13 – Aguanta
Consejo número siete para la vida adulta: a veces, lo único que puedes hacer es esperar y desesperar.
CAROLINA
—Esto es una mierda —soltó mi hermano Guille entre dientes mientras golpeaba con los pies en el suelo.
Nadie respondió. No hacía falta. Todos sabíamos que tenía razón.
Inspiré hondo y levanté la cabeza de la esquina en la que llevaba la última media hora.
Estuve a punto de mandar a callar a toda la sala, pues el murmullo apagado de los demás familiares desperdigados por allí, junto con el sonido del reloj que había sobre la máquina de café, me tenían de los nervios.
No podía quedarme quieta, lo mismo me frotaba las manos que cambiaba de postura o me abrochaba y desabrochaba la bata.
Con un suspiro, eché un vistazo a mi familia solo para confirmar que las dos horas que llevábamos allí esperando habían hecho estragos en ellos también.
Mamá no había dejado de llorar en silencio durante todo ese tiempo, y papá tampoco la había soltado de la mano; juntos, como un ancla fuerte, aunque castigada por el vendaval.
Los demás no estaban mucho mejor, pero cada uno llevaba la espera a su manera.
Mi abuela, al lado de ellos, rezaba en silencio, y el abuelo caminaba de aquí para allá sin hablar con nadie. Jaime y Emma, junto con su enorme barriga, les hacían compañía a ratos.
Su gemela, Diana, tenía en aquel momento los brazos cruzados, los ojos brillantes y transmitía una angustia apenas contenida; mi tía Alicia hablaba en susurros con su marido Adriel y con mi hermana Fabiola.
Y, tras ellos, en fila, estaban sentados mis hermanos Guille y Zahara, y mi primo Aliel, mirando cada uno su propio teléfono.
Me quedaba el consuelo de que los más pequeños, al menos, estaban a salvo de aquella angustia. Los hijos de Bruno y África —Abril, Salva, Brunito y Olivia— estarían volviendo loca a su abuela materna, mientras Kay, el guerrero de Alana y Hans, estaba con mi cuñada Rachel.
Miré a la pareja en último lugar. Hans le susurraba de vez en cuando palabras al oído, y mi hermana asentía o negaba, según el momento, con la mirada perdida.
Ella tampoco había soltado de la mano a su mejor amiga: África…
Bueno, esa mujer estaba hecha de otra pasta.
Admiraba su fortaleza, pues, pese a estar absolutamente rota por dentro, no permitía que las grietas la partiesen en dos.
Tenía los ojos fijos en la puerta doble por la que habían salido un par de médicos para hablar con otros familiares; la que conducía a su prometido.
Su expresión era la de una mujer al borde del colapso, pero no se permitía el lujo de derrumbarse ni un poquito.
Me acerqué a mi madre cuando vi que papá la abrazaba en uno de los accesos de llanto y me agaché frente a ella.
—Va a estar bien, mamá —le prometí con más seguridad de la que sentía mientras apoyaba una mano sobre la suya. Ella me miró con los ojos hinchados, pero no me respondió.
Tragué saliva y me erguí con un nudo en el estómago.
Conocía esa angustia, esa espera. La había visto cientos de veces en las caras de los familiares de los pacientes durante mi residencia.
Sin embargo, vivirla en carne propia… Joder.
Aquello era como estar atrapada en una dimensión donde el tiempo no avanzaba y lo único que existía era el terror más absoluto.
—Carolina —me llamó África a mi espalda. Me hizo un gesto con la cabeza y caminamos varios pasos hasta separarnos de los demás—. ¿De verdad crees que va a ir bien? Dímelo, por favor.
Respiré hondo. Tenía el rostro desencajado, los puños cerrados a ambos lados del cuerpo y los ojos llenos de angustia, pero se mantenía en pie, y eso ya era todo un logro.
Quise darle la certeza absoluta de que así sería, pero solo tenía probabilidades y hechos clínicos.
Ella no había titubeado al preguntarme, yo sí lo hice al contestar:
—Lo está operando el mejor profesional del hospital —comencé, y la imagen de Gabriel pidiéndome que confiase en él se coló en mi mente—.
El doctor Santana pasó tres años en Estados Unidos con un equipo pionero en neurocirugía y ha operado con éxito casos más complejos que el de Bruno.
Si alguien puede sacarlo adelante, es él.
África asintió lentamente, como si quisiera creerme. Como si necesitara algo a lo que aferrarse para no volverse loca. Yo también me obligué a interiorizar mis propias palabras.
Gabriel Santana Ruiz estaba operando a mi hermano y, aunque entre él y yo había tensión, enfrentamientos y aquella absurda y complicada realidad, sabía que no podía estar en mejores manos.
O, al menos, eso intentaba repetirme.
Confiar en alguien de esa forma es aterrador, dejar la vida de una persona a la que amas en manos de otro no es plato de buen gusto, y menos para alguien como yo. Pero no tenía alternativa. No podía hacer nada más que esperar.
—¡Caro! —me alertó mi hermana Diana.
Giré la cabeza en su dirección y vi a Gabriel cruzando la puerta mientras se quitaba la mascarilla con un movimiento mecánico.
No fui capaz de leer su expresión mientras me buscaba con la mirada. Me acerqué a él sin perder un segundo, y todos los demás me imitaron.
—¿Cómo ha ido? —preguntó mi padre agarrando a mamá y a África con cada brazo.
Gabriel desvió sus ojos de los míos y lo observó directamente al hablar.
—Bruno está estable. —Su voz era firme y sin titubeos. Paseó la vista por todos hasta detenerse en él otra vez—. La cirugía ha ido bien. Necesitará tiempo para recuperarse, pero hemos controlado la hemorragia y la presión intracraneal con éxito.
—Gracias a Dios —susurró mi abuela antes de sollozar.
—¿Tendrá secuelas? —preguntó África.
—Aún es pronto para saberlo. Lo están pasando a la UCI neurológica para tenerlo en monitorización estricta —le explicó Gabriel.
El corazón me latía a mil por hora mientras me aguantaba las ganas de hablar—.
Las primeras setenta y dos horas son críticas para su evolución y para poder evaluar posibles daños.
Mi madre sollozó aliviada. África se llevó las manos a la cara y, finalmente, rompió a llorar. Todos empezaron a abrazarse, a respirar por primera vez en horas…
Yo no.
No me moví de allí. Quería más datos, algo concreto y no un vago «ha salido bien». Necesitaba conocer cada detalle, cada riesgo, cada posible complicación. La incertidumbre me taladraba el pecho y me quemaba los pulmones con cada inspiración contenida.
Y Gabriel supo todo aquello sin necesidad de decírselo, pues se acercó a mí y me miró con intensidad al hablar.
—Sufrió un traumatismo craneoencefálico severo con hemorragia subaracnoidea —expuso solo para mí—. Hemos dejado un sensor para monitorizar la presión intracraneal y lo controlaremos también con eco Doppler transcraneal.
Asentí despacio, procesando toda la información. Estaba estable, pero aún no fuera de peligro.
Gabriel inclinó la cabeza y su voz bajó un tono cuando me preguntó:
—¿Cómo estás?
—Bien —mentí.
Él me sostuvo la mirada un segundo más, evaluando mis palabras con escepticismo. Luego respiró hondo y dio un paso atrás.
—¿Quieres verlo?
Parpadeé, sorprendida.
Durante esas horas, me había preparado para discutir, para exigir mi derecho a entrar y pelear con quien hiciera falta para conseguir ver a mi hermano. Había ido acumulando tensión en los hombros y estaba lista para saltar a la mínima negativa. Pero aquello…
Sabía que, en un caso como el de él, las visitas estarían muy restringidas, por lo que deduje que estaban haciendo una concesión por mi condición de médica.
«O por Gabriel», me dijo una vocecita en mi cabeza.
Miré de reojo a mis padres y a África, que seguían abrazados digiriendo la noticia. Nadie más podría entrar aún y, seguramente, pasarían horas hasta que lo hicieran.
Mi padre se acercó y me puso una mano en el hombro.
—Mándale toda nuestra energía, hija. Dile que estamos aquí todos los Remo Delgado con él y que lo queremos. ¿A ver ahora quién va a darnos la brasa con sus pamplinas? —Trató de bromear, aunque el temblor en su barbilla lo delató.
Asentí con la garganta cerrada y noté el peso de su mano sobre mi hombro un segundo más, en un gesto que transmitía lo que las palabras no podían.
Tragué saliva y, conforme seguí a Gabriel por los pasillos hasta la unidad de Cuidados Intensivos, supe que no estaba preparada para aquello.
Necesitaba a mi familia, no iba a poder hacerlo sola.
Pero entonces Gabriel abrió la puerta y me cedió el paso.
Y lo vi.
Bruno estaba en el primer box, inconsciente y conectado a los monitores. La cabeza vendada, el tubo en su boca ayudándolo a respirar, los electrodos pegados a la piel. Un drenaje le emergía del cráneo mientras las vías intravenosas administraban la medicación que lo mantenía estable.
Tenía la piel tan pálida que casi parecía otra persona. Supe que la mía no luciría mejor.
Aquel no era solo un paciente. Yo no era solo una médica.
Se trataba de mi hermano, mi valiente y leal hermano, diecisiete meses mayor que yo; el que recogía pájaros caídos de los nidos cuando éramos niños, el más noble de todos y el que siempre encontraba la manera de hacerme reír, incluso cuando más lo odiaba.
Y, por primera vez en mi carrera, la línea entre lo profesional y lo personal se hizo añicos. Yo misma me estaba haciendo pedazos.
La losa en mi pecho redobló su peso, y un zumbido sordo me llenó los oídos. Pero, entonces, una presión en la mano me hizo bajar la vista hasta toparme con unos dedos grandes y morenos enredados en los míos.
—¿Vamos? —me preguntó Gabriel con voz suave.
Tragué saliva al mirarlo a los ojos.
Quizá, después de todo, no tenía que hacerlo sola.