Manual de primeros auxilios para corazones testarudos (Costa Serena 6) 24 – Piel
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24 – Piel

Perfecto: eso que no tiene que ser impecable, solo real y recíproco.

GAbrIEL

En cuanto cruzamos la puerta, la apoyé contra la pared y me apoderé de su boca sin darle un respiro. Sus manos me recorrieron la espalda con urgencia, mientras las mías descendían por su estrecha cintura hasta atrapar ese firme y apetecible trasero.

—Bruta —le advertí cuando me mordió el labio inferior.

Esbozó una media sonrisa llena de intenciones.

—¿Necesitas una doctora que te cure?

—Mucho —mascullé desesperado—. No te haces una idea de cuánto.

—Demuéstramelo —me desafió y me miró con esos increíbles ojos azules.

—Vas a despertar a la bestia.

—Menos hablar y más actuar, Santana —me amonestó y me tiró del pelo de la nuca para apresarme la boca.

Gruñí y apreté las caderas contra ella, lo que le arrancó un gemido que me encendió aún más.

No le di tregua; la alcé en brazos con firmeza y avancé a ciegas por la habitación, arrastrado por la necesidad primitiva de enterrarme tan hondo en su cuerpo que fuera imposible sacarme de allí.

La dejé caer al colchón en cuanto alcancé la cama y me incliné sobre ella como un lobo hambriento.

Carolina se arqueó en mis manos al colarlas bajo la tela de su vestido. Jadeó y me clavó las uñas en la espalda cuando mi boca alcanzó su piel desnuda. Estaba caliente, suave, y su respiración entrecortada me decía que estaba tan desesperada como yo.

La quería. La necesitaba. Y me dolía hasta respirar de lo duro que estaba.

—Madre mía —solté al deshacerme del vestido y dejar al aire su escueta ropa interior. Levanté la vista y me encontré con sus ojos brillando de picardía. Negué con la cabeza, medio riendo, medio jodido—. Me vas a matar.

—Antes de eso tengo otras prioridades —replicó arrastrando las palabras, descarada.

No me dejó responder, pues me empujó hasta tumbarme en la cama.

Me desnudó con una lentitud que rozó la tortura, se incorporó y me lanzó un condón; me lo puse sin perderla de vista, pues me resultó un espectáculo ver cómo se deshacía de sus bragas.

Una vez lista, se acomodó a horcajadas sobre mis caderas sin titubear.

Inspiré hondo cuando noté el calor y la humedad de su cuerpo rozar mi erección. Hizo un lento giro de caderas y sentí un puñetero cortocircuito en el cerebro.

Entre eso y la visión de sus tetas, firmes, perfectas y de pezones orgullosos, me encontré peligrosamente cerca de perder el control.

—No, joder —gruñí maldiciendo mi propia reacción.

—¿No? —Me escrutó con el ceño fruncido—. Vaya, sé que te gusta llevar la voz cantante en la cama, pero no creí que te ibas a quejar si…

No la dejé terminar. La agarré por las caderas en el mismo instante en que trató de moverse.

—Ni se te ocurra quitarte de encima.

Su frente se arrugó, desafiante.

—¿En qué quedamos?

—En que eres un jodido vicio y me nublas el juicio —solté entre dientes.

Carolina soltó una carcajada, pero esta perdió fuerza en el momento en que deslicé la mano entre sus muslos. Sentí su humedad caliente impregnándome los dedos antes de hundirlos en ella.

Su voz se quebró en un jadeo ahogado y ese sonido me desarmó por completo.

La atraje hacia mí y la devoré para beberme cada gemido, como si así pudiera quedarme allí, perdido en su cuerpo para siempre.

«Sí, joder. Eso es exactamente lo que quiero».

La dejé hacer cuando comenzó a moverse reclamando más. Agarró mi erección, la guio hasta el lugar al que pertenecía y descendió despacio sin apartar la mirada de la mía.

El calor de su cuerpo y la forma en que apretó hizo que el placer me golpeara de lleno.

Crudo.

Brutal.

Implacable.

Cerré los ojos y apreté la mandíbula. Me obligué a mantener el control para no acabar corriéndome en segundos como un ridículo adolescente. Al abrirlos, Carolina me observaba con una media sonrisa de triunfo. Tenía los ojos encendidos y el cuerpo hecho para arruinarme.

Estaba arrebatadora. El pelo despeinado, la piel brillante por el sudor y esos labios gruesos entreabiertos pidiendo guerra.

—Eres perfecta —susurré rendido.

Y ella me devoró la boca como si quisiera hacerme pedacitos.

Se movió. La imité. Y, en segundos, nos apremió la misma necesidad salvaje; las mismas ansias de más.

No hubo espacio para el romanticismo. Solo éramos piel caliente, bocas hambrientas y respiraciones entrecortadas chocando en la penumbra de mi dormitorio.

La agarré por las caderas y marqué el ritmo con un gruñido gutural al sentirla temblar.

—Gabriel…

Su voz fue un jadeo roto, puro placer hecho sonido, y a mí me atravesó como una descarga directa a la médula.

No tenía ningún tipo de control sobre lo que estaba sintiendo. Ni lo quería.

Lo único que importaba era ella. Su cuerpo pegado al mío. La forma en que se movía. Cómo me arrastraba al puto borde de la locura con cada roce, con cada sonido que se le escapaba de la garganta.

La atraje hasta mi boca. La devoré con la misma intensidad con la que ella me estaba destrozando la vida. Y, cuando la sentí correrse, me dejé llevar yo también.

Gruñí su nombre contra su piel, satisfecho y condenado.

Porque, después de eso, después de esa jodida perfección, no iba a conformarme solo con una noche. Ni con unos cuantos besos.

Lo querría todo.

Y me dejaría la piel para que ella quisiera lo mismo.

Tras el último temblor desapareció, me miró con los ojos entrecerrados y apoyó la frente sobre la mía.

—Eres demasiado bueno en esto del sexo, Santana.

Besó mi sonrisa.

—Hoy el mérito es todo suyo, doctora Remo.

Su risa fue baja y satisfecha. Me acarició la nuca con los dedos, me dio un último beso y luego se dejó caer a mi lado. No dudé en rodearla con un brazo y pegarla a mi cuerpo.

Carolina no protestó. Solo encajó su espalda contra mi pecho, y lo sentí como si fuera el sitio exacto al que pertenecía.

Solté un suspiro lento y presioné los labios contra su hombro desnudo.

—Quédate a dormir —le rogué.

Tardó un par de segundos en responder.

—No me gustan estas cosas —murmuró, aunque no se movió de mi lado.

—¿Qué cosas?

—Las que hacen que todo parezca más de lo que es.

Me tensé, pero no la solté.

—Tengo claras las condiciones, Carolina. Nada de abrazos cariñosos ni de miradas intensitas por la mañana.

Sonreí contra su piel cuando bufó.

—Solo aceptaré si me despiertas con café.

—Trato hecho —acepté sin dudar.

—Bien…

Sin embargo, nada estaba bien. Y los dos lo sabíamos. Se quedó quieta unos segundos más antes de enredar sus dedos en los míos.

Tal vez no me lo iba a dar todo. Puede que no estuviera lista. Pero se había quedado y, por el momento, sería suficiente.

O quizá era yo, que me conformaba con cualquier cosa que quisiera darme.

Lo único que sí sé es que me quedé dormido con una sensación de absoluta plenitud.

La mañana me encontró exactamente donde quería estar: pegado a Carolina, con la nariz rozando la piel dorada de su espalda.

Besé la curva de su cintura, y ella se removió con un quejido somnoliento. Sonreí contra su piel y deslicé los labios más arriba, arrastrándolos despacio por su costado.

—Café… —murmuró con voz pastosa.

—Buenos días a ti también, preciosa.

Se estiró un poco, perezosa, y, al girar la cabeza, pude ver esa sonrisa de diosa nórdica satisfecha…, aunque solo duró un segundo. Se recompuso casi al instante, y me dio la impresión de que había recordado de golpe dónde estaba y con quién.

—Me duele todo —soltó, escurridiza.

Reí, y ella forzó una sonrisa con la que no le vi los dientes.

—Ha sido una de las mejores noches de mi vida —le confesé sin rodeos.

Abrió los ojos del todo y me miró suspicaz.

—No hablas en serio.

—Creo que les voy a enviar una cesta de regalo a tus padres por haber creado a la mujer perfecta.

Carolina rio contra mi boca cuando le robé un beso.

—Te veo capaz.

Se sentó en la cama y trató de domar su pelo enmarañado. Al ver la taza humeante en la mesilla, me miró sorprendida.

—Le voy a poner en la nota que estoy muy agradecido por lo bien que encajamos —continué.

Su risa sonó tan natural que supe que no había otro sitio en el mundo donde quisiera estar más que allí, con ella.

—Apuesto a que mi padre estará encantado de saber lo bien que «encaja» su hija con un hombre.

—Con un hombre no. Conmigo —la corregí, y ella elevó una ceja en mi dirección—. Vale, vale. Lo guardo para la cesta de Navidad. No lo he olvidado: nada de intensidades… por ahora.

Encontró la excusa perfecta para escabullirse cuando mi teléfono vibró sobre la mesita de noche.

—Cógelo, tengo que ir al baño.

Se levantó de la cama con la misma calma con la que había dicho aquello, ignorando por completo lo que su desnudez y el delicioso contoneo de sus caderas estaban provocando en cierta parte de mi anatomía.

La observé desaparecer por la puerta como un adicto miraría su próxima dosis.

Solté un suspiro y agarré el móvil.

La pantalla mostraba un aluvión de mensajes del grupo de mis amigos, y una llamada perdida de Dani.

Deslicé el dedo y abrí la conversación.

Paco:

Gaby, vente, tío. Nos falta uno.

Dani:

Si no jugamos, nos tocará aguantar a Fer hablando de su ex toda la mañana.

Lucas:

Y, si no vienes y jugamos, lo haremos en inferioridad numérica y nos van a follar a base de bien.

Fernando:

Eso es lo que tú quisieras, Lucky Luke. ¿Cuánto dura la sequía ya? Si sigues así, se te va a cortar la leche.

Lucas:

Llamaré a tu ex para que se encargue.

Dani:

Tío, te has pasado.

Paco:

¿Estamos a lo que estamos?

Gaby, sabemos que eres un adulto con responsabilidades, pero también que los domingos no curras. ¿Estás en el pueblo otra vez o qué? Venga, tío, que la semana que viene te vas al congreso y ya sabes que el fútbol es sagrado.

Bufé por la exageración y dejé el teléfono sobre la mesita cuando Carolina regresó al dormitorio, con el pelo menos revuelto y la cara más despejada, pero igual de guapa.

—Eran mis amigos —le expliqué y la atraje hacia mí, hasta que quedó sentada a horcajadas sobre mis piernas—. Quedamos todos los domingos para jugar al fútbol.

—Hoy es domingo.

—Lo sé. Ayer les dije que no iba a ir —aclaré—, pero están insistiendo porque les falta gente.

—Pues ve.

Parpadeé desconcertado.

—¿Qué?

—Si están pidiéndotelo es porque te necesitan, ¿no? —Encogió los hombros, como si fuera lo más lógico del mundo—. Ve.

—Prefiero quedarme aquí contigo.

—Bueno, yo puedo acompañarte —dijo de manera espontánea. Su gesto asombrado fue un reflejo exacto del mío. Se quedó tan quieta que por un segundo me pregunté si se habría arrepentido de decirlo—. O también puedo ir a casa de mis padres para ver a Bruno y…

—¿Me acompañarías? —la interrumpí antes de que pudiera retractarse.

Volvió a encogerse de hombros, restándole importancia.

—No tengo un plan mejor.

Desvió la mirada como si ni siquiera ella estuviera convencida de sus propias palabras.

—¿Estás segura?

Puso los ojos en blanco.

—Gabriel, no estoy firmando mi eutanasia, no te pongas tan serio… Es solo un partido de fútbol, ¿no?

«Solo un partido de fútbol».

Me mordí la lengua para no soltarle una réplica que la espantara. Porque no, no solo era un partido de fútbol. Era el hecho de que quisiera venir y conocer a mis amigos. Era la forma en la que, poco a poco, dejaba que me colara en su vida.

Traté de permanecer tranquilo, aunque por dentro me sentía eufórico.

Mientras nos vestíamos una idea se abrió camino en mi cabeza: ojalá no entendiera mucho de fútbol, porque todo lo bueno que me había dicho que era en el sexo era de malo en el campo. Y nunca me había importado.

Hasta ella.