ansiedad, irritabilidad, insomnio, o simplemente el recuerdo de cómo me sentía.
Y comenzaba la negociación: "solo hoy", "necesito terminar esto", "mañana duermo", "el lunes paro". Las fechas cambiaban. La frase no.
¿Saben qué es lo peor? Que cada promesa sonaba razonable cuando la hacía. No pensaba "voy a destruir mi vida". Pensaba "hoy necesito funcionar", "hoy necesito sentirme mejor", "hoy no puedo con esto". Y si juntas suficientes "hoy"...
Mis calificaciones empezaron a bajar. Primero un punto. Después una materia. Luego varias. Una profesora me pidió hablar con ella. Otra recomendó orientación psicológica. Acepté una cita. No fui. Volví a pedirla. Tampoco asistí.
Mis padres seguían sin comprender. Veían cansancio, cambios de humor, pérdida de peso, horas extrañas.
Pero ninguna de esas cosas, por separado, les entregaba automáticamente una explicación.
Mi mamá pensaba que estaba deprimido por Renata.
Y sí estaba triste por Renata —otra verdad útil para esconder otra cosa.
Mi padre empezó a molestarse. "Estás desperdiciando la escuela." "No." "Antes no eras así." "Estoy bien." "No estás bien." Me defendía, discutía, cerraba la puerta. Después me sentía culpable. Prometía comportarme mejor. Durante unos días lo conseguía. Luego volvía.
Mis papás hicieron cosas bien. También hicieron cosas mal. Como todos. Mi madre intentaba vigilarme demasiado cuando empezó a sospechar. Mi padre se volvía más duro cuanto menos entendía. Pero no quiero hacerles lo mismo que hice con Renata. No son la explicación.
Finalmente me suspendieron materias. Después hubo problemas administrativos. Faltas. Entregas. Un par de discusiones que antes jamás habría tenido con profesores. Y llegó el día en que dejé de ser alumno.
Eso fue raro, porque la universidad había sido prácticamente toda mi identidad. Yo era el que estudiaba. El responsable. El que iba a terminar. El que después haría una maestría. Y de repente ya ni siquiera podía decir "soy estudiante".
Por eso sigo viniendo. Tengo amigos aquí. Conozco los edificios. Sé dónde venden el café más barato. Sé qué guardia te deja pasar sin preguntar demasiado. Y supongo que una parte de mí todavía cree que si regreso suficientes veces, algún día voy a volver a ser el que era.
Álex dejó de hablar.
El salón permaneció quieto.
No era uno de esos silencios en los que nadie sabe qué decir.
Era el otro.
El que aparece cuando cualquier comentario demasiado rápido puede arruinar lo que acaba de ocurrir.
La frase dejó al grupo inmóvil.
Eduardo esperó hasta que Álex terminó.
—Gracias.
Nada más.
Álex pareció agradecer precisamente eso.
No una conclusión.
No una interpretación.
Gracias.
Eduardo se levantó.
—¿Te parece bien si hacemos algunas preguntas?
—Sí.
—Puedes no responder.
—Ya sé.
Eduardo se dirigió al grupo.
—Antes de preguntar, recuerden algo. No están buscando "la causa".
Señaló lo que aún permanecía escrito:
FUNCIÓN
TRAYECTORIA
CONTEXTO
—Están intentando comprender un proceso.
Mariana añadió.
—Álex, ¿cuándo te diste cuenta tú de que ya no era algo ocasional?
Álex pensó.
—Después de Renata.
—¿Por qué ahí?
—Porque seguí aunque ya no existía la fiesta.
Mariana asintió.
Daniel retomó la idea.