31 – Infierno
Consejo número quince para la vida adulta: si algo te huele raro, no esperes a que te lo sirvan en bandeja.
CAROLINA
Tomé la decisión antes de que encendieran las luces del auditorio. Aún quedaban cinco minutos de ponencia, pero no pensaba quedarme a la ronda de preguntas.
Pese a que la charla había estado muy bien, necesitaba un respiro y encontrarme con Gabriel antes de que el lugar se convirtiera otra vez en un parque temático de médicos presuntuosos y egos hipertrofiados que hablaban de sí mismos en tercera persona.
Llevaba todo el día con una sensación rara en el cuerpo, como si algo no encajase del todo. Por un momento me pregunté si quizá no sería yo la que no encajaba, pero deseché aquel absurdo pensamiento, pues tenía el mismo derecho que el resto de estar allí.
Recogí mis cosas en silencio, las metí en el bolso y me levanté para salir por la puerta lateral con paso firme.
No vi a Gabriel en el recibidor, tampoco en la zona de café ni junto al stand de las prótesis. Me acerqué al auditorio pequeño por si se había metido en otra ponencia. Nada. Tampoco estaba allí.
Y entonces recordé otro sitio que no había revisado: la terraza.
Ese lugar tenía unas vistas increíbles y era ideal para tomar un respiro. En mi caso, lo fue para localizar a un neurocirujano que me alteraba las pulsaciones.
Lo divisé desde dentro gracias a las cristaleras.
El aire del mediodía me dio de lleno en la cara cuando empujé la puerta y comencé a caminar hacia él.
Estaba de espaldas, cerca de la barandilla, con esa postura de hombre interesante que lo mismo está reflexionando sobre un tema trascendental que contando las nubes.
Llevaba una botella de agua en una mano y en la otra…
La otra servía de apoyo para la mujer que tenía frente a él. No estaba tan cerca como para llamar la atención, pero sí lo suficiente para invadir un terreno que no era suyo.
Ralenticé mis pasos y la observé bien.
Aparentaba unos cincuenta, aunque seguramente su carnet de identidad marcaría alguno más.
Tenía cirugía y ácido hialurónico de la cabeza a los pies: pómulos elevados, cejas inmóviles y labios inflados, enmarcados por una melena perfectamente cuidada de un caoba artificial.
Llevaba un vestido ceñido —aunque elegante— en color beige , de esos que solo se venden en tiendas donde no te ponen las etiquetas con el precio.
Lo remataban unos tacones de vértigo y un reloj que debía de costar más que mi sueldo anual.
La mujer era un espectáculo. Sin embargo, por algún motivo, no me gustó.
No fue por su aspecto ni por todos los detalles, sino por la familiaridad forzada que desprendía. Por esos gestos con la mano libre y esa sonrisa condescendiente mientras hablaba con él.
Durante un segundo, me sentí como una versión de bazar de mí misma, con mi blusa celeste, el pantalón de lino oscuro, el maquillaje sutil y la coleta alta. Por suerte, las inseguridades duraron poco.
Estábamos en un congreso, no en una gala de premios, y la que estaba fuera de lugar era ella. Afortunadamente, la vi despedirse de él dándole un beso en la mejilla.
Entonces, Gabriel se giró y me vio.
Fue un segundo. Ese instante incómodo en el que sabes que te han pillado mirando y finges que estabas contemplando un fenómeno paranormal e invisible detrás de su cabeza.
—Hola —me dijo caminando hacia mí con una sonrisa tensa.
—Te estaba buscando —respondí fingiendo naturalidad.
—Perdona, me entretuve un poco. —Desvió la mirada hacia donde había estado la mujer un segundo antes—. ¿Cómo ha ido?
—Bien. Un poco larga, pero útil. ¿Tú qué tal?
—Todo en orden —respondió demasiado rápido.
Bebió un trago de su botella de agua sin mantener el contacto visual.
—¿Vamos al almuerzo? —le pregunté sin querer darle más importancia a lo que había ocurrido—. Si esperamos mucho solo nos van a quedar los canapés raros.
Sonrió a la vez que se limpiaba la comisura del labio y asintió.
El salón donde sirvieron el almuerzo era una mezcla entre el glamur del Titanic y el bullicio de una estación de tren en hora punta.
Había camareros con bandejas por todas partes, médicos haciendo corrillos con sus copas y conversaciones tan variopintas como detalles de casos clínicos, el punto exacto de cocción del marisco o el maravilloso hotel donde se hospedaban.
Nos hicieron hueco en un grupo en el que Gabriel —para sorpresa de nadie— tenía varios conocidos.
Me centré en probarlo todo como si llevara tres días sin comer y acepté el consejo de uno de los hombres de la mesa, que me explicó dónde podía encontrar el arroz que él estaba comiendo y que tenía una pinta deliciosa.
En la cola, y con el plato vacío en la mano, escuché una voz familiar a mi espalda.
—Remo, ¿eres tú?
Me giré confundida, pero la expresión se me transformó en una sonrisa sincera en cuanto reconocí a la persona que tenía delante: una de las médicas con las que había coincidido durante mis años de residencia en Sevilla.
—¡Marta Peña! —Nos dimos dos sentidos besos—. Qué ilusión ver una cara conocida.
Ella asintió entusiasmada.
—¡Ya te digo! ¿Dónde estás ahora?
—En Costa Serena, en el privado. ¿Y tú?, ¿sigues en Sevilla?
—Cardio en el Virgen del Rocío —afirmó—. ¿Estás bien allí?
—Estoy, que no es poco.
Marta alzó una ceja, divertida, y yo me encogí de hombros.
Justo entonces apareció Gabriel; saludó con educación a mi compañera y se disculpó para ir al baño.
—¿Un compañero? —me preguntó ella mientras lo seguía con la mirada. Hice un sonido afirmativo—. Qué buen personal hay en tu pueblo, hija mía. Yo todo lo que veo son bigotes canos, mujeres o cabezas calvas. Lo mismo me planteo irme contigo una temporada ahora que me he divorciado.
Solté una carcajada, aunque esta perdió intensidad cuando me fijé en quién se acercaba a nosotras.
Joder.
—Buenas tardes —dijo una voz melosa a nuestra derecha.
Nos giramos y confirmé lo que ya me temía: se trataba de la misma mujer que había estado tocando a Gabriel en la terraza y era aún más imponente en las distancias cortas.
—Buenas tardes, doctora Ávila —respondió Marta con la cortesía tensa de quien sabe que está frente a un tiburón con los labios pintados.
—¿Puedo robártela un minuto? —preguntó la mujer, señalándome a mí.
Me puse en guardia y miré a mi amiga con el ceño fruncido.
«¿Qué demonios hace aquí y por qué quiere quedarse a solas conmigo?».
—Claro. —Marta se acercó a mí, me abrazó mientras se despedía y, al oído, me susurró—: Cuidado, cabrona con contactos.
Y se marchó, dejándome sola con la loba vestida de beige .
—Soy Claudia Ávila. —Me tendió la mano, y se la estreché, presentándome tan solo con mi apellido—. Me he fijado en que estabas con Gabriel antes, ¿verdad?
No me dejé engañar por ese tono casual.
—Trabajamos en el mismo hospital.
—Qué bien. Nosotros compartimos muchos años… de quirófano. —Hizo una pausa dramática—. Y de otras cosas.
«Genial. Llegó el turno de las indirectas», me dije y le sonreí con educación. Si pensaba que iba a achantarme, la llevaba clara.
—¿Qué necesitas, Claudia?
—Nada importante —contestó haciendo un ademán con la mano—.
Solo quería advertirte de que Gabriel es un hombre muy…
especial. Muy suyo. Soy feminista, y me gusta pensar que hago una buena acción avisando a todas las mujeres que se le arriman de que tiene una forma peculiar de elegir a cuál se acerca y cuándo se cansa.
La miré e intenté que no se me notara el desconcierto. Ni las ganas de incrustarle el tenedor en la pechuga de pollo que tenía por escote.
—Bueno, supongo que todos tenemos nuestro estilo —le dije sonriendo.
Ella se inclinó un poco más, como si me fuese a contar un secreto. Incluso bajó la voz al volver a hablar.
—Pareces buena chica, Remo. E inteligente. En Gabriel, lo que puede parecer intenso no es más que su forma de pasar el rato. Es un hombre brillante, pero necesita estímulos a su altura.
Apreté los dientes por la insinuación. No obstante, me obligué a mirarla con fijeza y sonreírle con ese mismo aspecto de buena chica e inteligente que ha captado a la perfección su manera de marcar territorio.
—Gracias por el consejo —repliqué y me separé de ella.
—Encantada. Seguro que nos seguimos viendo por aquí.
Me giré y, pese a caminar unos metros, aún podía sentir el olor a perfume caro e intenso inundándome las fosas nasales.
Me fui directa al baño. A lavarme las manos. A respirar. A no gritar.
Apoyé las palmas contra el lavabo y cerré los ojos. Conté hasta diez, dos veces. Me mojé la nuca con agua fría, en un absurdo intento de refrescar lo que me hervía por dentro. No eran celos, era otra cosa. Más primitiva y visceral…
Era una mezcla de desconfianza, orgullo herido y ese instinto que te dice que alguien está jugando contigo sin que puedas demostrarlo.
El quid de la cuestión era averiguar cuál de los dos era el que lo hacía, si Gabriel o Claudia.
Me miré al espejo y comprobé que el maquillaje seguía intacto. La expresión de mis ojos no había corrido la misma suerte, pero no pensaba darle a nadie el placer de verme tambalear, así que inspiré hondo y cuadré la espalda.
Unos minutos después volví al salón como si nada hubiera pasado y me acerqué a Gabriel y al resto de colegas, que charlaban y reían animados.
Aunque ya no me temblaba el pulso, mi estómago continuó cerrado los últimos minutos del bufé.
El resto de la tarde transcurrió sin más sobresaltos, al menos en apariencia. Acudimos a un taller práctico y, después, Gabriel me acompañó a una mesa redonda sobre abordajes de tumores complejos a la que le tenía muchas ganas.
Para mi sorpresa, él también se animó a participar en el debate y se enzarzó en una discusión educada con una oncóloga de Madrid que casi nos deja sin merienda.
Me encantó verlo así, porque, cuando Gabriel discutía de medicina, no era nada arrogante. Era vehemente, preciso; talento puro en acción.
Y yo, que odiaba a los profesionales prepotentes, no podía evitar admirarlo cada vez que se le encendían los ojos al hablar de lo que le apasionaba.
En definitiva: todo iba bien.
Salvo que esa afirmación no era del todo cierta.
A ratos parecía ausente, como si algo le rondara por dentro y lo alejase de allí. En otras ocasiones, su atención regresaba a mí con una intensidad que me desconcertaba, pues me miraba a los ojos como si quisiera decirme algo y no se atreviera.
A última hora, decidimos saltarnos la ponencia final y marcharnos a cenar por nuestra cuenta.
Me adelanté para pasar por el baño antes de marcharnos, y él asintió mientras se despedía de un par de colegas en la sala de conferencias.
Tardé poco, pero, por lo visto, fue tiempo suficiente para que todo se fuera a la mierda.
Porque, al salir, lo vi.
A unos metros de la entrada y acompañado de nuevo; Claudia Ávila hablaba, y él escuchaba.
No me pareció incómodo cuando ella se inclinó y le dijo algo al oído. Ni tampoco cuando, un momento después, le tendió su brazo moreno y masculino y, sin mirar atrás, salieron juntos por las puertas de cristal que daban al exterior.
No me esperó.
No se giró ni un centímetro.
De haberlo hecho, me habría visto allí, inmóvil y con el corazón a punto de salírseme del pecho.
«Necesita estímulos a su altura», me repitió la voz de aquella odiosa mujer en mi cabeza.
—Hijo de puta —fue todo lo que pude mascullar.
Y lo peor no fue decirlo, sino empezar a creerlo.