Manual de primeros auxilios para corazones testarudos (Costa Serena 6) 35 – Soledad #2
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35 – Soledad #2

—Y él te hizo cargar con eso, pese a ser solo un niño y no tener la culpa de nada —deduje.

—Por supuesto. Julio Santana no perdonaba errores.

Y mi hermano Rafa aprendió de él… Es ocho años mayor que yo y el segundo al mando en la dictadura Santana —aclaró al ver mi ceño fruncido, mientras se acercaba al sofá con pasos lentos—.

Cuando mi madre murió, mi padre decidió que Rafa tenía que ser mi perro guardián.

El hombre sabía bien lo que hacía, porque mi hermano, en vez de protegerme, se pasó media vida mordiéndome los talones.

La lástima es que aprendí tarde a ladrarle de vuelta.

Para él, yo era el niño mimado que se libraba de las obligaciones por ser el pequeño, el que tenía la cara amable y engañaba a todos con sus sonrisas.

—Vamos, que estaba celoso.

Asintió mientras se sentaba a mi lado.

—Supongo. Y no ha cambiado con el tiempo, porque luego me convertí en el que huyó para jugar a los médicos y los dejó atrás. Y es verdad, me fui sin pensar en ellos.

—Normal. ¿Quién no lo haría? —contesté con la indignación ardiéndome en la voz—. Te fuiste para salvarte de toda esa mierda.

Asintió y sonrió triste.

—Necesitaba ser algo más que un hijo defectuoso o un hermano despreciado —dijo en voz baja—.

Me convertí en quien soy por cómo me trataron.

Por mi madre y por su muerte. Y quise ser el mejor neurocirujano porque me prometí que, mientras yo pudiera evitarlo, ningún niño volvería a sentirse tan solo en el mundo como me sentí yo.

Empaticé tanto con su alma llena de agujeros que sentí náuseas. Nadie debería cargar con tanto, tan pronto.

—Gabriel…

No me dejó terminar, puede que por temor a que sintiera lástima por él. Pero no era eso lo que me despertaba; no era pena, era orgullo y admiración. Y también un impulso visceral de querer envolverlo con una manta y quedarme ahí, por si alguna vez decidía dejar de resistir solo y aceptaba compañía.

—Llevo treinta y ocho años viviendo con esa culpa que ellos alimentaron y cuando creí que ya estaba bien, pues mi padre estaba bajo tierra, va y se le ocurre que aún queda algo por decir. —Me tendió una hoja de papel algo arrugada y lo miré con el ceño fruncido—. Es de él.

Eché un vistazo a la breve carta.

«No supe hacerlo mejor», «me equivoqué contigo», «lo siento», «estoy orgulloso…».

—Te pide perdón.

—¿No es absurdo? —Soltó una risa sin humor—. He llorado como un niño al leerla, Carolina. Pero también me he sentido libre… y más solo que nunca.

Sentí una congoja en el pecho por él, porque ese pedazo de papel tenía el peso de una vida entera.

Yo estaba acostumbrada a escuchar a mi padre decirme que estaba orgulloso de mí; Gabriel, en cambio, lo había tenido que leer en tinta seca y cuando ya no quedaba tiempo para nada.

Y, aun así, era tan necesario…

—No me parece absurdo, aunque sí un poco fuera de lugar —concluí.

Él se pasó las manos por la cara, derrotado.

—Estoy cansado de todo: de mi familia, de la herencia, de mi pasado… De que, cada vez que creo que puedo empezar algo bueno, la vida me grite que no lo merezco y me sacuda, por si me lo estoy creyendo demasiado.

En ese momento lo vi claro.

Ya no podía seguir esperando el momento perfecto o la persona adecuada. Era él. Era ese instante exacto donde tenía que tragarme el miedo, coserme el orgullo y dar el paso más trascendental de mi vida. Porque valía la pena intentarlo, él lo valía.

Además, sabía que, si no lo hacía, me arrepentiría siempre.

—Gabriel, no sé si puedo arreglarte la vida, ni tengo ni idea de si esto va a salir bien… Pero, si me dejas, te juro que no vas a tener que pelear solo nunca más.

Él me miró en silencio; en sus ojos había dolor, aunque también una pequeña rendija abierta repleta de esperanza.

—No se trata únicamente de sentirme acompañado, Carolina. Es que, si te quedas a mi lado, voy a querer complicarlo todo y mucho.

—Lo sé —musité.

—Tampoco querré medias verdades ni dudas.

—Ni yo. —Tomé aire y exhalé despacio con el corazón golpeándome en las costillas con fuerza—. Me dijiste que si no te soltaba de la mano todo iría bien, y a la vista está que no te hice caso… Hoy me toca a mí tenderte la mía para sujetarte, si me dejas.

Los segundos que tardó en responderme los pasé perdida en su mirada, que parecía atravesarme con ternura y una chispa de incredulidad.

Cuando esa preciosa sonrisa de medio lado apareció en sus labios, y buscó mi mano para entrelazar sus dedos con los míos, me permití respirar con normalidad por primera vez en días.

—Claro que te dejo, ¿cómo no iba a hacerlo, si estoy loco por ti? —Apoyó la frente en la mía y cerró los ojos. Sus siguientes palabras fueron tan solo un susurro—. ¿Me dirás quién fue la que te hizo pensar mal de mí?

—¿Y tú me contarás lo de Claudia?

—Lo haré, te lo prometo. Te lo contaré todo.

Sonreí emocionada y le puse ambas manos en las mejillas para hacer que me mirara de frente.

—Yo también lo haré, Gabriel —repetí en voz baja, como si así selláramos un pacto inquebrantable—. Siempre. Lo siento mucho, yo no…

Él se inclinó y detuvo mi disculpa con un beso.

Cuando sus labios tocaron los míos, fue como encender una cerilla en una habitación en penumbra. El beso no fue largo ni desesperado, sino uno de esos que dicen «estoy aquí y no me pienso marchar». Uno que no era un punto y aparte, sino un paréntesis que decidimos abrir juntos.

Aquel fue nuestro nuevo comienzo. Sin redoble de tambores ni fuegos artificiales, solo con dos personas que habían estado rotas de diferentes maneras y ahora se daban otra oportunidad.

Y yo, que nunca había apostado por las segundas partes, esa noche volví a empezar.

Con él de la mano y sin promesas imposibles, solo con la verdad.

Y con miedo, claro…, aunque ganaban las ganas de vivirlo.