33 – Despertar
Consejo número dieciséis para la vida adulta: no te fíes de los zorros disfrazados de corderitos.
CAROLINA
El hospital era un refugio cruel y a la vez seguro. Mientras estuviera ocupada, no pensaba ni sentía, solo actuaba por inercia.
Doblé turnos, evité pasillos, rechacé cafés con compañeros… Y a cada «¿Cómo fue con Santana en el Congreso?» de algún colega, respondí con un encogimiento de hombros y una sonrisa forzada.
Gabriel no había vuelto al hospital desde el lunes y ya estábamos a jueves.
No había servido de nada mi trabajo de concienciación ni ese discurso en el que me prometí que lo ignoraría y me limitaría a ser profesional.
Lo peor de todo es que su ausencia, en vez de aliviarme, me escocía.
Además, algo no me cuadraba y no sabía qué.
Y no, no se trataba de que cierto doctor me importase más de lo que estaba dispuesta a admitir; eso lo intuí cuando la noche del domingo abrí la puerta de la casa de mis padres y, tras escuchar la voz suave de mi madre preguntándome si todo iba bien, me eché a llorar.
Y lo confirmé después, al notar que mi corazón empezaba a replegarse sobre sí mismo una vez pasado el cabreo inicial.
Era otra cosa… Algo diferente y que me sacudió aquel mediodía en cuanto entré en la sala de personal.
Me entretenía revisando unos informes que no necesitaban ser revisados hasta que alguien pronunció mi nombre. Elevé la cabeza hacia el grupo de tres mujeres que había en el sofá y me fijé en que una de ellas era Lola.
—Buenas tardes —las saludé.
—¿Quieres uno? —me preguntó una de ellas, mostrándome una caja de dulces caseros.
—No, gracias —lo rechacé de forma educada, pues lo último que me pedía el cuerpo era una bomba de azúcar y grasa.
Bastante tenía ya con obligarme a desayunar algo cada mañana para no marearme en consulta.
Al ver que me desviaba hacia la mesa del fondo, Lola se levantó como si fuéramos amigas de toda la vida, y yo enderecé la espalda. Llevaba toda la semana evitando cruzarme con ella, pero supe que no tenía escapatoria.
—¿Qué tal el finde, doctora? —me preguntó con una sonrisita cómplice.
—Bien, gracias.
Se acercó un poco más a mí y me agarró del brazo.
—Oye, ¿tú sabes si es cierto eso que dicen del semental? —indagó en un susurro.
—¿Semental?
Ella soltó una risita contenida.
—Ya sabes… Nuestro doctor Amor Santana —aclaró—. Se comenta que su habitación en el hotel estaba más concurrida que el metro en hora punta… Y no es que quiera meter cizaña, pero luego se descubre que se ha pedido unos días libres y una ya piensa mal. ¿Tú viste algo?
Inspiré hondo muy despacio y la miré sin rastro de humor.
—No sé qué es lo que estás insinuando, pero te agradecería que no me hablaras más de Gabriel en esos términos, Lola.
—Vaya, qué susceptible estás. No estarás celosa, ¿no? Mira que ya te advertí de cómo iban las cosas por aquí…
Negué una sola vez. No tenía fuerzas para fingir más cortesía. Y tampoco tenía ganas de aquella mierda.
—No, no estoy celosa. Y tampoco quiero saber nada de la vida amorosa de ninguno de mis compañeros. Yo vengo aquí a trabajar y no voy a hablar de temas que no estén relacionados con eso.
—Tranquila, Caro —dijo seria, aunque eso no me detuvo.
—Créeme, estoy tranquila. —Le sonreí con una mueca igual de falsa que las que ella ponía—. Si no lo estuviera, te aseguro que se me notaría.
Me observó con fingida sorpresa, como si no entendiera por qué le hablaba así.
—Vale. Perdón…, solo me interesaba por ti —dijo antes de darse la vuelta.
«Interesarse por mí —repetí en mi mente—. Claro que sí, seguro que es eso».
Me marché de allí sin mirar atrás, esperando que eso desvaneciera el malestar que me había ocasionado la charla. Solo quería encerrarme en mi despacho la siguiente hora y media hasta la próxima tanda de consultas.
Sin embargo, al llegar a la máquina de café del pasillo me di cuenta de que me había dejado el fonendoscopio en la mesa de la sala de personal.
Regresé sobre mis pasos, aunque no llegué a empujar la puerta entreabierta. Me detuvo la conversación que se oía desde dentro, en la que una de ellas decía mi nombre.
—… una amargada. Se le nota a leguas —comentó una voz que reconocí enseguida: Lola.
—¿Crees que tienen algo?
—¿Ellos? No. Lo que confirma que mi plan ha salido como esperaba.
Me quedé inmóvil con los sentidos bien alerta.
—¿Qué plan, Lola? —preguntó la otra escéptica—. Pareces la mala de un culebrón.
—Tú ríete, pero ya lo verás —insistió—. Cuando él vuelva se confirmarán mis sospechas.
—¿Todavía sigues con esa tontería de conseguir llamar su atención?
—No es ninguna tontería, lo tenía casi a punto antes de que ella llegara.
—Sabes que no se acuesta con nadie del hospital.
—Todavía —recalcó Lola—. Ahora que la rubia está KO , ya te diré yo cómo cambia el asunto.
—¿De qué estáis hablando? —preguntó la otra mujer.
—Lola le ha hecho creer a la doctora que Santana tiene un buen historial de faldas en el hospital y por lo que parece la ha espantado.
Aquello provocó algunas risitas. A mí el estómago se me puso del revés y comencé a verlo todo borroso.
—Ella está fuera de juego, y a él se le pasará el capricho en cuanto se dé cuenta de lo que le conviene.
—Remo es una tía lista.
—No más que yo. Y ya sabes que quien ríe la última ríe mejor…
Me largué de allí y me encerré en mi consulta. No sé cuánto tiempo estuve apoyada en la puerta cerrada, de pie, helada pese a la temperatura de final de verano.
Solo recuerdo que, cuando volví a respirar con normalidad, supe que la había cagado. No por Lola, sino por mí. Por haberla escuchado y haberle dado tanto poder. Por no haber mirado a Gabriel con mis propios ojos y creerla a ella, en lugar de darle una oportunidad para que se explicara.
Toda la rabia que había contenido durante días se transformó en una vergüenza que me golpeó en el pecho con fuerza y sin anestesia.
Lo había sentenciado antes de que pudiera explicarse. Antes incluso de que actuara. Y lo hice por miedo, por orgullo… Porque, en el fondo, aún me pesaba lo que había vivido en mi residencia.
«Gabriel no es él», me recordó una vocecita en mi mente.
Lo sabía. Gabriel era distinto… Cuidadoso, serio, divertido, presente. Y yo no le había dado ni una sola oportunidad.
Me pasé el resto de la tarde trabajando en automático y cuando llegué a casa me obligué a repasar cada conversación, cada advertencia, cada mirada. No tenía ni una sola prueba de lo que había dicho Lola, solo insinuaciones, y yo, con mi afán de mantenerme a salvo, me lo tragué todo.
Sin embargo, aún quedaba un cabo suelto que no conseguía ignorar. Más que algo, alguien: Claudia Ávila.
Esa mujer sí que me había hecho saltar las alarmas. Su presencia, su cercanía con Gabriel, la manera en la que lo tocaba o me miraba, como si supiera algo que yo no. Y, cuando los había visto marcharse juntos, todo lo bonito se tiñó de color negro.
Así que cogí el teléfono y pulsé sobre un contacto que quizá pudiera resolverme las dudas.
—¿Caro? ¡Qué sorpresa!
—Hola, Marta.
—Oye, no te vi el domingo en el acto de despedida. ¿Dónde te metiste? —me preguntó con curiosidad.
—No me encontraba muy bien —comenté sin llegar a mentir del todo—. Oye, necesito preguntarte algo que quizá te suene raro. ¿Qué sabes de Claudia Ávila?
El silencio al otro lado fue esclarecedor.
—¿Es algún tipo de pregunta trampa? —Su tono fue cauteloso—. ¿Estás con ella y, después de decirte lo zorra que es, me va a despellejar?
—No. —Reí, y ella suspiró—. Me da que no seríamos muy buenas amigas.
Marta chistó.
—No te acerques a esa mujer, Caro. De verdad te lo digo. Es una manipuladora de manual.
—¿Por qué? ¿Qué sabes?
—Uf —suspiró—. Ha tenido bastantes líos gordos y corren mil versiones de cada uno, pero lo que está claro es que no trae nada bueno. Además, siempre se escapa de rositas. La llaman la Cirujana Carnívora, porque se tiraba a los residentes y luego los dejaba para el arrastre…
En ese momento entendí el escalofrío que me recorrió la espalda cuando Claudia me miró en la terraza, era el mismo que sentía en la residencia cada vez que me quedaba a solas con mi tutor.
La misma incomodidad, la misma mezcla de tensión y repulsa, la misma sensación de que, si no te mantenías alerta, pagarías un precio enorme.
—Conocía a Gabriel —le solté.
—¿Gabriel?, ¿el médico pibón con el que ibas? —Hice un sonido afirmativo—. ¿Y él no te quiere contar de qué?
—No le he preguntado.
—Ya… Pues espero que no sea porque es como ella.
—No lo es —me apresuré a contestar—. Por eso me extraña que sean amigos.
—Ávila no tiene amigos, tiene víctimas y aliados —aclaró—. No sé qué hay entre vosotros, pero, si Claudia está por medio, ten cuidado. Esa tía es capaz de lo peor.
Cerré los ojos y me pregunté en qué bando estaría Gabriel. No supe qué me dolía más, si pensar que estaba aliado con una mujer como esa… o que, de alguna manera, también él hubiera sido una víctima.
—Gracias, Marta. En serio.
—Nada. Y, oye —añadió antes de colgar—, quizá me lo cobre yéndome unos días a tu pueblo en las próximas vacaciones.
—Estás invitada. —Sonreí y, con una sensación agridulce, nos despedimos.
Dejé el móvil sobre el sofá y me quedé quieta en la oscuridad del salón, con la única compañía de un vacío en el pecho que no sabía cómo llenar y una certeza taladrándome la mente:
Quien no había estado a la altura… era yo.