Manual de primeros auxilios para corazones testarudos (Costa Serena 6) 28 – Paraíso
70%

28 – Paraíso

Amor: esa certeza absurda de que, aunque se acabe, seguirías eligiéndola.

GAbrIEL

Carolina estaba rara; desde que puse en marcha el coche, no había despegado la mirada de la ventanilla, como si la carretera le pareciera de repente lo más interesante del mundo.

Algo le rondaba la cabeza, así que decidí no presionarla.

Me obligué a ignorar el molesto nudo que sentía en el estómago y opté por un tema de conversación fácil y seguro.

—¿Cómo está Bruno? —le pregunté, más para romper el silencio que por desconocimiento. Llevaba semanas revisándolo en la consulta.

Resopló antes de girar la cabeza hacia mí.

—Mejor. Sigue con los dolores de cabeza esporádicos, pero nada preocupante.

Asentí. Las molestias residuales eran normales.

—Me alegro —le dije sincero.

—Ya ha vuelto a su piso —añadió—. Se empeñó en que no quería estar más tiempo en casa de mis padres, a pesar de saber que su mujer sigue necesitando algo de ayuda con los niños, porque él aún no debe hacer esfuerzos.

—La cabezonería va en los genes —bromeé.

Vi cómo se encogía de hombros por el rabillo del ojo.

—La versión oficial es que necesitaba recuperar su independencia. —Hizo una pausa y dejó escapar una risa contenida—. La extraoficial, que, como le has dado permiso, quiere poder tener sexo con su mujer de nuevo, sobre todo ahora que los niños van a volver al colegio.

Solté una carcajada.

—Tiene que ser complicado tener intimidad con tantos hijos —deduje.

—No tienes ni idea —murmuró con un tono algo más ligero—. Por cierto, mi padre me preguntó por ti.

Fruncí el ceño y le eché otro rápido vistazo.

—¿Y eso?

—Corre el rumor de que la caída de la semana pasada no la causó su repentina torpeza.

—Nos vio besándonos —concluí.

—Lo peor no es eso, es que él ya se ha montado su propia película y ha dado por hecho que tenemos una relación. Mi hermana Zahara me ha contado que hasta quería comprar una hucha para nuestros futuros hijos, tal y como ha hecho con todos mis sobrinos.

Parpadeé y alcé las cejas, procesando la información.

No supe qué me dolió más, si el tono con el que lo había dicho o el hecho de que no considerase lo nuestro como una relación.

Forcé una sonrisa.

—Es un hombre previsor.

Ella no añadió nada más. Yo tampoco.

Sin embargo, no paré de darle vueltas en lo que quedó de trayecto, porque, por mucho que intentara racionalizarlo, la verdad era que me jodía.

«Dice que no quiere nada serio, pero le encanta dormir pegada a mí.

Que no busca complicaciones, aunque su mirada cuenta otra historia cuando cree que no la veo.

Que esto es pasajero, pero todo en ella grita lo contrario.

¿Y ahora me suelta, con burla, que su padre ha dado por hecho que somos pareja, como si fuera una idea absurda? ».

Inspiré hondo y solté el aire lentamente.

No. No iba a pensarlo más.

Se trataba de Carolina, la mujer más determinada y orgullosa que había conocido en mi vida. Si esperaba que de la nada aceptara lo que pasaba entre nosotros, no la conocía tan bien como pensaba.

El problema era que sí lo hacía.

Por eso, en lugar de discutir con ella, encendí la radio y dejé que la música llenara el coche. Era mejor así.

Llegamos al hotel con el tiempo justo antes del cóctel de bienvenida, lo que significaba que teníamos poco margen para distracciones.

Tampoco era como si alguno de los dos estuviera por la labor…

Mientras esperábamos en recepción, Carolina se disculpó y se dio la vuelta.

La escuché hablar con su madre un momento después.

Yo, al no tener necesidad de avisar a nadie, fui quien se encargó de recoger las llaves de ambos.

Coloqué una mano en su espalda, ella hizo un gesto de disculpa y, con una sonrisa, la apremié a caminar hacia el ascensor.

—Perdona —me dijo en cuanto colgó—. Ha habido drama infantil. Uno de mis sobrinos se ha roto un diente jugando en la piscina.

—¿Está bien?

—Sí, mis padres ya están curtidos después de tantos hijos y… —Se detuvo, y yo alcé las cejas—. ¿Te molesta que hable de mi familia?

Negué.

—¿Por qué debería?

—No lo sé. En el coche me lo pareció.

Suspiré y agarré ambas maletas cuando el ascensor llegó a nuestra planta. Salimos juntos y caminó a mi lado.

—No, Carolina. No me molesta, de verdad. Y lo del coche, si te parece bien, lo hablamos luego —me excusé sin querer demorarme mucho en explicaciones.

Aparte de ir cortos de tiempo, necesitaba calmarme y poner en orden mi cabeza.

—De acuerdo.

—Me ducho y vengo a por ti, preciosa.

Dejé la maleta frente a su puerta, contigua a la mía, y le guiñé un ojo antes de entrar en mi habitación.

Solté el equipaje a los pies de mi cama con un suspiro y me pasé la mano por la nuca, en un intento de aliviar la tensión que me había acompañado desde que nos montamos en el coche.

Lo que le había dicho era real. No me molestaba que hablara de su familia. De hecho, me gustaba la forma en la que sonreía al mencionar a sus sobrinos o cuando describía la locura que se vivía en su casa.

Me fascinaba cómo, pese a ser una mujer independiente y autosuficiente, su gente siguiera siendo su centro.

Me froté la cara con ambas manos y solté un bufido antes de quitarme la ropa.

El agua templada golpeó mis hombros y dejé caer la cabeza hacia atrás en un intento por relajarme. Sin embargo, la tregua duró exactamente cinco segundos, pues mi cerebro decidió que era el momento perfecto para traerme la imagen de Carolina en su propia ducha.

Desnuda. Mojada. Con el vapor cubriéndole la piel y las gotas resbalando por cada curva perfecta.

—Joder… —mascullé entre dientes y apoyé la frente en la pared.

Mientras me enjabonaba, me lamenté por no haberme encerrado en su habitación. Porque si lo hubiese hecho no estaría a punto de perder la puta cabeza con solo pensar en ella. En su boca, en sus piernas enredadas en mi cintura. En el sonido de su respiración entrecortada al llegar al orgasmo…

Apagué el agua de golpe y salí de la ducha antes de que la situación fuera a mayores.

No tenía tiempo para perderme en fantasías.

Me pasé la toalla por el pelo mientras abría la maleta y sacaba la ropa que había elegido para esa noche: un pantalón beige de lino y una camisa azul remangada hasta los antebrazos. Algo arreglado para el evento y fresco para una noche de principios de septiembre.

Me abotoné con calma, como si ese simple gesto pudiera terminar de organizar el caos de pensamientos que tenía en la cabeza.

Eché un último vistazo al espejo y me di por satisfecho.

Si me quedaba un segundo más en aquella habitación, con la única compañía de mi mente, me iba a volver loco, así que salí y llamé a la puerta de Carolina.

—¡Voy! —Escuché desde dentro.

Un momento después, abrió una pequeña rendija. Muy pequeña.

—Saca la patita por debajo de la puerta —dije divertido.

Me llegó con claridad su bufido de exasperación.

—Estoy casi lista —se excusó y abrió un poco más, escudándose tras la madera.

Cuando entré, lo primero que pude advertir fue el olor de su colonia. Lo segundo, que, efectivamente, estaba «casi» lista.

—Joder, Carolina… ¿Te has propuesto matarme? —mascullé recorriéndola de arriba abajo.

Llevaba sandalias de tacón fino, ropa interior oscura con la cantidad justa de encaje y unos cuantos accesorios: un reloj discreto, una pulsera dorada y unos pendientes pequeños y elegantes que quedaban a la vista gracias a su habitual coleta alta.

No necesitaba más para estar arrebatadora.

—No quería manchar el vestido con el maquillaje —se excusó y comenzó a caminar con naturalidad hacia el tocador—. Termino en un momento.

Me quedé quieto durante tres agónicos segundos. Después, sin poder resistirme a la tentación, me acerqué despacio y me coloqué detrás.

Le acaricié la cintura con los dedos y llevé los labios a su cuello, rozándolo apenas.

—Qué bien hueles…

—Gabriel, vamos a llegar tarde —me amonestó con la voz entrecortada.

Deslicé la boca hasta su oreja.

—Solo como recordatorio: no tengo intención de volver a mi habitación esta noche.

Suspiró y se echó hacia atrás, hasta apoyarse en mi torso. Moví la mano desde su cintura hasta el abdomen y sentí cómo se tensaba de anticipación.

—No empieces nada que no puedas terminar —murmuró.

Pero la advertencia perdió toda su fuerza cuando empujó el trasero contra mí, lo que me hizo soltar un gruñido bajo. A esas alturas, Carolina era perfectamente consciente de mi excitación y la intensificó con un lento vaivén de caderas.

—Podría decirte lo mismo.

Bajé la mano y rocé el borde de su ropa interior. Antes de poder avanzar, ella se giró entre mis brazos y me miró con una sonrisa devastadora.

—Soy perfectamente consciente de cuáles son las reglas.

—Ah, ¿sí? —Quise besar esos labios gruesos, pero ella me retuvo apoyándome una mano en el pecho y sonrió un segundo antes de comenzar a descender—. ¿Qué…? Carolina, por Dios… No, no me hagas esto, preciosa…

Miré hacia abajo para ver cómo sus dedos desabrochaban mi cinturón con demasiada destreza. Joder. Había soñado con aquello tantas noches que casi me costaba creer que estuviera pasando.

Carolina. De rodillas. Entre mis piernas. Con esa mirada de puro pecado mientras me llevaba directo al cielo con su boca.

El problema era que no quería que ocurriera el día que menos tiempo teníamos.

—Eres toda una contradicción, Santana —susurró cuando mi erección saltó ante ella, libre y feliz. Me miró durante un momento antes de agarrarla y acercarse a ella, lenta. Demasiado lenta. Su aliento me hizo cosquillas al hablar—. Me pides que no lo haga, pero a la vez parece que te mueres de ganas.

—Me muero de ganas —confirmé con voz ronca—. Pero no tenemos tiempo para…

—Cállate y disfruta —me interrumpió.

Acto seguido, me devoró.

Cerré los ojos. Y lo siguiente que recuerdo es que entré en el jodido paraíso, con trompetas incluidas y un coro de ángeles que me daba la bienvenida. Ángeles con su misma cara y cuerpo y con esa perfecta boca hecha de la mismísima esencia de los pecados.