34 – Roto
Resiliencia: caer, romperte… y aprender a andar con las grietas.
GAbrIEL
Desde el momento en que puse el coche en marcha aquel domingo y me alejé de Carolina, mi vida se convirtió en una broma de mal gusto.
Empezando por el momento en el que llegué a mi piso y me encontré con mi hermano Rafa sentado en el suelo del rellano, con la espalda apoyada en mi puerta y el teléfono en la mano.
—¿Tú eres idiota o qué? —Fue lo primero que escupió al verme mientras se levantaba con dificultad y me encaraba—. Llevo todo el jodido fin de semana intentando localizarte.
—Estaba ocupado —dije y pasé a su lado para abrir la puerta.
—El abogado me llamó el viernes por la tarde —soltó y se coló detrás de mí antes de que pudiera cerrar—. Ya está todo listo para la lectura del testamento.
—¿Y para eso vienes en persona? Yo no quiero nada, y ya te dije que la transferencia que te hice el mes pasado sería la última —repliqué soltando la maleta.
—Tenemos que ir los dos.
Estuve a punto de decirle que se fuera, que cerrara la puerta al salir y me dejase en paz.
Me giré hacia él, cansado y desbordado, y lo miré por primera vez. Tenía ojeras, estaba mal afeitado y lucía una expresión que no le reconocía. No era su rabia habitual…, era preocupación.
—¿Por qué? Te envié una autorización para…
—No sirve —me cortó—. El abogado fue muy claro: no puede leer nada si no estás presente. Nos ha citado mañana a las diez.
—Rafa, he tenido un fin de semana muy complicado. No estoy para esto, de verdad.
—Claro. Porque yo tenía muchas ganas de venir hasta aquí para buscarte —ironizó.
Suspiré y miré al techo. Lo último que quería era abrir aquella caja de Pandora que apestaba a tabaco rancio, el mismo aroma que asociaba a un hombre al que no le guardaba ningún aprecio.
Sin embargo, también supe que, si no zanjaba aquello pronto, me estaría persiguiendo hasta ponerle el punto final.
—Está bien. Allí estaré —acepté, y él asintió una sola vez—. Y ahora, si no te importa, necesito darme una ducha y dormir.
Rafa salió sin despedirse.
Esa misma noche le escribí a Manuel. Solo le puse que aceptaba esos días libres que tanto insistía en que me cogiera.
Tardó dos minutos en contestar con una respuesta afirmativa…
y refunfuñando, pues no tendría a nadie con quien desahogarse de la bruja de su mujer.
También añadió que no me quejase cuando volviera.
Apenas pegué ojo, pero eso no impidió que me pusiera en marcha el lunes a primera hora. El trayecto hasta el pueblo se me hizo eterno, aunque no tanto por la distancia como por lo que llevaba encima.
Al llegar al despacho, tras los saludos de rigor, el abogado empezó con la lectura del testamento. Habló de participaciones, cuentas y objetos personales; nada conflictivo ni digno de una especial atención, hasta que llegó a la parte final.
—En cuanto a la vivienda familiar… —Hizo una pausa y a mí se me erizó el vello de los brazos—.
Don Julio dejó constancia expresa de una cláusula añadida en la última revisión del testamento, realizada hace un año.
Leo textualmente: «Deseo que sea mi hijo Gabriel quien, de forma unilateral, decida el destino de esta propiedad.
Tendrá un plazo de cuatro días naturales, a contar desde la apertura de este testamento, para comunicar su decisión al notario.
De no hacerlo, se entenderá que renuncia a ella, y la vivienda será donada a la fundación ARD para la Infancia, bajo el nombre de su fundador: Gabriel Santana Ruiz».
Transcurrieron varios segundos en absoluto silencio.
—¿Perdón? —preguntó Rafa con la voz estrangulada. Yo no podía articular palabra.
—Gabriel tendrá que…
—He escuchado lo que ha dicho. —Mi hermano frenó su discurso con tono seco—. Lo que no entiendo es qué cojones significa eso. Yo vivo allí, he cuidado de mi padre en esa misma casa durante los últimos seis años.
—¿Qué fundación? —pregunté y me tembló la voz. ¿Qué se supone que…? Yo no soy fundador de nada.
—Su padre la constituyó hace un año —aclaró el hombre pacientemente—. La registró con su nombre y dejó instrucciones para activarla solo en caso de que usted renuncie a la propiedad.
—Maldito sea… —farfulló Rafa—. No tengo otro sitio donde vivir.
—No es necesario que lo decida ahora, Gabriel —intervino el abogado, comprendiendo mi desconcierto e ignorando a mi hermano—. Tómese estos días, pero deberá tenerlo resuelto antes del viernes a las diez.
Me limité a asentir. Me sentía desconectado, como si todo aquello le estuviera pasando a una tercera persona y no a mí.
—¿Qué vas a hacer? —me preguntó Rafa en cuanto salimos. Su tono era mucho más contenido en aquel momento.
Necesitaba aire, así que negué con la cabeza. No era capaz de procesar lo que acababa de escuchar; lo único que tenía claro era que no pensaba quedarme cuatro días más encerrado en aquella casa. Y mucho menos con él.
Mascullé una disculpa y me marché calle abajo, desoyendo la voz de mi hermano, que me pedía que esperase.
Caminé y caminé, hasta llegar al límite del pueblo. Tenía tantos frentes abiertos que era incapaz de centrarme, así que, cuando tomé la decisión de que, de momento, no volvería a Costa Serena, entré en el primer hostal pequeño y anodino con el que me topé.
No era que no quisiera volver, es que no podía. No mientras cada rincón me recordara a Carolina. No mientras me quedara la duda de si me miraba así porque ya había tomado una decisión o porque esperaba que lo hiciera yo.
Durante los siguientes días me limité a dejarme llevar, a existir sin expectativas.
Caminé por el pueblo sin rumbo, me perdí en las callejuelas que no pisaba desde hacía años, volví a la playa donde solía esconderme cuando me escapaba de casa siendo un niño y me senté en las mismas rocas donde imaginaba que el mar me llevaría lejos sin billete de vuelta.
El jueves regresé también a la casa de mi padre, aprovechando que Rafa trabajaba por las mañanas en una tienda de suministros agrícolas.
No supe por qué fui hasta allí… Aunque, en el fondo, sí lo sabía.
Había un impulso en mí que ya no quería seguir huyendo, que necesitaba entender los porqués que se me acumulaban: ¿por qué me había dejado esa decisión a mí?
¿Por qué me ponía en la posición de tener en mis manos el futuro de su adorado hijo mayor? ¿Por qué, por qué, por qué…?
Antes de darme cuenta, estaba frente al despacho de mi padre.
Todo allí olía a duelo mal ventilado, a orgullo apilado durante años. Y, pese a que cada cosa estaba en su lugar, nada me cuadraba. Aquel hombre de la fotografía junto a la ventana jamás había pensado en mí. Ni en mi bienestar.
Aunque, ¿qué más daba ya? Si de algo me había servido ese tiempo había sido para reconciliarme con mi yo del pasado.
Jamás sentí esa casa como un hogar, porque la única persona que le podría haber dado sentido a aquellas cuatro paredes se había ido demasiado pronto y no tenía ningún recuerdo agradable al que aferrarme.
Al pensar en ella, me llevé la mano al bolsillo y apreté el trozo de metal que una vez fue suyo. El único recuerdo físico que había conseguido ocultar de mi padre.
Sonreí al sacarlo y observarlo. No sabía cómo no lo había desgastado de tantas veces como lo había acariciado.
Repasé una vez más el grabado: A. R. D., Amelia Ruiz Dávalos: mi madre. La misma mujer que no querría que me atase a un pasado que dolía y que me enseñó, sin estar a mi lado, de qué manos debía soltarme y a cuáles aferrarme con fuerza.
Y, con ella en el bolsillo y en el pecho, supe lo que tenía que hacer.
Quedé con mi hermano esa misma tarde en un bar de la plaza. Un sitio pequeño, con mesas de plástico y un camarero que aún me recordaba de cuando iba en bici y pedía helados de fresa.
Rafa llegó puntual, algo inusual en él. Supuse que la necesidad apretaba hasta al más orgulloso.
—¿Cómo estás? —me preguntó tenso tras los saludos de rigor.
Tenía tan claro lo que había ido a decirle que no me anduve por las ramas.
—Voy a cederte la casa —le solté.
Rafa me miró con una mezcla de alivio, incredulidad y algo parecido a la vergüenza.
—Gracias —masculló—. De verdad.
—No lo hago por ti —le dije con sinceridad—. Creo que mamá lo habría querido así, y yo necesito cerrar este capítulo y pasar página.
Él bajó la mirada y movió las manos en un gesto incómodo.
—Aun así, gracias.
—No te guardo rencor, Rafa. Pero tampoco te quiero.
Y no lo digo con rabia, solo es un hecho.
Podría haberte entendido cuando éramos niños, tú hacías lo que papá te decía.
Pero creciste y, en lugar de cuestionar todo aquello, lo reforzaste.
Podrías haber cambiado las cosas, haberme tendido la mano.
Y, en vez de eso, me empujaste más hacia el borde.
—Me detuve un segundo para coger aire—. Siendo honesto, no necesito reconciliaciones ni segundas oportunidades, solo quiero cerrar esto con respeto y seguir con mi vida lejos de aquí y de ti.
Me levanté despacio y dejé un billete sobre la mesa para pagar la consumición que nos acababan de servir. Él me imitó y asintió.
—Adiós, Gabriel.
—Adiós, Rafa.
Y esa fue la última vez que lo vería. Sin abrazos, sin reproches, con un entendimiento frío, pero sincero. Porque, pese a que nos unía la sangre, jamás lo había sentido parte de mí.
A la mañana siguiente revisé con el abogado los documentos de la fundación y le pedí que la activara oficialmente. Todo estaba en regla, mi padre lo había dejado preparado al milímetro; parecía que, por una vez, no me iba a hacer cargar con más de lo necesario.
Aporté una suma inicial con la certeza de que, si algo bueno podía salir de toda aquella historia, sería eso: una forma de transformar el dolor en algo que sirviera a alguien más.
También firmé la cesión de la vivienda ante notario. Rafa tendría que aceptarlo después, pero eso ya no era asunto mío.
Antes de marcharme, el abogado me tendió un sobre pequeño.
—Gabriel, tu padre me pidió que te lo entregara solo si tomabas esta decisión.
Fruncí el ceño y lo sostuve entre los dedos unos segundos antes de guardarlo en el bolsillo trasero de mis pantalones. No lo abrí hasta que llegué a mi piso ese mismo mediodía y, de haber sabido cómo me removería su contenido, quizá habría esperado un poco más.
Dentro había una foto de mi madre conmigo en brazos. Estaba sonriendo mientras me miraba, yo solo tenía unos meses. Jamás había visto esa imagen ni en los álbumes ni en las estanterías de la casa.
Junto a ella, había una carta:
Has tomado una decisión que yo no supe tomar en vida: cerrar heridas.
Tampoco supe quererte como merecías ni mirar más allá de mi propio dolor. Porque te pareces tanto a ella que jamás fui capaz de soportarlo sin culparte.
Fui injusto contigo, lo sé. Soy consciente de que te fallé, de que te hice sentir ajeno en tu propia casa. Alimenté el rencor de tu hermano hacia ti, sus celos enfermizos y permití que se excediera en muchas ocasiones, escudándome en mi rabia para no intervenir.
Nunca fue tu culpa, a pesar de que me empeñé en echarte encima lo que ocurrió. Pero, cuando uno convierte el dolor y la rabia en costumbre, deja de distinguir entre lo que duele y lo que es justo.
Aun así, tú has decidido ser mejor que nosotros. Mejor que yo.
Gracias por no perpetuar mi vacío. Gracias por no convertirte en lo que yo fui. Siempre estuve orgulloso de ti, aunque nunca supe demostrarlo y, cuando quise hacerlo, ya era demasiado tarde.
Gracias, Gabriel. Espero que también sepas perdonarme.
La leí de nuevo, con la mano temblorosa y la respiración entrecortada. Y lloré. No con lágrimas contenidas ni serenas; lloré con todo el cuerpo. Y lo hice por ella, por mí y por él. Lloré como jamás me había permitido hacer, me serené y, cuando creí que ya no me quedarían lágrimas, lloré de nuevo.
Aun así, sentía paz. Dolía, sí, pero también sabía que, por fin, aquello estaba zanjado. No quedaban cuentas pendientes con esa parte de mi pasado.
Había cerrado un capítulo de mi vida, sí, uno que me había pesado durante mucho tiempo; sin embargo, aún me dolían otras páginas.
Y una de ellas tenía nombre propio. Y un carácter de mil demonios.
En ese momento, cuando más hecho polvo estaba, sonó el timbre. Me levanté despacio con la carta en la mano. Al pasar junto al espejo del recibidor me observé un segundo; tenía los ojos rojos, la cara húmeda y la nariz congestionada. No hacía falta más para saber que acababa de llorar como un niño.
Me sequé la cara con la camiseta, en un intento absurdo de minimizar las consecuencias del sofocón, y abrí la puerta.
—Gabriel…
Y, con solo verla al otro lado, toda mi coraza se hizo añicos de nuevo.