22 – Pico y pala
Insistir: llamar a una puerta cerrada porque sabes que al otro lado alguien te está esperando, aunque ese alguien no sea consciente.
GAbrIEL
Me estaba volviendo loco. Carolina no solo me evitaba, sino que lo hacía con una precisión quirúrgica. Y lo peor era que yo, en lugar de rendirme, solo quería alcanzarla con más desesperación.
Toda la semana había sido un ejercicio de paciencia y autocontrol. Traté de hablar con ella el lunes, después de mi cagada monumental con lo del congreso, pero no me lo puso fácil. Respondió con monosílabos, trató de no quedarse conmigo a solas y me evitó todo el turno.
El martes fue un infierno. Urgencias parecía una trinchera, y nosotros, soldados sin refuerzos. La mitad de la plantilla estaba de vacaciones y la otra mitad, al borde del colapso ante la avalancha de veraneantes.
Intenté acercarme a ella entre pacientes, pero siempre había alguien reclamando su atención. O la mía.
Aun así, la vi cruzar el pasillo de quirófanos y me lancé antes de que se me escapara de nuevo.
—Carolina.
Giró la cabeza de manera fugaz y siguió caminando. Me coloqué a su lado y le seguí el ritmo.
—Santana.
—¿Has comido ya?
—No.
—Podríamos ir a la cafetería…
—No tengo hambre.
—¿Y cenar juntos?
—No puedo, lo siento.
—Carolina…
No se detuvo. Solo desapareció en el quirófano seis sin mirarme ni una vez.
Me pasé una mano por la cara, desesperado. Deduje que me resultaría más fácil operar con un instrumental de madera que conseguir que me dirigiera una mirada que durara más de tres segundos.
Aun así, no me rendí.
Decidí darle algo de espacio con la esperanza de que lo viera todo desde otra perspectiva, pero, cuando el martes terminó sin cambios y el miércoles continuó igual, supe que esa estrategia no estaba funcionando.
Tocaba cambiar de táctica.
El jueves entré en la concurrida sala de descanso y la pillé revisando la historia de un paciente. Era mi oportunidad perfecta para comenzar la conversación de un modo más sutil y efectivo, así que elegí bien mis palabras.
—El postoperatorio de Suárez va bien, aunque creo que podríamos ajustar la analgesia.
Carolina levantó la vista y me observó unos segundos.
—¿Quieres modificar la pauta?
—Sí, pero quería comentarlo contigo.
—Me parece bien —fue su respuesta mientras hojeaba las páginas del informe que tenía delante.
Esperé a que dijera algo más, sin embargo, fue en vano. Me acerqué a ella con el mismo sigilo de quien intenta domar a un animal salvaje.
—¿Cenamos esta noche?
—No puedo —contestó sin inmutarse y tecleó en el portátil sobre la mesa.
Cerré los ojos durante un segundo y respiré hondo.
—¿Cuánto tiempo piensas seguir evitándome? —pregunté en voz baja.
—No te estoy evitando.
—Ah, ¿no? Curioso, porque llevo cuatro días jugando al escondite y siempre pierdo. He llegado a la conclusión de que tu sombra me odia.
Carolina suspiró y soltó los papeles con más fuerza de la necesaria. Cuando me miró, pude ver el cansancio acumulado en sus ojos.
—No te odio, Gabriel.
—No te creo. Anoche me dolía la cadera y sé que no es por la edad. Estoy convencido de que tienes un muñeco de vudú con mi cara.
Ella resopló y negó, pero vi cómo una sonrisa se le escapaba antes de que pudiera contenerla.
Fue un pequeño triunfo y me aferré a él con uñas y dientes.
Esa noche, después de quince horas de batalla en el hospital, le envié un mensaje. Asumí que no me respondería, igual que con los anteriores, y me resigné a otro silencio más.
Sin embargo, para mi absoluta sorpresa, lo hizo. Tardó hora y media, su respuesta fue escueta y llegó cuando ya había perdido la esperanza…, pero lo hizo.
Entré al hospital el viernes con ánimos renovados, convencido de que, quizá, mi suerte estaba cambiando.
Un accidente múltiple en la carretera hacia la playa de Las Canteras había colapsado Urgencias. Carolina y yo terminamos en quirófano juntos, como si el destino estuviera empeñado en recordarnos que, al menos bajo las luces frías de una sala de operaciones, funcionábamos a la perfección.
Y era cierto.
Durante la cirugía, todo encajó. Nuestra coordinación fue impecable, casi instintiva; daba la impresión de que nuestras manos hablaran un idioma secreto que ninguno de los dos lograba traducir fuera de aquel espacio.
Resultaba absurdo que pudiéramos leer los movimientos del otro con tanta precisión en quirófano y, sin embargo, al salir de allí todo fueran malentendidos y distancia.
Cuando terminamos, todavía con la adrenalina de la operación latiéndome en la piel, aproveché la inercia del momento. Antes de que pudiera reaccionar, le agarré la mano y la guie unos pasos lejos del bullicio.
No pensaba permitir que se me escapara una vez más.
—¿Se puedes saber qué haces? —me preguntó, alucinada.
—Cena conmigo esta noche. Por favor.
Carolina entrecerró los ojos.
—Gabriel…
—En mi casa. Nada de hospital ni de prisas. Solo una cena sin interrupciones para rebajar el estrés de esta semana de mierda. —Hice una pausa y añadí con una media sonrisa—. Si quieres, hasta puedo hacer el esfuerzo de no ser un capullo y cocinar tu plato preferido.
Por fin, la vi dudar.
Me analizó como si buscara alguna trampa en mis palabras.
—¿También cocinas?
—Llevo viviendo solo desde los diecinueve —le aclaré—. ¿Qué me dices?
Me dedicó una larga mirada antes de contestar.
—Está bien, Santana. Cenaré contigo.
No salté de alegría allí mismo de puro milagro.
Me quedé apoyado en la pared un momento más después de que ella se fuera. Había cedido. Tras toda la semana esquivándome, con miradas huidizas y respuestas cortantes incluidas, había dicho que sí.
Era mi oportunidad y esta vez no pensaba desperdiciarla.