Manual de primeros auxilios para corazones testarudos (Costa Serena 6) 23 – Fluir
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23 – Fluir

Consejo número doce para la vida adulta: las mejores ideas comienzan con un «¿Y si…?». Las peores también.

CAROLINA

—Fluye como el viento… —murmuré para mí misma, plantada frente a la puerta de la casa de Gabriel.

El corazón me latía tan fuerte que parecía que acabara de subir la cuesta hasta su dirección dando un sprint , y nada más lejos de la realidad.

Observé la fachada y volví a revisar su último mensaje. Había insistido en recogerme, pero yo me había negado. Pensé que así me sentiría menos expuesta, ya que, aunque había aceptado su invitación, no quería que confundiera las cosas.

Toqué el timbre y, tras unos segundos, la puerta se abrió.

Apreté los labios para no echarme a reír. El hombre que apareció ante mí, con un delantal ridículo lleno de dibujitos de cuchillos y tenedores y un olor a quemado que echaba para atrás, no tenía mucho que ver con el Gabriel impecable de siempre.

—Bueno, no podías ser perfecto en todo —comenté arrugando la nariz.

Él sonrió.

—¿Eso ha sido un cumplido?

—Si te hace feliz creer que sí… —Le devolví el gesto, y él abrió la puerta del todo para que entrase.

—Me encanta que lleves el pelo suelto —me dijo antes de darme un beso breve en la mejilla—. Estás preciosa.

—Gracias. Tú también —bromeé, y él cerró a mi espalda.

Eché un vistazo a mi alrededor. La vivienda era más sencilla de lo que había imaginado.

Nada ostentoso ni pretencioso. Solo una casa acogedora y ordenada que contrastaba con la imagen que, por alguna razón, había construido en mi cabeza.

No parecía la guarida de un depredador ni de alguien que usaba su estatus para salirse con la suya.

—Estás en tu casa —dijo señalando el salón—. Ponte cómoda.

Lo seguí hasta la cocina, ignorando su sugerencia.

—¿Qué se ha quemado?

—El pan —admitió resignado—. Me vine arriba con la masa casera y se me olvidó en el horno. Eso sí, la cena está perfecta, te lo prometo.

Me giré hacia él y lo miré atenta. Entre el atuendo ridículo, y la expresión medio avergonzada, parecía menos el cirujano impecable del hospital y más un humano común. Vulnerable, incluso.

No estaba acostumbrada a ese tipo de gestos; yo era la que solía mantener las distancias y marcar las normas, pero con él… parecía que todo se salía de lo habitual.

Tal vez era eso lo que más me asustaba.

Y tal vez por eso me permití bajar la guardia un poco, porque se lo merecía. Aquello no significaba una rendición o que lo olvidase todo, simplemente quería darme la oportunidad de no estar siempre con las espadas en alto y ver qué ocurría.

¿No era eso el significado de «fluir»?

—Todo tiene muy buena pinta. —Curvé los labios un poco más y me acerqué a la isla, donde una ensaladera repleta de hojas verdes y brillantes esperaba su turno—. ¿Quieres que te ayude con esto?

Gabriel me miró sorprendido, aunque terminó asintiendo.

—Sí, claro. —Se llevó las manos a la espalda y, con soltura, se deshizo del delantal y me lo metió por la cabeza—. No es justo. Los cuchillos te favorecen más a ti.

Se me escapó una carcajada.

—Seguro.

Nos pusimos manos a la obra, mezclando los ingredientes mientras él preparaba el aliño. Nuestras manos se cruzaron un par de veces, sonreímos y tuve la misma sensación que en quirófano.

Apenas llevábamos dos meses trabajando juntos, no obstante, cada movimiento encajaba con el del otro igual que si compartiéramos el mismo ritmo, la misma lógica. Esa sincronía casi perfecta, como si con un simple gesto supiéramos lo que el otro iba a hacer a continuación.

«Igual que con el sexo», susurró una voz en mi cabeza.

Rodé los ojos ante mí misma, pero la idea seguía ahí, latiendo fuerte.

Por un momento, todo me resultó sencillo, casi natural. Me sorprendí pensando que podría acostumbrarme a eso, a compartir pequeños momentos cotidianos con él. Y lo curioso fue que la idea no me desagradó, al contrario, me arrancó una sonrisa involuntaria.

—¿En qué piensas? —me preguntó con curiosidad.

Mi primera intención fue huir de la verdad, aunque después recordé el consejo de mi hermana.

—En que podría acostumbrarme a más cenas como esta. —Al ver su mirada, aclaré—: No saques conclusiones raras.

Aquella frase no lo achantó, al contrario, me observó con más atención.

—No sacaré conclusiones raras —repitió despacio.

—Bien.

Me dedicó esa sonrisa torcida y lenta que me encogía el estómago y durante un par de segundos me pregunté si no estaría dejándome llevar más de lo que debía.

Todos los pensamientos se esfumaron cuando me agarró con suavidad por la cintura y me atrajo hasta su cuerpo.

—Te echo de menos.

El tono íntimo de su voz provocó que un escalofrío me erizara la piel.

—Nos hemos visto esta mañana en el hospital —enumeré—. Y hemos hablado hace un rato por teléfono.

—¿Y? —preguntó—. Verte en el trabajo no es suficiente. Hablar por teléfono no es suficiente. Porque en ninguna de esas ocasiones puedo besarte como me muero de ganas de hacer ni mucho menos disfrutar de tu sonrisa.

—Gabriel…

Él me miró con intensidad y, sin perder el contacto visual, alzó una mano y me apartó un mechón de pelo para colocarlo tras mi hombro.

—Quiero volver a pedirte perdón, Carolina.

Sería tan fácil acortar la poca distancia que nos separaba. Me resultaba tan tentador ceder…

—No es necesario, de verdad —murmuré.

Mentira.

Todavía sentía un nudo en el pecho cada vez que recordaba aquella conversación en la sala de juntas. Y se apretaba aún más cuando Gabriel me miraba de esa forma que dejaba claro que le importaba lo que yo sintiera.

—He esperado para decírtelo fuera del hospital porque allí dentro estás en modo «cirujana brillante con cero paciencia para tonterías», y debo admitir que ese papel te queda increíble… Aunque, si se me permite la apreciación, también me resulta jodidamente sexi.

—¿Sexi? —repetí incrédula.

Él no contestó enseguida. En su lugar, dejó que sus ojos descendieran por mi cara hasta posárseme en los labios y luego volvió arriba con lentitud.

—Esa… Justo esa sonrisa es la que me rompe todos los esquemas… —añadió y bajó la voz al tiempo que se inclinaba hacia mí—. Es la misma que pones cuando me pierdo dentro de ti y haces que todo lo demás desaparezca. Y quizá sea egoísta, pero quiero creer que es solo para mí.

El aire se me atascó en la garganta.

Lo primero que pensé en hacer fue apartarme, no porque no lo deseara, sino porque no entendía lo fácil que me resultaba dejarme llevar con él.

Me mordí el interior del labio con saña, aunque eso no detuvo el calor que me recorrió el cuerpo. La forma en la que lo dijo, tan segura y cargada de intimidad, me desarmó por completo.

Y, de nuevo, no supe qué hacer con lo que estaba sintiendo. Porque, por muy empeñada que estuviera en minimizarlo, en reducirlo todo a algo físico, lo cierto era que con Gabriel no me sentía solo deseada, sino comprendida.

Mi sonrisa se estiró sin que pudiera evitarlo y, para mi absoluta sorpresa, me decepcionó que él no rematara el momento con un beso.

En su lugar, se apartó y me guio hasta la mesa con una tranquilidad exasperante.

Durante la cena, la conversación fluyó sin esfuerzo. La comida estaba deliciosa y, aunque el pan había quedado reducido a un bloque carbonizado, el resto estaba perfecto.

No había esperado disfrutar tanto de cada segundo y no solo por lo que decíamos, sino por cómo lo sentía todo: ligero, cómodo… y natural.

Me llevé la copa de vino hasta los labios cuando sentí unas enormes ganas de besarlo, pero me detuve al darme cuenta de un detalle.

—Tú no bebes alcohol —recordé.

—No, pero hoy estoy haciendo una excepción. —Tomó la suya y la alzó hacia mí.

El cristal tintineó al chocarlas, y le dimos un pequeño sorbo. La forma en la que me miró me hizo contraer los dedos de los pies.

No había nada casual en aquella cena. Desde que entré por la puerta, todo en su actitud me decía que se estaba esforzando: en la comida, en la calma con la que me trataba, en el ambiente relajado que había creado a mi alrededor sin presionarme.

No. No era solo que se esforzara, era que lo hacía de un modo que no me esperaba: sin agobiarme, sin exigirme nada. Solo demostrándome con hechos que quería estar allí, conmigo.

Y la cuestión era que no tenía por qué hacerlo.

Un hombre como él no necesitaba esforzarse tanto para tener a cualquier mujer a sus pies.

Podría haber dejado que siguiera en mi dinámica de evasión y haberse buscado un plan menos complicado que el mío, pero ahí estaba, dándome espacio y, al mismo tiempo, haciéndome sentir que podía ocuparlo todo si se me antojaba.

Y lo cierto era que quería.

Quería mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Una idea me cruzó la mente y, haciendo honor a mi nueva habilidad de fluir, inspiré hondo, me descalcé uno de los pies y lo llevé hasta su pierna.

—Me gustaría saber qué ha provocado esa excepción.

Él soltó el aire despacio y, al responder, lo hizo con la voz más grave.

—Quería que esta noche fuese diferente. Especial. —Hizo una pausa antes de añadir—. Además, contigo es muy difícil mantener mis propias normas.

Sentí el calor subiéndome por la pierna hasta la ingle cuando deslizó una mano por debajo de la mesa y me acarició el tobillo desnudo.

Me estremecí al notar cómo deslizaba los dedos con lentitud por mi piel. No fue una caricia inocente, tampoco urgente. Solo un roce firme, como si quisiera asegurarse de que no me apartaría.

No lo hice.

—¿Y qué otras normas has roto últimamente? —pregunté a duras penas mientras jugaba con el tallo de mi copa.

Gabriel se quedó en silencio un segundo, meditando la respuesta.

—No mezclar trabajo y vida personal. —Por un momento me quedé paralizada.

«¿De verdad está sacando este tema ahora?

, ¿después de todo lo que ha hecho para acercarse a mí?

». Estuve a punto de apartar el pie, sin embargo, él lo atrapó con firmeza y el roce de sus dedos en mi piel me hizo dudar—.

No estoy acostumbrado a abrirme así a la gente, Carolina, por eso todo contigo está siendo una excepción.

Su voz tenía un matiz que no había escuchado antes, una especie de confesión velada que me hizo contener la respiración.

Mi primer impulso fue cuestionarlo, desafiar la idea de que yo pudiera ser una excepción para él; entonces sentí la firmeza con la que me retenía sin apretar demasiado, dándome la opción de decidir si quedarme o apartarme del todo.

Y me quedé…

—¿Siempre has sido así, tan reservado?

Se le tensó la mandíbula.

—No siempre, pero a veces la vida te obliga. Y otras… —Hizo una breve pausa—. Otras hay heridas que tardan en cerrarse.

Su tono fue más bajo, casi como si se le escapara.

—Suena a experiencia propia —comenté tanteando el terreno con cautela.

Gabriel desvió la vista hacia su copa y la giró entre los dedos.

—Puede decirse que sí.

Ahí estaba, una pequeña grieta en su fachada tan perfecta.

Durante un segundo, pensé en ahondar más, pero la tensión en su mandíbula me dijo que no era el momento.

Decidí abrirme yo también, aunque solo fuera un poco.

—Supongo que todos cambiamos con los años —comencé—. La verdad es que te entiendo. Yo también he aprendido a guardarme cosas. Cuanto menos sepan los demás, menos armas tienen para joderte.

Levantó los ojos y me sostuvo la mirada.

Hubo algo distinto en su expresión: la certeza de que parecía reconocer mis palabras más de lo que había esperado.

—Sí. Es justo eso. —Asintió e hizo una pausa que se me antojó una eternidad—. ¿Sabes? Es curioso, pero contigo es fácil hablar y callar al mismo tiempo… No me suele pasar con nadie.

Sonreí, sorprendida por su sinceridad y por el nudo que tenía en el estómago.

—A lo mejor es el vino —le resté importancia alzando mi copa.

—O a lo mejor eres tú —respondió sin apartar la mirada.

El silencio que siguió no fue incómodo, tan solo nos centramos en sentir el momento, en saborear la expectación.

Por un instante, me pregunté si todo aquello sería real o si estaba cayendo en un juego muy bien ejecutado.

«Gabriel no ha dejado de mirarte durante toda la reunión. Apuesto lo que sea a que te pedirá que te quedes después… Recuerda que sabe exactamente qué decir para conseguir lo que quiere». Las palabras de Lola resonaron en mi cabeza y quebraron parte de la burbuja en la que me había dejado arrastrar.

¿Era sincero o solo estaba siguiendo un guion?

Lo conocía lo suficiente como para saber que era bueno diciendo lo correcto en el momento oportuno. Lo que no sabía era si esa vez lo decía porque lo sentía o porque sabía que yo quería escucharlo.

La verdad, poco me importó porque, si aquello era un juego, yo también sabía jugar. Y, si era real, entonces quería más. Mucho más.

El corazón me golpeó el pecho con fuerza cuando terminé de comer y apoyé el cubierto sobre el plato. Sentía el cuerpo cargado de electricidad; la conversación, las miradas y las confesiones veladas habían sido efectivas y la tensión había ido escalando por mi columna sin que me diera cuenta.

La sensación me resultó vertiginosa y atractiva a partes iguales. Así que decidí dejarme llevar.

—¿Qué te parece si me enseñas tu habitación? —le pregunté con un descaro que no sentí del todo real.

Gabriel me dedicó esa mueca torcida y peligrosa que le salía tan sumamente bien.

—Me parece una idea brillante.

Dejó la servilleta sobre la mesa y se levantó. La respiración se me aceleró cuando me tendió la mano.

Me dejé guiar por él y, mientras recorríamos juntos el pasillo, con su mano firme sujetando la mía, sentí que el peso de mis dudas quedaba atrás, aunque solo fuera por esa noche.

Porque lo sabía. Sabía con exactitud lo que implicaba mi decisión. Y, por primera vez en mi vida, no quise ponerle frenos.