Manual de primeros auxilios para corazones testarudos (Costa Serena 6) 37 – A corazón abierto
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37 – A corazón abierto

Consejo número dieciocho para la vida adulta: la venganza se sirve con clase.

CAROLINA

Llevaba diez minutos comiéndomelo con la vista. Diez minutos exactos, cronometrados mentalmente entre saludo y saludo, copa de champán y canapé. Y es que, por mucho que quisiera concentrarme en otra cosa, no podía apartar la mirada del maldito traje negro que Gabriel llevaba puesto.

Y de su trasero. Sobre todo de ese punto exacto.

—Me estás mirando el culo —murmuró él, sin girarse, mientras le sonreía a una señora que llevaba un collar de perlas y pasaba por nuestro lado con aires de marquesa jubilada.

—Estoy evaluando la caída del pantalón —contesté sin inmutarme con la copa a medio camino de los labios—. Es importante que el cabecilla del proyecto represente bien la imagen de la fundación.

Me lanzó una sonrisa de medio lado, y yo le guiñé un ojo disimuladamente.

—Te dejaré hacer una revisión completa cuando todo esto acabe —susurró, y yo sonreí a la pareja que acababa de plantarse frente a nosotros—. Bienvenidos, qué bien que hayáis podido venir…

Saludé al matrimonio y me quedé a su lado, en un salón abarrotado de sanitarios, empresarios, políticos locales y un violinista que parecía pasárselo demasiado bien gracias al champán.

La primera cena benéfica que organizaba el Hospital Altamar como colaborador oficial de la fundación ARD parecía todo un éxito, aunque a mí lo que de verdad me apetecía era otra cosa menos formal y más lúdica.

—Mierda —masculló Gabriel de pronto. Lo miré con el ceño fruncido, y él se giró hacia mí—. Acaba de llegar.

—¿Quién? —pregunté confundida.

—Claudia. —No hizo falta nada más para que un regusto amargo me subiera a la garganta. Asentí, y él, tras agarrarme de la mano, se la llevó a los labios y la besó—. Ignórala, no dejaré que se acerque a ti.

Claro, como si fuera tan fácil hacerme la sueca con una serpiente de tacón fino y perfume caro pululando a cuatro metros.

Cabeceé afirmando, pero mentí con todo el cuerpo. Porque, por supuesto, no iba a hacer como si nada. No, después de lo que sabía.

Durante la siguiente media hora me dediqué a hacer lo que mejor se me daba últimamente: sonreír, charlar y representar mi papel de cofundadora de la fundación con voz templada y mirada firme, mientras seguía a Claudia por el rabillo del ojo.

Ella se paseaba con una copa en la mano y una seguridad heredada del narcisismo más patológico. Hablaba con algunos, sonreía, tocaba brazos y asentía a otras personas como quien está perdonándoles la vida.

Y yo esperé, hasta que llegó el momento y no lo dudé.

—Ahora vuelvo —le dije a Gabriel, que estaba hablando con un cardiólogo que pronunciaba «coágulo» como si se le llenara la boca de sangre espesa al decirlo.

Gabriel me miró, y yo asentí con una sonrisa.

El baño tenía ese aire de boutique lujosa que suelen tener los aseos de los hoteles caros. Mármol, iluminación en los puntos exactos y un olor a flor blanca carísima que te provoca ganas de lavarte las manos, incluso si no has tocado nada.

—Oh, qué sorpresa —dijo Claudia con su voz de terciopelo envenenado. Estaba allí, frente al espejo, retocándose los labios—. Reconozco que no pensé que te vería a solas.

—No necesito compañía para venir al baño —respondí y cerré tras de mí.

Ella sonrió y se dio la vuelta. Durante unos segundos nos mantuvimos la mirada.

—Ya veo que no me hiciste caso —soltó con un falso tono amable—. Te he visto de su mano.

Cerró la tapa del pintalabios, y yo le devolví la sonrisa con seguridad.

—Sí, estamos juntos —confirmé y no me achanté cuando su ceja se arqueó en respuesta—. Aunque tú ya lo sabías, ¿verdad? Apuesto a que por eso mismo estás aquí sin haber sido invitada.

—No sé por qué crees eso.

La comisura del labio se le tensó en un gesto sutil y casi imperceptible.

—Quizá porque no se te da bien fingir indiferencia. O porque lo comenta todo el mundo, y ya sabemos cómo corre la información en este gremio —le solté con segundas—. Pero, ya que estamos aquí, aprovechemos este entorno tan íntimo para charlar un rato las dos, a solas.

Me acerqué a ella y no me pasó desapercibido cómo su cuerpo tuvo la precaución de moverse ligeramente hacia el lavabo a su espalda.

Al situarme frente a ella, entrecerró los ojos.

—Eres una ingenua si de verdad piensas que no va a cansarse de ti —espetó en un susurro cargado de desprecio—. Solo eres una chiquilla inexperta.

Me reí con suavidad y negué.

—Gabriel es demasiado bueno para marcarte límites que sabe que no vas a respetar. Yo no. —Me incliné hacia ella y susurré—: Sé lo que hiciste, Claudia.

El lado izquierdo de su boca se curvó, aunque sus dedos se crisparon sobre el tapón del pintalabios.

—Ahora es cuando te marcas un buen farol, ¿verdad?

—Oh, no. No me hace falta —sentencié—. Sé que jugaste con su confianza y con su profesión, sé que le hiciste daño con premeditación y también sé que, a día de hoy, todavía tienes la osadía de moverte por todos lados como si no hubieras hecho nada.

—No tienes ni idea de lo que pasó entre nosotros, niña.

Asentí con verdadero placer.

—Tengo una idea bastante clara, la verdad.

Él te admiraba, confiaba en ti y te defendía delante de todo el mundo cuando eras su tutora en la residencia, aunque fueras una déspota con ínfulas de gurú.

—Ella apretó los labios en una línea y movió la cabeza con una rigidez contenida.

Continué, sin darle tiempo para responder:

»El día que trataste de hundirlo lo hiciste siendo plenamente consciente de lo que significaría aquello para él…

No solo lo heriste físicamente: lo hiciste dudar de su vocación, de su futuro, de si merecía siquiera estar en un quirófano.

Y, a pesar de todo, él consiguió lo que tú no: ser respetado, admirado y querido.

Porque Gabriel no se hundió, sino que se reconstruyó gracias a ti, a tu maldad y al castigo que le infligiste por su rechazo.

Debió de ser muy duro que un hombre como él te dijera que no, ¿verdad?

Que no quisiera meterse en tu cama. —Sus pupilas se estrecharon y, por un segundo, el zumbido del extractor fue lo único que se escuchó entre nosotras.

Continué con la voz más baja, pero con la misma fuerza—.

Como ves, querida Claudia, sé lo suficiente como para poder decirte que, si alguna vez se te ocurre volver a acercarte a él, yo, a diferencia de ti, sí que acertaré con los tendones correctos de tus podridas manos.

Su réplica llegó con tres segundos de retraso.

—¿Cómo te atreves a…?

—Antes de que se te ocurra usar alguna de tus tretas —la detuve con una mano en alto—, déjame decirte que tengo contacto directo con tres personas del comité ético del Colegio de Médicos, y una de ellas está deseando tener una excusa para revisar tu historial de supervisión.

Su cara cambió. El mentón le tembló y las pupilas se le dilataron como si acabara de escuchar el veredicto de una sentencia inesperada. Esa grieta me produjo una satisfacción insana en la que me recreé cuando me di la vuelta y le deseé, con mi voz más dulce, que disfrutase de la velada.

Salí de allí con la adrenalina recorriéndome el cuerpo, pero también con la tranquilidad de quien acaba de extirpar un tumor maligno con éxito.

Busqué a Gabriel entre la multitud y lo encontré charlando con uno de los responsables de oncología pediátrica del hospital. Al acercarme, él se disculpó con un gesto educado y caminó un par de pasos hasta que nos alejamos lo suficiente del bullicio.

—¿Todo bien? —me preguntó en voz baja.

—Perfectamente —le sonreí, y sus ojos se desviaron por encima de mi hombro.

Me giré con él a tiempo para ver a Claudia salir del baño. Nos dedicó una mirada fugaz, yo elevé la copa en su dirección, y ella se dio media vuelta con paso erguido.

Caminó más rápido de lo habitual, no se paró a charlar con nadie, no sonrió al despedirse de un hombre que la interceptó… Tan solo avanzó hacia la salida con su habitual porte elegante y nauseabundo, y salió del evento sola, del mismo modo que había llegado y que se merecía.

Cuando me volví a fijar en Gabriel, tenía el ceño fruncido.

—¿Qué ha sido eso? —murmuró.

Lo conocía lo suficiente como para saber que estaba preocupado. Por mí, por dónde había estado, por lo que podía haber pasado o lo que ella podría haber dicho o hecho.

—Luego te lo cuento —respondí y su gesto se suavizó un poco.

Me entraron unas ganas locas de besarlo, de aliviarle el alma como aquel día que me contó lo que aquella hija de puta le había hecho y de decirle que ya no tenía que luchar solo. Nunca más.

—Carolina…

—Solo te adelantaré un titular.

—Miedo me das.

Quizá no fuera el momento ni el lugar ideal, pero sí era el correcto. Porque amarle en silencio se me había quedado corto y porque lo valiente no era estar a su lado, era decírselo.

Agarré las solapas de su chaqueta, lo atraje hacia mí y, sin dejar de mirarlo a los ojos, le dije por primera vez lo que ya sabía desde el principio, desde la primera vez que me miró con esos ojos intensos y penetrantes, y supe que acababa de firmar mi condena de muerte.

—Estoy locamente enamorada de usted, doctor Santana.

Desde el primer día, de hecho, aunque me negara a admitirlo.

Y, a pesar de que he puesto por delante todas mis defensas, todas mis normas y mis miedos, has conseguido abrirte paso, meterte bajo mi piel y reconstruirme por dentro.

—Sonreí. Era consciente de que, con él, no quería protegerme de lo que sentía. Ya no—. Te amo, Gabriel. Mucho. Todo…

—Yo también te amo, preciosa —murmuró y la voz se le quebró.

No dejé que terminase de hablar. Lo besé delante de todos. Gabriel tardó medio segundo en reaccionar y, cuando lo hizo, me agarró de la cintura y me devolvió el beso con esa mezcla explosiva de dulzura y hambre contenida que solo él sabía conjugar.

Alguien silbó, otro aplaudió y también hubo alguna risita, sin embargo, yo solo era capaz de captar el latido tonto y errático de mi corazón, ese que tanto tiempo quise tener bajo control, pero que terminé regalándole al neurocirujano más sexi, fuerte, leal y admirable que había conocido en mi vida gracias a una noche en la que me permití soltarme la melena por una vez.

Y sí, la respuesta es sí . Estaba lista para entrar en quirófano y no salir nunca más de sus manos. Si eso no era amor, que bajara Dios y me arrebatase el bisturí.