Manual de primeros auxilios para corazones testarudos (Costa Serena 6) 29 – Vistas
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Consejo número catorce para la vida adulta: si vas a cometer la locura de saltar al vacío, mejor no mires abajo.

CAROLINA

No podía dejar de sonreír.

Y no lo hacía por la bonita terraza del Palacio de Congresos donde se celebraba el cóctel ni por las luces de la ciudad reflejándose en las copas de vino. Ni siquiera por las miradas de deseo de algunos de los asistentes, que me seguían mientras me movía por el lugar.

Sonreía por él.

Por la tensión eléctrica que aún vibraba en mi piel. Por la manera en la que me desnudaba con la mirada y me buscaba cuando nos separábamos entre la multitud, como si fuéramos dos partes opuestas de un imán.

Y por lo que habíamos hecho en aquella habitación unas horas antes.

Gabriel había cruzado todas mis líneas, y yo no había hecho nada por detenerlo. Al contrario, le había abierto la puerta de par en par.

Y eso me aterraba casi tanto como la forma en la que me hacía sentir.

Nunca me había arrodillado delante de un hombre. Jamás me había entregado a esa clase de vulnerabilidad. Siempre había considerado que aquel acto era demasiado íntimo, demasiado personal…

Hasta que él me miró con esos ojos hambrientos, hasta que lo sentí estremecerse en mi boca y supe que nunca había deseado nada con tanta desesperación.

Y lo peor es que quería más. Muchas más primeras veces con él.

Como llamado por mi pensamiento, se me acercó cuando algunos asistentes comenzaron a marcharse y me susurró:

—¿Te apetece dar un paseo antes de volver al hotel?

La Carolina de antes de ese viaje se habría quedado en el cóctel, cumpliendo con el protocolo y lo esperado. Sin embargo, en aquel momento elegí lo que realmente quise: irme con él.

Me giré hacia Gabriel y asentí.

—Claro.

Nos despedimos de algunos asistentes y salimos del lugar.

Caminamos en silencio unos metros, sin prisa, como si ninguno de los dos quisiera romper la burbuja en la que nos encontrábamos, por miedo a que las palabras no dichas nos estallasen en la cara.

Por la noche, la ciudad tenía otro tipo de vibración. Más suave y cálida, más íntima. O quizá era simplemente la compañía.

Sin pensarlo demasiado, deslicé la mano por su brazo y lo rodeé con suavidad. Me miró de reojo, y yo mantuve la vista al frente, aunque supe que sonreía, al igual que yo.

—Me gusta esta ciudad —comenté casi para mí misma.

—Tiene su encanto.

—¿Has estado más veces?

—Algunas. En congresos, principalmente. Aunque nunca me había parado a disfrutarla de verdad.

Giré la cabeza hacia él.

—¿Y ahora sí?

No respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz fue grave y firme.

—Contigo sí.

El pulso me tamborileó en la garganta.

Quizá por eso, sin darme cuenta, mis dedos resbalaron por su brazo antes de entrelazarse con los suyos. No analicé por qué lo hacía ni qué significaba. Solo supe que, cuando él apretó el agarre y se pegó un poco más a mí, no quise soltarlo.

No hablamos mucho más mientras caminamos de vuelta al hotel, tampoco hizo falta. La noche estaba tranquila, en sintonía con la calma extraña que sentía en el pecho.

Una calma a la que no estaba acostumbrada. Contra todo pronóstico, dejarme llevar no estaba resultándome tan difícil después de haberles puesto una mordaza a mis pensamientos más desalentadores.

Al cruzar el vestíbulo, sentí un pequeño nudo en el estómago.

Sabía a dónde íbamos, era consciente de qué vendría después.

Era lo lógico, ¿no? Habíamos pasado la noche entera con la tensión hirviendo bajo la piel y, después de lo que había sucedido en mi habitación, lo normal era que termináramos lo empezado.

Y, sin embargo…, lo único que realmente me apetecía era seguir ahí, sin prisas, sin pensar en el después. Tan solo disfrutando de la extraña paz de su compañía.

Gabriel pulsó el botón de la última planta, y lo miré confundida.

—¿A dónde vamos?

—Ahora lo verás —respondió enigmático.

Y lo vi. Vaya que si lo vi. Me quedé sin aliento en cuanto la Alhambra apareció iluminada contra la oscuridad de la noche, majestuosa y flotando sobre la ciudad.

—Es preciosa —murmuré.

—Mucho.

Pero él no admiraba el paisaje, me observaba a mí. Y lo hacía como si supiera exactamente lo que estaba pasando dentro de mi cuerpo, incluso antes de que yo misma lo admitiera.

Nos acomodaron en una mesa justo al borde de la terraza y, nada más sentarnos, sentí un calor ascenderme por la nuca y un cosquilleo incómodo que me obligó a apartar la vista de él y morderme los labios.

—Deja de mirarme como si estuvieras a punto de decir algo de lo que te vas a arrepentir mañana —le advertí cruzándome de brazos.

Su sonrisa fue lenta y confiada.

—No me arrepiento de nada contigo, Carolina. Ni ahora ni mañana.

El estómago se me retorció.

—Gabriel, por favor.

Él no parpadeó.

—¿Qué?

Abrí la boca, aunque no encontré una respuesta rápida.

No estaba acostumbrada a ese tipo de palabras, los hombres no decían cosas como esas. No de verdad o sin esperar algo a cambio.

—En realidad, no tengo ni idea de qué se supone que significa eso.

Se inclinó un poco más hacia mí y un escalofrío me recorrió la columna vertebral.

—No te creo —se me acercó—, pero te lo aclararé: significa que, cuando hablaste en el coche sobre tu padre, sí me molestó.

Aunque no por lo que piensas. Me molestó porque sí hay algo entre nosotros.

Porque cuando estoy contigo todo lo demás desaparece.

Y quiero más de esto, más de ti. —Me agarró las manos por encima de la mesa y bajó la voz—.

Nunca había sentido algo así por una mujer, y quiero descubrir qué podemos ser juntos.

No quiero sonar pretencioso, pero sé que tú también lo sientes así, aunque te empeñes en ocultarlo.

Me quedé en silencio. El cerebro me iba a una velocidad vertiginosa; una parte de mí buscaba la manera de desmontar su argumento y poner distancia entre nosotros, mientras que la otra solo quería dar un salto al vacío.

Todo lo que fui capaz de hacer fue rezar para que, si me estrellaba, el golpe no fuera demasiado doloroso.

—¿Qué voy a hacer contigo, Gabriel?

Su mirada brilló con una chispa de esperanza.

Dios, era tan guapo que rozaba lo absurdo.

—Nada que no te apetezca, por supuesto. Pero quiero que sepas lo que siento por ti, no solo que lo intuyas.

Apreté los labios, sintiéndome absurda, insegura, aunque también valiente.

—No sé si esto va a funcionar.

—¿De qué tienes miedo? ¿Por qué no te relajas y dejas que ocurra lo que tenga que ocurrir?

—No es eso, es que casi no nos conocemos.

—Eso tiene fácil solución.

—Pues no me parece tan fácil —rebatí.

—Tú le ves el lado negativo, pero yo solo le encuentro ventajas a ese detalle —alegó—. Así es más interesante.

Fruncí el ceño.

—Más interesante —repetí incrédula.

—Claro, cada día puede ser una sorpresa.

No supe si envidiar la facilidad con la que lo veía o si echarme a reír por su desvarío. ¿Desde cuándo era interesante intimar con alguien de quien sabías poco o nada y correr el riesgo de perder el tiempo?

Me apretó la mano, y yo solté un suspiro. Desvié la vista hacia la noche y valoré durante unos segundos todas las razones lógicas por las que lo nuestro no tenía sentido. No obstante, una desafiaba a todas las demás: quería saber qué se sentía al dejar de luchar contra lo inevitable.

Así que, con un nudo en la garganta y el estómago del revés, giré de nuevo la cara y lo miré de frente.

—Vale.

Él ladeó la cabeza y frunció el ceño.

—¿Vale?

—Sí. Vamos a ver qué pasa —admití desoyendo todas las alarmas que pitaban como locas en mi cerebro—. Pero sin promesas ni expectativas.

Lo sé, no ganaría un premio por la mejor declaración, pero a él no pareció importarle. De hecho, su sonrisa se ensanchó y me sostuvo la mirada con una seguridad que yo misma no sentía.

—Podré vivir con eso —afirmó—. Tú no me sueltes de la mano y todo irá bien.

—Ya… A saber de dónde sacas tanta seguridad, Santana.

—Tengo el título de patrón de barcos, Remo. Sé cómo mantenernos a flote, aunque haya tormenta.

Me removí en la silla.

—Eres imposible.

—Y tú, una cabezota —respondió sin perder la sonrisa—. Pero ya lo iremos solucionando.

Cuando nos besamos, supe que acababa de dar un paso para el que no sabía si estaba preparada. También que estaba a punto de complicarme la vida con él de maneras que ni me imaginaba y que, después de Gabriel Santana, yo no volvería a ser igual.