36 – Déjà vu
Terapia: la única sesión en la que no necesito hablar, solo sentir que sigues eligiéndome.
GAbrIEL
Una de las ironías de la vida es que uno puede operar un cerebro con pulso firme, pero basta con que la mujer de tu vida invada tu consulta para que se te afloje hasta el alma.
La observé en mi silla, con las piernas cruzadas y esa expresión seria que solo adoptaba cuando estaba concentrada. Tenía la pantalla del ordenador delante y repasaba el informe de una malformación arteriovenosa en el lóbulo occipital de un paciente.
Aún no se había dado cuenta de que estaba concentrado en esos ojos azules que me volvían loco y no escuchaba una palabra de lo que decía.
Era oficial: me había convertido en el idiota más feliz del Altamar.
—Me preocupa el riesgo de vasoespasmo si hay sangrado durante la resección.
Los vasos perforantes en esta zona son traicioneros…
—comentó mientras giraba el monitor hacia mí y señalaba una imagen que, sinceramente, no tenía ni idea de cuál era, porque llevaba tres minutos devorándole la boca con los ojos y fantaseando con hacerle cosas que, por supuesto, no eran aptas para el horario hospitalario—. ¿Qué opinas?
—Vale.
Ella se giró y arqueó una ceja en mi dirección.
—¿Vale? —Soltó una risa nasal—. ¿Dónde estás? Parece que tienes la cabeza en otra parte y te recuerdo que en quince minutos empieza mi consulta.
La comisura derecha de mi boca se elevó, y ella inclinó la cabeza en una muda advertencia.
—Tranquila. Y, si insistes, puedo contarte dónde andaba metida ahora mismo… —Me acerqué a ella mientras debatía entre si me apetecía más subirla al escritorio o sentarla sobre mi regazo—. Solo cierra los ojos y déjame que te…
Un par de golpes en la puerta me detuvieron.
Marina asomó la cabeza y apretó los labios conteniendo una sonrisa al darse cuenta de lo cerca que estaba de Carolina.
—Siento interrumpir —se disculpó, y yo me apoyé en la mesa—. Manuel quiere verlo, doctor.
Sufrí un déjà vu momentáneo.
—Entretenlo un minuto.
Ella asintió y desapareció.
Carolina se movió entonces con la misma agilidad que una pantera ocultándose entre los arbustos para cazar a su presa.
—Eh. —Me incorporé y le agarré la mano antes de que se metiera tras el biombo—. ¿Dónde vas?
Me miró con el ceño fruncido.
—Manuel…
Sonreí y tiré de ella un poco hacia mí.
—No. No pienso esconder más que me vuelves loco —le dije bajando la voz.
—¿Has olvidado que es el inventor oficial del «donde tengas la olla…»?
La puerta se abrió antes de que pudiera contestar.
—Santana… —La voz de Manuel se detuvo en seco al vernos en medio del despacho, con mis manos reteniéndola por la cintura—. ¿Se puede saber qué demonios hacéis?
—Buenos días, jefe —le contesté tranquilamente. El cuerpo de Carolina estaba tenso cuando le acaricié el costado justo antes de soltarla—. Entre, entre. ¿Qué le trae por aquí?
Él continuó unos segundos más plantado allí antes de reaccionar.
Cerró la puerta y se volvió hacia nosotros con una mueca que habría sido graciosa de no haber ido acompañada de una mirada de desprecio hacia Carolina.
—Carlota, ¿no tiene trabajo que hacer?
Mi chica me miró de reojo, y supe que estaba a un segundo de saltarnos a la yugular; a él por lo obvio y a mí por haberla puesto en aquella tesitura.
—Estábamos debatiendo un caso conjunto que…
—No sabía que para eso tuvieran que estar abrazados —rebatió él cortándola en seco. Después, se giró hacia mí—. ¿Qué está pasando aquí, Santana?
Me encogí de hombros y elevé ambas cejas.
—Justo lo que parece —dije y metí las manos en el bolsillo del pantalón—.
Carolina y yo estamos juntos. Y no, no es un lío de pasillo ni un calentón de quirófano.
Es serio, lo bastante como para que, si tiene algún problema con ello, puede decirle a los de Recursos Humanos que lancen dos vacantes a cubrir.
Carolina me observó estupefacta, y Manuel resopló.
—¿Es una especie de broma?
No le respondí, tan solo le sostuve la mirada a Carolina y la agarré de la mano.
—No… —susurró ella, en una voz tan baja que no la habría escuchado de no haberle leído los labios.
—Joder, Santana. Eres insufrible —se quejó Manuel, ajeno a nuestra conversación silenciosa.
—Gracias —ironicé—. Yo también le aprecio, jefe.
Él bufó, se pasó la mano por la cara con gesto de exasperación y comenzó a pasear por la consulta como si necesitara unos minutos para decidir si nos despedía a los dos o se echaba a llorar allí mismo.
Por fin se detuvo, nos señaló con un dedo cargado de resignación y gruñó:
—Si esto afecta a vuestro rendimiento, estáis en la calle.
—No lo hará —rebatió Carolina. Acaricié su pulgar con el mío—. Somos profesionales y sabemos comportarnos como tal.
—Nada de arrumacos —advirtió inclinando la cabeza en dirección a nuestro agarre. Me llevé la mano de Carolina a la boca y la besé antes de soltarla—. El hospital no es un maldito picadero.
—Prometido: los arrumacos se quedan en casa —añadí con mi mejor tono inocente—. En el hospital solo nos lanzaremos pullas como dos colegas con años de rencor mal resuelto… Para no perder la costumbre.
Manuel chasqueó la lengua.
—No tengo tiempo ni ganas de buscar a nadie que os cubra, así que haré la vista gorda, siempre que sepáis comportaros.
—Hecho —acepté.
—Gracias —fue lo único que añadió Carolina con la sonrisa diplomática que usaba cuando prefería dejarlo pasar.
—Qué ganas tengo de jubilarme —refunfuñó.
—No me extraña, jefe. ¿Quién no querría pasar más tiempo libre con su adorada mujer? —Tuve que apretar los dientes para no echarme a reír al verlo arrugar la cara como si hubiese mordido un limón.
—No me toques los huevos, Santana.
—Dios le libre —respondió Carolina por mí, tan seria que me provocó una carcajada traicionera.
Manuel negó con la cabeza, dándonos por imposibles, y salió de la consulta con pasos airados. En cuanto el clic de la cerradura sonó, Carolina se volvió hacia mí.
Temí que me lanzase uno de los diplomas a la cabeza.
—Eres…
—¿Adorable?, ¿guapísimo?, ¿el mejor y más atractivo neurocirujano que has conocido en tu vida? —bromeé, preparado para lo peor.
Pero entonces, sin decir nada más, se giró hacia el escritorio, caminó con esa cadencia suya que siempre me dejaba sin aire y se subió al borde con una calma que solo podía ser premeditada.
Se sentó, levantó la cabeza hacia mí y me sonrió alzando una ceja.
Mi cerebro tardó medio segundo en registrar que no me iba a matar. Al menos, no literalmente.
—Lo que has hecho ha sido muy temerario —murmuró con un tono que terminó de ponerme duro. Fue el mismo tono desinhibido y sensual que utilizó la noche en que la conocí. Tragué saliva—. Sabes que me gustas un poco más por esto, ¿verdad?
Caminé hacia ella.
—¿Solo un poco?
Movió la cabeza de un lado a otro.
—Vale, bastante más. —Me miró como si quisiera desnudarme con los ojos—. Ya hemos sobrevivido al tiburón… Ahora solo nos falta la medusa.
Solté una carcajada y me coloqué entre sus piernas. Ella cruzó los brazos por mi cintura y elevó la cabeza. Dios, qué bonita era.
—Lola no será un problema —le dije y le acaricié la cadera con total falta de profesionalidad—. Mientras tú y yo sigamos comunicándonos como hasta ahora…
—No sé por qué, pero algo me dice que no te estás refiriendo a hablar.
—Eres una mujer lista —confirmé bajando la cabeza hasta que nuestros labios casi se rozaron—. Necesito algo de terapia.
—Soy neurocirujana, no psicóloga —me picó.
—Sexo, doctora —le dije descarado—. Necesito sexo o me va a estallar la arteria basilar.
Su risa me hizo sonreír.
—Estás fatal.
—¿Ves? Te lo he dicho, necesito terapia.
Me agarró del cuello de la bata y, sin dejar de mirarme, me atrajo hacia su cuerpo con una seguridad que me dejó sin defensas. Se inclinó hacia atrás en la mesa, apoyó una mano tras de sí y elevó las rodillas con toda la intención del mundo.
—Solo tengo siete minutos antes de empezar la consulta.
—Tendré que emplearme a fondo —acepté, me retiré un instante de su cuerpo y eché el seguro a la puerta—. En otro momento necesitaré terapia doble.
Carolina aprovechó para abrirse la bata y subirse el vestido en el tiempo que caminé hasta ella.
Verla así, esperándome, con la mirada encendida y la boca entreabierta, fue como recibir un desfibrilador directo a mi entrepierna.
—O triple, según lo que tardes en recuperarte —me retó, y yo gruñí.
Y eso fue lo último que dijimos antes de entregarnos, por fin, al caso más intenso, caótico y placentero que ese despacho hubiera presenciado jamás.