16 – Kéfir
Arrojo: no permitir que el miedo actúe por ti.
GAbrIEL
Un brazo apareció de la nada delante de mi cara.
Me giré por instinto, con la naturalidad de quien no espera encontrarse a nadie conocido entre los estantes de yogures y productos sin lactosa.
Sin embargo, cuando mis ojos registraron a quién pertenecía esa extremidad, una descarga de adrenalina me recorrió la columna y me redobló los latidos del corazón.
Joder.
Con el pelo suelto y húmedo, y sin una pizca de maquillaje, estaba todavía más bonita.
—Buenos días —la saludé con una sonrisa ladeada, fingiendo ser un hombre con absoluto control sobre sí mismo.
Carolina, por el contrario, tenía los ojos más abiertos de lo normal y me miraba como una gacela asustada por los faros de un coche.
Inspiró, parpadeó y entreabrió los labios, aunque no le salió ninguna palabra. Parecía procesar algo en esa cabecita suya y no supe si eso era bueno o malo.
Demasiados segundos en silencio después, soltó:
—¿Qué haces aquí?
—Los jefes de sección también hacemos cosas tan mundanas como comprar yogures —bromeé.
—Ya… —No sonrió—. Te has cortado el pelo.
—Sí, ayer por la tarde. Esta vez el peluquero se ha pasado un poco, pero ya crecerá… —comenté sin perder el buen humor. Sin embargo, un ligero titubeo en su expresión me hizo fruncir el ceño—. ¿Estás bien?
Asintió y, como si todavía necesitara un segundo más para registrar mi presencia, se giró hacia la estantería para trastear entre los productos.
Incliné la cabeza y aproveché ese momento para observarla a placer: llevaba un vestido suelto de color azul claro que le llegaba a la rodilla y un escote discreto que seguía la línea de su clavícula.
Parecía perfecto para el calor.
Y perfecto para ella.
Aunque la forma en la que mantenía la espalda tensa no era un buen presagio y su actitud mucho menos. ¿Es que habíamos vuelto a las andadas? Esperaba que no.
—¿Cómo fue el regreso de tu hermano a casa? —Traté de entablar conversación dentro de nuestro terreno conocido.
—Bien. Caótico. Están en casa de mis padres —contestó y, por fin, se giró hacia mí—. ¿No trabajas hoy?
Negué con la cabeza.
—Guardia localizada. Tú descansas este fin de semana, ¿no?
Las arrugas en el entrecejo se le acentuaron. Después de una pequeña pausa, afirmó con cierta duda.
—Sí. —Desvió la mirada y luego hizo un gesto con la cabeza—. Bueno, Gabriel, voy a seguir, que tengo algo de prisa. Espero que te vaya bien.
Antes de que pudiera responder, ya había desaparecido en el pasillo lateral con paso rápido.
Me encogí de hombros. Su tono, su cuerpo y su prisa por marcharse me dejaron claro que no estaba cómoda con el encuentro. No estaba seguro de por qué, pero tampoco iba a insistir ni a forzar nada.
Dejé escapar un leve suspiro y me centré en mi compra. Escogí los yogures, el pan de centeno y la carne, y me acerqué a la caja.
—¿Se va a acabar el mundo y no me he enterado? —comenté junto a su nuca.
Carolina se sobresaltó de tal forma que parecía haber escuchado un susurro del mismísimo diablo. Su reacción fue tan exagerada que tuve que reprimir una carcajada.
—¿Qué dices?
—Llevas media tienda —apunté a su compra con la barbilla.
La cinta transportadora estaba a rebosar de productos y no todos saludables.
Ella bajó la mirada, observó su elección, luego la desvió a la mía y bufó.
—Ahora lo entiendo todo.
—No sé si ahondar en esa frase —respondí entretenido.
—Esa cara que tienes a veces… —Apuntó a mi mano derecha—. Es por el kéfir.
Se me escapó una risotada.
—Es un excelente elixir de vida. ¿Cómo te crees que me mantengo así con treinta y ocho años? —me defendí—. Además, si me juzgas por mi secreto de juventud, yo podría hacer lo mismo con las cuatro tabletas de chocolate blanco que tratas de ocultar debajo de la lechuga.
Actuó como si no hubiera escuchado una sola palabra y cogió un paquete de chicles de sandía para colocarlo en la cinta.
—No sé cómo podéis comeros eso —alegó.
—¿Bolsa? —preguntó de forma mecánica la cajera.
Carolina le dedicó una mirada fulminante y respondió un seco: «Sí, por favor», antes de concentrarse en guardar cada producto que la chica pasaba con desgana por el escáner.
Cuando terminó, pagó con el teléfono y murmuró una escueta despedida, tratando de desaparecer cuanto antes.
Ni siquiera se giró a mirarme.
«¿Huyes de mí, Remo?», le pregunté en silencio a su figura, al tiempo que observaba cómo su vestido se balanceaba con cada paso y le delineaba el contorno de las piernas.
Me apresuré a abonar en efectivo mis tres artículos y salí tras ella.
Al llegar a su altura, intenté descifrar lo que mascullaba por lo bajo, aunque no logré entenderla.
—¡Eh! —soltó un quejido al forcejear cuando sintió el agarre en las bolsas de su mano derecha. Se giró con el ceño fruncido, pero al ver que era yo relajó el tono—. Joder. He estado a punto de darte con la leche en la cabeza. ¿Qué haces?
—Ayudarte —respondí con simpleza.
—Puedo sola, gracias.
—Insisto…
Vi la lucha interna reflejada en su cara. Supe que su primer instinto fue el de rechazarme de nuevo, no obstante, al final suspiró resignada y aflojó la tensión de los dedos.
—Gracias —murmuró casi como si aquello fuera un castigo.
Asentí y caminamos juntos hasta su portal.
En cuanto abrió y se giró, me colé dentro.
No pensaba darle tiempo para protestar o negarse, si iba a cargar con la mitad de su compra, al menos me aseguraría de que esta llegara sana y salva a su cocina.
No tenía nada que ver con que me apeteciera alargar la conversación o mirarla un rato más. En absoluto.
—Gabriel… —me llamó unos pasos por detrás—. ¡Eh! ¿Puedes esperarme?
Me detuve hasta que pasó a mi lado. La carcajada que iba a soltar al verla poner los ojos en blanco y subir toda digna las escaleras murió al llegarme el olor a vainilla de su pelo.
Subí tras ella en silencio. Sus zancadas se hicieron más rápidas conforme nos acercábamos a la puerta de su piso. Cuando llegó al descansillo, soltó las bolsas en el suelo, se dio la vuelta y extendió una mano en mi dirección.
—Ya puedo sola. Gracias.
Levanté una ceja.
—¿Tienes la casa desordenada o algo así? No soy tan malo, mujer. Prometo que no se lo diré a nadie en el hospital.
Inspiró hondo con el brazo aún entre nosotros.
—Estás jugando con fuego hoy, Santana.
—Lo que se me está es cortando la circulación de los dedos. ¿Puedes abrir, por favor? —Cambié de táctica y, esa vez sí, surtió efecto.
Caminamos hasta la cocina, donde dejamos las bolsas sobre la encimera. La miré, aunque ella no me devolvió el gesto y se entretuvo en ubicar productos.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Claro. —Le di la razón con tono irónico y, antes de que pudiera sacar nada más, le posé una mano en el brazo para detenerla—. ¿Por qué no me quieres decir qué te pasa? Es obvio que ocurre algo.
Ella se estremeció.
Se. Estremeció. Algo completamente atípico y preocupante en ella. Esa no era la Carolina que conocía ni su versión profesional ni la personal ni la de hermana abnegada.
—Necesito preguntarte algo, Gabriel. —No lo dijo con la misma firmeza de siempre. Y eso, por alguna razón, me puso en alerta.
«Porque estás pillado hasta las trancas», me respondió una vocecita.
Di un paso hacia ella.
—Vamos avanzando. Al menos reconoces que algo te pasa.
Ella se humedeció los labios, inspiró hondo y, luego, balbuceó:
—Tú y yo… Cuando nosotros…
Se detuvo en seco y, por su expresión, supe que se estaba reprendiendo mentalmente por su torpeza.
Sin pensarlo, dejé que mis dedos tocaran los suyos, apenas un roce. Su piel estaba demasiado caliente o quizá era la mía. Al entrelazar nuestros dedos, noté cómo se le escapaba un leve suspiro.
—¿Qué intentas decirme? —murmuré.
Estábamos tan cerca que vi cómo las pupilas se le dilataban. Bajó la mirada a nuestras manos unidas, tragó saliva y volvió a observarme. Esa vez no había confusión en sus ojos. Tampoco duda. Solo decisión y un vértigo que me hizo contener el aliento.
Porque lo supe.
Carolina iba a besarme.
El segundo antes de que sus labios impactaran contra los míos, la habitación se encogió sobre nosotros. Y, entonces, ocurrió.
Mi cerebro tardó unos segundos en procesarlo, tiempo que ella no perdió. No titubeó. Me asaltó la boca y el cuerpo se me incendió.
En el instante en el que su lengua entró en contacto con la mía, el mundo se redujo a ese preciso momento; a sus labios, a su respiración entrecortada, a la forma en la que subió las manos a mi cuello y se aferró a mí como si no hubiera otra opción más que devorarnos.
«Dios mío, gracias».
No me había dado cuenta de cuánto la necesitaba hasta que no la había vuelto a tener así, entre mis brazos, con su cuerpo pegado al mío y los labios ardiéndome de necesidad.
La atraje hacia mí, hasta que no quedó un centímetro de nosotros sin tocarse, y ella respondió con un gemido celestial.
—¿Lo sientes? —susurré devorándole el cuello. Carolina volvió a gemir, más fuerte esta vez—. Sí, claro que lo sientes…
Ahí fue cuando todo se descontroló.
Le levanté las piernas y la cargué sobre mí. Contra la erección dolorosa que llevaba días torturándome. Semanas. La misma que había llorado por ella todos y cada uno de esos días.
La moví en una cadencia tortuosa que me supo a poco. Los brazos me temblaron de necesidad, así que la apoyé en la encimera y repetí el movimiento de caderas.
Una vez. Otra. Y otra más.
—Gabriel… —imploró ella.
La miré, borracho de placer, y observé el punto exacto donde nuestros cuerpos se frotaban. Necesité más, así que llevé las manos a su trasero, pero, al hacerlo, algo cayó al suelo y el sonido del golpe nos sacó del trance unos segundos.
Desviamos la mirada al mismo tiempo para darnos cuenta de que su bolso estaba desparramado, y allí, entre el caos de objetos esparcidos, un pequeño objeto metálico me paralizó.
Mi llavero.
El mismo que había dado por perdido y llevaba días maldiciéndome por ello.
—Estaba aquí —murmuré, y ella me separó apoyando las manos en mi pecho.
—¿Qué has dicho?
—Mi llavero. Lo tenías tú. —Solté el aire, procesándolo—. Joder, qué tranquilidad.
Me acerqué para besarla de nuevo, pero ella no me lo permitió. La magia se rompió del todo cuando las facciones se le endurecieron y la sangre le desapareció del rostro en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Carolina? —le pregunté con un pellizco en el pecho.
No respondió. Tan solo se movió, lo que me obligó a dar un paso atrás. Se bajó de la encimera sin mirarme, sin titubear, y recogió su bolso del suelo.
—Esto ha sido un error.
El golpe fue directo al estómago.
—¿Qué?
—Toma. —Me tendió el trozo de metal—. Y gracias por tu ayuda.
La observé estupefacto, y ella me sostuvo la mirada. Agarré el llavero, y retiró la mano como si mi simple contacto la quemara.
—Carolina, no entiendo qué…
—No tienes que entenderlo, Gabriel —dijo y cerró la cremallera del bolso con un movimiento brusco—. Solo vete, por favor. Me gustaría estar sola.
Me quedé allí quieto, como un pasmarote, esperando… «¿Qué? ¿Qué esperas, Gabriel?, ¿que cambie de opinión?, ¿que te mire como lo ha hecho hace un minuto?».
No hizo nada de eso.
Cuando me acerqué a la puerta, me detuve en el umbral y me giré.
—Carolina…
—Cierra al salir, por favor.
Ese fue el último clavo en el ataúd.
Respiré hondo y me marché de allí sin saber por qué sentía que acababa de perder algo que ni siquiera había tenido del todo.