25 – Pollo
Consejo número doce para la vida adulta: los domingos no son días para tomar decisiones importantes.
CAROLINA
—¡No! —solté en voz alta sin poder contenerme—. Pero ¿qué haces?
Gabriel tropezó con su propio pie y perdió el balón de la manera más ridícula posible.
Lo peor de todo era que no se trataba solo de él. Todo el equipo, un grupo de treintañeros que Gabriel me había presentado al llegar, era un popurrí de buenas intenciones y ejecuciones desastrosas.
Le ponían ganas, sin embargo, les faltaba talento y coordinación.
Lucas, el delantero, corría como una gacela, pero definía peor que un niño de cinco años chutando con los zapatos de su padre.
Fernando, el defensa, era un muro humano en todos los sentidos: lento y pesado, aunque al menos intimidaba a los contrarios.
Dani no sabía cuándo presionar ni cuándo contenerse, y su manera de moverse era un atentado contra cualquier estrategia básica.
El único que podía salvarse era Paco, el capitán y pareja de la chica que tenía sentada al lado en las gradas; era rápido, tenía buena visión de juego y los dirigía a todos con más paciencia que un santo.
Observé a Gabriel, que intentaba recuperar la dignidad trotando hacia su posición como si nada hubiera pasado.
Bufé incrédula. Con esa pinta de tipo seguro de sí mismo, la merecida fama de cirujano brillante y ese encanto natural con los pacientes, ¿quién hubiera dicho que en el fútbol era un absoluto y total despropósito?
Me habría provocado ternura si no fuera porque estaba sufriendo de vergüenza ajena.
—No te alteres —me dijo Espe, la novia del capitán, mientras le daba el pecho a su bebé—. Juegan fatal y siempre pierden.
Me volví a sentar con un resoplido y le sonreí.
—No sé cuál es peor.
Nos miramos y, al unísono, soltamos:
—Gabriel.
Ambas nos echamos a reír.
—Al menos es guapo —alegó ella.
—Ahí te doy toda la razón.
El silbato sonó, interrumpiendo la conversación y marcando el final del primer tiempo.
En cuestión de segundos, los jugadores comenzaron a acercarse a la banda, arrastrando los pies, con la respiración entrecortada y la cara congestionada.
Mis ojos fueron directos a Gabriel. Tenía la camiseta pegada al cuerpo como una segunda piel, el pelo revuelto y las manos en las caderas. Y, aun así, estaba espectacular. Se pasó una mano por la nuca y sacudió la cabeza para apartarse el flequillo mojado de la frente.
Si ignoraba el pequeño detalle de que jugaba como un pato mareado, la imagen resultaba bastante atractiva.
Cuando llegó a la parte baja de la grada, me dedicó su sonrisa estrella.
—No me mires así, doctora.
Me acerqué a él y me apoyé en la barra horizontal que delimitaba el campo.
—¿Te refieres a como si me hubiese arrepentido de venir? —le pregunté mientras arqueaba una ceja.
—Lo mejor está por llegar, ya verás. Remontaremos.
Solté una carcajada.
—Vais perdiendo por diecisiete, y todavía no sé qué milagro os ha hecho marcar dos veces.
Él entrecerró los ojos y me escrutó con fingida indignación.
—No seas cruel y ten un poco de fe, mujer.
—Si hubieses estado en una película de acción, serías el extra que muere en los primeros cinco minutos —solté con saña—. Tendrías que hacerle una ofrenda a la mismísima Virgen de Lourdes para poder remontar, Santana.
—Yo creo que necesita un buen incentivo —intervino Lucas por detrás con una sonrisa pícara—. Estoy seguro de que si Gaby recibe un beso de cierta chica guapa que lleva su gorra favorita dejará de mandar el balón a Cantabria.
Gabriel puso los ojos en blanco y negó.
—No le hagas ca…
Los silbidos y exclamaciones explotaron a nuestro alrededor cuando lo agarré de la camiseta, decidida, y lo besé sin reservas.
Nunca había sido de rechazar un reto, consecuencia de haber crecido siendo la tercera de ocho hermanos; la palabra «competir» estaba tallada en mi ADN y, si encima el premio era saborear la increíble boca de Gabriel, no había mucho que pensar.
Al separarme de él, me observó con una mezcla de sorpresa y fascinación.
—Si después de esto no marcas al menos un gol, me retiro de la medicina —murmuré lamiéndome los labios.
Sus ojos no se perdieron el movimiento y sonrió del mismo modo que lo había hecho la noche anterior, antes de hundirse por completo en mí.
—Presión añadida. Me encanta.
Antes de que pudiera responder, se inclinó de nuevo y me dio un beso rápido; después, se alejó al trote sin darme tiempo a reaccionar.
Un sonido de aprobación me hizo girar la cabeza.
—Os veo bien juntos —comentó Espe con una media sonrisa.
Fruncí el ceño y desvié la vista hacia el campo, donde Gabriel ya bromeaba con sus amigos como antes.
—No tenemos nada serio —repuse dándole un sorbo a mi botella de agua.
Ella asintió, aunque el sonido de su garganta me dijo que no se lo creía del todo.
—Es una pena, porque nunca había visto a Gabriel así.
Piqué el anzuelo.
—¿«Así»?
Se encogió de hombros y movió el carro donde dormía su hijo.
—Ya sabes, de la manera en que parece que le importas e incluso te besa delante de los demás sin pensar en cómo lo van a acribillar después.
—No será para tanto… —Traté de restarle importancia, aunque hasta para mí sonó poco convincente.
En realidad, quería preguntarle más cosas: si alguna vez había visto a Gabriel con otra mujer, si tenía una ex de la que no hablaba o si, por alguna razón que se me escapaba, le gustaba llevar a sus conquistas a que lo vieran hacer el ridículo como parte de una estrategia de seducción extrañamente efectiva.
Pero no lo hice.
—No los conoces —rebatió ella sacándome de mis pensamientos—. Siempre se están quejando de que es el que más éxito tiene con las mujeres cuando salen. Es un blanco fácil para ellos.
Forcé un gesto neutro, pues lo que decía Espe encajaba demasiado bien con lo que ya había escuchado antes sobre él. Y, aunque no quería admitirlo, eso solo me generaba más preguntas.
Gabriel no parecía el típico mujeriego al uso y tampoco había encontrado pruebas de ello en su piso, pero había algo en su actitud que no terminaba de cuadrarme del todo.
Aproveché que a Espe la llamaron por teléfono para poner distancia y despejarme.
Paseé por la zona trasera de los banquillos y respiré hondo. No tenía sentido que me afectara tanto. No quería nada serio con él.
«Entonces, ¿por qué demonios sientes ese pellizco al imaginarlo con otra y estás aquí tragándote este absurdo partido?».
Para cuando el árbitro pitó el final, ya había conseguido silenciar a la molesta voz de mi cabeza y había recuperado la compostura lo suficiente como para negar, divertida, al ver a Gabriel acercarse con una expresión compungida.
—Ha sido un verdadero placer trabajar contigo. El Altamar se vestirá de luto por tu pronta retirada —bromeó.
—Qué detalle… Oye, ¿nunca has pensado en otros métodos de entretenimiento? No sé, ¿el ajedrez, por ejemplo? Tengo un cuñado que podría enseñarte algunos buenos trucos.
—¿Estás insinuando algo sobre mi talento futbolístico?
—Lo has pillado a la primera.
Apretó los labios y entrecerró los ojos.
—Eres cruel.
—Soy realista —contraataqué—. Nunca había visto a nadie jugar así.
—Me lo tomaré como un halago. —Amplió la sonrisa y bebió un trago de agua—. Voy a darme una ducha rápida. No tardo.
Asentí y lo vi desaparecer en los vestuarios junto a los demás.
Me quedé unos minutos charlando con la novia de Paco, pero, tras su marcha y a medida que los demás jugadores fueron saliendo poco a poco, comencé a impacientarme.
—Gabriel necesita que entres —me informó Lucas, el último en salir.
Lo miré recelosa.
—¿Seguro?
—Palabras textuales.
Fruncí los labios al ver cómo se marchaba. Podría haberme largado de allí, haber fingido que no lo había escuchado y ahorrarme cualquier complicación.
Pero no lo hice.
Con el pulso acelerado, caminé hacia el vestuario. Lo primero que vi nada más entrar fue a Gabriel, de espaldas, con los vaqueros peligrosamente bajos en la cadera y sin camiseta.
—No me jodas… —soltó con tono tenso al teléfono—. Mira, haz lo que te dé la gana, como siempre, pero no cuentes conmigo. Ya te dije que no iba a mandarte más dinero para…
Se giró, me vio y se detuvo en seco.
—Perdón —susurré.
Hice el amago de darme la vuelta. Gabriel me detuvo con un gesto de la mano.
—Tengo que colgar. Ya hablaremos.
Lo hizo sin esperar respuesta y dejó caer el móvil sobre el banco antes de fijar la vista en mí. Tenía la mandíbula tensa y los ojos encendidos.
—¿Todo bien? —pregunté pese a que la respuesta era obvia.
Se pasó una mano por la cara en un intento de despejar el barullo de emociones que parecía haberse apoderado de él y suspiró.
—Ahora que estás aquí, sí.
Me apoyé en el quicio de la puerta, pues no me sentía cómoda acercándome más.
—Lucas me ha dicho que me llamabas. Como sospechaba, era mentira, ¿no?
El soltó una carcajada breve y sin humor.
—Son como unas viejas chismosas. —Se abrochó el botón del pantalón y se subió la cremallera ante mi atenta mirada—. Siento haber tardado más de la cuenta.
A pesar de que su tono parecía el de siempre, su mirada seguía cargada de algo más pesado que me hizo sentir rara.
—No importa —mentí. Se colocó una camiseta básica gris de manga corta y, sin poder contenerme más, solté—: ¿Puedo preguntarte algo?
Soné más tensa de lo que habría querido, pero la situación me tenía de los nervios. Necesitaba algunas respuestas y las necesitaba para ayer.
Él se detuvo y me observó con intensidad.
—Sí.
—¿Con quién hablabas?
Su mandíbula se tensó un poco más.
—Con nadie importante.
Mentira.
No sé qué me irritó más, si la respuesta o la facilidad con la que la soltó.
—Pues no es lo que parecía.
Gabriel suspiró, pero no dijo nada. Y eso me molestó aún más. No tenía por qué darme explicaciones, no era mi problema. Entonces, ¿por qué me escocía la opacidad con la que había zanjado el tema?
Me obligué a dejarlo pasar. No debía importarme su pasado ni su futuro, tan solo el presente, y en ese momento estaba allí, conmigo, ¿no?
Me llevé las manos a la cadera mientras él se terminaba de preparar.
—Te invito a desayunar —le dije en un alarde de estupidez.
Él me miró arqueando las cejas.
—¿En serio?
—Claro. Si yo estoy famélica, no me quiero imaginar cómo estarás tú después de haber corrido tras la pelota como pollo sin cabeza.
Se quedó un instante en silencio antes de asentir y un temblor en su sonrisa me obligó a tragar saliva.
—Pues acepto tu invitación y doblo la apuesta: como no has salido huyendo después de este despropósito de partido, tú invitas y yo pago. Es lo mínimo que puedo hacer para compensarte.
Asentí con exageración.
—Deberías estar satisfecho, el primer paso para superarlo es reconocer el problema.
Gabriel se acercó a mí con una lentitud estudiada y, con una media sonrisa, murmuró:
—Ahora mismo mi único problema son las ganas que tengo de levantarte el vestido y tumbarte en ese banco hasta hacerte gemir mi nombre.
Su mirada se oscureció al decirlo, y fui capaz de sentir el cambio en la energía entre nosotros.
El muy cabrón lo sabía. Sabía exactamente qué efecto tenían en mí esas palabras y lo estaba disfrutando.
Me humedecí los labios en espera de su siguiente movimiento, pero, en cuanto Gabriel bajó la vista hacia mi boca con una expresión canalla, supe que acababa de perder una batalla que ni siquiera recordaba haber empezado.
Inspiré hondo y me obligué a fingir indiferencia.
—Pues vete acostumbrando a tener problemas sin resolver, Santana. El desayuno no incluye extras.
Le di una palmadita en el pecho y me giré para salir de allí, sin embargo, él me agarró por la cintura y me pegó a su cuerpo en una décima de segundo.
—Eso ya lo veremos —murmuró a un centímetro de mi boca.
No me moví, no le di el gusto de dar el primer paso para saciar las ganas que me hervían en la unión entre los muslos.
Pero él tampoco… Así que, cuando se separó y, con los labios curvados, me tendió la mano, quise matarlo.
No lo hice. En su lugar, estiré la mía y me dejé guiar. Porque, aunque una parte de mí seguía dudando de él, de lo que había oído y de lo que callaba, otra parte mucho más impulsiva y peligrosa sabía que quería seguir descubriéndolo.
Era consciente de que estaba jugando con fuego y, por alguna razón, no quise apagarlo.
«Mierda, Carolina. Sientes cómo te burbujea el estómago, ¿verdad? Pues luego no digas que no te lo advertí».