Manual de primeros auxilios para corazones testarudos (Costa Serena 6) 12 – Por favor
30%

12 – Por favor

Confianza: poner el alma en manos de alguien sabiendo que podría cerrarlas.

GAbrIEL

El pitido rítmico del monitor cardiaco resonaba en el quirófano, el mismo ritmo constante que había marcado el compás de la cirugía que acababa de terminar con éxito y en el que me había obligado a concentrarme más veces de las habituales.

Por suerte, había sido un caso rutinario, predecible y sin sorpresas.

Programado, sí, pero no por ello menos importante.

Y justo por eso me había reprendido mentalmente tantas veces que había perdido la cuenta, porque no había podido dejar de pensar en Carolina desde que la había encontrado en mi consulta esa misma mañana.

Su boca fruncida en un mohín molesto; la tensión en el aire; la forma en la que me miraba, desafiándome, y cómo se le entreabrieron los labios antes de que entrase Manuel en la habitación… Estaba jodido.

Me llevé una mano a la nuca y suspiré.

—Doctor, ¿cerramos? —preguntó la instrumentista sacándome de mi ensoñación.

Asentí y procedí a terminar la intervención. Una vez hube acabado, me alejé de la mesa de operaciones mientras me retiraba los guantes con un chasquido.

—Buen trabajo, Santana.

No me dio tiempo a darle las gracias a Borja cuando un ruido en el pasillo llamó nuestra atención.

—¿Qué pasa ahí fuera? —le pregunté.

—Ni idea —respondió con un encogimiento de hombros—. Pero parece algo gordo.

El murmullo aumentó de volumen y fruncí el ceño. Ese revuelo era inusual en aquella zona, por lo que reaccioné antes de que mi cerebro tomase la decisión de moverme. Salí al pasillo y me detuve en seco. Ver a Carolina me golpeó como un puñetazo en el estómago.

Estaba allí, al final del corredor, visiblemente alterada.

Conforme me fui acercando a ella me fijé en que tenía la coleta mucho menos tirante que de costumbre y más revuelta, la mandíbula tensa y los ojos encendidos con una rabia desbocada.

—¿Qué pasa aquí? —pregunté serio.

—¡No me dejan entrar! —espetó sin preámbulos con la urgencia de quien busca que alguien ponga orden de inmediato.

Giré la cabeza hacia la enfermera frente a ella.

—No es cosa mía —se excusó.

—¿No es cosa tuya? —preguntó Carolina con sarcasmo. Acto seguido se dirigió a mí—. Me ha echado del quirófano de Urgencias como si no tuviera derecho a estar ahí. ¡Soy parte del equipo médico de este hospital! Díselo, Santana. Soy neurocirujana de…

—Doctor, el paciente…

—El paciente está grave —la interrumpió Carolina—. Y estás haciendo que pierda un tiempo muy valioso.

—Es su hermano, señor —terminó la enfermera.

Joder.

Sentí la adrenalina dispararse en mi cerebro y recorrerme el cuerpo hasta que me picaron las manos.

—Yo me encargo —le dije a la enfermera, que no perdió ni un segundo antes de escabullirse tras la puerta—. Carolina, cálm…

—No te atrevas a decirme que me calme —me advirtió.

Su tono era afilado, pero en su mirada había algo más: miedo. Un miedo atroz disfrazado de furia que me hizo querer abrazarla fuerte.

Aquella necesidad me afectó más de lo que me hubiera gustado.

—¿Qué ha pasado? —le pregunté sin perder la calma.

—Él se ha…, ha tenido un accidente en el trabajo… Es bombero y cayó durante un entrenamiento desde… —Detuvo su discurso entrecortado e inspiró hondo.

Estaba a punto de perder aquella batalla.

—Diagnóstico, Remo —le insistí apelando a su lado más profesional.

Surtió efecto, pues sus nudillos volvieron a recuperar el color al dejar de apretar los puños. Se recompuso en un par de segundos y carraspeó antes de hablar:

—Va…, varón de treinta y dos años. Caída desde aproximadamente dos metros de altura. Golpe en la cabeza al impactar con una estructura metálica y pérdida de conciencia en el lugar. Lo han estabilizado en la ambulancia.

Necesitaba cruzar esa puerta para evaluar los daños. En ese mismo momento.

Di un paso hacia ella, reduciendo la distancia entre nosotros. Cuando hablé, lo hice con un tono bajo y firme:

—No debes entrar.

—¿¡Qué!?

—Lo sabes tan bien como yo. No debes tratar a tu hermano.

—¡Tengo que verlo!

El cuerpo le vibraba de pura tensión. Su autocontrol, esa armadura impenetrable que lucía siempre, tenía en aquel momento unas grietas enormes por las que se colaba el pánico más absoluto.

—Escúchame. —Mantuve la mirada firme en la suya—. Sé que esto es difícil, pero ahora mismo no eres una neurocirujana, eres su hermana. Y, precisamente por eso, no debes entrar ahí. Tu presencia no va a ayudar al equipo que lo asiste.

Carolina cerró los ojos un segundo y me dio la impresión de que intentaba contener un mundo de emociones que estaban a punto de romperse dentro de ella.

—Gabriel… —murmuró con la voz rota.

El sonido de mi nombre quebrado en su boca me hizo añicos. Me golpeó en el pecho con la misma fuerza con la que ella intentaba contenerse. Me estaba pidiendo ayuda, y mi instinto me gritó que hiciera algo, que la sostuviera, que le diera lo que fuera que necesitaba en ese momento.

Y eso era que tomara el control, que le quitara el peso de decidir cuando no podía permitirse flaquear.

—Yo entraré, pero debes confiar en mí.

Su mandíbula se tensó aún más. No tuve dudas de que en aquel momento me odiaba, lo sabía. Odiaba no tener opciones, odiaba que fuera yo quien estuviera tomando las riendas y odiaba no poder hacer nada. Pero también era consciente de que, en el fondo, tenía razón.

Tras un largo segundo, su respiración se hizo más profunda.

—Quiero que me avises en cuanto termines.

—Lo haré —le prometí.

—Se llama Bruno —dijo en voz baja, y yo asentí, entendiendo su necesidad de humanizar aquel caso.

—Ve con tu familia. Necesitarán a alguien que los mantenga en pie y estoy seguro de que tú eres la única capaz de hacerlo en esta situación.

Contuve el movimiento natural de mis brazos, que quisieron envolverla dentro de ellos cuando la vi tragar saliva.

Por un instante, creí que iba a desafiarme de nuevo, que iba a insistir; sin embargo, contra todo pronóstico, giró sobre los talones y se alejó por el pasillo con pasos rápidos.

Solo entonces me permití soltar el aire retenido.

Me giré y empujé la puerta de quirófano. El ambiente dentro era tenso, pero contenido, con el ritmo preciso de quienes saben que no hay margen para el error.

El olor a desinfectante y el sonido constante del monitor llenaban el espacio como un zumbido de fondo. Mi mente entrenada filtró la escena en segundos y se centró en el paciente crítico sobre la camilla.

—¿Es el bombero? —pregunté al personal mientras me acercaba.

—Sí, doctor.

El hermano de Carolina yacía allí, inmóvil. Su piel lucía demasiado pálida bajo la luz quirúrgica, el pecho le subía y bajaba con la rigidez antinatural del respirador y un camino de sangre seca en la sien confirmaba la brutalidad del golpe.

Un latido irregular en mi propia garganta me tomó por sorpresa, pero lo ahogué antes de que pudiera tomar forma. Busqué las similitudes y mi mente conjuró el recuerdo de unos ojos encendidos por la decisión y la vulnerabilidad: los de su hermana cuando me dijo su nombre con la voz quebrada.

—¿Estado? —pregunté al anestesista mientras me acercaba y tuve especial cuidado de que mi tono sonara profesional y controlado.

—Intubado y estable dentro de la gravedad. Monitorizado. Glasgow en ocho al ingreso y tendencia al deterioro neurológico —informó sin apartar la vista de los parámetros—. El escáner muestra hematoma subdural extenso con efecto de masa.

La maldición me recorrió la garganta antes de poder detenerla:

—Joder.

Sentí la presión en la garganta al procesar la información. Tenía un sangrado interno en el cerebro, la presión aumentando y signos de daño neurológico progresivo. No había tiempo que perder.

—Estoy en ello —añadió Navarro enfundado en la bata quirúrgica y preparado ya junto al instrumental—. Vamos a evacuarlo, el edema es severo.

Asentí y respiré hondo.

—¿Puedo participar? —Navarro me miró, sorprendido al principio. Yo era el jefe de sección, sí, pero de otra unidad. Aquel no era mi quirófano ni mi turno. Aun así, no podía quedarme fuera—. No quiero quitarte el caso. Solo trabajar contigo.

El neurocirujano me sostuvo la mirada y, tras unos segundos, asintió.

—Prepárate. Tú vas de segundo.

—Gracias —murmuré mientras me dirigía a lavarme.

Me preparé en silencio, de forma mecánica.

Sabía lo que tenía que hacer, conocía perfectamente el procedimiento, la técnica, cada maldito paso que me había convertido en uno de los mejores en mi campo.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, sentí que el margen de error era intolerable, y no por la medicina, ni por el juramento hipocrático o por mi carrera, sino porque fallarle a Carolina sería sencillamente inadmisible.

Unos minutos más tarde, ya junto a Navarro, observé la abertura y la presión arterial que se elevaba con cada segundo que pasaba. Él me miró de reojo.

—Cuando empecemos la evacuación, vigila el rebote. Está en el límite —advirtió.

—Lo tengo —asentí.

Y lo tenía, claro que lo tenía. Porque, además de salvarle la vida a Bruno, quería devolverle a Carolina a su hermano. Necesitaba verla respirar tranquila y decirle que todo había salido bien.

Cuando Navarro comenzó la apertura, cerré los ojos un segundo y murmuré una frase en voz apenas audible: «Te sacaré de esta».

Aquella vez no se trató solo de una promesa médica.

Fue personal.