14 – Fogonazo
Admitir: no es rendirse. Es dejar de esconderse.
GAbrIEL
El hospital nunca dormía, pero yo sí debería. Y, aun así, seguía allí en vez de aprovechar mi tarde libre.
Habían pasado diez días desde que operé a Bruno.
Más de una semana en la que había evolucionado mejor de lo que esperaba, lo que ya era un decir, pues nunca he sido precisamente pesimista con mis pronósticos.
Doscientas cuarenta y seis horas —más algún minuto suelto— desde el momento que marcó un antes y un después en mi relación con ella. Con Carolina.
En resumen: todo iba bien.
Sin embargo, ahí estaba, en la cafetería del hospital, con un café que parecía aguachirri y la inquietante sensación en el pecho de que algo no terminaba de encajar del todo.
Me pasé una mano por la nuca tratando de descifrar qué me tenía en aquel estado. No fui capaz de llegar a ninguna conclusión útil, solo que el cansancio no era la única razón por la que no había dormido bien esos últimos días.
Ese pensamiento conectó con otro y tuve que admitir que mi dinámica en el hospital estaba cambiando.
Había estado más presente de lo habitual en Cuidados Intensivos, no solo supervisando cada detalle del postoperatorio de Bruno, sino también permitiéndome más interacción con su hermana y su familia. Algo que, en circunstancias normales, evitaría a toda costa.
«¿Será por eso que ahora la veo de otra manera?», me pregunté.
Era posible, pues en aquel momento era consciente de muchos detalles en ella que, aunque siempre habían estado ahí, no había querido observar con detenimiento.
Carolina no solo era una profesional impecable, sino alguien que sabía manejar la presión como pocos —si no contábamos el momento en el que perdió los nervios en el pasillo de quirófano, claro—.
A pesar de lo que estaba viviendo, no había bajado el ritmo; seguía operando, continuaba atendiendo a sus pacientes y cumpliendo con sus responsabilidades, y todo ello sin permitir que nadie se percatara de la carga que llevaba encima.
Un mérito que merecía reconocimiento.
Si alguien había dudado de ella o de su valía al entrar a trabajar allí, en esos días había demostrado con creces de qué pasta estaba hecha.
Abandoné la mesa sin haber tomado más que dos sorbos del café, me despedí del camarero y salí al pasillo.
Apenas había movimiento a esas horas: un par de enfermeras que cruzaban en dirección a urgencias y alguien bostezando en recepción.
Era obvio que, aunque el hospital nunca durmiera, respiraba con más calma al atardecer.
No supe por qué, pero sentí la necesidad de girar la cabeza cuando pasé junto a la solitaria capilla.
El café se me removió en el estómago al darme cuenta de que ella estaba allí.
No debía sorprenderme. Llevaba días apareciendo por todas partes. No de una manera molesta, sino de una forma… eficiente. Silenciosa. Práctica de un modo raro y atractivo, si es que eso tenía sentido.
En aquel momento estaba sentada en uno de los bancos, con la espalda recta y la cabeza inclinada hacia delante. Llevaba unos pantalones claros y finos y una camiseta de tirantes que le dejaba los hombros al descubierto. Las manos le descansaban entrelazadas en el regazo, pero no parecía rezar.
Ni siquiera tenía pinta de ser consciente del lugar en el que estaba, en realidad.
Era la primera vez que la veía ese día. Habíamos estado demasiado ocupados con nuestros respectivos pacientes, aun así, sentía que nos habíamos mantenido en contacto a través de su hermano.
Me apoyé en el marco de la puerta durante un segundo antes de entrar y me pregunté si alguien más sentiría tal fascinación por ella.
Si alguien más la admiraba tanto como yo en ese momento.
—¿Eres creyente?
Mi voz la sorprendió y levantó la cabeza en mi dirección.
—Soy científica.
Solté una risa baja al sentarme a su lado.
—¿Ambas cosas están reñidas? —le pregunté con curiosidad—. ¿Es que la ciencia anula la fe, doctora Remo?
Una de las comisuras de sus gruesos labios se curvó hacia arriba, pero no hubo rastro de diversión en sus ojos. Sí de agotamiento. No de ese cansancio que se soluciona con una noche de sueño, sino de uno más profundo, más arraigado en cada músculo.
—Creo en las cosas que veo. En lo que soy capaz de comprobar y es tangible.
Me la quedé mirando y me pregunté qué la habría llevado hasta allí a esa hora, cuando su hermano estaba acompañado por su pareja en Cuidados Intermedios.
—Deberías irte a casa a descansar, hace horas que terminaste tu turno. —Detalle que sabía con claridad, por alarmante que eso fuera—. ¿Has dormido algo?
—¿Y tú? —Me devolvió la pregunta.
—Dormir está sobrevalorado. —Resopló, aunque el sonido terminó en un suspiro tan pesado que podría haber arrastrado medio hospital con él—. Está fuera de peligro, Carolina. Lo sabes.
—Lo sé. —Observé su perfil mientras ella estudiaba el pequeño altar al fondo del pasillo. Cuando giró la cabeza hacia mí, no disimulé—. Mañana quiero hablar con el equipo de rehabilitación. ¿Ves viable el alta para la semana que viene?
—Más que viable. Eso sí, lo mandaré a casa con seguimiento.
—Bien.
No obstante, no pareció satisfecha, más bien… descolocada. Como si la idea de que todo eso terminase la removiera más de lo que debería.
Y eso me agitó a mí.
—Carolina, ¿tú cómo estás?
Me miró como si le hubiera preguntado en qué año chino estábamos y si el hospital organizaría una fiesta temática para celebrarlo.
—¿Yo?
—Sí, eso he dicho. —Me encogí de hombros—. La otra mitad del paciente. La que ha estado durmiendo en una silla incómoda de la UCI y funcionando con café y pura voluntad desde hace demasiado tiempo y, aun así, no ha dejado de lado su profesionalidad. Tú.
Se quedó callada, y yo le di su tiempo.
—Cansada —admitió, y a mí se me encogió un poco el pecho.
—Ya. —Me incliné hacia delante y me apoyé en mis rodillas. Me permití acercarme un poco más a ella con mis siguientes palabras—. ¿Qué sueles hacer cuando estás agotada y no puedes más?
Di por hecho que sabía a qué me refería: a esa sensación de no poder detenerte sin una bajada de revoluciones, a la inercia en la que el cuerpo sigue en alerta, aunque ya no sea necesario; algo que nos solía pasar a los médicos al salir de una guardia.
—Voy al supermercado.
Parpadeé.
—¿De verdad?
—Sí. A comprar o a una lavandería. Me relaja. Es… normal. Gente haciendo cosas cotidianas, sin urgencias, sin vidas en juego ni decisiones trascendentales. —Sus labios se curvaron y encogió un hombro—. No sé. A veces solo necesito un poco de eso.
Y ahí estaba otra vez. Esa jodida sensación en el esternón. La misma que me urgía desde hacía días a fijarme en los detalles, a apreciar lo que la hacía diferente a todas las demás personas que conocía.
—Vamos.
Se le formó una arruga entre las cejas.
—¿A dónde?
—A hacer la colada. A comprar pan. A lavar el coche. Yo qué sé. Elige… Si es lo que necesitas, hagámoslo.
Soltó una carcajada y me miró alucinada.
Yo la miré a ella.
Y, por un segundo, el tiempo se congeló en esa capilla de hospital. Porque no sabía qué cara podía tener yo en ese momento, pero la suya fue la de alguien a la que habían sorprendido y parecía que no le desagradaba la idea de que hubiese sido yo.
Por supuesto, rechazó mi ofrecimiento, pero eso no fue suficiente motivo para evitar que el fogonazo llegara sin previo aviso. Brutal. Visceral… No pude hacer nada por evitarlo. Solo rendirme y dejar que me atravesara sin piedad.
«Joder».
Estaba tan hundido en el barro que ya no había vuelta atrás.
¿Cómo cojones no me había dado cuenta antes de que me estaba enamorando de Carolina Remo Delgado?