11 – Desesperada
Consejo número seis para la vida adulta: la ducha fría no sirve de nada. Ahórratela.
CAROLINA
Moví el cuello para permitir que el agua me resbalara por la piel y se llevara consigo la tensión acumulada.
Cerré los ojos, entregándome a la sensación reconfortante y tratando de encontrar un poco de paz mental.
Sin embargo, mi cerebro disfrutaba saboteándome, pues en mi cabeza solo había una puñetera imagen: la de Gabriel Santana. Mojado. Y en bañador.
No era justo. Un hombre tan desquiciante como él no debería tener permitido lucir así con tan poca ropa.
Era tan insultantemente perfecto que hasta la naturaleza parecía conspirar a su favor: el sol esculpía cada uno de sus músculos con una precisión casi artística y las diminutas gotas de agua serpenteaban por su torso, descendiendo hasta perderse en el escueto trozo de tela que ocultaba un bulto que…
No. Ni pensarlo.
—Basta —me reprendí en un susurro.
Retiré de inmediato la mano de mi cuerpo, sobresaltada al notar que mis dedos se habían detenido más tiempo del debido en aquel punto. Inspiré hondo, apreté el bote de champú hasta hacerlo caer en mi traidora mano y me froté con brío el pelo.
Pelo.
Un pelo húmedo y oscuro, que se rizaba en las puntas y le acariciaba ese cuello grueso y…
—Se acabó. —Le di un golpetazo al grifo y contuve el grito cuando el agua fría me impactó contra la piel—. Su puta madre… —murmuré entre dientes.
No podía seguir así.
Llevaba desquiciada desde el sábado, desde que Diana había sembrado la duda de si sería Gabriel el hombre con el que amanecí aquella mañana.
Por supuesto, la tarde anterior había metido un poco más el dedo en la llaga, como solo ella sabía hacer, y yo me había largado de la playa más enfadada conmigo misma que con ella.
Después de vestirme con la rapidez de quien intenta escapar de sus propios pensamientos, me recogí el pelo en mi habitual coleta para trabajar y me lancé a la calle con la imperiosa necesidad de zanjar aquello.
El trayecto hasta el hospital se me hizo más largo de lo habitual, quizá porque mi mente seguía atrapada en un bucle constante de preguntas sin respuestas.
Me resistía a admitir que, después de ver a Gabriel en bañador, ciertas dudas se habían hecho fuertes en mi cabeza.
La complexión, la anchura de los hombros, la forma en la que los músculos del torso se le marcaban…
Y, aunque la habitación había estado en penumbra aquella mañana y yo solo lo había observado unos segundos, reconocía que había coincidencias. Demasiadas.
No. No podía ser él, me lo habría dicho. ¿O no?
Necesitaba respuestas.
Al llegar, fui directa a la sala de personal, pero no encontré ni rastro de él. No iba a deambular como una adolescente desesperada por ver a su amor platónico, así que me dirigí a su consulta.
Me recibió Marina, su administrativa, una mujer que rondaría mi edad, con el pelo perfectamente peinado en ondas naturales, ojos grandes y unas gafas de montura gruesa que le daban un aire intelectual que contrastaba con su expresión cálida.
—Lo siento, doctora Remo, aún no ha llegado. —Apreté la mandíbula. Mierda—. Puede esperarlo dentro si quiere. Debe de estar al caer.
Dudé durante unos segundos, aunque finalmente asentí y acepté su ofrecimiento.
Entré con paso firme y encajé la puerta de nuevo a mi espalda. Inspiré hondo y me obligué a relajarme; al fin y al cabo, éramos compañeros y aquello no era tan raro, ¿no?
Me quedé de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados y la espalda recta.
Escruté la habitación con la mirada, sin nada mejor que hacer mientras lo esperaba, y no tardé en darme cuenta de que aquel lugar se parecía mucho a mi consulta y no por la distribución o el tamaño.
Estaba ordenado y la decoración personal era sencilla y escasa, aunque en su caso había un punto pretencioso al tener varios diplomas enmarcados en la pared.
«Qué sutil, doctor Santana… ¿No se te ocurrió nada mejor para que todos vean bien el brillante neurocirujano que eres?», le dije en mi mente mientras me adentraba y observaba los títulos.
La puerta se abrió un momento después, y disimulé el sobresalto que su interrupción me provocó.
Me giré hacia él. Llevaba una camisa celeste con las mangas subidas hasta los codos y la bata colgando de un hombro. Se detuvo al verme.
—Menuda sorpresa —me dijo con una sonrisa ladeada.
El sonido de la cerradura me rebotó en el cerebro, encendiendo todas las alarmas.
«Vamos, Carolina. Puedes con esto, eres fuerte y… —La imagen de unas manos grandes y firmes, sujetándome contra una pared, apareció sin previo aviso y me descolocó—. ¿Qué demonios ha sido eso?».
Me aclaré la garganta.
—Tenemos que hablar.
—¿Sí? —Caminó hasta la mesa y se apoyó en ella con expresión entretenida—. Pensaba que después del numerito de ayer seguirías fingiendo que no existo.
Entrecerré los ojos.
—Yo no he fingido nada.
Su sonrisa me puso en alerta.
—¿Segura?
Me crucé de brazos y lo observé seria.
—Mira, no tengo tiempo para estos jueguecitos que te traes entre…
—Una pena, porque se me dan de maravilla —contraatacó sin dejarme terminar.
Contuve las ganas de estamparle el diploma en Cirugía de Fosa Posterior en la cabeza. Era el que tenía el marco de madera más grueso.
—Siento interrumpir —se disculpó Marina a la vez que asomaba la cabeza por la puerta—. Manuel quiere verlo, doctor.
No entendí del todo la expresión de la mujer ni el cruce de miradas entre ella y Gabriel.
—Dos minutos —le pidió.
Ella asintió y cerró de nuevo.
—Métete detrás del biombo. —Me miró y señaló el lugar con un gesto de la cabeza.
—¿Perdona?
Se acercó a mí y bajó la voz.
—Por una vez haz lo que te digo y métete detrás del maldito biombo, Carolina.
Me empujó suavemente hacia allí cuando sonaron unos toques en la puerta. La respiración se me aceleró y nada tuvo que ver con la cercanía de su cuerpo o ese olor que desprendía.
«¿Qué demonios estoy haciendo?», me pregunté a ver cómo él me señalaba la camilla y desplegaba la pantalla.
—Buenos días, jefe —le dijo al que supuse que era Manuel cuando la cerradura sonó—. Llegamos tempranito hoy, ¿no? ¿Lo han echado de la cama?
—No me toques los huevos, Santana.
—Dios me libre —respondió Gabriel divertido.
Puse los ojos en blanco. Tuve especial cuidado de no hacer ruido al subirme a la camilla, aunque supe que no lo conseguí del todo al escuchar a Gabriel forzar una tos.
—¿Vas a seguir dándome largas con las vacaciones?
—¿Qué tal fue el aniversario? —contraatacó Gabriel.
—Eres insufrible —gruñó nuestro jefe—. Y, hablando de temas serios, te necesito en Granada en menos de dos meses.
—¿Qué?
Agudicé el oído.
—Que te reserves el primer fin de semana de septiembre. Hay congreso y te toca ir a ti.
El bufido de Gabriel me llegó con nitidez.
—Ya sabes que no me gusta perder el tiempo en esos eventos —se quejó.
—Pues va a tener que empezar a gustarte, porque necesito a alguien allí y es tu día de suerte.
—No sabía que era el único neurocirujano en plantilla. Además, ya he ido a los dos últimos.
—Es demasiado temprano para aguantarte —se quejó el mayor.
Miré el reloj y apreté la mandíbula. Mierda, odiaba llegar tarde.
—¿Cuántos de mis colegas han rechazado la invitación?
—Eso no es asunto tuyo.
—Lo pensaré —fue todo lo que Gabriel dijo antes de que la puerta se cerrase.
Un momento después, su cabeza morena se asomó a mi escondite.
—¿Cómoda? —me preguntó con una sonrisa burlona.
—Muchísimo. —Descrucé los brazos, me bajé de la camilla y me acerqué a él—. ¿Qué ha sido eso?
—Se llama Manuel Jaén y es nuestro jefe de servicio. Un hombre estupendo si obvias la obsesión que tiene con que le toque los testículos.
«Gilipollas».
—Estupendísimo —ironicé—. ¿Por qué me has hecho esconderme?
—¿Sabes el dicho de «donde tengas la olla no metas la polla»? Él fue quien lo inventó.
Aquella palabra en su boca provocó «cosas» en mi interior.
—¿Qué tiene que ver eso con nosotros?
«Quizá sí que tiene que ver. ¿No estás aquí precisamente por eso?».
—¿Tú qué crees? —Su ceja levantada me puso nerviosa.
—Pero tú y yo no estábamos…
—Sí, ya. Lo mismo tienes suerte convenciéndolo a él.
Negué exasperada. Aquello era absurdo.
—Mira, tengo que irme, pero esto no ha terminado. Tenemos que hablar.
Gabriel elevó esas cejas oscuras, y a mí me entraron ganas de borrarle la sonrisita de un sopapo.
—Lo comentaré con Marina para que me haga un hueco en mi apretada agenda, doctora Remo —me dijo con su voz más repelente—. Pero solo por ser tú, ¿eh?
Di un portazo al salir, sin ser consciente de que la próxima vez que nos veríamos lo necesitaría más que nunca.