Manual de primeros auxilios para corazones testarudos (Costa Serena 6) 27 – Coche
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27 – Coche

Consejo número trece para la vida adulta: si juegas con fuego, no llores cuando te quemes.

CAROLINA

Si lo que empezaba a sentir por Gabriel no acababa conmigo, lo haría el papeleo.

Llevaba más de dos horas revisando historiales y cuadrando quirófanos. No, no era la parte más emocionante de mi trabajo, pero no me quedaba otra.

Estampé mi firma al final del informe quirúrgico y lo dejé a un lado.

—Venga, ya solo queda uno —me di ánimos y, mientras resoplaba, agarré la última carpeta.

Entonces, llamaron a la puerta.

—Adelante.

La sonrisa me salió sola cuando Gabriel asomó la cabeza.

—Buenas tardes, doctora Remo —me saludó con una expresión muy parecida a la mía.

Parecíamos dos tontos de remate, así que me aclaré la voz.

—Pasa, dame un par de minutos para acabar con esto y nos vamos.

—Claro.

Entró del todo, cerró tras de sí e invadió mi consulta sin hacer demasiado ruido. Me centré de nuevo en los documentos y en la información de la pantalla, necesitaba concentrarme para poder…

—Gabriel —le amonesté al notar un leve cosquilleo en el cuello.

Antes de poder girarme, él sopló una vez más sobre la zona y sentí cómo se me erizaba la piel en el punto exacto donde él posó los labios.

—Este color… —murmuró contra mi piel y su aliento me provocó un escalofrío—. No sé si me gusta más porque resalta demasiado bien lo que ya me tiene obsesionado o porque me provoca unas ganas terribles de desnudarte.

Cerré los ojos y me obligué a respirar. Tuve que hacer un gran trabajo neuronal para recordar cómo iba vestida bajo la bata.

Azul cobalto.

Esa mañana me puse una blusa que me había regalado mi madre meses atrás. Según ella, hacía que mis ojos y mi pelo destacaran más. Lo que no mencionó fue que, al parecer, también despertaría la tentación de Gabriel.

—Santana… —le llamé de nuevo la atención.

—Remo… —me imitó con tono burlón y depositó un nuevo beso en mi cuello.

Di la tarea que tenía entre manos por imposible, así que me giré en la silla y quedamos demasiado cerca.

A menos de un suspiro de distancia.

—Te encanta jugar con fuego y te da igual que yo lleve una lata de gasolina en cada mano, ¿verdad?

Soltó un gruñido, un sonido bajo y peligroso, justo antes de que la chispa entre nosotros prendiera.

Me agarró la cara entre las manos y me besó.

Con hambre. Con rabia contenida. Con la certeza de que, hiciera lo que hiciese, aquello ya no se podía parar.

Atrapó mi boca con una urgencia que me robó la respiración. Gabriel besaba como si el tiempo no existiera, como si el mundo se redujera a nosotros dos y a esa extraña condena en la que me estaba metiendo yo solita.

Regresó la explosión de deseo acumulado que no hacía más que crecer cada vez que nos devorábamos. No nos bastábamos. No nos saciábamos. Solo nos habíamos vuelto más adictos. Más hambrientos.

Y lo peor de todo es que ya me daba igual.

La Carolina racional, la que analizaba cada paso, estaba muerta y enterrada. Solo quedaba la que se rendía a lo inevitable.

A él.

Nada de aquello tenía sentido, pero mi sentido común había dejado de intentar buscarlo y había mandado a la mierda la cordura y la practicidad.

Su lengua rozó la mía con un descaro que me contrajo el vientre. Un calor vertiginoso me recorrió el estómago y se instaló peligrosamente más abajo. Me puse en pie sin romper el contacto, y la presión de su cuerpo contra el mío volatilizó cualquier duda sobre lo que ambos necesitábamos.

Solo éramos él, yo, su boca y nuestras ganas.

Por un momento me olvidé de todo. De la consulta. Del hospital. De la ropa que teníamos puesta, que no era suficiente barrera para contener el incendio que Gabriel estaba provocando en mi cuerpo.

De la puerta sin seguro.

Hasta que alguien tocó con los nudillos y fue demasiado tarde para retroceder.

—Perdón. No quería… —fueron las palabras de Borja Sánchez, nuestro compañero de sección.

Se giró con la intención de salir, pero lo llamé antes de que la situación se volviera más complicada.

—Espero que esto no alimente rumores absurdos.

Él asintió, aún alucinado.

—Tranquila. Yo no he estado aquí.

Desapareció de la consulta tan rápido como había llegado y me giré hacia Gabriel.

Ambos sabíamos que, si no nos hubieran interrumpido, lo habría empujado contra la camilla.

—Cómo me gusta que nos pongas a todos en nuestro sitio sin pestañear —me dijo con una sonrisa torcida.

—Y, si no te apartas, también te pondré a ti en el tuyo —le advertí, aunque mi tono me delató y tuve que frenar su avance poniéndole las manos en el pecho—. Hablo en serio, Gabriel. Tengo que acabar el papeleo antes de irnos.

Me robó otro beso.

—Voy abajo a por un par de cafés. Te espero allí, preciosa.

Inspiré hondo al quedarme sola y la voz de mi madre me volvió a la cabeza: «No todo tiene que estar planeado, cariño. Ni tener un propósito. A veces solo hay que dejarse llevar».

Habíamos hablado la noche anterior en su cocina, después de que mi padre —con esa manera sutil que no lo caracterizaba— me preguntara si todo iba bien con Gabriel.

Sí, me había visto besándonos y de ahí su tropiezo.

Yo no supe qué responderle, y mi madre esperó a que estuviésemos a solas para abordar el tema. Se lo conté todo: mis dudas, los rumores, cómo me sentía cuando estaba con él, lo mucho que disfrutaba… y lo mucho que me aterraba al mismo tiempo.

Porque sí, en el fondo todo se reducía a eso, al miedo.

Miedo de estar metiendo la pata, de estar apostando por alguien equivocado o de descubrir demasiado tarde que todo lo que sentía no se sustentaba en algo real.

«Carolina, siempre te has esforzado por ser la mejor, la más responsable, la más brillante… Y estamos orgullosos de ti, que conste, pero no queremos que seas infeliz por miedo a fallar. Experimenta, cariño. Equivócate cien veces, pero no te prives de vivir la experiencia tan bonita que es la vida».

Mi madre me conocía demasiado bien.

Ella sabía que una parte de mí no podía dejar de analizar cada paso, de anticiparse a lo que podía salir mal, de preparar una salida antes de que fuera necesaria.

Y, en el fondo, tenía razón.

La vida no siempre estaba calculada a la perfección ni tenía un plan de contingencia. Y yo debía darme permiso a mí misma para no pensar tanto y actuar más.

Sacudí la cabeza y me di prisa por acabar.

Cuando terminé, dejé la bata colgada en la percha y cerré el despacho.

—¡Carol! —me saludó una de las enfermeras.

Me acerqué a la mesa en la que Gabriel, aún de pie, charlaba con ella y otras compañeras.

—Buenas tardes —les dije.

—Qué calladito te lo tenías, ¿no? —soltó Lola ladeando la cabeza con una sonrisa de complicidad que me supo forzada.

Mi cuerpo se tensó de inmediato y, alarmada, dirigí los ojos hacia Gabriel.

—Ha sido una decisión de último minuto. Teníamos a Manuel histérico por no saber si iríamos al congreso o no —explicó él con total naturalidad—. Al final he podido escaparme.

—Y yo. También tenía otro compromiso —añadí escueta.

Gabriel se giró hacia mí y me sonrió.

—¿Lista, Remo?

—Lista.

Me despedí de ellas de forma breve. No tenía ganas de prolongar la conversación, aunque no me pasó desapercibida la mirada que me lanzó Lola.

Entendí bien su gesto. Demasiado bien.

No era solo curiosidad o duda, era una advertencia que, para mi desgracia, resonó dentro de mí como un eco molesto y perturbador.

Y es que esa vocecita seguía ahí, recordándome que Gabriel tenía capas que no había dejado a la vista, cosas que me ocultaba, y que, tal vez, estaba metiéndome en terreno peligroso.

Me humedecí los labios y me obligué a ignorarla. Lo más inteligente sería no darle más vueltas. No, al menos, en ese momento. Tendría una conversación con ella cuando volviésemos del viaje, porque no me apetecía que proyectase sus paranoias en mí. Bastante tenía ya con las mías.

Y no es que no quisiera prestarle atención. Era consciente de que no conocía a Gabriel en realidad, lo poco que sabía de él era a base de retazos, de momentos entre quirófanos y de un par de noches que, por mucho que me gustaran, no bastaban para fiarme del todo.

Aun así, ahí estaba, dándole una oportunidad porque quería intentarlo y ver hasta dónde nos llevaba todo eso. Y para eso necesitaba dejar de analizar cada mínimo detalle como si estuviera buscando la excusa perfecta para salir corriendo.

Suspiré y aparté el pensamiento.

No pensaba pasarme los doscientos kilómetros que nos separaban de Granada dándole vueltas a la cabeza.

Gabriel y yo mantuvimos las distancias hasta llegar a su coche.

—¿En cuál quieres ir? —me preguntó, al desbloquear el mío, a su lado, para coger el equipaje del maletero.

—En el tuyo —resolví—. Tiene tracción integral y es más rápido.

Gabriel me miró alucinado.

—¿También entiendes de coches?

Alcé una ceja.

—Pues sí.

—Si no te hubiera visto desnuda unas cuantas veces te habría preguntado si en realidad no te llamas Rodrigo.

Eché la cabeza hacia atrás y compuse un gesto de repulsa.

—El machismo de ese comentario es espeluznante —lo amonesté.

—Perdón —se disculpó con las manos en alto—. Llevas razón, ha sido de mal gusto. En mi defensa diré que no me lo esperaba y he dicho la primera idiotez que se me ha pasado por la cabeza.

Lo dejé pasar y guardé mi equipaje en su maletero.

El interior del coche olía a él. A cuero, café y a algo que me ponía los nervios a flor de piel, en el buen sentido. Cuando me incliné para abrocharme el cinturón, nuestros brazos se rozaron y el simple contacto me hizo contener el aliento.

«Nueva fantasía desbloqueada: tener sexo en su Audi S5».

Gabriel me observó con un brillo intenso en los ojos, como si fuera capaz de leerme la mente, y me regaló esa sonrisa de medio lado que me hacía perder cualquier rastro de dignidad.

—¿Intentas chantajearme y comprar mi perdón con esa cara? —le pregunté haciéndome la dura.

—¿Funciona?

Por supuesto que funcionaba. Ambos lo sabíamos, pero no se lo dije.

—Hay muchas cosas que aún no sabes de mí, Santana.

—Espero descubrirlas todas.

Tuve que hacer un esfuerzo para no abalanzarme sobre él ante el sonido gutural que emitió.

«¿Qué demonios te pasa, Carolina?, ¿estás ovulando o te has vuelto completamente imbécil?», me pregunté.

—Inténtalo. Aunque no sé si, a tu edad, serás capaz de seguirme el ritmo.

Gabriel soltó el volante con una sonrisa entre divertida y peligrosa, y yo sentí que acababa de firmar mi propia sentencia de muerte.

Gracias a mi comentario tardamos unos cuantos minutos más de los previstos en salir del garaje. La situación no pasó a mayores porque él tuvo la suficiente cabeza para evitar que nos detuviesen por escándalo público.

Sí, definitivamente me había vuelto imbécil.

«Eso es el amor…».

«Cállate», me amonesté y lo miré de reojo.

—Arranca, por favor —le pedí y me moví tratando de encontrar una nueva postura en un asiento que, de pronto, me resultó más incómodo.