Epílogo 1
Familia: lo que un día me rompió y ahora me sostiene.
GAbrIEL
Si alguien me hubiese dicho hace unos meses que mis domingos de fútbol con los colegas se convertirían en pasar la mañana sentado en el banquillo, observando a mi novia —cirujana estrella, mujer independiente y delantera con más puntería que yo— meter goles como si en lugar de deportivas llevara unas alas en los pies, le habría recomendado que se ajustara la medicación.
Sin embargo, ahí estaba, con una camiseta con mi nombre mal escrito en la espalda: «Santann» —gracias, Paco—, y una sonrisa de idiota enamorado mientras veía cómo Carolina hacía su tercera asistencia del partido.
—¡Falta! —grité sin moverme del sitio, porque conocía a mi chica y sabía que no necesitaba defensa, ni en el quirófano ni en el campo. En todo caso, el que la necesitaba era yo—. ¡Si le ha hecho un placaje como en el rugby !
Me giré hacia Navarro, nuestro colega anestesista, que estaba a mi lado con una botella de agua en la mano y cara de no haber entendido todavía por qué se había dejado liar.
—Es buena, ¿eh? —Señalé el campo con la cabeza.
Él puso los ojos en blanco.
—Por tercera vez, sí, Santana.
—¿Lo dices con envidia o con resignación?
—Con calambres —me contradijo, y solté una carcajada—. Por poco me parto la crisma al parar ese penalti, y luego llega ella y mete un gol desde medio campo como si nada.
—Es buena… —repetí observándola.
Y estaba buenísima.
Vale, no era una observación médica ni objetiva, pero había que ser ciego o estar clínicamente muerto para no verlo. Y no importaba si vestía de gala o sudaba la camiseta en un campo de fútbol; de hecho, empezaba a sospechar que la versión deportista me gustaba incluso más.
Un jugador contrario cayó al suelo quejándose del tobillo, y el partido se detuvo. Carolina aprovechó para acercarse trotando hacia la banda. Se secó la frente con el bajo de la camiseta, lo que dejó a la vista el top deportivo que llevaba debajo.
—Voy a hablar con el árbitro, ese gesto no debería estar permitido en un recinto público… Atenta contra la presión arterial de los presentes —le dije con gesto serio, y ella me lanzó una sonrisa ladeada.
—¿Esa es tu forma de agradecerme que haya venido a salvaros el culo?
—Solo constato datos: eres una amenaza para el sistema cardiovascular y el marcador del equipo contrario.
Se acercó un poco más, lo justo para que su rodilla rozara la mía.
—Sin mí estaríais todos llorando en una esquina —exageró, y nuestro compañero soltó un bufido.
—Menos lobos, Caperucita —farfulló este, y Carolina lo miró con una ceja arqueada.
—¿Eso te convierte a ti en la abuelita, Navarro? —lo picó—. Lo digo porque como estás sentado en el banquillo por un calambre…
Él entrecerró los ojos y dejó la botella sobre el banco.
—Arpía…
—Qué va, esa es mi cuñada. —Sonrió cuando él refunfuñó y se marchó dejándonos a solas. Mi rubia preferida se giró hacia mí—. ¿Y tú qué?, ¿piensas jugar en algún momento?
Le bastó quitarse la camiseta del equipo para que me la comiera con la mirada.
—Prefiero disfrutar del espectáculo —respondí sin dejar de devorarla con los ojos. Ella alzó una ceja.
—Espero que estés hablando de mi juego y no de tu obsesión insana por mi culo.
—¿Tengo que elegir?
Negó con la cabeza, se cruzó de brazos e intentó disimular una sonrisa. Me puse en pie, lo que me dio una visión perfecta de su escote, resaltado por la postura.
Aún me asombraba lo rápido que me dejaba fuera de juego.
Antes de poder abrazarla y besarla como me moría de ganas por hacer, su teléfono sonó en la mochila. Carolina lo sacó con rapidez y en cuanto vio el nombre en la pantalla se lo llevó a la oreja.
—Dime, papá. —El cambio en su expresión me bastó para ponerme en alerta—. ¿Está bien? —Pausa—. Vale. Ahora nos vemos en el hospital.
Colgó y me miró. Yo ya tenía agarrada la mochila con una mano y la botella con la otra. Su cara era un cóctel de miedo, urgencia y emoción.
—¿Qué ha pasado?
—Emma ha roto aguas.
—Joder.
—Y tanto —corroboró mientras se ponía la camiseta de nuevo.
Avisé a Lucas, que era el más cercano a nuestra posición, y salimos corriendo del campo como si este estuviera en llamas.
—¿Vamos a ir así? —le pregunté mientras desbloqueaba las puertas del coche, y ella abrió la del conductor.
—¿Prefieres que la llame y le diga que no empuje todavía porque su hermana y su cuñado tienen que ir a darse una duchita? —ironizó—. Anda, sube.
—Qué sexi eres cuando te pones en plan mandona.
—Gabriel, sube al maldito coche.
Y subí. Porque no tenía ninguna intención de llevarle la contraria.
Llegamos al Altamar en tiempo récord, literalmente sudados, despeinados y con la adrenalina todavía bailándonos en el pecho.
—Entramos por Urgencias y subimos por la escalera interna —me dijo Carolina mientras aparcaba en una zona exclusiva para uso del personal sanitario—. Creo que tengo una muda de repuesto en el vestuario.
—Yo con suerte tengo unos calcetines limpios.
Subimos corriendo, saltándonos el protocolo, el mostrador y unas cuantas normas de higiene básicas. Al llegar a la sala de espera, nos encontramos a medio ejército Remo Delgado apostado en los sillones, con expresiones que iban desde la expectación hasta el miedo.
Diana fue la primera en vernos.
—Bueno, bueno, bueno… —dijo alzando una ceja, en una imitación perfecta del gesto habitual de Carolina—. Mirad quiénes llegan: la Barbie y el Ken de Decathlon, versión sudor y pasión.
Carolina dejó caer su mochila en una silla vacía y, sin responder a la pulla, se acercó a sus padres.
—¿Cómo ha ido el partido? —preguntó Bruno tras saludarme con un apretón de manos.
—Se los ha ventilado. Es una máquina… —respondí con una sonrisa orgullosa—. El próximo día me llevo una pancarta para animarla.
Diana soltó una carcajada y me palmeó el hombro.
—Me gusta tu entusiasmo, cuñado.
—Vamos a los vestuarios —me dijo Carolina al acercarse tras hablar con su madre.
—¿Son mixtos? —preguntó Guille, el hermano más joven de Carolina. Asentí en su dirección—. Me voy a plantear trabajar aquí… ¿Cuál es el puesto para el que hay que estudiar menos?
Carolina no lo miró al responder.
—Paciente en coma.
—Lo malo es que no cotiza —le seguí la broma.
Las carcajadas estallaron, y Guille resopló con un dramatismo exagerado.
—No os entretengáis en la ducha —añadió África, la mujer de Bruno, guiñándonos un ojo—. Por cierto, Gabriel, ¿te han hablado ya de las maravillas acuáticas del baño de nuestros suegros?
Carolina tiró de mi mano y me sacó de allí sin perder un segundo.
—Ahora estoy intrigado… —murmuré trotando detrás de ella como un buen neurocirujano obediente.
Caminamos por los pasillos hasta que, al doblar la última esquina, se abrió una puerta y nos cruzamos con Lola. Vestía su uniforme, llevaba una carpeta en las manos y tenía la mirada centrada en la pantalla del móvil.
Al escucharnos, levantó brevemente la cabeza y asintió con educación. Carolina y yo hicimos lo mismo: sin palabras, solo un gesto educado y nada más.
Unos días antes habíamos hablado con ella.
Le dejamos claro que sabíamos todo lo que había hecho y también que no tenía cabida en nuestras vidas fuera del quirófano.
Lola se disculpó y nos pidió que no trascendiera, pues no podía permitirse poner en riesgo su puesto en el hospital.
Dijo que había actuado así por una mezcla de orgullo, despecho y torpeza emocional, y que no volvería a pasar…
Puede que dijera la verdad, aunque si aceptamos sus disculpas no fue por ella, sino por nosotros, porque no queríamos cargar con más lastres. Eso sí, me preocupé de que quedase muy claro que no habría una segunda oportunidad.
Desde entonces, lo profesional era lo único que nos unía, y así estaba bien.
—Vamos —me dijo mi chica, agarrándome de la mano—. Emma no va a esperarnos todo el día.
Nos aseamos y vestimos sin perder ni un segundo. Cuando salimos del vestuario, con ropa limpia y el pelo aún húmedo, nos dimos de nuevo la mano y así llegamos a la sala de espera.
Nada más entrar, las conversaciones cesaron.
—¿Sabéis algo? —preguntó Estrella, la futura abuela, con cautela.
Carolina tardó un par de segundos en reaccionar. Al hacerlo, me miró a mí. Supe lo que quería decir aquello: quería entrar a preguntar cómo iba todo, y daba por hecho que le pediría que no lo hiciera, tal y como pasó cuando Bruno tuvo el accidente.
Parecía convencida de que le pediría que se quedara con su familia y respetara la barrera invisible entre familiar y profesional. Pero estaba equivocada… Esa barrera no tenía cabida en aquel momento.
Le sonreí.
—Ve.
Sus ojos se entrecerraron apenas un instante, calibrando si hablaba en serio o no. Cuando dedujo que no era un farol, se le ensanchó la sonrisa.
—¿Cómo puedo quererte tanto? —susurró.
Y me besó. Sin rodeos, sin dudas, delante de su familia por primera vez. Y, joder…, no quise que dejase de hacerlo nunca.
La sala enmudeció, luego Diana silbó bajito, Estrella carraspeó para disimular una sonrisa, y Carolina se separó de mí con un ligero rubor en las mejillas que me hizo adorarla todavía más.
—Te quiero —le dije, y ella asintió y se dio la vuelta.
En cuanto la puerta se cerró tras mi chica, me giré y lo vi.
Fede estaba de pie, con los brazos cruzados y apoyado en la pared. Me observaba en silencio, y yo le aguanté la mirada. No dijo nada, yo tampoco; solo sonrió y asintió. Y ese gesto, contenido y preciso, fue como si me dijera que me había ganado mi sitio.
Me quedé allí un poco más, de pie, sintiendo por primera vez que pertenecía a algo. No como un invitado ni como alguien tolerado por cortesía, sino como una parte del todo. Parte de su caos, de su historia y de su clan.
Estaba dentro, contaba, y, por primera vez en mi vida, no quise estar en ningún otro lugar, porque comprendí lo que significaba formar parte de una familia, no solo por sangre, sino por elección.
Por amor.
Sonreí en dirección a Fede y no traté de disimular el escozor que sentía en los ojos.