15 – Necesidad
Consejo número ocho para la vida adulta: cuando el hambre aprieta, hasta un yogur caducado empieza a parecerte buena idea.
CAROLINA
—¿Se puede saber qué haces?
—Solo quería ayudar un poco… —me respondió mi hermano Bruno con una mueca de fastidio mientras trataba de incorporarse del sofá.
—Ayudar es quedarte exactamente donde estás —repliqué empujándolo suavemente de vuelta a su sitio. Me aseguré de que la inclinación de la cabeza con respecto al cuerpo quedase elevada a unos treinta grados—. Si algo sobran en esta casa son manos, así que estate quietecito. Tienes que recuperarte.
—Una pena no haber nacido manca —musitó Diana mientras pasaba por detrás del sofá con una sonrisa burlona.
Le lancé una mirada intimidante, pero ella me guiñó un ojo antes de desaparecer hacia la cocina.
Respiré hondo y observé a mi alrededor. Conversaciones cruzadas, risas, quejas infantiles y un constante ir y venir de adultos. El salón parecía más una estación de tren en hora punta que un lugar adecuado para la recuperación de un paciente postquirúrgico.
Menos mal que no acepté volver con mis padres tras mi residencia en Sevilla.
En momentos así, valoraba más que nunca el silencio de mi piso, un privilegio que Bruno no tendría en un tiempo.
Desde que le habían dado el alta la tarde anterior, y por insistencia de mis padres, estaba instalado en su casa con África y los niños para recibir ayuda en todo momento.
No estaba segura de que hubiera sido una buena idea, sobre todo en ese instante en el que Abril coreografiaba un espectáculo improvisado con Olivia, mientras los gemelos convertían los bancos de la cocina en barricadas para una batalla encarnizada con piezas de Lego.
—¡Basta! —Levanté la voz, y todos se detuvieron en el acto. Hasta mi padre se quedó inmóvil con un vaso de agua a medio camino de la boca—. Como esto siga así, llamo al doctor Santana y le pido que vuelva a ingresar a Bruno sin posibilidad de recibir visitas.
—Cariño, no hace falta que molestemos a Gabriel por eso —terció mi padre con tono conciliador—. Solo se nos ha ido un poco de las manos. Todos estamos muy contentos de tener aquí a nuestro héroe favorito, sano y salvo. ¿Verdad, chicos?
Mis sobrinos asintieron, y él sonrió mientras se acercaba a mí del mismo modo que si yo fuera un animal a punto de atacar.
No iba muy desencaminado.
—¿Gabriel? —Levanté una ceja.
Mi padre alzó los hombros, restándole importancia.
—Bueno, nos dijo que podíamos llamarlo así.
—El mismo día que le dio a África su número de teléfono —añadió Diana con una mueca maliciosa.
La ceja se me elevó aún más. Eso no era lo que normalmente hacía un médico con un paciente. ¿Por qué demonios había…?
Una sensación extraña se me removió en el estómago, pero preferí no analizarlo ahí, con toda mi familia presente. Miré a mi cuñada; esta caminó un par de pasos hasta colocarse detrás de la barra de la cocina.
—¿El doctor Santana te dio su teléfono?
—Me dijo que lo llamase si Bruno necesitaba algo —explicó con una inocencia que no terminaba de creerme.
Un movimiento por el rabillo del ojo me hizo mirar hacia abajo. Bruno acababa de cambiar de postura en el sofá, deslizándose de lado, y había apoyado la cabeza en el reposabrazos.
—Así no —lo corregí con firmeza—. Solo aumentarás la presión intracraneal.
—Sí, doctora —bufó con fastidio y se movió para permitirme que le ajustara el cojín bajo la cabeza.
»¿Al menos puedo ver la tele un poco? —Negué—. Joder, qué cruz. Me estás tratando como si fuera de cristal, Caro.
—De cristal no, de cerebro operado. Las indicaciones son muy fáciles: nada de pantallas ni de forzar la vista. Por supuesto, no puedes hacer esfuerzos ni cargar a los niños ni moverte rápido…
—Vamos, que no haga nada.
—Correcto. Necesitas descansar, estoy segura de que ya te lo dijo Gab… tu neurocirujano.
—Seguro —comentó Diana. Me fijé en cómo le robaba un trozo de pizza recalentada a mi hermano Guille y se acercaba a nosotros—. Qué suerte tener un compañero tan comprometido con la causa, que, además, les da su número a las preocupadas esposas de sus pacientes, ¿verdad, hermanita?
—¿No tienes nada mejor que hacer que estar aquí dando por saco? —le espeté sin ganas de aguantar sus pullitas.
— Nop .
—¿Otra vez te han cerrado la puerta de casa?
Me sonrió con ironía cuando se sentó en el brazo del sofá y le dio una palmadita a Bruno en el pie.
—Vaya… ¿Quieres ir con todo entonces? —me preguntó, y la espalda se me tensó.
—Vale. Ya está bien —nos dijo mi padre acercándose y haciendo de árbitro de aquel partido—. Tengamos la fiesta en paz, por favor.
—Papá, la fiesta es mañana —comentó Guille, y Zahara le dio una colleja—. Pero ¿qué haces, niñata?
—Despertando a tu neurona atrofiada, so lerdo —contraatacó ella.
—¿Mañana? —pregunté a nadie en particular, masajeándome las sienes e ignorando la discusión entre mis hermanos. Me estaba empezando a doler la cabeza—. ¿Qué parte no estáis entendiendo del concepto «reposo»?
—Será algo tranquilo, cariño. Una barbacoa sencillita para celebrar que Bruno ya está en casa, algo íntimo —alegó mi padre.
—Yo me encargaré de que no esté más de cinco minutos de pie —prometió mi madre—. Lo cuidaremos entre todos, ya lo verás.
—No te preocupes, cariño —añadió papá.
Suspiré, resignada.
Quizá tuvieran razón y solo fuera una pequeña y tranquila reunión familiar.
Quizá esa vez las cosas saldrían según lo planeado.
O quizá, en menos de veinticuatro horas, estaría casi desnuda, replanteándome toda mi realidad y confirmando que el universo es un cabrón retorcido con un pésimo sentido del humor.
Esa noche no pegué ojo.
Tal vez fue el cansancio acumulado, la tensión de los últimos días o el caos de aquella tarde en casa de mis padres, pero, por más que lo intenté, no fui capaz de dormir.
Me removí en la cama, cambié de postura al menos treinta veces y, cuando por fin creía que lo conseguiría, mi mente tomaba un desvío inoportuno y me desvelaba otra vez.
Desde lo de Bruno, el tema de Gabriel y la incógnita de si era él con quien había amanecido aquella mañana habían quedado aparcados en un segundo plano. Con todo lo que había ocurrido, no había sido el momento de pensarlo ni mucho menos de hablarlo.
Pero ya no podía más.
Me molestaba darme cuenta de que, en lugar de pensar en lo mucho que me sacaba de quicio, mi cerebro había empezado a enfocarse en otros detalles.
Como en su manera de tratar a los pacientes con ese aire cercano y tranquilo.
O en el tono de su voz cuando explicaba las cosas al personal: seguro, pero sin ser prepotente.
O en cómo, a pesar de nuestras diferencias, siempre escuchaba lo que yo le decía.
Nunca me interrumpía, jamás minimizaba mis diagnósticos ni desestimaba mi criterio sin una razón de peso.
Y, por si fuera poco, siempre olía bien.
Suspiré, harta de mí misma. Harta de que su cara apareciera a cada rato entre mis pensamientos. Harta de querer sonreír como una idiota de manual.
Me levanté antes de que amaneciera y me metí en la bañera, en un intento de relajarme. Sin embargo, después de veinte minutos en tensión dentro del agua, desistí.
Necesitaba distraerme con algo. Por eso, a las nueve de la mañana de aquel sábado, me encontraba en el solitario supermercado de mi calle, con un carro entre las manos y los pasillos vacíos delante de mí.
Solo que no lo estaban del todo.
Al fondo del local, en la sección de refrigerados, había un hombre de espaldas. Pelo corto y oscuro, ropa de deporte, pose concentrada.
No supe qué fue lo que me hizo fijarme en él, pero lo hice. Los anchos hombros, la espalda definida, la curva de su trasero.
«No está nada mal».
Fruncí el ceño. ¿Qué demonios estaba haciendo?
Sentí un cosquilleo preocupante en la unión entre mis muslos.
«¿En serio, Carolina? ¿Tan desquiciada estás que te andas fijando en un desconocido del supermercado?».
Tenía que centrarme y continuar con mi compra. Pero es que esas piernas, esa manera de estar allí parado con esa seguridad…
No solía fijarme así en los hombres. O, al menos, no de esa forma tan carnal.
Las relaciones físicas nunca habían sido una prioridad para mí ni algo que me quitara el sueño.
Cuando había sentido curiosidad, la había saciado sin más, solo para confirmar que, en el fondo, el sexo estaba sobrevalorado.
Hasta aquel momento.
Porque, últimamente, esa necesidad se había convertido en un problema. O, mejor dicho, «él» se había convertido en un problema.
Maldito Gabriel.
Desde que había irrumpido en mi vida no hacía más que ocupar un espacio en mi cabeza que no le correspondía. Y lo peor era que no podía hacer nada al respecto.
¿O sí?
Tal vez no era tan mala idea ligar con alguien, quitarme de una vez esa insufrible obsesión de encima y dejar de pensar en tonterías. Y aquel tipo bien podría servir para el propósito.
Estaba de buen ver, eso era obvio. Además, parecía aseado —el pelo húmedo era prueba de ello— y madrugador.
Me parecieron suficientes puntos en común, no pedía mucho más.
Si quería quitarme a cierto mujeriego de la cabeza, ese tipo no era un mal candidato; un desconocido atractivo que, a primera hora de la mañana, compraba yogures.
Seguro que tenía una vida organizada, un gimnasio al que acudir religiosamente y un trabajo estable.
Aunque no me interesaba lo más mínimo.
Solo necesitaba un poco de liberación hormonal dentro de aquella locura que era últimamente mi vida. Quería cero complicaciones.
Deposité una caja de leche en el carro y miré de nuevo a la sección de refrigerados.
Inspiré hondo y empujé el carro en su dirección.
Mientras avanzaba, fantaseé con cómo se movería, si esa misma presencia imponente se reflejaría en su forma de caminar, en la fuerza de sus brazos al sostenerme o en el ritmo de su cuerpo al embestir en mí.
Me preparé para decir algo interesante en cuanto lo alcancé. Debía ser sutil y coqueta, aunque directa y con clase. Tenía que hacerle entender desde el principio que lo que quería era sexo y lo quería con él.
Compuse mi mejor sonrisa, avancé hasta los yogures y alargué la mano frente a él para agarrar un envase cualquiera.
Tres…, dos…, uno…
La sonrisa se me congeló en el acto cuando giré la cara en su dirección.
«Mierda. Joder».