30 – Cielo
Depauperar: lo que ocurre cuando das tanto de ti que ya no sabes qué te queda.
GAbrIEL
Me desperté como si alguien me hubiese pulsado el botón de reinicio y el cuerpo me respondiera por etapas.
Primero fue una pierna, que se movió sola entre las sábanas; luego el estómago rugiéndome, y, por último, la consciencia de que estaba desnudo, con la boca seca y una sonrisa de idiota en la cara.
Parpadeé un par de veces y me quedé mirando fijamente la ventana.
Había dormido como un tronco después de una noche de intenso desgaste físico, sin embargo, lo único que quería era acurrucarme con ella y dormitar, al menos, un par de horas más.
Me giré con la firme intención de pegarme a su espalda y hundir la cabeza en el hueco de su cuello, pero todo lo que encontré fue una almohada blanca y fría.
No había ni rastro de mi doctora favorita.
—¿Carolina? —murmuré con la voz ronca.
La respuesta que recibí fue el sonido de la puerta del baño al abrirse.
—¿Has resucitado? —Me llegó su voz desde dentro.
—Tendrías que venir con advertencia sanitaria —protesté, sepultado entre las sábanas—. Nivel de peligro alto: riesgo de muerte por extenuación.
—¿Estás mayor para estos trotes?
Asomó medio cuerpo, y yo me incorporé en la cama hasta quedar sentado.
—Dios… No me digas que ya estás lista.
—Y con ganas de asfixiarte con la almohada. Y no, no me mires con esa cara, que no me refiero a nada cochino —me amonestó al ver mi sonrisita y caminó hasta la mesa donde tenía el neceser—. Me he pasado veinte minutos intentando despertarte y no ha habido manera.
—Soy de sueño profundo —me excusé.
—No, eres de los que se dormirían en mitad del Apocalipsis.
No me perdí ni uno de sus movimientos mientras se ponía los pendientes y se perfumaba.
—Es lo que tiene pasarse media noche complaciendo a una doctora exigente. Estoy rendido.
Camufló una carcajada con un resoplido y entrecerró los ojos en un intento de parecer indignada, aunque no me pasó desapercibido cómo me miró cuando le guiñé un ojo y me estiré con descaro en la cama.
Una de las muchas ventajas de no tener pudor ni ropa: poner nerviosa a una mujer tan increíble como ella.
—No empieces —me dijo sin demasiada rotundidad.
—¿Yo? Tú eres la que me está mirando igual que si fueras a sacar un rotulador para marcar las zonas de interés.
Negó moviendo la cabeza, pero esa curva traicionera en su boca me dijo otra cosa.
—Quedan veinticinco minutos para la primera ponencia, Gabriel.
—Perfecto. Dame diez para ser persona y uno para robarte un beso. Me sobran todavía cuatro más antes de darme una ducha y llegar a tiempo.
Alargué los brazos con la esperanza de que se acercara. Y lo hizo con una expresión que me dejaba claro que no pensaba pasar de ahí.
—Me miras como si fuera a abalanzarme sobre ti.
—¿Por qué será? —contestó con sorna—. ¿Quizá porque ya lo has hecho? Varias veces, de hecho.
Me lanzó una mirada ladeada, con advertencia incluida, que le mantuve sin apartarme, hasta que se inclinó hacia mí y le rocé la boca con los labios.
Fui bueno. Muy bueno. Casi ejemplar.
—Estás preciosa —murmuré.
—Gracias. Voy a hacer una llamada, no tardes —me dijo en cuanto se separó.
Me costó descifrar su gesto. Deduje que se trataba de incomodidad, no en el sentido de arrepentirse por lo que habíamos hecho, sino por no saber cómo se suponía que debía comportarse después de haber aceptado intentarlo.
Me pareció adorable. Y sexi. Mucho.
Se perdió en la terraza, y yo me arrastré fuera de la cama como un alma en pena. Me duché en cinco minutos y empecé a vestirme sin pensar demasiado: camisa blanca y pantalones oscuros; sencillo, funcional y profesional.
Con suerte, mi ropa disimularía que aún tenía el cuerpo resacoso por el atracón de Carolina que me había dado.
Justo cuando estaba abotonándome el cuello de la camisa, escuché la puerta corredera abrirse y la vi entrar. Me evaluó de arriba abajo con el descaro de quien ya conoce el producto, pero sigue disfrutando del escaparate.
—Mira que eres guapo… —soltó como si le jodiera admitirlo.
Sonreí alzando una ceja.
—¿Eso es un piropo, doctora Remo?
—Es un hecho clínico, Santana. Objetivable y contrastado por experiencia directa.
Solté una carcajada y me ajusté el reloj.
—Vas a acabar conmigo.
—Es ley de vida que sobreviva el más fuerte —respondió al pasar por mi lado con esa sonrisa de suficiencia que me gustaba demasiado—. Vamos o llegaremos tarde.
Resoplé, solo por el puro placer de sacarla de sus casillas, y caminé tras ella hasta el ascensor. Una vez dentro, me acerqué un poco y aspiré su perfume.
No sabía qué narices llevaba encima, pero era un olor denso, como a ron con vainilla y algo especiado. Un aroma que me volvía loco y que no podía pegarle más: salvaje, dulce en su justa medida y peligrosamente adictivo.
—Gabriel… —titubeó—. Te lo digo en serio, compórtate y no me pongas nerviosa. Es mi primer congreso como médica adjunta y bastante tengo ya con no olvidarme de respirar.
—Eres una profesional brillante. Si alguien tiene que estar nervioso soy yo, que a tu lado solo soy un pobre neurocirujano con suerte —bromeé, la besé despacio y prolongué el contacto solo un poco más de lo necesario.
Noté cómo se debatía entre lo que quería y lo que creía que debía hacer; cuando me puso una mano en el pecho para poner distancia, supe que había elegido el deber en lugar del deseo.
—Te odio un poco ahora mismo.
—Lo sé, pero me lo perdonarás en cuanto termine la sesión de la tarde y te invite a cenar a un sitio muy especial.
No tuvimos tiempo para mucho más, pues el ascensor llegó a la planta inferior y, nada más salir, nos topamos con un par de médicos con los que había coincidido en otros congresos.
Y no fueron los únicos. A medida que avanzábamos por el vestíbulo del edificio donde se celebraría el evento, las paradas para saludar se fueron multiplicando.
—No sabía que conocieras a tanta gente —me comentó Carolina en voz baja.
—Ni yo. —Me encogí de hombros y caminamos hasta dentro del auditorio.
La primera ponencia fue interesante. La segunda, densa. En la tercera sentí cómo mi cerebro comenzaba a fundirse, así que giré la cabeza hacia Carolina y le susurré:
—Si no salgo de aquí en los próximos cinco minutos, me vas a tener que reanimar.
Ella ni me miró. Estaba tan concentrada que parecía haber vuelto a su época de universidad, tomando apuntes en una libreta como si alguien fuera a hacerle un examen al salir.
—Yo me quedo.
Me enderecé en el asiento y me acerqué a su oído.
—Eres una dura y despiadada mujer.
—Y tú, un exagerado —masculló y miró de nuevo a la pantalla, donde presentaban un caso clínico sobre reconstrucción orbitaria con injertos personalizados en impresión 3D.
Me escabullí y salí de allí directo a la terraza del recinto. El aire me devolvió un poco las ganas de vivir y, tras pedir una botella de agua y esquivar a un colega demasiado pesado para mi salud mental, me apoyé en la barandilla y saqué el teléfono del bolsillo.
Llevábamos solo unos minutos separados y ya la echaba de menos.
Gabriel:
He tenido una fantasía. Te acabo de imaginar en bata y tacones. No pienso contarte lo que estabas haciendo, pero cualquiera que me mire ahora mismo puede deducirlo por culpa del bulto en mis pantalones.
Carolina:
Estamos conectados… Yo he tenido una parecida. ¿En la tuya te clavaba el tacón en ese mismo bulto?
Gabriel:
Auch.
Carolina:
Deja de calentarme el móvil.
Gabriel:
¿Solo se ha calentado eso? Vaya, estoy perdiendo facultades…
Solté una carcajada silenciosa ante su emoticono.
Esa mujer iba a acabar conmigo, y lo peor era que me parecía una forma estupenda de morir.
Estaba a punto de escribirle otra barbaridad cuando sentí la caricia en la espalda de una mano decidida y descarada. Sonreí. Mi táctica había surtido exactamente el efecto deseado.
Me giré, pensando dónde podríamos escondernos unos minutos para tratar de saciar las ganas, aunque la sonrisa se me esfumó en cuanto me di cuenta de que la mujer frente a mí no tenía el pelo rubio ni los labios rojos.
No. Esa mujer tenía otro tipo de sonrisa, una más desagradable y que me puso el estómago en tensión.
Eché el cuerpo hacia atrás por puro instinto.
—Hola, Gabriel. Cuánto tiempo sin verte. —Y, por la forma en la que ladeó la cabeza, supe que aquello no iba a traer nada bueno.