18 – Recuerda
Inefable: lo que no se dice porque, al decirlo, perdería la mitad de su verdad.
GAbrIEL
Miré a ambos lados para asegurarme de que no hubiera ningún vecino madrugador cerca que pudiera ver lo que iba a hacer. El portal cedió cuando levanté el pomo firmemente y empujé con la cadera, tal y como Carolina me enseñó aquella noche.
No debería sorprenderme por recordar el truco para colarme en su edificio, todo lo que tenía que ver con ella lo tenía grabado a fuego en el cerebro.
No sabía si estar allí era una buena idea, después de lo desastrosa que había resultado mi visita el día anterior en la barbacoa de su familia, pero, ya que había llegado hasta allí, no iba a echarme atrás en el último minuto.
Subí las escaleras de dos en dos y me detuve ante su piso.
—Vamos allá. —Inhalé en profundidad y llamé con los nudillos.
La puerta se abrió un momento después.
—Papá, ya te dije que… —Detuvo su discurso y la expresión somnolienta que lucía desapareció en cuanto me reconoció. Se enderezó de golpe, igual que si le hubieran dado un latigazo en ese redondo y pequeño trasero, y entrecerró los ojos, desconfiada—. ¿Tú?
Apostaba el sueldo de todo un año a que en ese momento lucía una expresión de gilipollas profundo, pero la culpa era toda de ella.
¿Qué demonios era ese trocito de tela minúsculo que tenía puesto?
Por el amor de Dios.
—Hola —me obligué a responder.
¿Y esas gafas?, ¿cómo era posible que le favoreciesen tanto y le hicieran los ojos aún más grandes?
Se pasó una mano por el moño despeinado, en un intento fallido de arreglarlo, y exhaló despacio.
—¿Qué haces aquí, Gabriel? —preguntó arrastrando las palabras, como si la sola idea de tenerme allí la agotara.
La miré a los ojos sin titubear.
—Me gustaría hablar contigo. ¿Te pillo en buen momento?
Carolina suspiró con desgana y abrió del todo la puerta.
—Pasa.
Me dejó allí, sin más, y se dio la vuelta para ir hacia la cocina.
Mis ojos actuaron por su cuenta y bajaron hasta su culo, donde el escueto pantalón apenas cubría la curva inferior.
Joder.
Tragué saliva y desvié la mirada hacia el salón un segundo.
«Deja de pensar con la polla, Gabriel. Estás aquí por otra razón», me reprendí, obligándome a centrarme en otra cosa. Como en la ausencia de cajas sin desembalar o en los muebles, antes vacíos, que en aquel momento estaban llenos de detalles que hablaban de ella.
Entré en la cocina algo más calmado.
—¿Qué tal la urgencia de ayer? —le pregunté mientras ella retiraba la cafetera italiana del fuego.
—No lo estropees antes de empezar, anda —me advirtió, pues ambos sabíamos que había sido una excusa para largarse de la reunión—. ¿Café?
—Sí, por favor.
La observé desde una esquina mientras se movía por la reducida cocina con una soltura que me fascinó.
Colocó dos tazas en la encimera, exactamente en el mismo lugar donde la había subido el día anterior para besarla, y el eco de su gemido me atravesó la mente.
«Maldita sea».
—Siento no poder ofrecerte nada más saludable —comentó al tiempo que sacaba un paquete de galletas de chocolate de la despensa y lo ponía sobre la bandeja. Alzó los hombros al pasar por mi lado—. Los domingos en mi casa se desayuna dulce.
—Lo sé —respondí de forma automática y la seguí hasta el salón.
—Ah, ¿sí? —Colocó la bandeja en la mesa frente al sofá y se sentó sobre una de las piernas.
La observé soplar su bebida. Al tardar en responder, me miró sobre la taza, instándome a que le contestara.
—Me lo dijiste la noche que nos conocimos —le recordé, y ella desvió la mirada.
—Ya…
Apretó los labios y sorbió su café, en un intento de eludir la conversación. Estaba incómoda, era obvio.
Movió la cucharilla una vez más, esquivando el tema. Sin embargo, yo no estaba dispuesto a dejarlo pasar esa vez.
Ya estaba cansado de que ignorara la situación.
—Nunca me he disculpado por irme sin avisar. Estuvo fatal por mi parte… Imagino que te cabrearías al salir de la ducha y no verme por aquí.
—No. —Movió la cabeza para darle más fuerza a su respuesta—. De hecho, te iba a echar.
La carcajada me salió de la garganta de forma espontánea.
—Gracias por ser sincera.
—De nada.
Me acerqué a ella al inclinarme para agarrar mi taza. No me pasó desapercibido cómo se alejó y lo disimuló reajustando su postura.
—¿Sabes? Reconozco que últimamente pienso mucho en aquella noche.
—Ajá—murmuró sin apartar la vista de su café.
No podía creerme que aquello la afectara de esa manera, pues parecía que quisiera dar marcha atrás en el tiempo y no haberse acercado a mí en el bar. ¿Era eso?, ¿se arrepentía tanto que no era capaz de mirarme a la cara?
Se mordió el interior de la mejilla y giró el cuello, privándome de poder verle la cara. Me fijé entonces en sus manos, tensas alrededor de la taza.
No. Aquello no era solo incomodidad. Era otra cosa.
«Tiene que haber algo más».
—¿Tú piensas en ello?
—No demasiado.
«Mentira».
—¿Recuerdas lo de las tortitas?
Ella parpadeó rápido.
—Vagamente.
—Fue una promesa muy apetecible… —Carolina volvió la cabeza y forzó una sonrisa. Yo me obligué a devolverle el gesto mientras la mente me iba a mil por hora—. Una pena no llegar a probarlas.
—Gabriel…
—Mira, eso sí que me apetecería.
—¿Ahora?
—Sí, ¿por qué no? —respondí con fingida naturalidad, observándola atento—. Esa combinación de chocolate negro puro y miel no se me va de la cabeza.
Esperé su reacción.
Tardó un segundo de más en responder.
—Sí. Delicioso.
Bingo. Había picado, y ahí tenía la confirmación que necesitaba.
La observé con más detenimiento. Su expresión era imperturbable, pero tenía el cuerpo demasiado tenso, parecía que tratara de protegerse de una amenaza o de lo que estaba a punto de venir.
—No te acuerdas —le dije, incrédulo.
Enderezó la espalda y agarró la taza con ambas manos.
—¿Qué dices?
—Que me dejaste bien clarito en el bar que no me quedaría a desayunar. Y me lo repetiste un par de veces después —aclaré, alucinado—. No te acuerdas.
No respondió de inmediato. En lugar de eso, cerró los ojos e inspiró hondo. Unos segundos después, y en voz más baja de lo habitual, soltó la bomba:
—No.
Me dio la impresión de que pronunciar esa palabra le había costado más que aceptar que había pasado por alto un dato clave en un preoperatorio, y eso, para alguien como ella, ya era todo un mundo.
Me reí.
No pude hacer nada por impedir aquella reacción de mi cuerpo, aunque lo que sentí no tuvo nada de divertido en realidad. Todo ese tiempo dándole vueltas, toda esa noche clavada en mi memoria, y ella no tenía ni idea de lo que habíamos compartido.
—Joder… Qué estúpido. —Negué moviendo la cabeza—. Yo preocupándome por seguirte el rollo y resulta que ni siquiera estabas fingiendo. No tenías ni idea de qué demonios había pasado entre nosotros.
—No tiene gracia, Gabriel —me cortó con tono seco y las mejillas enrojecidas.
—Lo siento, lo siento —me disculpé sin reprimir la sonrisa. Ante su ceño fruncido, levanté las manos en son de paz—. Es que… Joder, Carolina. Esto sí que no me lo esperaba.
Ella cruzó los brazos y se echó hacia atrás en el sofá. Me miró con esa combinación de incomodidad y desafío que empezaba a conocer demasiado bien. Yo traté de que el ataque de risa se me pasara.
Aquello era absurdo. Deliciosamente absurdo.
—¿Ya? —me preguntó con cara de pocos amigos. Asentí e inspiré hondo—. Mira, yo no suelo beber ni mucho menos hago nada de eso que hice contigo. Nunca.
Incliné la cabeza.
—¿No? —Negó—. Pues para ser la primera vez lo hiciste sumamente bien. Parecías tener mucha experiencia, créeme.
El color de sus mejillas subió un par de tonos y me fulminó con la mirada.
—Si estás insinuando que era virgen, no voy por ahí, idiota —contraatacó y, aunque su tono fue firme, la traicionó un leve temblor al volver a hablar—. Me refiero a que…
—A que no eres de las que se llevan a tíos a casa y tampoco se acuesta con desconocidos —terminé por ella—. Lo sé. Ahora lo sé.
Soltó un bufido suave.
—Qué listo eres, Santana.
—Mucho, Remo. —Dejé mi bebida en la mesa y me volví hacia ella—. ¿De verdad no recuerdas nada?
—De verdad.
—¿Nada de nada?
Carolina exhaló lento.
—Solo alguna imagen suelta… —admitió en voz baja.
—¿Cuál? —Mi voz sonó más ronca de lo que pretendía.
Jugueteó con el asa de cerámica cuando habló.
—No lo sé… Está borroso. Solo sensaciones. Una mano. Calor… —Se interrumpió y perdió la vista en algún punto de la mesa—. Creo que recuerdo tu voz.
—¿Mi voz?
Afirmó y, al volver la cabeza, los ojos se le desviaron un segundo a mi boca.
—Dijiste mi nombre. Varias veces —murmuró.
—Gemí tu nombre muchas veces —la corregí en el mismo tono.
—Ya…
—Tú también pronunciaste el mío.
Carolina se quedó quieta y dio la impresión de que el aire se había cargado de electricidad de repente. La mano se le tensó levemente y el cuello le vibró al tragar saliva.
La tensión se filtró en cada movimiento, en cada pausa, y decidí ir con todo.
—Lo gemiste cada vez que te hice llegar al orgasmo con mi boca. Con mis manos. Conmigo muy dentro de ti…
—Gabriel.
—Todavía te escucho, incluso cuando estoy solo en mi casa. Y es una tortura, Carolina.
La miré con fijeza. No iba de farol y quería que lo supiera. Necesitaba que sintiera la desesperación que a mí me estaba consumiendo.
Los latidos de mi corazón duplicaron su velocidad al verla soltar la taza e inclinarse hacia mí. Me quedé quieto y apreté la mandíbula. Sabía que, si aquello no acababa bien, iba a quedar tocado.
Muy tocado.
Esperé unos segundos más, y ella se dio cuenta de dónde tenía enfocada la vista. En un reflejo inconsciente, se humedeció los labios y se mordió el inferior.
Y eso me condenó.
—Necesito besarte, Carolina.
No se inmutó. No retrocedió. Tan solo la delató la velocidad de su respiración.
—Hazlo.
Si todo aquello era un juego, yo ya había perdido. Porque no podía alejarme. No podía retroceder ni fingir que no la quería con todo mi puto ser.
Llevé una mano al lateral de su cara y, cuando sentí el calor de su respiración entrecortada contra mi boca, le susurré:
—Esta vez no pienso irme, ni aunque me eches.