Manual de primeros auxilios para corazones testarudos (Costa Serena 6) 20 – Niñera
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20 – Niñera

Reto: lo que aparece cuando dejas de huir o cuando alguien te mira como si ya supiera que vas a perder.

GAbrIEL

—¿Dónde te has metido?

Tamborileé con los dedos sobre la mesa y miré una vez más el reloj: las siete y veintidós.

Verifiqué la confirmación de lectura de mi último mensaje de la noche anterior, donde le decía que la esperaba a las siete y cuarto en aquel mismo lugar.

Sí, lo había leído un momento antes de su última conexión.

Inspiré hondo y repasé los papeles del caso sobre la mesa, aunque la concentración me duró lo mismo que un suspiro. Tenía la mente ocupada en otra cosa.

En otra cosa no, en Carolina.

Llevaba ocho días con la sensación de ser un adicto en plena abstinencia.

Desde la mañana del domingo que pasamos en su cama —o, mejor dicho, en varias superficies de su piso— no habíamos tenido tiempo para mucho más.

La pasada semana nos había pillado con los turnos cambiados y el fin de semana no fue mucho mejor, pues ella había estado de guardia mientras que yo tuve que lidiar con el carácter de mierda de mi hermano.

Aguantarlo fue un verdadero ejercicio de autocontención, pero al menos me quedaba el consuelo de haber zanjado varios temas pendientes con respecto a la muerte de mi padre. O eso creía…

La busqué después de eso. No me avergüenza reconocerlo.

Me planté en su piso la tarde anterior, en cuanto llegué del pueblo, sin pasar por mi casa siquiera. Necesitaba una ducha para limpiar toda la mierda emocional que llevaba encima, pero nada me apetecía más que verla, así que ni lo pensé.

Sin embargo, la visita sorpresa no salió como esperaba.

No había nadie en casa.

Le escribí para preguntarle cómo iba su tarde y dónde estaba, sin decirle que me tenía frente a su puerta como un perrito abandonado. Me contestó que se encontraba con su familia, vigilando a Bruno, y que se quedaría allí a dormir.

Así que mi plan se fue a la mierda.

Y ahí estaba en aquel momento, mirando el reloj, con la impaciencia de quien espera hacerla aparecer como por arte de magia e igual de ansioso que la tarde anterior.

La puerta chirrió y cerré los ojos un segundo.

—Buenos días.

«Gracias a Dios».

Me giré con expresión feliz en cuanto supe que era ella. Me faltó moverle la colita.

«Contrólate, Gabriel. La vas a asustar», me amonesté cuando me miró cautelosa. Sí, seguro que parecía un puto psicópata.

—Llegas tarde.

Alzó ambas cejas.

—¿Estás en el rol de jefe? —preguntó cerrando tras ella, con la bata blanca impecable, su coleta perfectamente peinada y esa expresión profesional que me encendía más que imaginármela con lencería de encaje.

Bueno, quizá no tanto.

—¿Es uno de tus fetiches? Podemos jugar a eso si quieres —susurré mientras me acercaba a ella.

Por un instante, los labios se le tensaron. No fue algo evidente, apenas un leve fruncimiento que desapareció tan rápido como llegó. Pero lo vi.

Y no me gustó.

No lo pensé dos veces ni le di tiempo a contestar. Acorté la distancia entre nosotros y la besé. Fuerte. Necesitado.

Ella respondió tras unos segundos con la misma intensidad, agarrándome del cuello de la camisa.

Aquel beso era carne. Era hambre acumulada y ansia pura.

—Gabriel —murmuró contra mis labios—. No podemos seguir así.

La atraje suavemente hacia mí con las manos en su cintura.

—¿Así cómo?, ¿vestidos? —Me tiró del pelo de la nuca y gruñí— Estoy de acuerdo. Nada me apetecería más que desnudarte y tumbarte encima de esa mesa.

—Estar escondiéndonos es absurdo e infantil.

—Me gustas mucho cuando te pones tan seria y mandona. —Ella suspiró y se separó un poco, aunque sus manos continuaron en mi camisa. Esos bonitos ojos azules brillaron con una mezcla de deseo y frustración—. No quiero que Manuel te cambie de servicio si se entera —alegué.

Me abstuve de decirle que tampoco quería arriesgarme a que su puesto peligrase, como ya había pasado en otras ocasiones.

Con que Marina supiera lo que ocurría entre nosotros, después de pillarnos besándonos en mi despacho tres mañanas atrás, era más que suficiente.

Y, aun así, había tenido que sobornarla con una caja de bombones suizos —sus favoritos— para asegurarme de que la lengua no se le soltara más de la cuenta.

Antes de que pudiera contestar, nos llegó el sonido de voces acercándose.

Nos separamos, no sin antes darnos un último beso. Ella me pellizcó el culo con una sonrisa traviesa y se dio la vuelta para sentarse en la silla frente a la que yo había ocupado minutos antes.

Para cuando la puerta se abrió, y entraron los demás, Carolina miraba su tableta igual que si llevara horas allí.

—Buenos días, Santana. —Me eché hacia delante por el impulso inesperado del manotazo de mi jefe en mi espalda—. Qué puñetero calor hace aquí.

—Demasiado —afirmé sin prestarle mucha atención, ya que Carolina estaba charlando con Borja, y ambos parecían muy cómodos el uno con el otro.

Verla así con otro hombre me revolvió el café en el estómago, algo absurdo, pues no tenía derecho a sentir celos; no obstante, la forma en la que ella inclinó la cabeza hacia él, sonriendo con esa naturalidad que dejaba ver tan pocas veces, me jodió.

Mucho.

«¿En qué momento te has convertido en ese tipo de tío?», me pregunté.

La reunión empezó y, aunque traté de concentrarme y aportar respuestas efectivas, mis ojos volvían a Carolina una y otra vez. Ella era más discreta que yo, pues apenas me devolvía el contacto y se mantenía mucho más concentrada en el caso.

Gracias a no perderme ni uno de sus movimientos, fui consciente del momento exacto en el que su expresión cambió de forma radical.

Algo de lo que le había dicho la enfermera sentada a su lado no le había sentado demasiado bien, pues, tras inclinarse y susurrarle al oído, Carolina asintió y apretó los labios en una fina línea.

Al cruzarse nuestras miradas, la suya estaba más fría. Más distante.

«¿Qué ha sido eso?», me pregunté mientras me removía en la silla.

El resto de la reunión fue un suplicio. Sentía esa barrera invisible entre nosotros, como si de repente hubiéramos retrocedido a los primeros días, en los que apenas me soportaba.

—Doctora Remo, ¿puedes quedarte un momento? —le pregunté cuando todos se pusieron en pie y comenzaron a marcharse—. Necesito repasar un par de detalles del caso de la paciente del viernes.

Era mentira, ambos lo sabíamos y, aunque la vi dudar un segundo —mucho más de lo que habría hecho antes—, terminó por asentir.

—¿Te has tomado el café con espumita hoy, Santana?, ¿o Marina se ha dado cuenta por fin de que no te la mereces y ya no te cuida tan bien? —me dijo un compañero al pasar por mi lado.

—¿Eso que suena es tu envidia? —lo piqué—. Yo que tú me lo hacía mirar, Gutiérrez.

—¡Santana! —me llamó Manuel con su eterno ceño fruncido. Maldije en silencio tantas interrupciones y me acerqué a su lado en un par de pasos—. Tengo buenas noticias.

—Quién lo diría…

—No me toques los huevos, Santana.

—Lo siento —me disculpé.

Él me miró contrariado, y yo aproveché esos segundos de silencio para confirmar que Carolina seguía allí y no se había largado con los demás.

Suspiré tranquilo al ver que continuaba sentada revisando documentos. Aunque su gesto era demasiado serio.

—¿Qué te pasa, muchacho?

—¿Qué?

—Tiene que ser el asqueroso calor este —se quejó y se giró airado—. Amalia, ¡que alguien arregle el jodido aire acondicionado de una vez! Las neuronas de mis médicos están eclosionando.

—Sí, señor —contestó su santa asistente desde la puerta.

—Qué ganas tengo de que llegue el viernes —bufó Manuel.

—¿Lo arreglan el viernes? —pregunté.

—¡No, cenutrio! ¡El viernes os pierdo de vista! —soltó y fui incapaz de no sonreír ante sus palabras—. Necesito largarme ya de vacaciones. Qué harto me tenéis todos.

—Seguro que unos días rodeado de sus adorables cuñadas en la montaña lo relajan, jefe… Eso mejoraría el ánimo de cualquiera.

Gruñó cuando me reí ante su cara de asco.

—¿A que te quedas sin buenas noticias por gracioso?

—¿Cuáles? —me interesé.

—No tendrás que ir al congreso de Granada. Alguien se ha presentado voluntario, así que te libras esta vez.

Gemí de gusto.

—Gracias.

—No me las des a mí. Dáselas a tu colega. —Señaló con la mano hacia mi espalda.

Al girarme, la única persona que quedaba en la mesa era una médica de perfecta coleta alta y rubia y labios gruesos con forma de corazón.

—¿Carolina?

—¿Se llama así? —Soltó una risa baja—. Pues le he dicho Carlota todo este tiempo.

—Apuesto a que le ha encantado… —musité.

—Espero no arrepentirme de haber aceptado.

La miré de reojo y una idea me cruzó la mente. Hablé lo suficiente alto para que ella lo escuchase.

—Si admites mi consejo, Manuel —comencé a decirle, y él detuvo su intento de largarse de allí—, yo no la enviaría sola.

—¿Por qué?

No me giré para ver si Carolina me observaba, a pesar de que el escozor que sentí en la nuca me dijo que sí lo hacía.

—A ver, no es mala idea que vean que el Altamar confía en su personal desde el principio, y la doctora Remo ha demostrado su profesionalidad con creces en el poco tiempo que lleva aquí…

—¿Entonces? —preguntó, impaciente.

—Creo que no debería ir sola.

—¿En serio? —Escuché la voz de Carolina, y Manuel la miró.

—No hay nadie más —remarcó cada palabra.

Chasqueé la lengua contra el paladar.

—Lo sé. —Suspiré resignado.

—Hazlo tú.

Envaré la espalda y me obligué a parecer sorprendido.

—Esto es alucinante… —se indignó ella.

—¿Yo? ¿Por qué?

—Porque lo digo yo, Santana —sentenció, y fruncí el ceño. «No sonrías, Gabriel. Por lo que más quieras no sonrías»—. Además, seguro que no tienes nada mejor que hacer ese fin de semana, así que adjudicado.

Suspiré y le dediqué un movimiento afirmativo de cabeza antes de que se largara. Cuando la puerta se cerró tras él, me giré hacia Carolina, satisfecho con nuestra actuación.

Hasta que vi su expresión y la sonrisa se me esfumó en el acto.

—¿De qué vas? —Se levantó de golpe y me fulminó con la mirada—. ¿Estás tratando de boicotearme?

—¿Qué? —Me acerqué en son de paz—. No, claro que no.

—Entonces, ¿qué coño ha sido eso?

Elevé ambas cejas ante sus palabras y la tensión en su voz.

—Creí que te habías dado cuenta de que solo lo estaba manejando para…

—Esto te encanta, ¿verdad? —me interrumpió y se cruzó de brazos en un gesto que marcaba las distancias.

Se me tensó la mandíbula; no había esperado que se lo tomara así.

—¿El qué?

—Manipular a la gente para salirte con la tuya. Me da la impresión de que es un deporte habitual en tíos como tú.

Eché la cabeza hacia atrás con la sensación de haber recibido una bofetada.

¿«Tíos como yo»?, ¿a qué demonios venía eso?

Hacía un momento me sonreía y me tocaba el culo y minutos después parecía lista para seccionarme la yugular con sus propias uñas.

Busqué alguna pista en su cara, pero solo encontré frialdad.

—No —dije rotundo—. Me ha parecido una oportunidad estupenda para poder pasar un fin de semana juntos y he actuado. Sin más.

No me respondió enseguida. Se limitó a clavarme los ojos en silencio; juraría que estaba evaluando cada una de mis palabras y buscándoles un doble sentido que no tenían.

—¿Y no se te ha ocurrido algo mejor que decirle que necesito una niñera? —espetó al fin con un tono afilado que me hizo apretar los dientes.

—No pretendía insinuar eso.

Estiré las manos para agarrarla por la cintura, pero su cuerpo se tensó al instante. No me empujó, pero tampoco cedió.

—No vuelvas a hacer algo así —me advirtió, cortante.

—Está bien. Lo siento —me disculpé con sinceridad—. No quería hacerte sentir mal, Carolina.

Ella ya se estaba apartando, como si mi disculpa no fuera suficiente. Como si ya no importara.

—No iremos juntos al congreso.

Me quedé mirándola, estupefacto.

—¿Cómo?

—No es buena idea, Gabriel. Somos compañeros y nos hemos acostado, vale, pero no hay necesidad de complicarlo.

«¿No hay necesidad de complicarlo?».

No daba crédito a lo que estaba escuchando.

—No creo que esté complicando nada. Solo quiero pasar tiempo contigo. ¿Tan malo es?

Por supuesto, parte de lo que había dicho era mentira. Quería complicarme la vida con ella de todas las maneras posibles, pero no se lo iba a decir estando tan cabreada.

—Siempre que tengas claro que esto es solo sexo esporádico, no.

¿Tan fácil era para ella minimizar lo que teníamos? Joder, a mí me costaba hasta respirar.

—Mira, solo iríamos juntos a un evento donde trataremos con colegas y quizá hasta aprendamos algo. Además, te presentaré a gente que ya conozco y así harás contactos… Si lo piensas bien, esto ayudará a tu carrera.

—No seas condescendiente, Santana —masculló y agarró su carpeta—. Tengo que irme, empiezo la consulta.

—¿Comemos juntos?

—No. —Giró la cara cuando fui a besarla y terminé rozando apenas la comisura de sus labios—. Ya tengo planes.

Su tono era menos frío, aunque me dio la impresión de que ya había tomado una decisión respecto a nosotros.

Se encaminó a la puerta y me lanzó una mirada que no supe descifrar.

Me quedé solo, con el eco de sus palabras retumbándome en la cabeza y el sabor amargo de toda aquella situación.

Joder, me estaba volviendo loco. ¿Tan mal lo había hecho?

No podía dejarlo así, no podía dejarla ir sin más.

Carolina era terca, orgullosa y, claramente, estaba empeñada en pintarme mucho peor de lo que era. Sin embargo, esa forma en la que me había mirado antes de marcharse me decía que no estaba todo perdido.

No iba a presionarla. No era idiota. Pero tampoco iba a quedarme de brazos cruzados mientras ella se convencía de que lo mejor era mantenerme a distancia.

Tenía que recuperar su confianza. Y después… Ese viaje podría ser lo que necesitábamos. Un respiro, lejos de Costa Serena, lejos de la presión del hospital y de lo que nos rodeaba.

Inspiré hondo.

Veinticinco días. Ese era el tiempo que tenía para hacerla cambiar de opinión. Y pensaba aprovecharlo.