21 – Pocahontas
Consejo número once para la vida adulta: tener hermanos es un incordio la mayor parte del tiempo, aunque esos otros cinco minutos suelen merecer la pena.
CAROLINA
Aguanté la risa cuando vi la cara de Diana.
—¿En serio te vas a comer eso? —le preguntó a su mujer mientras esta clavaba el tenedor en un trozo de pizza bien cargado de piña.
Lo de cuestionarse por qué comía la pizza con cubiertos ya había quedado atrás, pues la conocía demasiado bien.
—Sí —respondió y se metió la comida en la boca sin el menor atisbo de duda.
—Joder, qué puto asco —se quejó separándose un poco de ella en el sofá de su salón—.
¿Qué he hecho yo para merecer tal castigo?
Primero Emma y luego tú. —Rachel le dedicó una sonrisa de boca cerrada, y yo negué divertida—.
Mi gemela va a pagar por esto —masculló mi hermana ensanchando las fosas nasales cuando su mujer se le acercó para darle un beso.
No la rechazó, por supuesto.
En el fondo y, aunque nunca había sentido la necesidad, envidiaba un poco esa complicidad. Habían tenido mucha suerte de encontrarse la una a la otra, pese a que al principio mi hermana la cagase a lo grande.
Porque lo hizo. A lo bestia, además. Aun así, ahí estaban, con sus rarezas y sus diferencias, tan felices como si nada de lo que pasó al principio de su relación importara.
O quizá gracias a eso estaban juntas en la actualidad. ¿Quién podía saberlo?
Me pregunté en qué momento la gente decidía que valía la pena tragarse el orgullo y arreglar lo roto.
Era absurdo.
Y más absurdo era que últimamente pensara tanto en esas cosas: las relaciones, los sentimientos, la maraña emocional en la que algunos nadaban como expertos…
Siempre me había parecido un galimatías innecesario, una pérdida de energía y tiempo. Sin embargo, en ese momento me daba la impresión de que mi cerebro había decidido empezar a descifrar ese código sin pedirme permiso.
«Genial».
Suspiré cuando el sonido de mi móvil sobre la mesa interrumpió mis pensamientos.
G. Santana:
Acabo de salir… Quince horas aquí metido, ha sido una jodida locura. No me pude despedir de ti esta tarde, ¿qué tal estás?
Me quedé mirando el mensaje con el ceño fruncido. La verdad era que no esperaba que me escribiera.
En los últimos días nos habíamos limitado a mantener una especie de tregua silenciosa: trato educado en el hospital, alguna mirada más intensa de lo normal cuando nadie nos observaba y poco más.
Él no había vuelto a sacar el tema. Yo tampoco, aunque eso no significaba que lo hubiera olvidado.
—Dale recuerdos a Gabicito .
Borré lo poco que había escrito y alcé las cejas en dirección a Diana.
—¿Cómo sabes que es él? —Su expresión fue suficiente respuesta.
—Llámalo intuición… O que tienes cara de echar de menos un buen meneo.
Puse los ojos en blanco.
—Estamos desbordados en el hospital con los veraneantes y la mitad del personal de vacaciones. Acaba de salir.
—Dile que se venga.
—No —dije rotunda. Diana frunció los labios, pero no replicó—. ¿Qué?
—Nada.
—Ya empezamos —me quejé—. ¿Le puedes meter un trozo de piña en la boca por mí, Rachel?
Su mujer levantó ambas manos.
—A mí no me lieis. Je suis innocent .
—Ya… Tú no serías inocente ni aunque te lo propusieras, francesa mía —rebatió mi hermana y luego me miró a mí—. ¿Cómo van las cosas con él?
Tardé unos segundos en contestar.
—No van.
—¿Y eso?
—No quiero nada serio —me excusé—. Nos hemos acostado un par de veces, pero no hay más.
Diana me miró con esa expresión tan suya, la que me decía que sabía que había mucho más detrás de lo que le contaba.
—No te creo.
—¿Por qué iba a mentirte? —le espeté.
—Porque estás cagada.
—No lo estoy.
—Yo creo que sí.
—Diana… —le dijo su mujer.
—Mira, Caro, podemos seguir así hasta mañana si quieres. —Se encogió de hombros—. Pero, antes de continuar con esta conversación de besugos, me gustaría utilizar unas palabras que alguien me dijo una vez: no se puede vivir con miedo, porque al final lo que consigues es no vivir en absoluto.
Abrí la boca para replicar, y ella me miró con esa suficiencia que me sacaba de quicio.
—No tengo miedo —mascullé.
—Ah, claro. Lo tuyo es más una estrategia, ¿no?
Si no apuestas, no pierdes. Si no te involucras, nadie te decepciona.
Olvidaba que lo tienes todo calculado porque eres perfecta.
—Diana se cruzó de piernas y me miró arqueando una ceja—.
El problema es que un día te das cuenta de que, en realidad, no lo eres tanto y lo peor no es que los demás te puedan decepcionar…
, es que la única que te ha estado jodiendo eres tú.
Exhalé con frustración y eché la cabeza hacia atrás en el sofá.
—No es tan fácil.
Ella soltó una risa forzada.
—¿Me lo dices o me lo cuentas? —Miró a su mujer, que se había levantado para darnos algo de intimidad—. Solo te devuelvo lo que tú me dijiste a mí hace años: si sigues en este bucle nunca vas a avanzar.
—¿Qué bucle?
—El de esperar a tenerlo todo claro antes de arriesgarte. Es posible que, cuando te decidas, ya no haya nada por lo que arriesgarse —sentenció—. Y sí, sé que es un consejo de puta madre. He aprendido de la mejor.
Me guiñó el ojo y señaló con la cabeza el teléfono, que aún seguía en mi mano, con el mensaje de Gabriel aún sin responder.
Joder. ¿Por qué era todo tan condenadamente complicado?
—No tengo claro si merece la pena ni a dónde me llevaría todo esto.
—¿A unos cuantos buenos orgasmos? —soltó con un tono que aligeró el ambiente. Sonrió y le dio un trago a su cerveza—. No te rayes y déjate llevar, Caro. Haz como Pocahontas y fluye como el viento. Río abajo lo verás…
En ese momento me reí por lo absurdo de su frase. Aun así, no supo el alcance que tendría su consejo en mi vida ni yo tampoco.
Hasta que fue demasiado tarde.