MANUAL DE PSICOLOGÍA Lo que ocultamos #3
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Lo que ocultamos #3

—Contexto: quién estaba alrededor, qué acceso tenía, qué estaba ocurriendo en su vida, qué normas existían en su grupo, qué consecuencias aparecieron y cuáles no.

Camila intervino.

—Entonces alguien puede empezar sin tener ningún problema psicológico fuerte.

—Por supuesto.

—¿Solo porque le dio curiosidad?

—Sí.

—¿Y terminar con un problema grave?

—También.

El grupo quedó callado.

Eduardo apoyó el marcador en la repisa.

—No existe una biografía obligatoria para desarrollar un trastorno por consumo.

Aquella frase hizo que varias plumas se movieran.

—Puede existir trauma. Puede existir enfermedad mental. Puede existir una historia familiar compleja. Pero también puede existir una familia funcional, oportunidades educativas, apoyo y una vida que desde afuera parece perfectamente estable.

—Los factores de protección reducen riesgo. No vuelven a una persona invulnerable.

Mateo fue al punto.

—¿Y lo contrario? ¿Una persona con muchos factores de riesgo puede consumir y nunca desarrollar una adicción?

—Sí.

La respuesta pareció incomodar más.

Eduardo siguió:

—Riesgo no significa destino.

Escribió:

RIESGO ≠ DESTINO

—Dos personas pueden tener experiencias similares y terminar en lugares completamente distintos.

Bruno entró en la discusión.

—¿Incluso consumiendo lo mismo?

—Sí.

—¿Cómo sabes cuál va a perder el control?

—No lo sabes con certeza.

Bruno esperó algo más.

Eduardo no se apresuró a llenar el vacío.

—Podemos evaluar factores de riesgo, patrones, frecuencia, consecuencias, pérdida de control, contexto. Podemos estimar probabilidades. Podemos identificar señales de deterioro.

Pausa.

—Lo que no podemos hacer es adivinar el futuro de una persona.

Laura observó al grupo.

Algo en aquella respuesta le gustó.

Eduardo no parecía necesitar tener siempre una respuesta absoluta.

Precisamente por eso, cuando afirmaba algo, pesaba más.

Camila tomó la palabra.

—¿Y el cristal?

Eduardo giró hacia ella.

—Metanfetamina.

—Sí.

—¿Qué quieres saber?

Camila dudó.

—Por qué... no sé. ¿Por qué le gusta tanto a la gente?

Eduardo no simplificó.

—No hay una sola experiencia. Pero puede producir una sensación intensa de energía, vigilia, confianza o euforia. Puede disminuir temporalmente el cansancio y el apetito. Algunas personas describen una sensación de capacidad extraordinaria.

Bruno habló después.

—Por eso algunos la usan para estudiar.

—Por eso algunos creen que les ayuda a estudiar.

—¿No ayuda?

—Estar despierto más horas no significa aprender mejor.

Mariana añadió.

—Además, si después alteras sueño y recuperación, puedes terminar funcionando peor aunque subjetivamente sientas que rindes más.

Eduardo afirmó con un gesto breve.

—Exacto.

Miró nuevamente a Camila.

—También pueden aparecer ansiedad, irritabilidad, alteraciones importantes del sueño, cambios físicos y, en consumos repetidos o intensos, problemas mucho más graves.

Camila permaneció seria.

Eduardo agregó:

—Pero tampoco quiero que convirtamos una sustancia en un personaje demoníaco. La sustancia importa muchísimo. También importa la persona, la frecuencia, el contexto y lo que empieza a aprender su cerebro alrededor de esa experiencia.

Mateo fue al punto.

—¿Aprender?

—Sí.

Eduardo tomó otra vez el marcador.

Anotó:

REFUERZO

—Si una conducta produce algo que la persona desea, aumenta la probabilidad de repetirla.

Valeria preguntó:

—¿Aunque después haya consecuencias negativas?

—Sí.

—Eso parece contradictorio.

—Lo sería si el cerebro hiciera siempre un balance racional de costos y beneficios antes de actuar.

Un par de sonrisas.

—No funciona así.

Señaló el concepto.

—Una persona puede recordar con enorme fuerza aquello que obtuvo: energía, placer, pertenencia, alivio, confianza. Y minimizar temporalmente aquello que vino después.

Camila bajó la mirada.

Eduardo continuó:

—Además, la función puede cambiar.

Daniel retomó la idea.

—¿Cómo?

—Alguien puede empezar consumiendo para pertenecer a un grupo. Meses después puede consumir para sentirse bien. Más adelante puede hacerlo para evitar sentirse mal.

El salón quedó más quieto.

—La misma conducta. Funciones diferentes a lo largo del tiempo.

Camila tomó la palabra.

No habló de inmediato.

Esperó un momento.

—Yo probé cristal.

Varias cabezas giraron.

Eduardo no.

La mantuvo a ella como centro de la conversación sin convertirla en espectáculo.

—No tienes ninguna obligación de seguir hablando.

—Está bien.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Entonces dime únicamente aquello que quieras decir.

Camila respiró.

—Fue por exámenes.

—¿Qué buscabas?

—Aguantar.

—¿Estabas cansada?

—Muchísimo. Tenía entregas, prácticas... no dormía casi nada.

—¿Quién te lo ofreció?

Camila vaciló.

—Una amiga.

—No necesitamos nombres.

Ella agradeció con una leve inclinación de cabeza.

—Me dijo que me iba a mantener despierta.

—¿Y ocurrió?

—Sí.

—¿Qué más?

Camila pensó antes de contestar.

—Me sentía... muy bien.

Algunas miradas se levantaron.

Ella se encogió de hombros.

—Pues sí. Esa es la verdad.

Eduardo no mostró desaprobación.

—Continúa.

—Energía. Como si pudiera terminar todo. Hablaba muchísimo. Sentía que las ideas me salían rápido.

—¿Crees que estabas pensando mejor?

Camila tardó.

—En ese momento sí.

—¿Ahora?

—No sé.

—Perfecto.

Camila rió suavemente.

—¿Perfecto?

—"No sé" es mucho mejor que inventar una respuesta porque te sientes observada.

Aquello relajó parte de la tensión.

—¿Qué ocurrió después?

—No dormí.

—¿Cuánto tiempo?

Eduardo levantó una mano antes de que respondiera.

—No necesitamos detalles que puedan convertir esto en una guía de consumo. Solo consecuencias.

Camila entendió.

—Insomnio. Ansiedad. Al día siguiente estaba de malas. Después me sentí agotadísima.

Mateo se metió en la conversación.

Esperó a que Eduardo se la concediera.

—Si fue desagradable después, ¿por qué repetir?

Camila se quedó quieta.

—Porque mientras estaba arriba no fue desagradable.

Eduardo no dijo nada.

Mateo comprendió antes de recibir explicación.

—Ah.

Camila continuó.

—Y cuando volvió a llegar otra temporada pesada... me acordé más de la energía que de todo lo demás.

Eduardo tomó el marcador.

Debajo de REFUERZO, escribió:

MEMORIA DEL EFECTO

—Esto es importante.

Se volvió hacia ellos.

—La memoria tampoco registra todas las consecuencias con el mismo peso emocional.

Laura tomó la palabra.

—¿Cuántas veces consumiste?

Eduardo intervino antes de que Camila respondiera.

—No necesitamos establecer un número para que su experiencia tenga valor dentro de la conversación.

—Tiene razón.

Camila, aun así, respondió:

—Pocas.

Y dejó el asunto ahí.

Eduardo respetó el límite.

—Gracias.

Camila bajó la mano.

No parecía avergonzada.

Tampoco orgullosa.

Solo un poco más expuesta de lo que había estado cinco minutos antes.

Al terminar la clase, varios permanecieron recogiendo material.

Eduardo borraba parte del pizarrón cuando escuchó a Rebeca hablar con Mariana.

—Hay alguien que podría servir muchísimo para este tema.

Eduardo dejó de borrar.

—¿Servir?

Rebeca corrigió.

—Perdón. No quise decirlo así.

—Sé lo que quisiste decir. ¿Quién?

—Álex.

Mariana reconoció el nombre.

—¿El que todavía viene a veces?

—Sí.

Bruno también lo ubicó.

—¿El flaco que se queda por atrás del patio?

—Él.

Camila miró a los demás.

—¿Quién es?

Rebeca se sentó sobre la esquina de una mesa.

Eduardo permaneció escuchando.

—Era alumno de aquí.

—¿Era? —preguntó Camila.

—De una generación anterior. Entró mucho antes que nosotros.

Bruno aprovechó el dato.

—Un dinosaurio.

Rebeca sonrió también.

—Más o menos.

Eduardo no interrumpió el tono.

Estaban fuera de la clase formal.

—¿Terminó? —preguntó Laura.

Rebeca negó.

—No.

Aquello llamó la atención.

—Era buenísimo —continuó—. De los que siempre traían todo, buenas calificaciones, participaba poco pero sabía muchísimo. Después empezó a faltar.

Mariana preguntó:

—¿Por drogas?

Rebeca se encogió de hombros.

—Eso dice la gente.

Eduardo intervino.

—¿Y qué sabes tú?

Rebeca entendió inmediatamente la diferencia.

—Que él me dijo que consume cristal. Eso sí me consta porque me lo contó.

—Bien.

—Y sé que tuvo problemas con materias y faltas porque todavía estaba aquí cuando empezó todo.

—¿Lo dieron de baja?

—Sí. Aunque no sé exactamente por qué motivos administrativos.

Eduardo aceptó el punto.

—Entonces no afirmemos más.

Rebeca siguió:

—Todavía viene porque tiene amigos aquí. A veces se queda atrás, junto a las escaleras de servicio.

Tomás preguntó:

—¿El que trae siempre café?

—Sí.

Laura miró a Eduardo.

—¿Ha estado en tratamiento?

Rebeca respondió:

—Según él, sí. Varias veces.

—¿Y Renata? —preguntó Mariana.

La expresión de Rebeca cambió.

—Ella sigue aquí.

Camila se interesó.

—¿Quién es Renata?

—Una chava de Diseño. Ya terminó la carrera, pero está haciendo un diplomado.

—¿Qué tiene que ver?

Rebeca miró a Eduardo antes de continuar.

—Álex siempre dice que empezó por ella.

Eduardo apoyó el borrador en la repisa.

—Eso ya es una afirmación importante.

—Él dice que ella se la dio la primera vez.

—Eso sería otra cosa.

Rebeca se quedó pensando, incómoda.

—¿Cuál es la diferencia?

—Que decir "ella estuvo en mi primer consumo" describe un hecho concreto. Decir "empecé por ella" ya contiene una interpretación causal.

Una sonrisa discreta cruzó el rostro de Laura.

La clase seguía incluso cuando Eduardo no parecía estar dando clase.

Rebeca se quedó pensando.

—Él la culpa mucho.

—Eso también forma parte de su historia.

Bruno preguntó:

—¿Y ella qué dice?

—No sé.

—¿También consume?

—Según Álex, sí. O consumía. Pero ella terminó la carrera, siguió con su vida.

Camila miró a Rebeca.

—¿Y él no?

—No.

El contraste dejó algo extraño en el aire.

Dos personas.

Una misma sustancia.

Una historia que aparentemente había comenzado en el mismo lugar.

Finales completamente diferentes.

Eduardo volvió a mirar la frase que todavía permanecía en el pizarrón:

RIESGO ≠ DESTINO

—¿Todavía tienes contacto con Álex? —preguntó.

—Sí.

—¿Confía en ti?

Rebeca pensó.

—Más o menos.

—Entonces pregúntale si estaría dispuesto a hablar conmigo.

—¿Para traerlo a clase?

—No.

Eduardo fue inmediato.

—Primero para hablar conmigo.

Rebeca afirmó con la cabeza.