Manual de primeros auxilios para corazones testarudos (Costa Serena 6) 17 – Desborde
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17 – Desborde

Consejo número nueve para la vida adulta: si necesitas escapar es porque ya es demasiado tarde.

CAROLINA

—Tía Caro, ¡más alto! —gritó Olivia entre risas mientras nadaba hacia mí.

—¿Más? A este paso vas a acabar en la otra punta de la piscina, enana —bromeé y la sujeté por la cintura antes de impulsarla de nuevo.

Su cuerpecito voló durante unos segundos y, al caer, el agua me salpicó, fría y vigorizante.

No tardó en regresar.

—¡Otra vez!

—Madre mía, ¿este cuerpecito tan pequeño no se cansa? —le pregunté mientras la sostenía por la cintura. Ella negó sin dejar de moverse como una culebra entre mis brazos—. Te lanzo, pero será la última vez, ¿vale? Tengo los brazos molidos.

—¡Vale! Pero ¡muy alto!

—Hasta el cielo… ¿Preparada?

La lancé con fuerza. El chillido de euforia murió cuando se hundió en el agua. Acto seguido, sacó la cabeza y nadó con una soltura poco propia de una niña de seis años hasta que llegó al bordillo.

Sonreí, me encantaba su energía, esa despreocupación infantil que yo había perdido hacía años. Para ella, el mundo era sencillo; el mío, en cambio, estaba lleno de decisiones, responsabilidades y sentimientos que no sabía dónde colocar.

Hubo un tiempo en el que yo también creía que todo podía ser así de fácil. Pero luego… En aquel momento ni siquiera era capaz de disfrutar de una barbacoa con mi familia sin sentir que algo en mi vida estaba a punto de explotar.

Hundí la cabeza para echarme el pelo hacia atrás y, al emerger, un tsunami me impactó contra la cara.

—¡Oye…! —Tosí, y Olivia, junto con el resto de mis sobrinos desperdigados por la piscina, se troncharon de risa—. Ahora verás…

Le hice cosquillas en venganza, y ella chilló de risa.

Fue entonces cuando noté el alboroto en el jardín. Primero fueron saludos, después el sonido de sillas arrastrándose en la terraza. El murmullo me sacó de golpe de mi pequeña burbuja acuática y alcé la cabeza.

Me fijé en que la mitad de mi familia se había puesto en pie para recibir, entusiasmados, a alguien que acababa de llegar.

La «barbacoa sencillita» se estaba convirtiendo en todo lo contrario, y ya me iba a tener que poner en modo sargento con mi hermano, que acababa de levantarse para unirse al corrillo.

No fue hasta que algunos cuerpos se apartaron que no distinguí la figura alta y familiar entre ellos y un pellizco me cerró la boca del estómago.

«No…».

Allí, en medio del grupo, rodeado de sonrisas y palmaditas en la espalda, estaba Gabriel.

Imponente, relajado, con esa media sonrisa encantadora que parecía decir que estaba exactamente donde debía estar.

La misma sonrisa que horas antes había prendido fuego a mis defensas.

Lo vi estrechar la mano de mi padre y asentir con tranquilidad.

—¿Qué hace aquí? —pregunté sin esperar respuesta.

Me abracé a mí misma al notar cómo la piel se me erizaba. Daba la impresión de que mi propio cuerpo intentaba advertirme de algo.

—Papá lo invitó —me contestó Emma desde su posición en el bordillo. Volví la cara en su dirección. Seguía con los pies hinchados en remojo y una mano descansando sobre la tripa—. Ya sabes, lo tienen en un pedestal por haber salvado a Bruno.

—Genial —mascullé y me pasé una mano por la cara mojada.

El cerebro me entró en modo huida.

La última vez que lo había visto, apenas unas horas atrás, casi nos lo habíamos montado en mi cocina.

Aún podía notar el calor de su respiración entrecortada mientras nos rozábamos. Esas enormes manos recorriéndome con una urgencia que todavía me hormigueaba en la piel.

Mi culo contra la encimera. Su boca devorándome…

Hasta que un trozo de metal me devolvió a la más cruda y retorcida realidad. Ese llavero, junto con el hecho de que él lo hubiese reconocido sin titubear, fue la confirmación de lo que en el fondo ya intuía, pese a que me negara a admitirlo.

Gabriel era el hombre con el que me había acostado aquella noche.

Y no fue eso lo que me dejó en shock . No. Lo que me cortó la respiración fue darme cuenta de que lo poco que recordaba de aquella noche no era un invento de mi cabeza beoda ni una jugada de mi subconsciente para rellenar los huecos vacíos.

Aquello no había sido un simple encuentro con un desconocido ni algo que pudiera enterrar en la parte más oscura de mi memoria y fingir que nunca pasó.

Era él. Siempre había sido él.

Y mi cuerpo lo sabía.

Porque, aunque mi cabeza se negara a recordarlo, aunque la vergüenza me hubiese hecho bloquear cada destello de aquella madrugada, todas mis terminaciones nerviosas habían revivido con él; con la calidez de sus manos en mi piel, con la manera en la que su boca había encajado con la mía como si estuviera hecha para eso y con la sacudida eléctrica que me recorrió la espalda cuando el deseo se hizo insoportable.

Y eso lo cambiaba todo.

Yo no recordaba esa noche, no, pero mi piel sí. Ella sí. Y me lo hacía saber a cada agónico segundo.

Rabia. Deseo. Confusión. Todo se me enredó en la garganta mientras apretaba los puños bajo el agua, en un intento inútil de apagar la mecha que ardía dentro de mí con su sola presencia.

Porque lo sentí.

Una parte de mí despertó y le dio la bienvenida sin mi permiso, encajándolo en aquel paisaje con una naturalidad insultante.

Echarlo de mi piso unas horas antes no había servido de nada, pues ahí estaba otra vez.

Invadiendo mi vida, mi espacio, mi familia…

, con esa condenada sonrisita suya e ignorante —o quizás no tanto— del caos que su sola presencia desataba en mí.

No supe qué hacer. No supe qué sentir. Y no saberlo me jodía, pero todo aquello era demasiado complejo para manejarlo en aquel momento.

Gabriel era demasiado.

Cuando volví a mirar en su dirección, él me observaba fijamente.

—Mierda —susurré casi sin mover los labios.

Lo vi despedirse de Bruno, darle una palmada suave en el hombro y comenzar a caminar.

Hacia mí.

El agua se espesó a mi alrededor, densa y pegajosa, y sentí que me arrastraba hacia el fondo. Sin pensarlo, me sumergí, buceé hasta la zona donde estaban mis sobrinos y me parapeté tras Salva.

Le chisté para que se quedara quieto, aunque no sirvió de mucho.

—Buenas tardes. —Su voz sonó calmada pese a seguir teniendo ese tono grave tan característico.

—¡Hola! —Escuché que le decía mi hermana—. Bienvenido al hogar de los Remo Delgado, doctor.

—Gracias, Emma. ¿Cómo estás?

—Sobreviviendo al calor.

No tuve más remedio que girarme, pues era absurdo fingir que no estaba allí, haciendo el idiota mientras me rodeaba una pandilla de niños gritones.

—Santana… —le dije aparentando no haberme dado cuenta de su presencia hasta ese momento.

Él me observó un instante. Agradecí que no me dedicara ninguna sonrisa.

—¿Podemos hablar?

«Por supuesto que no».

—Dime.

Inclinó la cabeza y alzó las cejas. Yo me apoyé en el borde de la piscina, aparentando una calma que no sentía.

—¿Podrías salir del agua?

Le sostuve la mirada, como si apostara por hablar con normalidad mientras los niños chillaban y mi hermana no se perdía ni una palabra.

Suspiré, me impulsé en la piedra y, una vez fuera, me erguí.

—Nunca he sabido hacer eso —dijo Emma, a la que no presté atención, pues Gabriel se acababa de mover y me tendía una toalla.

Mi orgullo me gritó que lo ignorara, pero estiré un brazo y la cogí.

—Gracias.

—No hay de qué —respondió con sencillez.

¿Cómo podía fingir que estar allí era lo más normal del mundo?

No lo era. Ni por asomo.

Me entretuve en secarme y mis ojos se cruzaron con los de mi hermana Diana, que me observaba con una mirada cómplice mientras abrazaba a Rachel en una de las tumbonas.

No necesité ser adivina para saber lo que estaba disfrutando de la escenita.

—Ven. —Agarré a Gabriel del brazo y caminé unos metros, apartándonos de los demás.

—¿A dónde vamos?

—¿Qué haces aquí? —le espeté al detenerme junto al cobertizo de las herramientas.

—Tus padres me mandaron un mensaje y…

—Y te pareció lo más profesional del mundo aceptar —terminé por él, cargando mi voz de reproche.

Él parpadeó, confundido.

—No estoy en horario de trabajo. Además, insistieron en que me pasara a tomar algo para darme las gracias —se excusó a la defensiva—. No sabía que necesitara tu permiso.

—Es la casa de mis padres. Sabías que yo iba a estar aquí.

Una de sus cejas se curvó. Me crucé de brazos en actitud desafiante.

—No hagas eso.

—¿El qué?, ¿decir verdades?

—No. —Se acercó un paso, y yo me tuve que esforzar por no retroceder. Su mano estaba caliente cuando me agarró uno de los brazos y me obligó a descruzarlos—. Ya es suficiente tortura verte así, después de lo de antes, como para que encima las realces.

Me quedé sin palabras durante un par de segundos.

—¿Perdona?

—No entiendo a qué estás jugando. —Su voz sonó hueca.

Tensa. Cargada de un matiz que no supe si era rabia o desesperación.

Se pasó una mano por el pelo con un gesto brusco y me señaló—.

Hace unas horas me tenías entre tus piernas, jadeando mi nombre como la noche que pasamos juntos, y ahora me miras igual que a tu peor enemigo.

¿Qué demonios te pasa, Carolina? Porque te juro que, por más que intento entenderte, estoy absolutamente perdido.

Sus palabras cayeron sobre mí como el pitido ininterrumpido de un monitor al declararse la hora de la muerte.

Se me revolvió el estómago, no porque nada de lo que hubiera dicho fuera mentira, sino porque era él quien lo decía; porque había estado todo ese tiempo observándome y tratándome, sabiendo algo que yo no, y no tenía ni idea de cómo manejar aquello.

Me recordó a otra época, a otra mirada que no buscaba entenderme, sino calcular qué podía sacar de mí.

No. No era lo mismo, no podía serlo…

Fui incapaz de darle una respuesta válida. Ni una sola palabra acertada o que no me hiciera quedar como una completa imbécil.

—No deberías haber venido —repetí, como si eso arreglara algo.

Se le tensó la mandíbula y soltó una risa sin humor.

—¿Sabes qué? Tienes razón. No debería haber venido, pero aquí estoy.

—¡Caro! —chilló Diana salvándome de aquella tortura—. ¡Te necesitamos por aquí!

Hubo una pausa. Breve. Intensa. Ambos parecíamos estar a punto de decir algo, aunque no lo hicimos.

Cuando me giré para marcharme, él me llamó.

—Carolina. —Vacilé—. Por favor.

Aquellas dos últimas palabras frenaron el impulso de mis piernas. Me giré hacia él y lo observé en silencio. No supe qué vio en mis ojos, lo que sí sé es que dejó salir un susurro gutural y musitó un «joder», antes de rebasarme y caminar hacia la terraza.

El escozor en mis ojos fue un claro síntoma de que tenía que largarme de allí. En aquel mismo momento.

Escogí el camino contrario al que había elegido él.

—¿Todo bien? —me preguntó Diana interceptándome.

—Me marcho.

—Eh —llamó mi atención al agacharme para coger mi vestido—. ¿Qué ha pasado? Mira que la barbacoa es grande y la carne de neurocirujano está muy cotizada.

Negué. No insistió. Y supo que yo no podía más en cuanto la miré a los ojos.

—Chicos, despedíos de la tía Caro. Se tiene que ir a salvar vidas —anunció recurriendo a una de las peores bajezas del ser humano: mentir.

Por mí.

—Pero si no tiene guardia —se extrañó su gemela.

—Los médicos siempre están al pie del cañón, Em. ¿O te gustaría que cuando te pusieras de parto tu ginecóloga no se presentase? —la contradijo y me guiñó un ojo, aunque la sonrisa no camufló su mirada preocupada—. Francesa, tengo hambre.

—Qué novedad… —resopló su mujer. El bufido fue cariñoso, casi tanto como el gesto de mi hermana al echarle el brazo por el hombro y besarla en el pelo.

—África, vente tú también con nosotras, que mi padre ya debe de tener la salchicha en su punto.

—Eso me ha perturbado hasta a mí —alegó esta, que secaba a Olivia a unos metros.

No pude escuchar el resto de la conversación, pues me alejé de la casa por la parte contraria a la terraza.

Cuando arranqué el coche, las lágrimas me nublaron la vista. Parpadeé furiosa, pero no sirvió de nada.

—¿Qué demonios te pasa? —maldije en voz alta.

Golpeé el volante con la palma abierta y el claxon sonó como un grito rabioso en mitad del silencio. Me quedé quieta un segundo, respirando de forma entrecortada, hasta que mis manos temblorosas lo agarraron con fuerza.

No miré por el retrovisor. No pude. Porque, si lo hacía y él estaba allí, quizá no sería capaz de irme.

Pisé el acelerador y me alejé, esperando que poner distancia física entre nosotros arreglase algo.

Spoiler : no lo haría.