26 – Decisiones
Elección: quedarte cuando lo difícil no es amar, sino dejar que te amen.
GAbrIEL
—¿Estoy aprobada en tu examen de neuroanatomía o necesitas más tiempo para evaluarme?
La voz de Carolina me sacó del trance en el que había caído mientras la observaba remover el café.
No la estaba mirando. La estaba devorando con los ojos, con un hambre que no tenía nada que ver con el desayuno que me acababan de servir.
Era absolutamente preciosa, pero no de una manera cursi y adorable. No, lo de Carolina era otra cosa.
Era algo afilado, punzante. Destructivo.
Intenso y obnubilante como el sol, del que no puedes apartar la vista, aunque sepas que vas a terminar achicharrándote la retina.
—Solo intento recordar bien tus rasgos por si se te va la cabeza en el hospital y me toca describirte para el retrato robot —bromeé con media sonrisa y me apoyé en el respaldo de la silla.
Ella elevó una ceja con ese brillo en la mirada que tanto me gustaba.
—Pues te lo pondré fácil: pelo rubio, ojos azules y poca paciencia con los neurocirujanos graciosillos y algo psicópatas. ¿Te vale?
Solté una carcajada.
Me valía.
Me valía para mil vidas.
—Lo de graciosillo no te lo voy a rebatir y admito que lo de psicópata me ha calado hondo.
—Vaya, qué fácil de impresionar eres.
Elevó una ceja y curvó los labios en una sonrisa que hizo que el desayuno que me acababan de servir pasara a un segundo plano.
—No te creas. —Incliné la cabeza hacia un lado, estudiándola—. Tengo estándares bastante altos.
Carolina soltó una carcajada breve y analizó su tostada con aire distraído.
—No me digas.
Le agarré la mano con la que jugueteaba con las servilletas y el papel crujió entre nuestros dedos.
—Tal y como lo oyes. —Suavemente, deslicé el pulgar por la parte interior de su muñeca—. Por ejemplo: no me impresiona cualquiera.
—¿Y qué se supone que tiene de especial la persona que sí lo consigue?
No era tan indiferente como aparentaba. Se notaba en la forma en la que entornó los ojos, en la ligera inclinación de su cuerpo hacia el mío o en la manera en la que se humedeció los labios con la lengua.
—Buena pregunta —murmuré—. Creo que… —Recorrí su cara con la mirada, recreándome en sus ojos azules, sus pómulos marcados y esos labios llenos que tenían la capacidad de volverme loco—. Para empezar, tiene que ser alguien que no solo despierte mi curiosidad, sino que me obligue a perder el control.
Carolina dejó la taza sobre la mesa con un gesto pausado.
—¿Y ya has encontrado a alguien que cumpla con ese requisito?
—¿Tú qué crees?
Me observó y tuve la impresión de que estaba decidiendo si seguirme el juego o salirse por la tangente. Finalmente, se inclinó un poco más hacia mí y me susurró:
—Creo que eres un problema.
—¿Y tú qué eres, entonces?
—Una mala decisión.
Sonreí, porque si algo tenía claro era que no me importaba cuán mala fuera, ya que iba a seguir tomando el mismo camino.
—No estoy de acuerdo. Eres cualquier cosa menos eso. Eres… —Me detuve un segundo, buscando las palabras adecuadas—. Eres inteligente, brillante, adictiva… Eres un puñetero imán para mí, Carolina, y el mejor reto que he encontrado en años.
Carolina dejó escapar una breve risa por la nariz, se deshizo de mi agarre y se recostó en la silla con fingida indiferencia.
—Es aquí donde debería sentirme halagada, ¿verdad?
Sonreí. No me asustaba que me lo pusiera difícil, sus ojos no mentían.
—Depende. ¿Te gusta que te digan la verdad?
Entrecerró los ojos, evaluándome.
—Depende. ¿Vas a dejar de psicoanalizarme y centrarte en el desayuno? —me retó.
—Puede, pero ¿y si en vez de comerme con la mirada me besas?
Su sonrisa se amplió y, en un movimiento calculado, se inclinó hacia mí.
—Tienes un serio problema, Santana.
—Lo sé —admití a escasos centímetros de su boca—. Y no quiero solución.
El beso lo comencé yo y fue lento, cargado de todo lo que no nos dijimos en voz alta.
Por un instante, todo desapareció. Hasta la llamada de antes e incluso la jodida sensación de que mi pasado siempre encontraba la forma de alcanzarme.
Allí solo existía ella y la forma en la que su lengua se movía junto a la mía.
Subí la mano hasta su mejilla. Noté su piel caliente bajo los dedos, y su delicioso sabor, mezclado con el café, me nubló la cabeza.
No quería soltarla.
No podía permitir que ese momento terminara. Y me daba igual estar en una cafetería con medio pueblo de público.
La necesitaba. A toda ella.
Sin embargo, la realidad nos golpeó en forma de un enorme estruendo metálico a nuestro lado.
Nos giramos al unísono.
—¡Papá! —exclamó Carolina separándose de mí y asistiendo a Fede, que se levantaba del suelo y carraspeaba mientras se sacudía el polvo del pantalón corto, como si no hubiera derrumbado dos sillas a su paso—. ¿Qué haces aquí?
—Hacemos —la corrigió su hermana mayor, Alana, llegando al trote con gesto preocupado. Tras ella iba su pareja—. Papá, menudo porrazo…
—Buenos días —dije a todos en general cuando me cercioré de que el hombre se mantenía estable—. ¿Estás bien?
—Sí. —Sonrió para restarle importancia—. Me he tropezado. Parece que empiezo a estar mayor y torpe…
Fede no era ni una cosa ni la otra. No sabía su edad exacta, pero tenía claro que rondaba los cincuenta y tantos.
Y, viéndolo ahí, con esa complexión fuerte y el aire de alguien que aún podía meterle un derechazo a cualquiera si se lo proponía, estaba seguro de que su torpeza no había tenido nada que ver con la edad.
—Lástima no haberlo grabado.
—Cállate, Müller —masculló Fede y miró a Carolina fingiendo normalidad—. ¿Qué tal, cariño? Comiendo algo, ¿no?
Fede carraspeó al darse cuenta de lo que acababa de preguntar y dónde tenía su hija la boca un momento antes y me miró de reojo.
Permanecí estoico, pese a que tuve que morderme los labios para no sonreír cuando vi la expresión de Hans y la incomodidad de Carolina.
—Sí, desayunando —contestó escueta.
—Bueno… Nos vamos, que se hace tarde —dijo incómodo.
—Eso. No vaya a ser que se os enfríe la comida —añadió Alana divertida—. Adiós, chicos. Vamos, papá, y ten cuidado con el resto de las sillas.
—Vamos a tener tema para rato —se quejó el cabeza de familia.
— Mädchen [3] , ¿cómo ves que le regalemos un bastón bien robusto por el próximo cumpleaños?
—Menos cachondeito, Müller —le advirtió.
Antes de girarse, y comenzar a correr, me lanzó una última mirada. No era de odio, aunque tampoco de bendición. Más bien era la de un padre que aún está valorando si el tipo que acababa de desayunarse a su hija era digno o no.
—Que aproveche, chicos.
El cuñado de mi doctora favorita nos dedicó una última sonrisa y trotó tras ellos.
Cuando nos quedamos solos, Carolina se pasó la mano por el pelo y evitó mi mirada.
—Lo siento.
La agarré de la cintura, la atraje hacia mí y le di un suave apretón. Me importó poco seguir siendo el foco de atención de la terraza.
—¿Por qué? De lo único que se te puede acusar hoy es de provocar que un neurocirujano ande lento de reflejos y pierda puntos con su futuro suegro.
—No te pases…
Curvé los labios, divertido.
—¿Sabes? —Me acerqué a su oído y bajé la voz—. No hay cosa que desee más en el mundo que pasar el fin de semana que viene contigo, perdidos en Granada.
—Al menos allí no me sentiré como una adolescente pillada en plena faena.
Mis neuronas tardaron un momento en registrar sus palabras. En cuanto lo hicieron, me separé unos centímetros de ella y la miré con atención.
—¿Eso es un sí? —Ensanché la sonrisa—. ¿Iremos juntos?
—Qué remedio me queda… A pesado no te gana nadie, Santana.
Joder, ¡sí!
Me la quedé mirando mientras trataba de procesarlo. No me podía creer que no hubiese salido huyendo. Me había costado, pero lo había conseguido, y no podía esperar para llevarla lejos de todo, únicamente conmigo.
Vale, también con un puñado de colegas de profesión, pero ese detalle era insignificante porque tendría a Carolina para mí durante un fin de semana entero.
—Solo para que quede claro —comencé y le deslicé los dedos por la espalda—, no pienso deshacer la cama de mi habitación.
Compartimos una sonrisa antes de besarnos de nuevo.
Carolina me aferró la camiseta con una mano cuando el contacto se hizo más profundo, y la mía descendió hasta su cadera para acercarla un poco más.
No me apetecía separarme de ella. No quería que se fuera de mi lado. Y, aunque no sabía qué ocurriría en ese viaje, sí sabía una cosa: si tenía que apostarlo todo y hacer que Carolina quisiera quedarse, iba a hacerlo.
El único detalle que no tuve en cuenta fue que los planes no siempre salen como uno espera.