MANUAL DE PSICOLOGÍA Lo que ocultamos #5
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Lo que ocultamos #5

Entonces salió alguien de mi salón. "¡Álex!

No mames, sí viniste. Pásale, güey." Y ocurrió algo que no esperaba: me recibieron bien.

Ese detalle parece muy pequeño. Para mí no lo fue.

Gente que en la escuela apenas me saludaba empezó a hablar conmigo.

"¿Qué onda, Álex?" "¿Quieres una chela?" "Nunca vienes.

" "Pensamos que eras más mamón." Yo no era mamón.

Era tímido. Pero cuando eres tímido, a veces desde afuera pareces mamón.

Me dieron una cerveza. La tomé despacio. Luego otra. No estaba borracho, solo menos rígido. La música ya no me parecía tan fuerte. No pensaba tanto dónde poner las manos. No me preguntaba a cada segundo si estaba haciendo el ridículo.

Y entonces la vi. Renata estaba con tres amigas, cabello suelto, una blusa negra, vaso en la mano, riéndose. Fue una de esas veces donde dices: "ya vine, si no le hablo soy un imbécil". Esperé. La oportunidad apareció casi una hora después, cuando ella estaba sola cerca de la cocina.

Caminé hacia ella. "Hola." Me vio y sonrió. "¡Álex!" Sabía mi nombre. Ya sé que suena ridículo, pero cuando llevas meses creyendo que una persona apenas sabe que existes, escuchar tu nombre... bueno.

Me abrazó. Un abrazo normal, de saludo. Para mí no fue normal. "Nunca te había visto en una fiesta", me dijo. "Porque nunca vengo." "¿Y qué milagro?" Quise decir "por ti". No pude. "Me invitaron." "Qué bueno que viniste."

Aquello bastó. Empezamos a hablar. Primero de la clase —se quejó de un trabajo, le dije que el enfoque del profesor estaba incompleto, me miró y dijo "eso pensé".

Y entonces la conversación cambió. Hablamos de la materia, de una investigación, de lo que queríamos hacer cuando termináramos.

Ella quería entrar a un proyecto de diseño social.

Yo quería estudiar después un posgrado relacionado con comportamiento y análisis.

Nos emocionamos. De verdad. No era conversación de fiesta —no era "¿qué música te gusta?

" o "¿tienes novio?"— era una conversación que podía haber durado horas en una biblioteca.

Ella se acercaba para escuchar porque la música estaba fuerte.

Yo hablaba y ella respondía. Ella hacía una pregunta y yo sabía contestarla.

Esa noche dejé de sentirme como el matado de la clase. La miré y pensé "le gusta hablar conmigo". No "me soporta". No "está siendo amable". Le gusta hablar conmigo.

Eso fue lo primero que me enganchó esa noche. No la droga. Ella. La posibilidad. La idea de que quizá yo podía entrar en su mundo.

La fiesta cambió después de medianoche. Empecé a notar cosas que al principio no había visto: personas entrando y saliendo de habitaciones, vaporizadores, alcohol, pastillas que no identificaba, pequeñas bolsas pasando de mano en mano.

No tenía experiencia suficiente para saber qué era cada cosa. Hasta que vi a Renata con una.

Pensé que estaba viendo mal. Me acerqué. "¿Qué haces?" Me miró sorprendida por mi expresión. "Nada." "Eso no es nada." Rió. "Ay, Álex." "¿En serio haces eso?" "Sí."

Todavía puedo recordar la decepción. Ella era perfecta en mi cabeza, y de repente estaba haciendo exactamente una de las cosas que yo había metido toda mi vida en la caja de "gente que tiene problemas".

"No me mires así." "No te estoy mirando de ninguna forma." "Sí." "Pensé que no hacías esas cosas." "¿Por qué?" No tuve respuesta. Porque estudiaba, porque sacaba buenas calificaciones, porque era inteligente, porque yo necesitaba que una persona como ella no hiciera algo así.

Rió. "Todos lo hacen." La miré. Corrigió: "Bueno. Todos los que conozco aquí." "Yo no." "Ya sé." No se burló. Eso fue importante.

"¿Quieres?" "No." "¿Seguro?" "Sí." Se encogió de hombros. "Está bien." Y no insistió. Por lo menos no entonces.

Guardó aquello y me tomó del brazo. "Ven a bailar." "Yo no bailo." "Hoy sí." "No sé." "Nadie sabe." Me llevó. Apenas me movía. Rió. "Relájate." Me abrazó por los hombros. Sentí que el corazón me golpeaba demasiado fuerte.

Después me besó. No un beso largo, no una declaración. Un beso impulsivo, rápido. Pero yo llevaba meses enamorado. Para mí significó todo. Ella volvió a bailar como si nada. Yo no. Estaba en otro planeta sin haber consumido nada.

Ahí pude irme. Y durante años pensé que ese era el momento.

Terminó la canción. Yo estaba feliz. Completamente feliz. No necesitaba más. Había hablado con ella, habíamos conectado, me había besado. Pensé que si me iba en ese momento, aquella noche quedaría perfecta.

Busqué mi chamarra. Renata me encontró. "¿Ya te vas?" "Sí." "No." Sonreí. "Tengo que llegar." "¿A qué hora?" Miré el teléfono. "Ya voy tarde." "¿Tus papás?" "Sí." Rió. No con crueldad. Con ternura. "Eres demasiado bueno." "No." "Sí."

Me agarró de la mano. "Ven." "¿A dónde?" "Ven." Me llevó hacia un baño. Me puse nervioso por una razón completamente distinta —yo pensé otra cosa. Obviamente.

Dentro, volvió a besarme. Ahora más despacio.

Dejé de pensar en la hora. Se apartó apenas.

"Quédate conmigo." "Me tengo que ir." "Un rato.

" "Renata..." Sacó la pequeña bolsa. Cambié de expresión.

"No." "Relájate." "Ya te dije que no." "Está bien.

" Me volvió a besar. "Nada más pruébalo conmigo.

" "No." Apoyó la frente contra la mía. "¿No quieres divertirte conmigo? "

Me quedé callado. Años después todavía puedo explicar cada parte de aquella decisión.

No quería la droga. Me daba miedo. Me parecía algo que hacían otras personas.

Sabía que si mis padres me vieran, la imagen del hijo responsable desaparecería.

Pero enfrente estaba la mujer de la que llevaba meses enamorado.

Me había besado. Me había dicho que me quedara. Me estaba diciendo: hazlo conmigo.

Ese día entendí algo demasiado tarde: la presión social no siempre llega con un grupo entero gritándote "ándale". A veces llega con una sola persona. La persona correcta. La persona a la que llevas meses deseando que te mire.

Acepté.

No voy a describir cómo. No hace falta. Solo les cuento lo que vino después.

Al principio esperé sentir algo inmediatamente.

Después empecé a notar que el cansancio desaparecía.

La inseguridad también. La música dejó de parecer demasiado fuerte.

Las personas dejaron de parecer desconocidas.

Las palabras salían sin tener que ensayarlas.

Yo había pasado años pensando antes de hablar. Esa noche no. Hablaba. La gente se reía. Contaba historias. Hacía bromas. Alguien dijo: "güey, ¿dónde escondías a este Álex?" Esa frase se me quedó grabada.

Ese fue el problema. No era solamente cómo me sentía. Era cómo reaccionaban los demás a cómo me sentía. Me buscaban. Me llamaban. Me incluían. Renata me abrazaba. En algún momento volvió a besarme. Para mí, la noche se convirtió en una confirmación.

Yo no pensé "qué buena droga". Pensé: "así debería ser yo".

Llegué a mi casa cuando ya era tarde. Mis padres dormían. Entré sin hacer ruido. Me miré al espejo. Seguía sonriendo. Después descubrí que no podía dormir. No me pareció grave —yo todavía estaba viviendo la fiesta en mi cabeza. Renata. El beso. La gente riéndose. La sensación de no tener miedo.

Horas después apareció el otro lado. Cansancio. Ansiedad. Irritabilidad. Una sensación física desagradable que no sabía nombrar. Juré que no volvería a hacerlo. Y de verdad lo creí. Eso también es importante: yo no estaba mintiendo cuando dije "nunca más". Lo pensaba.

Pasó una semana. Luego otra. Renata me escribió: "¿vienes el viernes?" Leí el mensaje muchas veces. Y ahí empezó todo de verdad.

La segunda fiesta fue diferente. Ya no llegué como extraño. "¡Álex!" "Qué onda, güey." "Pensamos que no venías." Ese cambio social fue tan importante como cualquier efecto químico. Ahora me esperaban. Renata también.

Pasamos buena parte de la noche juntos. Tomé cerveza. Al principio no consumí nada más. Estaba orgulloso —pensé "¿ves? yo controlo". Cerca del final de la noche volví a aceptar.

Dos semanas después hubo otra fiesta. Después otra.

No todas las semanas. A veces cada quince días.

A veces pasaban tres. Durante dos o tres meses seguí siendo buen estudiante.

Eso es lo que nadie entiende cuando contamos estas historias desde el final.

Seguía entregando trabajos. Seguía sacando buenas calificaciones.

Llegaba a mi casa. Comía con mi familia.

Mi madre no veía "a un drogadicto". Veía a su hijo.

Yo mismo tampoco me veía de otra manera.

Para mí, una persona con adicción era alguien completamente destruido.

Yo no estaba destruido. Entonces, según mi propia definición, no tenía ningún problema.

Renata y yo comenzamos a vernos más. La relación nunca tuvo un inicio formal. No hubo "¿quieres ser mi novia?". Simplemente nos besábamos, salíamos, estudiábamos juntos, llegábamos juntos a algunas fiestas. La gente empezó a tratarnos como pareja. Yo no pregunté demasiado. Me bastaba.

Estaba viviendo exactamente lo que había imaginado durante meses.

Por eso tampoco quería mirar demasiado lo demás.

Al principio el consumo seguía atado a las fiestas: viernes, amigos, Renata, música.

Eso me permitía conservar una explicación.

"Yo no consumo porque lo necesito." "Consumo cuando salimos.

" "Es como tomar." "Todos aquí lo hacen.

" Cada frase tenía algo de verdad. Y por eso funcionaban tan bien.

Luego cambió algo. Los exámenes se acercaron.

Las fiestas disminuyeron. Renata empezó a decir "este viernes no", "tengo entrega", "la próxima semana".

Otros también dejaron de salir. Yo esperaba el fin de semana con una ansiedad extraña.

No sabía si extrañaba a Renata, la fiesta, la gente, o la forma en que me sentía dentro de todo aquello.