MANUAL DE PSICOLOGÍA Lo que ocultamos #4
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Lo que ocultamos #4

—Si después quiere contar su experiencia al grupo, será decisión suya.

—Va.

—Y otra cosa.

—¿Qué?

—No le digas que "nos serviría".

Rebeca hizo una mueca.

—Sí, ya entendí.

—No es material.

Laura intervino.

—Es una persona.

Eduardo la miró.

—Sí.

Rebeca le escribió esa tarde.

La respuesta no llegó enseguida.

Pasaron casi cuatro horas.

Cuando finalmente apareció, ella estaba en casa.

¿Para qué quiere hablar conmigo?

Rebeca escribió:

Estamos viendo consumo en el curso. Salió tu nombre. El profesor dijo que antes de escuchar versiones quiere hablar contigo.

Álex se tomó un instante.

¿Qué versiones?

Rebeca comenzó a escribir una explicación larga.

La borró.

Mejor habla con él.

Otra demora.

¿Es el profesor joven?

Sí. Eduardo.

Álex respondió:

Está bien. Pero primero solo él y yo.

Al día siguiente, Rebeca llevó a Eduardo detrás del patio.

El ruido de las canchas llegaba amortiguado hasta las escaleras de servicio.

Álex estaba sentado sobre una jardinera baja.

Sudadera gris.

Jeans.

Un vaso de café entre las manos.

No parecía el hombre destruido que algunos comentarios del campus habrían permitido imaginar.

Parecía cansado.

Eso era diferente.

Rebeca se acercó.

—Álex.

Él levantó la cabeza.

—Qué onda.

—Él es Eduardo.

Álex observó al profesor.

—Sí está joven.

Eduardo hizo una mueca.

—Eso parece.

Álex se puso de pie.

Era mayor que varios alumnos del curso.

No mucho.

Pero tenía algo de quien llevaba demasiado tiempo regresando a un lugar al que ya no pertenecía completamente.

—Rebeca me dijo que quiere hablar conmigo.

—Solo si tú quieres.

—Ya vine.

—Eso no significa que tengas que contarme nada.

Álex miró a Rebeca.

—¿Siempre habla así?

—Más o menos.

Álex sonrió.

—Está bien.

Rebeca entendió la señal.

—Los dejo.

Se alejó hacia el edificio.

Eduardo no sacó libreta.

No sacó teléfono.

No tomó notas.

Álex reparó en eso.

—¿No va a escribir?

—No todavía.

—¿Qué quiere saber?

—Qué parte de lo que escuché sobre ti es realmente tuya.

Álex bebió café.

—¿Qué escuchó?

—Que fuiste alumno de esta universidad. Que tuviste problemas académicos. Que consumes metanfetamina. Que has intentado tratamiento. Y que mencionas a una mujer llamada Renata cuando hablas de cómo empezó.

Álex perdió parte de la sonrisa.

—Ah.

Eduardo no avanzó.

Dejó el espacio.

Álex miró hacia las canchas.

Un grupo cruzaba corriendo al otro lado.

—Todo el mundo cree que sabe esa historia.

—Yo no.

Álex regresó la vista hacia él.

—¿Y por qué le interesa?

—Porque estoy enseñando algo que tu historia podría cuestionar.

—¿Qué?

—La necesidad de encontrar una sola causa.

Álex permaneció callado.

Retomó:

—Si no quieres hablar de ello, aquí termina.

—No.

Álex apretó el vaso entre los dedos.

—Sí quiero.

Dejó espacio.

—Pero si entro a su salón, no quiero que me vean como al drogadicto que llevaron para asustarlos.

—No ocurrirá.

—Eso dicen todos.

—Yo no te estoy ofreciendo que entres todavía.

Álex lo miró.

—Primero quiero entender qué quieres contar.

Aquello pareció convencerlo un poco más.

—¿Rebeca le dijo de Renata?

—Solo que estuvo relacionada con tu primer consumo.

Álex soltó aire.

—"Relacionada".

—Es la palabra más prudente que tengo hasta escucharte.

Ahí sonrió de verdad.

—Sí es psicólogo.

—Eso también parece.

Álex volvió a sentarse.

Eduardo permaneció de pie hasta que él señaló el otro extremo de la jardinera.

—Siéntese.

Eduardo lo hizo.

Durante unos segundos ninguno habló.

Álex giró el vaso entre las manos.

—Yo no era así.

Eduardo no preguntó qué significaba.

Esperó.

—Era buen estudiante.

Otra pausa.

—Muy buen estudiante.

Miró hacia el edificio.

—De esos que casi nunca faltan.

Eduardo seguía sin interrumpir.

Álex tragó saliva.

—Nunca iba a fiestas.

Sonrió como si la frase perteneciera a otra persona.

—Ni siquiera sabía qué hacer cuando me invitaban.

Después bajó los ojos.

—Y estaba enamorado.

La sonrisa desapareció lentamente.

—Brutalmente enamorado.

Eduardo supo el nombre antes de que lo pronunciara.

Álex alzó la mirada.

—De Renata.

Permaneció unos segundos en silencio.

—La primera vez fue por ella.

Dos días después, Álex entró al salón.

No llevaba café esta vez.

La sudadera gris era la misma, pero se había peinado. Parecía un detalle insignificante hasta que Rebeca lo notó. Quizá había querido presentarse de otra manera. Quizá simplemente había tenido tiempo.

Eduardo estaba de pie junto al escritorio.

Esperó a que todos tomaran asiento.

—Antes de comenzar quiero dejar algo claro.

El grupo quedó callado.

—Álex no es un caso clínico.

Lo miró.

—Tampoco está aquí para asustarlos ni para convertirse en ejemplo de lo que "le pasa a la gente que consume".

Álex bajó la cabeza.

Eduardo continuó:

—Aceptó contar una parte de su historia. Escúchenla como escucharían a cualquier persona que les presta algo que todavía le pertenece.

Nadie escribió.

—Si en algún momento quiere detenerse, se detiene. Si no quiere responder una pregunta, no responde.

Álex miró al grupo.

—Está bien.

Eduardo se sentó a un costado.

No detrás de él.

No enfrente.

A un lado.

—Cuando quieras.

Álex respiró. Miró el salón.

—Yo no era así.

Y no lo digo como esa típica historia de que antes era una persona maravillosa y una droga destruyó mi vida en dos días.

Yo era... normal. Bueno, no sé si normal. Era un matado. De esos que entregan el trabajo antes, que preguntan si la bibliografía va en APA sexta o séptima. Si había examen el lunes, yo empezaba a estudiar desde el jueves. Sí. Así de insoportable.

Mi familia también era normal. Y digo esto porque durante años me hicieron la misma pregunta: "¿Qué te pasó en tu casa?

" Como si obligatoriamente hubiera tenido que pasar algo.

Mi papá trabajaba. Mi mamá también. Nunca me faltó escuela.

Nunca me faltó comida. Nunca vi a mi padre golpear a mi madre.

No había drogas en mi casa. No había alcoholismo escondido. No me abusaron. No me abandonaron.

Me querían. A su manera, pero me querían.

Mi problema era diferente. Yo tenía muchísimo miedo de decepcionarlos. No porque me amenazaran. Nunca me dijeron "si sacas ocho te corremos de la casa". Nada de eso. Era peor porque confiaban en mí.

"Álex nunca nos da problemas." "Álex sabe cuidarse." "Álex es responsable." "Álex no es como otros muchachos."

Yo escuché eso toda mi adolescencia. Entonces terminas creyendo que no puedes equivocarte.

Nunca llegaba borracho. Nunca me escapé. Nunca fumé a escondidas. Si decía que regresaba a las diez, llegaba nueve cincuenta. Sí, ya sé, suena bastante aburrido. Pero yo estaba cómodo ahí. O eso creía.

Y entonces conocí a Renata.

No sé cómo explicarla sin sonar ridículo.

Estudiábamos una materia juntos. La había visto desde el primer día.

No porque fuera la mujer más hermosa de la universidad —había mujeres más bonitas, eso lo puedo reconocer ahora— sino porque tenía una manera de hablar que me desarmaba.

Levantaba la mano y decía cosas que yo estaba pensando.

Y eso, cuando eres medio nerd, es peligrosísimo.

Porque yo no me enamoré primero de cómo se veía. Me enamoré de cómo pensaba. Ella discutía con los profesores. No por llevar la contraria —porque realmente había leído. Llegaba con artículos. Preguntaba. Se enojaba cuando alguien decía algo sin fundamento.

Y yo estaba perdido. La veía en clase. Sabía dónde se sentaba. Sabía que siempre llegaba cinco minutos tarde. Sabía que tomaba café sin azúcar. Sabía que cuando se concentraba mordía la tapa de la pluma. Sabía muchas cosas. Ella probablemente no sabía mi apellido.

No la acosaba. Nada más hacía lo que todos hacemos cuando nos gusta alguien y somos demasiado cobardes para hablarle: mirarla, esperar una oportunidad, inventar conversaciones en la cabeza.

Tenía su número por un grupo de clase. Escribí "hola" como veinte veces. Nunca lo mandé. Una vez escribí: "Hola, oye, ¿entendiste lo que dijo el profesor sobre...?" Y había entendido perfectamente. Lo borré.

Así estaba. Meses. No ocurrió nada.

Hasta que un jueves alguien del salón dijo que al día siguiente había una fiesta en casa de Renata. Yo ni siquiera sabía que existía. Pregunté si podía ir. Me dijeron que estaba invitado medio salón. Esa tarde no escuché bien el resto de la clase.

Llegué a mi casa y abrí el clóset. Lo cuento sin vergüenza: yo no tenía ropa para una fiesta. No se rían —para mí era una emergencia. Tenía camisas de cuadro, playeras normales, tenis que mi mamá compraba conmigo. No podía llegar así.

Al día siguiente salí temprano. Me compré unos tenis más caros de lo que normalmente habría pagado, una playera negra, una chamarra...

y un perfume. El perfume fue una estupidez, pero es obligatorio cuando te gusta alguien.

Pasé casi una hora escogiendo uno. Pensaba que ese perfume podía cambiar mi destino.

Llegué a mi casa, me bañé, me arreglé, me cambié tres veces.

Mi mamá entró. "¿A dónde vas?" "Una fiesta.

" Casi se le cae algo —nunca iba a fiestas.

Mi papá preguntó de quién. Dije que de una compañera.

"¿Vas a tomar?" "Tal vez una cerveza." "Con cuidado.

" "Sí." "Si necesitas que vaya por ti, me llamas. "

Eso fue todo. No eran malos padres. Y eso hace algunas cosas más difíciles de contar.

La casa de Renata estaba en una colonia donde nunca había ido a una fiesta.

Cuando llegué ya había música desde afuera, autos estacionados en doble fila, gente entrando con hielo, cerveza, botellas.

Estuve a punto de no tocar. Me quedé como cinco minutos afuera pensando "mejor me voy, le digo que me sentí mal, ni siquiera sabe que voy a venir".