Manual de primeros auxilios para corazones testarudos (Costa Serena 6) 32 – Rabia
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32 – Rabia

Disonancia: el ruido que suena dentro cuando lo que vives no se parece a lo que necesitas.

GAbrIEL

—Te digo yo que lo de las publicaciones en conjunto con el equipo de neuro de Boston fue idea mía. Luego vino Valverde y me la robó delante de todo el comité como un vulgar cuervo.

—Vaya faena… —murmuré sin ningún interés por conocer la historia de Hornillos, el tío más pesado del congreso que, casualidades de la vida, se hospedaba en nuestro mismo hotel.

Él asintió mientras masticaba el entrecot con la boca abierta.

Mi poco entusiasmo no lo achantó, pues siguió parloteando de Valverde, de un artículo que le habían rechazado en un periódico, de lo infravalorado que estaba su talento…, pero yo ya no estaba ahí.

Mi cerebro había desconectado para irse directamente a la noche anterior, al instante exacto en el que perdí de vista a Carolina, mientras me despedía de algunos compañeros a la salida del auditorio y todo empezó a torcerse.

Claudia apareció entonces como un mal recuerdo. Me había interceptado cerca de la entrada con su habitual expresión diseñada al milímetro para hacerla parecer inofensiva.

—Estás buscando a la muchacha que venía contigo, ¿verdad? —Asentí sin dejar de inspeccionar el lugar—. Comentó que se marchaba al hotel porque no se encontraba muy bien.

Me detuve y la miré con interés.

—¿Te lo dijo a ti?

Asintió con convicción, y yo fruncí el ceño.

¿Desde cuándo sabía Claudia quién era Carolina? ¿Y por qué hablaba como si se conocieran?

La idea de que pudiera acercarse a ella me revolvió las tripas. Aquella mujer era puro veneno, y no estaba dispuesto a que contaminara a Carolina.

—Sí, claro —dijo, como si llevara todo el día ensayando esa respuesta—.

Si es que nos estamos refiriendo a la chiquita que nos espió en la terraza cuando estuvimos charlando a mediodía.

Oye, ¿te importa si salimos juntos de aquí?

Me hospedo muy cerca, pero estas calles son horribles para caminar con estos tacones.

Mentiría si dijera que no dudé. Lo hice y mucho. Claudia nunca había necesitado ayuda de nadie para nada. Aun así, no quise montar un numerito en mitad del vestíbulo. A esas alturas creí —con una ingenuidad imperdonable— que lo mejor era quitarle hierro y aceptar su petición.

Me limité a caminar a su lado, en dirección al hotel, con los hombros tensos y el pulso en la garganta mientras ella comentaba lo mucho que había disfrutado ese congreso.

La conversación no fue incómoda, pero sí peligrosa, pues Claudia volvió a hacer lo que mejor se le dio siempre: disfrazar la manipulación de cortesía, mezclar halagos con pullas y tender trampas con voz melosa.

Era igual que si un músico tocase una bonita melodía rasgando las cuerdas de su violín con un bisturí. Claudia era esa violinista y sabía perfectamente cómo hacer que la cuerda no se rompiera… a menos que así lo deseara.

Y, cuando ocurría, sabía exactamente hacia dónde apuntar para joderte la vida.

Lo bueno —si es que lo había— era que yo ya había pasado por ahí. Ya me había roto y recompuesto, y conocía todos sus métodos, sus tempos y su habilidad para colocarse en el centro de todo y salir ilesa.

Por eso, por mucho que me sonriera con ese encanto suyo de mujer de éxito, admirada y brillante, ya no me engañaba.

Ya no.

Y, también por eso, fui capaz de rechazar su invitación envenenada para entrar a tomar algo juntos.

Ella se quedó un segundo de más en el sitio, con una mueca congelada y los dedos crispados alrededor del asa de su bolso.

Apenas fue un segundo, pues alguien la saludó a unos metros y el gesto se desvaneció, pero fue suficiente para reconocer la tensión que escondía detrás de su máscara de perfección.

El tipo de tensión que precedía al daño.

Aproveché la distracción y caminé hasta el hotel apretando un punto exacto en mi mano, desesperado por ver a Carolina y poder ahuyentar toda la mierda que había regresado a mi mente.

Sin embargo, al llamar a su habitación, no contestó.

Tampoco al marcar su número.

Esperé media hora, luego otra más. Y, cuando me llegó un escueto mensaje en el que me explicaba que tenía una migraña horrible, la esperanza se me cayó al suelo y, esa vez, no tuve fuerzas para recogerla.

—… y claro, eso me quemó —seguía Hornillos, ajeno a mi ensimismamiento—. Como comprenderás, después de veinte años en ese hospital, que te ninguneen así…

Me levanté sin pensar. Carolina acababa de aparecer en la puerta del restaurante.

—Perdona un segundo —me disculpé, ya caminando hacia ella.

No obstante, a cada paso que daba, más distante la sentía.

Quizá el culpable era ese gesto tenso en su boca o la forma en que evitaba mirarme. Puede que fuera una mezcla de todo. O que no fuera nada y simplemente me estaba haciendo demasiadas pajas mentales.

—¿Cómo estás? —le pregunté al llegar a su lado.

Su olor me golpeó y, como un cachorro feliz de ver a su dueña, le sonreí.

—Mal —dijo sin preámbulos.

—¿Quieres comer algo?

Negó con la cabeza.

—En realidad… preferiría irme ya. Lo tengo todo listo.

Miré hacia atrás y me descolocó ver su equipaje en el suelo. Entendía que quisiera marcharse si no se encontraba bien, pero la forma en la que lo dijo me puso en alerta.

—Claro. —Asentí despacio—. Subo a por mis cosas y en unos minutos bajo.

—Gracias —musitó y se giró sin añadir nada más.

Algo iba mal, más allá de su malestar, aunque no pude deducir el qué hasta que me estalló en la cara.

Sabía que no estaba dormida. Ningún cuerpo relajado apretaba tanto la mandíbula. Aun así, no la presioné y continué el trayecto, convencido de que no era el momento idóneo para interrogarla.

Conduje varios kilómetros de carretera en silencio y, cuando la quietud en el coche se me instaló entre las costillas, activé la radio a un volumen mínimo.

Necesitaba llenar el vacío de alguna manera.

Tras dos horas con las manos en el volante, y la garganta llena de cosas por decir, pasé bajo el arco excavado en la piedra natural que daba entrada a Costa Serena.

Para muchos, aquel punto tallado en la ladera era la representación visual de volver a casa. Para mí, esa tarde, fue como cruzar una línea invisible de no retorno.

—Preciosa. —Carraspeé y apoyé la palma sobre su muslo—. Estamos llegando.

Ella se removió en el sillón, y rompí el contacto.

—¿Ya? —preguntó con tono ronco a la vez que miraba por la ventanilla y se recolocaba el pelo.

—Si quieres puedo ir contigo a tu piso —me ofrecí con suavidad—. Te preparo algo fresquito para cenar mientras te das una ducha y si necesitas algo más fuerte de medicación me acerco a…

—Prefiero que me dejes en casa de mis padres —me interrumpió con la voz rígida.

Tardé dos segundos de más en responder.

—Vale. Como quieras. —No añadió nada más durante los pocos kilómetros que restaron hasta llegar a la urbanización. Cuando ya avanzaba por la calle de la casa, no pude contenerme más—. ¿Qué ocurre?

Desvió la mirada de la ventanilla y se giró hacia mí con una postura que no invitaba a abrazarla.

—Me duele la…

—Al margen de eso —la interrumpí.

Ella suspiró, hastiada.

—No quiero hablar ahora, Gabriel.

Alcé ambas cejas al detener el coche y me moví hasta apoyar un codo en mi asiento.

—¿Y cuándo? —pregunté sin elevar la voz, pero dejando claro en el tono que me estaba costando contenerme—. ¿Cuándo será un buen momento para hablar? ¿Mañana en el trabajo, cuando tengamos que hacer como si nada?

—Gabriel… —La voz se le quebró durante una fracción de segundo, aunque enseguida se recompuso—. Mira, esto no va a ninguna parte. No debería haber pasado nunca y se está liando todo demasiado. Es mejor que lo zanjemos ya.

—¿Qué? —le pregunté alucinado—. ¿Es una especie de broma o algo así?

—¿Te parece que estoy bromeando? —me preguntó, irritada—. Ya te lo dije, no sabía si iba a funcionar.

—No nos estás dando una oportunidad, Carolina. Me lo dijiste hace día y medio. Es imposible saber si funciona o no en tan poco tiempo —insistí—. Además de que no es justo.

Ella soltó una carcajada sin humor.

—¿No es justo? —Asintió e inspiró hondo—. No. En eso llevas razón. No es justo que haya perdido un tiempo muy valioso solo para confirmar lo que ya me habían advertido.

Fruncí el ceño.

¿De qué cojones estaba hablando?

—¿Qué se supone que significa eso? Si no me hablas claro no podré explicar mi…

—¡No necesito explicaciones, Gabriel! —Elevó la voz, y yo apreté la mandíbula—. Lo que necesito es no tener que volver a sentirme como un peón en tu juego.

—¡¿De qué demonios hablas?!

Unos golpecitos en mi cristal me hicieron girar la cabeza.

—¿Todo bien? —preguntó Fede, el padre de Carolina, con una bolsa de basura en la mano y cara de pocos amigos.

—Joder… —mascullé.

Carolina aprovechó la interrupción para quitarse el cinturón de un tirón y salir del coche sin mirarme.

La imité y cuando abrí la puerta escuché cómo el hombre le decía que lo esperase dentro. Carolina caminó hacia la vivienda sin mirar atrás, y Fede se puso frente a mí.

—Repito: ¿todo bien? —Su tono no fue amigable.

Lo entendí. Juro que entendí su postura, pero no por ello me jodió menos que me impidiese ir tras ella para intentar desmontarle todas sus excusas.

Porque eran eso: excusas.

Sabía que no quería hablar porque abrirse le daba vértigo, que lo suyo era esconderse detrás del orgullo y la autosuficiencia, y que prefería perder antes de exponerse. Y me tocaba las narices que no se estuviese protegiendo solo de mí, sino de lo que en realidad sentía.

—Hemos discutido —me limité a contestar.

—Sí, eso me ha parecido con tanto grito. —Inspiré hondo, y él asintió con los labios apretados—. Será mejor que te vayas a casa.

—Ella…

—Ella es mi hija y la mujer más obstinada y cabezota con la que seguramente te toparás en tu vida —añadió sin dejarme terminar—. No vas a conseguir nada mientras esté en ese estado, así que lo mejor será que te marches.

No contesté.

Solo asentí, y él me palmeó el hombro cuando me giré para montarme en el coche. Arranqué bajo su atenta mirada. Le echó un último vistazo a la vivienda y, con la rabia justa, puse el coche en marcha.

Mi paciencia tenía un límite, y ella lo había rebasado. Así que me juré que no volvería a buscarla.

No, al menos, hasta que Carolina tuviera el valor de afrontar la realidad.