35 – Soledad
Consejo número diecisiete para la vida adulta: mostrar la otra mejilla es un acto de confianza ciega si sabes por quién lo haces.
CAROLINA
Siempre he defendido mis decisiones con uñas, dientes y argumentos. Si lo hice, fue porque en su momento me pareció la mejor opción. Algunos lo pueden llamar prepotencia, yo prefiero llamarlo eficiencia emocional.
Pero ese día, cuando Gabriel abrió la puerta y lo vi con la cara congestionada por haber llorado, me ardieron los ojos con una rabia insana hacia mí misma.
¿Tanto lo había roto? Mierda, ni siquiera sabía cómo volver a recomponerlo.
Aunque una cosa sí tenía clara: le debía una disculpa.
Porque la había cagado con él a base de bien y, aunque pedir perdón fuese como mostrarle la yugular a un animal hambriento, también creía que valía la pena correr el riesgo.
—Gabriel.
No habló, solo me miró y, tras unos segundos en silencio, se hizo a un lado para dejarme pasar. Olía a mar y a café.
Me hizo un gesto para que pasara al salón, y lo seguí con el estómago encogido.
—¿Quieres algo de beber? —me ofreció con la voz apagada cuando llegamos junto al sofá.
—No, gracias. —Me señaló el asiento y se dejó caer en la butaca a la derecha—. Te llamé anoche.
Me lamenté por mis palabras, pues sonaron como un reproche.
—Lo sé. No me apetecía hablar —murmuró por toda respuesta. Tragué saliva y me obligué a mantenerme firme. No podía flaquear tan pronto. Él se apoyó en las rodillas, bajó la cabeza e inspiró hondo—. ¿Qué pasó, Carolina? ¿Por qué hemos acabado así?
Me moví hasta el borde del sofá y me mantuve en silencio mientras lo observaba. Era el mismo hombre que me había tendido la mano y me había pedido que confiase en él, el mismo que me había respetado en el trabajo y cuidado cuando ocurrió lo de mi hermano… Sin embargo, no parecía el mismo.
—Lo siento. Siento no haberte dejado hablar —comencé—. La verdad es que, en realidad, tampoco te escuché cuando me dijiste lo que sentías por mí, porque en el fondo no te creía…
—Vaya, gracias por tu sinceridad —contestó con un deje de ironía.
—¿De qué sirve mentir a estas alturas? —Me encogí de hombros y negué—. Quiero decirte la verdad, Gabriel.
Su respiración se volvió más profunda en contraste con la mía, que aumentó de velocidad. Sabía lo que tenía que hacer, aunque no me estaba resultando tan fácil como había imaginado.
—Te escucho.
Me temblaron las manos un segundo. No por miedo a él, sino a lo que implicaba decir aquello en voz alta por primera vez. Tragué saliva y me decidí a hablar por fin, porque si esperaba a sentirme preparada nos íbamos a hacer viejos en ese salón.
—Mi tutor trató de abusar de mí en la residencia —solté sin medias tintas.
Su mandíbula se endureció al mismo tiempo que elevaba la cabeza y me miraba fijamente—.
Fue una situación de mierda. Empezó siendo algo «inofensivo»: un roce de más al pasar, una mano en el hombro que se alargaba demasiado, un comentario fuera de lugar disfrazado de halago…
—Me suena demasiado —masculló.
—Yo estaba en mi tercer año cuando ocurrió.
Él era un referente en la especialidad, y todos lo adoraban.
Durante un tiempo pensé que era cosa mía, que igual estaba exagerando…
Hasta que aquella noche se quitó la máscara.
—Me detuve, y él no insistió. Dejó que me tomase mi tiempo para terminar la historia—.
Me pilló en la sala de descanso y cerró la puerta con pestillo.
El resto ya lo puedes imaginar, aunque no consiguió su objetivo.
No contaba con que sé defensa personal y acabó con la cara pegada al suelo.
No lo denuncié, no tenía pruebas ni apoyo, pero me aseguré de que no volviera a acercarse a mí.
—Joder…
—Dale las gracias a mi padre. Él nos fue enseñando a todos cuando empezamos a volar —añadí, y él forzó una sonrisa a la vez que asentía—. Sé que no es justo que tú cargues con ninguna culpa, por supuesto…, pero en mi defensa diré que los comentarios que recibí al entrar en el Altamar no ayudaron.
—¿Qué comentarios?
Me humedecí los labios y contesté sin rodeos.
—Una de nuestras compañeras me contó una bonita historia sobre un neurocirujano que tenía locas a todas las mujeres del trabajo y que iba coleccionando conquistas como quien marca puntos en una tabla.
Gabriel se cambió de sitio y se sentó en el sofá, a mi lado.
—¿Quién ha sido? —preguntó con vehemencia.
—¿Qué más da? —Me encogí de hombros—. Lo importante es que la creí porque realmente podría ser cierto. Eres un hombre muy atractivo y no es mentira que gustes a las mujeres. —Él frunció la frente con un gesto de incredulidad—. Venga ya, no me vengas ahora con que no notas cómo te miran.
—Eso no significa que lo utilice a mi favor —se defendió—. Y tampoco justifica que otros se aprovechen de ello para ir contando mentiras. No me he acostado con nadie del trabajo, ni antes ni ahora.
—Bueno, yo…
—Contigo me acosté sin saber que trabajarías en el hospital. —Me detuvo para explicarse—. Y te aseguro que eres la única con la que lo he hecho desde entonces. Podría haberme acostado con otras antes, por supuesto; no era por falta de proposiciones más o menos disimuladas.
—No puedo decir que me sorprenda.
—La cuestión es que no lo hice. Y me jode mucho que alguien vaya contando lo contrario…
—Ese «alguien», me temo, es del equipo de las proposiciones mal disimuladas —añadí—. Además, lo de Claudia fue la gota que colmó el vaso.
—No sabía que la conocieras.
—Y no la conocía hasta que ella se aseguró de que no la olvidase.
—Sonreí sin ganas y continué hablando pese a su gesto serio—.
Se me acercó a marcar territorio como si tuviera algún derecho sobre ti, además de lanzarme una serie de indirectas disfrazadas de consejos de hermana mayor, aromatizadas con perfume intenso y una buena dosis de condescendencia.
Gabriel se levantó y dio unos cuantos pasos por el salón hasta terminar junto a la ventana.
—Dime qué te dijo exactamente, por favor.
—Básicamente, que habíais compartido algo más que un quirófano y que eres un hombre brillante que necesita «estímulos a su altura» —recité y negué con un gesto asqueado—. Y, para colmo, después te vi salir con ella del congreso…
—¿Estabas allí? —me preguntó con voz grave.
—¿Cómo que si «estaba allí»? —rebatí incrédula—. Te dije que necesitaba ir al baño. ¿Dónde demonios crees que estaba?
Él masculló una maldición en voz baja y se frotó la cara con las manos.
—Debí haberlo imaginado. Soy gilipollas.
—Bueno, yo no diría tanto, pero si insistes…
Él ignoró mi tono y vino hacia mí sin un atisbo de humor.
—No te acerques a ella, Carolina. Nunca.
Elevé ambas cejas y lo miré desconfiada. Jamás iba a aceptar que un hombre me dijese a quién podía acercarme o a quién no, pero su tono no tenía nada de posesivo. Más bien destilaba miedo, y eso lo cambiaba todo.
—¿Por qué?
—Hazme caso, por favor —me rogó—. Hoy no puedo mantener esta conversación. Te prometo que te lo contaré, aunque de momento vas a tener que confiar en mí.
Y ahí estaba. Esa palabra: confiar. El verbo que yo no había sabido conjugar con él. La que él había merecido desde el principio y yo le había negado.
Me ardió un poco el orgullo, no voy a mentir, pero también me dolió haber fallado justo en eso.
Además, ese «hoy no puedo» encendió mis alarmas.
—Está bien. No lo haré.
—Gracias.
—Gabriel, ¿por qué estabas llorando cuando llegué? —le pregunté con un nudo en la garganta.
Él guardó silencio unos segundos, después, se volvió hacia la ventana y apoyó las manos con fuerza a cada lado.
—Es complicado… —comenzó y se dio la vuelta para apoyarse en el alféizar y mirarme de frente. No lo presioné, no lo interrumpí. Tampoco intenté suavizar el momento con alguna palabra vaga—. No tuve una infancia al uso ni feliz, como imagino que tuviste tú.
Ese giro no lo vi venir. Me esperaba una respuesta más reciente, más práctica. Quizá sobre el trabajo o sobre Claudia…, pero no eso.
Pensé en mi vida. Mis padres me habían abrazado con regularidad, me habían cuidado, esperado despiertos y reñido con razón.
No podía imaginar lo contrario, ni siquiera un poco.
Y lo que más me sorprendía era que él no lo contaba desde la queja, sino desde la resignación de quien se ha acostumbrado a vivir con ese vacío.
—Por suerte, sí, la tuve —confirmé.
—Mi padre no fue un hombre cariñoso. Mi madre, en cambio, sí lo era. Tanto con nosotros como con sus pacientes. O eso me han contado. Era enfermera —aclaró.
—¿Murió hace mucho?
Asintió.
—Una semana después de que cumpliera tres años. Así que, como puedes imaginar, mis recuerdos de ella son… ¿borrosos? —Se encogió de hombros—. En realidad, no sé si son reales o invenciones de una mente infantil desesperada por aferrarse a ellos.
Me imaginé a ese niño pequeño, con rizos oscuros y ojos grandes, como los que ahora me miraban cansados. Pensé en mi madre y en lo que habría sido de mí sin su voz para calmarme cuando tenía pesadillas o sin sus besos sanadores, y la idea me revolvió el estómago.
Sentí rabia por ese chiquillo que no tuvo a quién abrazar en los momentos en los que más lo necesitaba.
—¿Por eso tu padre era así?, ¿por haberla perdido?
—Él me culpó siempre de la muerte de mi madre.
El aire se me quedó atascado a medio camino de los pulmones y tuve que forzarme a respirar tras su confesión.
—¿Qué?
—Me solté de su mano mientras íbamos al parque y crucé la calle. Ella corrió detrás de mí y un coche la golpeó. —Hizo una pausa antes de continuar—. No fue un impacto demasiado fuerte…, pero cayó mal. Se golpeó la cabeza contra el asfalto, tuvo una hemorragia cerebral que no vieron a tiempo y…
Detuvo su discurso, y yo no aparté los ojos de los suyos ni un segundo.
¿Cómo se sobrevivía a algo así? No a la muerte en sí, sino a crecer con la culpa implantada como una semilla podrida en el pecho. Que no se hubiese convertido en un ser mezquino o con tendencia a la depresión hablaba mucho de él, de su entereza y de su forma de resistir.