Lo que ocultamos #2
Nicolás soltó una risa desde la mesa.
Iván abrió los brazos.
—Eso dije, pero con menos sílabas.
Tomás negó con la cabeza.
—Están mal.
El asunto terminó ahí.
No necesitaba más.
Antes de volver a clase, varios terminaron alrededor de una mesa larga de la biblioteca.
Daniel tenía abierta una computadora.
Valeria conectó la suya.
Bruno, Mateo, Nicolás y Gael ocuparon otras sillas. Camila llegó con Laura. Sofía y Andrés se sentaron al extremo.
La tarea de Eduardo era sencilla en apariencia: elegir una afirmación psicológica popular y revisar qué evidencia realmente existía para sostenerla.
Bruno abrió la conversación.
—Yo digo lo de que si alguien no te mira a los ojos está mintiendo.
Gael negó.
—Muy básico.
—Precisamente.
—No. Eduardo ya explicó que no funciona así.
Valeria giró su computadora.
—Podemos hacer algo sobre memoria.
Daniel levantó la vista.
—¿Qué parte?
—Eso de que cada vez que recuerdas algo puedes modificarlo.
Mateo se interesó.
—Ahí sí hay material.
Camila preguntó:
—¿Pero entonces nunca podemos confiar en un recuerdo?
Laura negó.
—Cuidado. Que la memoria sea reconstructiva no significa que todo recuerdo sea falso.
Daniel añadió:
—Ese podría ser justo el trabajo. Buscar hasta dónde llega la evidencia y dónde empieza la exageración.
Gael abrió su libreta.
—Necesitamos separar tres cosas.
Bruno lo miró.
—A ver.
—Qué encontró el estudio. Qué concluyeron los investigadores. Y qué termina diciendo la gente en internet.
Mateo pareció disfrutar la precisión.
—Eso está bueno.
Daniel comenzó a buscar.
—También revisemos tamaño de muestra.
Camila preguntó:
—¿Por qué importa tanto?
Laura respondió:
—Porque treinta personas no representan automáticamente a millones.
Gael agregó:
—Aunque una muestra grande tampoco arregla un diseño malo.
Daniel lo señaló.
—Exacto.
Iván apareció y ocupó una silla.
—¿Qué hacen?
—Intentando que Eduardo no destruya nuestra tarea en tres preguntas —dijo Bruno.
—Buena meta.
Daniel mostró un artículo.
—Miren esto. Aquí encontraron una asociación.
Iván se acercó.
—¿Asociación significa causa?
Mateo negó.
—No.
—Entonces ¿por qué siempre salen noticias diciendo que una cosa causa otra?
—Porque "se encontró una asociación estadística bajo determinadas condiciones" vende menos.
Algunos rieron.
Laura señaló la pantalla.
—Y ahí entra otra cosa importante: replicación.
Camila se quedó extrañada.
—¿Que otros encuentren lo mismo?
—Sí.
Daniel explicó:
—Un estudio aislado puede ser interesante. Si distintos equipos encuentran resultados similares usando buenos métodos, la confianza aumenta.
Bruno miró a Gael.
—¿Y tú por qué sabes tanto?
—Leo.
—Qué respuesta tan mamona.
Gael levantó los hombros.
—Es verdad.
La mesa rió.
Mateo revisó su teléfono.
Había vibrado una vez.
Número desconocido.
Abrió el mensaje.
TÚ TAMBIÉN ESTÁS MINTIENDO.
Su expresión no cambió de inmediato.
Volvió a leer.
No había nombre.
No había contexto.
Solo aquella frase.
Valeria continuaba hablando.
—Entonces podríamos dividir el trabajo entre memoria, interpretación y evidencia.
Mateo seguía mirando la pantalla.
—Mateo.
Levantó la cabeza.
—¿Qué?
Valeria abrió los ojos, sorprendida.
—Te pregunté si te late.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí, perdón.
Bloqueó el teléfono.
Daniel siguió explicando un estudio.
Mateo intentó escuchar.
El teléfono seguía dentro de su mano.
Lo encendió otra vez debajo de la mesa.
TÚ TAMBIÉN ESTÁS MINTIENDO.
Sintió una incomodidad difícil de justificar.
Podía ser cualquier cosa.
Un número equivocado.
Publicidad extraña.
Algún conocido haciendo una estupidez.
Pensó en responder.
No lo hizo.
Borró el mensaje.
Guardó el teléfono.
—Entonces —dijo Daniel—, si encontramos correlación no podemos decir automáticamente causalidad.
Mateo volvió a la conversación.
—Claro.
Daniel lo miró.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Traes cara rara.
—Me llegó un mensaje basura.
—Ah.
Y ahí murió el tema.
O eso creyó Mateo.
Daniel revisó la hora.
—Tengo que salir un momento.
Bruno levantó la cabeza.
—¿Ya te vas?
—No. Regreso antes de clase.
—¿Sí mandaste el artículo?
—Sí.
Bruno revisó.
—No me aparece.
Daniel tomó su teléfono.
—Lo mandé al grupo.
—Ahí está —dijo Mateo.
Bruno buscó correctamente.
—Ya lo vi.
Valeria negó con la cabeza.
—Investigador de alto nivel.
—Me confundí de chat.
Daniel cerró la computadora.
—Regreso al rato.
—Va.
Se alejó.
El grupo continuó algunos minutos.
Ya no estaban hablando únicamente de la tarea.
Hablaron de Eduardo.
No con burla.
Con la curiosidad que provoca alguien difícil de clasificar.
Camila preguntó:
—¿Ustedes sí creen que tenga veinte y tantos?
Laura negó.
—No veintitantos bajos.
—Pero se tituló a los veinte.
—Eso dijo.
Bruno hizo una mueca.
—Imagínate tener veinte y ya saber qué hacer con tu vida.
Mateo respondió:
—No sabemos si sabía qué hacer con su vida. Sabemos que terminó psicología.
—Buen punto.
Gael cerró su libreta.
—Su forma de explicar es muy estructurada.
—Traducción: te gusta.
—Sí.
Todos voltearon.
Gael los observó sin comprender la reacción.
—Es buen profesor.
Bruno rió.
—No, güey. Está bien admitirlo.
Laura miró el reloj.
—Ya casi empieza la clase.
Eso bastó.
Las computadoras comenzaron a cerrarse.
—Vámonos —dijo Valeria—. Yo no pienso entrar después de él.
Nadie discutió.
El baño de hombres estaba en el segundo piso.
Bruno, Iván y Tomás entraron hablando todavía de la tarea.
—Yo digo que Daniel haga metodología —dijo Bruno.
—Y tú qué vas a hacer —preguntó Iván—, ¿poner nuestros nombres?
—Coordinar.
—Eso significa no hacer nada.
Desde un cubículo salió una voz.
—Los estoy escuchando.
Los tres se detuvieron.
Bruno reconoció la voz y se acercó al cubículo.
—¿Daniel?
—No. La Virgen.
Iván empezó a reír.
—Pensamos que te habías ido.
—Dije que regresaba.
Bruno se acercó al cubículo.
—Oye, sí llegó el artículo.
—Perfecto.
—Pero falta el otro.
—Ahorita se los reenvío.
—No se te olvide.
—No se me va a olvidar.
Bruno golpeó suavemente la puerta con un dedo.
—Porque aquí te esperamos.
—No empieces, Bruno.
Tomás se rió.
—Ya valiste.
—Déjenme en paz.
—Nada más mándalo.
—Estoy ocupado.
Iván se quedó quieto.
Arrugó la nariz.
—Ah, güey.
Bruno volteó a verlo.
—¿Qué?
Iván se tapó la nariz con la camiseta.
—No inventes.
Desde el cubículo:
—Cállate.
Tomás entendió y comenzó a reír.
—Con razón vino antes.
—Déjenme cagar tranquilo, cabrones.
Bruno ya no pudo contenerse.
—Perdón.
—No parece.
Iván abrió la llave.
—Lo que sea de cada quien, Daniel...
Pausa.
—Tu mamá sí debe cocinar bien rico.
Silencio.
Un segundo.
Después incluso Daniel empezó a reír desde adentro.
—Eres un idiota.
—Con respeto a tu señora madre.
—Ya váyanse.
No se fueron.
Cuando Daniel salió, los tres seguían frente a los lavabos.
—¿En serio me esperaron?
—Somos buenos compañeros —dijo Bruno.
Daniel se lavó las manos.
—Son unos imbéciles.
—El artículo —recordó Bruno.
Daniel secó sus manos, sacó el teléfono y lo reenvió.
El celular de Bruno vibró.
—Ahora sí.
—¿Contento?
—Muchísimo.
Salieron del baño riéndose.
Iván volvió a mencionar la comida de la madre de Daniel.
Daniel le dio un empujón leve en el hombro.
—Ya, güey.
Llegaron al aula todavía con la risa encima.
Se sentaron.
Bruno volvió a mirar a Daniel.
Daniel lo señaló desde su lugar.
—Ni empieces.
Bruno levantó las manos.
Iván bajó la cabeza intentando no reír.
Algunos de los demás preguntaron qué había pasado.
—Nada —respondió Daniel.
—Cosas académicas —añadió Iván.
Tomás volvió a reír.
Entonces Eduardo apareció en la puerta.
Las conversaciones se apagaron.
No gradualmente.
De inmediato.
Iván guardó el teléfono.
Bruno abrió su libreta.
Daniel acomodó la silla.
Camila dejó el café a un lado.
Laura ya tenía la pluma preparada.
Eduardo cruzó el salón.
No preguntó por qué se estaban riendo.
No necesitaba hacerlo.
Dejó el portafolio sobre el escritorio.
—Buenas tardes.
Las voces respondieron casi al mismo tiempo.
—Buenas tardes, profesor.
Eduardo observó al grupo.
Quince personas.
Atentas.
El desorden del pasillo había quedado fuera.
Abrió sus notas.
—Continuemos.
En el pizarrón escribió una sola palabra:
CONSUMO
Se volvió hacia el grupo.
—¿Por qué consume una droga una persona?
Rebeca respondió.
—Por trauma.
Eduardo no escribió.
—Puede ser. ¿Qué más?
Valeria propuso.
—Ansiedad.
—Sí.
Sofía:
—Depresión.
Andrés:
—Presión social.
Tomás retomó la idea.
—Porque le gusta.
Algunas miradas fueron hacia él.
Eduardo no mostró sorpresa.
—También.
Camila añadió:
—Para olvidar.
Bruno:
—Para rendir más.
Mariana esperó su turno.
—Para mantenerse despierto. Hay personas que estudian y trabajan, o tienen turnos muy largos, y empiezan a utilizar estimulantes porque sienten que no pueden con todo.
Eduardo hizo un gesto breve.
—Bien.
Agregó algunas de las respuestas al pizarrón.
TRAUMA
ANSIEDAD
DEPRESIÓN
PERTENENCIA
PLACER
RENDIMIENTO
CURIOSIDAD
Se hizo a un lado.
—Ahora les voy a hacer una pregunta más difícil.
Recorrió el grupo.
—¿Toda persona que consume una sustancia tiene una herida psicológica detrás?
Varias manos subieron.
Tomás mantuvo la suya abajo.
Eduardo lo notó.
—Tomás.
—Yo diría que no.
—¿Por qué?
—Porque conozco gente que empezó simplemente porque estaba en una fiesta.
—¿Eso demuestra que no tenían problemas?
—No.
—¿Demuestra que los tenían?
Tomás pensó.
—Tampoco.
—Exacto.
Eduardo señaló la primera palabra del pizarrón.
—Trauma puede ser un factor relevante en determinadas personas. Pero si cada vez que alguien consume decidimos que necesariamente existe una herida oculta, dejamos de investigar.
Laura se sumó.
—Porque empezamos por la explicación y después intentamos hacer que la persona encaje.
—Sí.
Escribió:
FUNCIÓN
Debajo:
TRAYECTORIA
Y después:
CONTEXTO
—Estas tres palabras me interesan más que una explicación espectacular.
Mateo intervino.
—¿Función sería para qué usa la sustancia?
—Exactamente. ¿Qué obtiene? ¿Qué evita? ¿Qué cambia mientras consume?
Señaló la segunda.
—Trayectoria: cómo empezó, cómo continuó, qué cambió con el tiempo.
Después la tercera.