Manual de primeros auxilios para corazones testarudos (Costa Serena 6) 19 – Hambre
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19 – Hambre

Consejo número diez para la vida adulta: come despacio. No todo en la vida se digiere bien cuando te lo tragas de golpe.

CAROLINA

Dejé que mi mirada se deslizara por su figura, como había hecho aquella mañana.

Fui incapaz de apartar los ojos de ese torso desnudo, cincelado igual que si cada músculo hubiera sido esculpido con una paciencia casi indecente.

Me detuve en el vaivén de su respiración pausada y me quedé absorta en cómo su pecho subía y bajaba con una tranquilidad envidiable, tan opuesta a lo que yo sentía por dentro.

Los ojos se me movieron hasta su cuello ancho, donde la piel morena aún tenía rastros de mis dientes, en un recordatorio descarado de cómo me había hecho perder la razón hacía apenas unos minutos.

Gabriel tenía la capacidad de tentarme sin esfuerzo y empujarme al borde hasta hacerme saltar.

La capacidad de convertirme en alguien que ni siquiera reconocía.

Sentí un cosquilleo en el muslo, donde su mano descansaba relajada, y contuve la respiración.

Esperé algún movimiento que delatara si estaba despierto, aunque este no llegó.

Seguía con un brazo doblado sobre la cara, de nuevo igual que aquella mañana, protegiéndose del sol que se colaba por la ventana.

Mierda, ¿cómo había estado tan ciega y no me había dado cuenta antes del parecido?

«Porque no querías verlo. Porque aceptarlo significaba admitir que él lleva grabado en tu piel desde el principio. Y, claro, es mucho más fácil pelear con un fantasma que enfrentarte a la realidad de una vez».

Por más que me jodiera, mi subconsciente llevaba razón.

Todas las piezas que me había empeñado en barrer bajo la alfombra durante esas semanas encajaron al volver a tenerlo en mi cama, como un puzle perfecto.

«Tan perfecto como él. ¿Lo has visto bien?».

«Cállate de una vez», me reprendí.

—Escucho tus pensamientos desde aquí —murmuró con voz ronca.

—Ah, ¿sí? —Traté de sonar indiferente mientras el corazón me latía desbocado—. No sabía que tenías superpoderes.

—Muchos. Además, no puedo evitarlo si piensas tan alto.

—Vale, listillo. A ver, ¿qué se supone que estaba pensando? —lo reté.

Él soltó el aire en una risa suave, daba la impresión de que la situación le divertía, y cambió de postura. No me sentí cohibida cuando sus iris me recorrieron con descaro.

—Está clarísimo —dijo tras apoyar la cabeza en los brazos, en una postura cómoda y despreocupada. Mierda. Qué guapo era el cabrón—. En la suerte que has tenido.

Solté una carcajada irónica.

—¿Estás hablando de ti?

—Por supuesto. ¿De quién si no?

—Tu ego se me está metiendo en un ojo —espeté aguantando la sonrisa.

Él rio de nuevo, con esa risa ronca que hacía estragos en mi cuerpo, y se adelantó a mi intento de huida.

—Ahora en serio. ¿Qué piensa esa increíble e inteligente cabecita? —me preguntó, colocando medio cuerpo sobre el mío—. La verdad, por favor.

Me quedé en silencio unos segundos.

¿La verdad?

Había muchas verdades que no quería confesar, como el miedo que me provocaba la facilidad con la que desmontaba mis defensas, con esa mezcla de descaro y dulzura que me gustaba mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir. O lo absurdamente reconocida que me sentía cuando me miraba de esa forma.

Reconocida a todos los niveles.

Opté por algo mucho menos íntimo, aunque igual de contradictorio:

—No tengo ganas de volver al trabajo mañana —admití.

—Ni yo —reconoció con naturalidad—. Me quedaría aquí las próximas setenta y dos horas. Justo aquí mismo.

Su voz se volvió más íntima con cada palabra y, sin apartar la mirada, movió la cadera contra mi cuerpo. No fue sutil, su excitación era evidente y, por si no me había quedado claro, presionó un poco más para remarcar sus palabras.

Mi cuerpo respondió sin mi permiso.

—Hablo en serio —me quejé, más para mí que para él—. Jamás me he planteado algo así, ni siquiera cuando mi tutor me hacía la vida imposible.

Se detuvo. Su sonrisa perdió fuerza.

—Me lo tomaré como un halago.

Suspiré, frustrada.

—No sé qué me pasa…

—Has estado sometida a mucho estrés, Carolina. Es normal que necesites un respiro. ¿Has pensado en tomarte unos días de descanso después de lo de Bruno?

—No. —Me encogí de hombros—. No me pertenecen días libres aún. Además, él está bien. ¿Y tú?, ¿te has pedido vacaciones ya o quieres tocarle un poco más la moral a Manuel?

—Qué va —dijo rotundo, aunque una sombra fugaz le cruzó la mirada—. Tampoco soy un experto en desconectar. Soy fiel defensor de que mantenerse ocupado es la mejor terapia psicológica para evitar sobrepensar… y que los demonios no tengan tiempo de alcanzarte.

Me quedé en silencio, observándolo.

Aquello no parecía una simple frase soltada al azar. Era un destello de la persona que se escondía detrás de esa fachada de seguridad y buen humor. Y, por algún motivo que no comprendí del todo, su confesión me desarmó un poco y me hizo querer preguntarle qué clase de demonios quería evitar.

Mi teléfono empezó a sonar en algún lugar del dormitorio.

—Espero que no hayas orquestado esa llamada para escaparte de mí de nuevo, aunque conociéndote… —bromeó.

Admiré su facilidad para transformar el cauce de la conversación y le seguí el juego.

—Puede —contesté escueta y me moví bajo él para salir de la cama.

Me retuvo por la cintura y me apretó contra su cuerpo.

—Podrías ignorarlo… —murmuró junto a la piel de mi cuello; su nariz me hizo cosquillas—, y quedarte conmigo un poco más.

Estuve a punto de claudicar. A punto.

—No puedo, Gabriel.

Él suspiró de forma teatral y me liberó de su agarre. Por el rabillo del ojo vi cómo se dejaba caer sobre el colchón y abría los brazos en un gesto de derrota.

Sonreí y caminé hasta la cómoda.

—Menos mal… —Un suspiro femenino me dio la bienvenida al otro lado de la línea—. Estás viva.

Amonesté a Gabriel con un gesto cuando me chistó y me guiñó un ojo, pero mi gesto perdió toda la autoridad en cuanto vi hacia dónde dirigía una mano y lo que empezaba a hacer con ella.

La sonrisa se le ensanchó, como si la cosa no fuera con él, y continuó con su lúdica actividad. Me puse de espaldas a la cama, porque así era imposible concentrarse.

—Eso parece…

—¿Estás bien?

—Sí. ¿Qué pasa, Diana?

Soltó el aire en una especie de bufido antes de cambiar el tono.

—Joder, Caro. Llevo toda la santa mañana enviándote mensajes y ya me tenías de los nervios. No me he presentado en tu casa porque tu cuñada insistía en que necesitabas espacio y todas esas mierdas psicológicas —se quejó y escuché la voz de Rachel por detrás.

Miré el reloj y fruncí el ceño. ¿Cómo podía ser tan tarde? Había perdido la noción del tiempo completamente.

—Son casi las dos.

—Pues claro que son casi las dos —corroboró—. ¿Dónde leches estabas metida? Ayer te fuiste de casa de papá y mamá hecha un desastre y no te has dignado a dar señales de vida. Y no, esa birria de mensaje de anoche no cuenta. No me calmó en absoluto.

—Te dije que estaba bien —me defendí.

—Ya. Pues permíteme que no te crea. Además, que sepas que tuve que utilizar todas mis técnicas de persuasión para cubrirte con papá y mamá.

No descarto que te pregunten algo después.

Porque vas a venir, ¿no? —Hasta entonces no recordé que esa misma tarde teníamos la merienda de celebración por el cumpleaños de mi madre.

Fui a responder, sin embargo, el contacto de la boca de Gabriel sobre mi nuca frenó mi respuesta.

Cerré los ojos con fuerza, tragándome un gemido mientras descendía en un reguero de besos húmedos por toda mi columna, hasta llegar a la cintura—. ¿Caro? ¿Estás ahí?

—Sí…

Mi hermana tardó unos segundos en contestar.

—Espera, espera… ¿Qué pasa ahí? —preguntó con esa maldita perspicacia suya o quizá no había sido tan silenciosa como creía.

Diana hizo una pausa dramática, analizando mi silencio, y yo contuve la respiración—.

¿No estarás…? Madre mía, ¿te he pillado masturbándote?

¿O estás llorando? No, no. Suenas igualito a cuando Rachel y yo estamos haciendo guarradas y papá nos interrumpe.

Ese hombre tiene el don de la oportunidad y siempre llama en los momentos más inadecuados.

—No estoy…

—Tranquila, no seré yo quien te juzgue —me interrumpió. Las manos de Gabriel se deslizaron por mis muslos, firmes, seguras, y me giró con facilidad para colocarme frente a él—. Todo el mundo sabe que no hay método más infalible para mejorar el día que un buen orgasmo, pero…

—Diana, cállate de una puta vez —gruñí.

—Menudo carácter de mierda, chica… —se quejó—. ¿Vas a venir o no?

Un escalofrío me recorrió la piel en el instante en el que esas enormes manos me instaron a abrir las piernas.

Miré hacia abajo y aquello fue mi perdición.

Verlo allí, arrodillado en el suelo y observándome con esa sonrisita creada para torturarme, hizo que se me olvidaran todas las razones por las que debía parar.

Abrí la boca en una respuesta silenciosa al sentir su lengua sobre mi clítoris.

—Luego nos vemos —mascullé a duras penas y colgué antes de que mi hermana se convirtiera en una espectadora inesperada de mi placer.

Cuando apoyé el teléfono en la cómoda tras de mí, Gabriel elevó ambas cejas con una expresión de satisfacción mal disimulada y repasó mi cuerpo desnudo mientras con los dedos jugueteaba entre mis pliegues.

—¿No has tenido suficiente, Santana? —le pregunté, rendida a él y a sus caricias.

—No —contestó rotundo—. Y parece que tú tampoco. Además, estoy cumpliendo una misión personal muy importante.

—¿Cuál?

Succionó mi pubis de forma certera, lo que me arrancó un gemido.

—Estoy recreando la noche que pasamos juntos. Ya que no la recuerdas, he pensado que sería buena idea refrescarte la memoria.

—Qué buen samaritano.

La vibración de su risa hizo estragos en mi entrepierna.

—Lo sé, puedes darme las gracias por mi buena obra después.

—Seguro… —ironicé.

—A ver si esta vez consigo que mantengas los ojos abiertos después del tercer orgasmo.

Hubo un momento de pausa en el que tan solo compartimos una mirada.

Fue tal el alcance que tuvo aquel simple contacto que hasta me planteé llevar a Gabriel conmigo a la celebración.

«¿En qué demonios estoy pensando?».

Sacudí la cabeza. La falta de oxígeno en el cerebro me estaba afectando demasiado. O quizá era simple estupidez.

—Es tarde, Gabriel… —Me obligué a ignorar el calor que me subía por el pecho—. Deberíamos comer algo.

—Me has leído la mente —contestó con ese tono insolente que le encantaba usar—. Justo eso es lo que voy a hacer ahora mismo.

—Gabriel…

Él ignoró mi advertencia.

—Carolina —replicó descarado, alargando cada sílaba como si saboreara mi nombre.

Con la mano libre me instó a apoyarme en el mueble y, dedicándome una sonrisa peligrosa, hundió la cara en mí.

Ya no hubo más palabras, solo su boca, su lengua, sus manos sujetándome con una seguridad devastadora. Inspiré hondo y me arqueé contra él, perdiéndome en la sensación de su lengua, que no me daba tregua.

Supe que era absurdo luchar, así que me agarré a su pelo cual ancla que me mantendría a flote en medio de aquella tormenta que él mismo había desatado.

Gabriel se recreó en saborearme entera.

Me perdí en su lengua, en el placer que me arrastró y me hizo gemir hasta perder el control. Cuando poco tiempo después alcancé el orgasmo, me derrumbé contra la cómoda y él alzó la cabeza con una expresión satisfecha y peligrosa.

—Aparte de buena cirujana, eres una cocinera increíble. —Se lamió los labios y sonrió satisfecho con la expresión de quien sabe que está exactamente donde debe estar—. Felicidades, la comida estaba exquisita.

Por un segundo, su gesto se suavizó y me dio la impresión de que quería que notara algo más detrás de esa fachada, aunque fue tan rápido que casi me convencí de haberlo imaginado.

«No te montes películas de amor, esto no es más que un juego para él».

Un pensamiento me cruzó la mente, uno que tenía que ver con lo buen amante que era y con lo que me explicó Lola sobre su éxito con las mujeres.

Mierda. Había caído como una idiota y me había convertido en una más de sus conquistas.

Me obligué a sonreír, pero la sensación en mi pecho no desapareció.

Un regusto agrio se me enredó en el estómago en un nudo imposible de deshacer y supe que no se trataba de incomodidad o de simple orgullo herido.

Era más. Una certeza a la que no quise darle forma, un peso que no debería haber sentido y un hambre insaciable que me desgarró las entrañas y que me susurró lo que en el fondo empezaba a necesitar de él.

Y eso fue lo que más me asustó.